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La posesión...(I)
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QUIÉN
ENDEMONIA A QUIÉN
En
contraste con la exuberante demonología del judaísmo,
los evangelistas tratan el tema con mucha
sobriedad. El
diablo aparece poquísimo en los evangelios, que
no registran ningún caso de posesión por parte
de Satanás, sino sólo por parte de los demonios,
definidos también como «espíritus impuros».
A
excepción del evangelio de Juan, donde no aparece
ningún caso de endemoniado, los evangelistas
aplican la categoría de posesión demoníaca a
aquellos impedimentos interiores (prejuicios,
ideologías, intereses) que dominan al hombre y lo
vuelven refractario al proyecto de Dios.
Estos
obstáculos son individuados por los evangelistas
en la tradición religiosa y en la doctrina
oficial, impuesta por los escribas y practicada
por los fariseos.
La
primera vez que Jesús se encuentra frente a un
endemoniado es, por cierto, en un ambiente
dominado por la institución religiosa: la
sinagoga.
Jesús,
huido de la sinagoga de Nazaret, donde han
intentado matarlo (Lc 4,16-30), trata de exponer
de nuevo su mensaje en la de Cafarnaún (Lc 4,31-37).
Al
contrario que en Nazaret donde la escucha de sus
palabras había provocado un furor homicida, en
Cafarnaún se produce una explosión de entusiasmo
por parte de la gente que se siente finalmente
liberada, «impresionada por su enseñanza, porque
hablaba con autoridad».
Hablar
con «autoridad» era prerrogativa exclusiva de
los escribas, los únicos que habían recibido
oficialmente por mandato divino la potestad de
enseñar la Escritura.
Con
su enseñanza, Jesús desmiente esta pretendida
autoridad de los escribas que no sólo no hacen
que se conozca la palabra de Dios, sino que la
sustituyen por una miserable «componenda de usos
humanos» (ls 29,13), haciendo pasar de
contrabando doctrinas que son preceptos humanos»
por el único mandamiento de Dios (Mt 15,9).
Pero
hay uno que no soporta la reacción entusiasta del
auditorio: «un hombre que tenía un espíritu, un
demonio inmundo y se puso a gritar a grandes
voces: ¿Que tienes tú contra nosotros, Jesús
Nazareno? ¿Has venido a destruirnos?»
¿Quién
se siente amenazado de destrucción por las
palabras de Jesús?
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DEMONIOS
POR TODAS PARTES (Lc 4,31-37)
En
el uso atento de los vocablos empleados para transmitir el
mensaje de Jesús, los evangelistas distinguen entre «diablo»
y , «demonio»», términos diferentes y de significado
distinto que se confunden con frecuencia. «Diablo»
es el equivalente griego del vocablo hebreo ««satanás» («adversario»,
«enemigo»), que en la Biblia hebrea se usa indistintamente
para indicar ya la acción del «Angel del Señor» (expresión
que indica a Dios mismo, Ex 16,7), ya a personas, como David,
enemigo de los filisteos (1 Sm 29,4) o Amán, adversario del
pueblo hebreo (Est 7,4).
De
las diez veces que aparece en el Antiguo Testamento, la única
en que «Satanás» es utilizado como nombre propio es en el
libro de las Crónicas (1 Cr 21,1), donde el autor, en una
teología más desarrollada, imputa a «<Satanás»» la
intención de hacer el censo de Israel, acción que había
sido originalmente atribuida al Señor: «El Señor volvió a
encolerizarse contra Israel e instigó a David contra ellos:
Anda, haz el censo de Israel y Judá» (2 Sam 24,1). Con
el término «Satanás» se representan también figuras genéricas
como el «acusador» (Sal 109,6), título de un funcionario de
Dios que forma parte de la corte celeste: «Un día fueron los
ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también
Satanás» (Job 1,6).
En
un apócrifo tardío, «Satanás» se convierte en el nombre
del ángel que rechaza adorar a Adán, el primer hombre
creado, y que es arrojado por eso a la tierra con sus ángeles
(Vida lat. de Adán y Eva 12-16). Contrariamente
a lo que muchos creen, en la Biblia no aparece la fábula del
bellísimo y muy ambicioso ángel, de nombre Lucifer, arrojado
por Dios para siempre del paraíso y transformado en un
horrible diablo.
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En
lengua hebrea no existe el término «demonio» (del griego «devorador
de cadáveres»).
Cuando
la Biblia, en una sociedad culturalmente más desarrollada, se
tradujo a la lengua griega, se tomaron distancias con relación
no sólo a aquellos seres intermedios entre divinidades y
hombres, sino también a los personajes mitológicos que se
encontraban por doquier en el texto como sirenas, arpías,
centauros, sátiros, faunos, duendes, gnomos y espectros, que
fueron traducidos todos con el mismo término genérico de «demonio»
(Lv 17,7). Con
esta misma palabra se designaron también las divinidades
extranjeras, polémicamente degradadas a espíritus malignos,
como Gad, el dios arameo de la fortuna, y el «genio protector»
de la casa Os 65,11; Dt 32,17). Tal
vez los traductores exageraron algo y designaron también como
demonios a los gatos salvajes (Is 34,14) y a las cabras (Is
13,21).
El
demonio más popular del Antiguo Testamento es Asmodeo («Aquél
que hace morir»): enemigo declarado de las uniones
conyugales. A Sara «le fue matando todos los maridos (hasta
siete) cuando iban a unirse a ella, según costumbre» (Tob
3,8). Tobías, también aspirante a marido suyo, preocupado de
que pudiera sumarse a los siete precedentes cadáveres, salvó
la vida con un remedio extraño. Sabiendo
que Asmodeo, demonio particularmente débil de estómago, no
soporta «el «color del hígado y del corazón del pez», echó
esos ingredientes en el brasero del incienso y «el olor del
pez contuvo al demonio, que escapó hasta el confín de Egipto»
(Tob 8,3).
La
sobriedad de la Biblia hebrea y griega respecto a diablos y
demonios (no registra ningún caso de posesión diabólica y
desconoce el término «endemoniado»), contrasta con su
proliferación en el judaísmo, época precedente a la actuación
de Jesús, en que el número y la variedad de demonios creció
con desmesura dejando espacio a la fantasía más
desenfrenada: «Cada uno de nosotros tiene mil [demonios] a la
izquierda-y diez mil a la derecha» (Ber. 6a). En
un mundo en el que algunos no comían alubias, convencidos de
que contuviesen las almas de los muertos (Plinio, Hist. nat.
18,118), todo lo que aparecía maravilloso o proveniente de
causas desconocidas (como la insolación, causada por el «demonio
del mediodía», Sal 91,6) era identificado como demonio o
acción demoníaca. Cada
demonio tenía su especialidad: la borrachera era provocada
por el demonio Shimadon (Ber. R. 36,3), la ceguera por
Shabrirri (Ab. Z. 3a. bar) y la peste por Queteb (Dt 32,24).
En
el Talmud, las hipótesis sobre el origen de los demonios son
de lo más variado. Se
cree que son herederos de los «Nephilim», gigantes
orientales nacidos de la unión entre seres celestes y las
primeras mujeres: «En aquel tiempo -es decir, cuando los
hijos de Dios se unieron a las hijas del hombre y engendraron
hijos- habitaban la tierra los gigantes» (Gn 6,4). También
hay quien sostiene la teoría de la evolución: «La hiena,
después de siete años, se hace murciélago, el murciélago
vampiro, el vampiro hortiga, la hortiga espino, y éste, al
fin después de siete años, se convierte en demonio» (B.Q.
16,1). Otros piensan que son criaturas incompletas: Dios había
creado ya sus almas, pero cuando iba a modelar sus cuerpos
llegó el sábado, lo observó dejando de trabajar, y estas
almas, que habían quedado sin cuerpo, resultaron ser los
demonios (Ber. r. 7,5). La
noche es su reino incontrastable («De noche está prohibido
saludar a quien sea por temor a que pueda ser un demonio»,
Sanh. 44a).
Si
el sexo de los ángeles era un enigma, el de los demonios que,
como los humanos «comen y beben, se reproducen y mueren» (Hag.
B. 16a), estaba claro: eran machos, hembras y gays. La
demonisa más célebre es Lilith Os 34,14), insaciable
doncella lujuriosa que se introduce hábilmente en la cama de
los hombres para hacer el amor con ellos. El Talmud advierte:
«El que duerme será cogido por Lilith» (Shab 151b). En
la cama le plantea una despiadada competencia Ormas, el
demonio que se viste de mujer con la intención de engañar y
seducir incluso a los hombres.
Quien
desea saber si ha sido visitado de noche por un demonio basta
con que: «tome ceniza cernida, la esparza en torno a la cama,
y por la mañana verá las huellas de patas de gallo» (Ber.
6a), y «quien le quiera ver, que lleve la placenta de una gata
negra, nacida de una gata negra primogénita, nacida a su vez
de una primogénita, y la seque en el fuego, la triture, se
ponga una poca en los ojos, y entonces lo verá» (Ber. 6a).
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Ber
Berakot (bendiciones) Shab.
Shabbat
(sábado) Sanh.
Sanhedrin (tribunales) B.Q. Baba qamma (daños)
Tratamos
de responder a muchos de estos interrogantes con una serie de
reflexiones dirigidas a aquellos «no
creyentes» que
deseen descubrir las riquezas escondidas en textos tan
importantes para la vida del cristiano.
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Textos de Alberto Maggi (COMO LEER EL EVANGELIO)
(ED. EL ALMENDRO)
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