Una lectura del Evangelio de Juan

Los obstáculos

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Los numerosos obstáculos que presenta la lectura de los Evangelios plantean la cuestión de si es posible un acercamiento a ellos en el que, además de la iluminación del Espíritu Santo, indispensable, se pueda recurrir a la luz, tan necesaria, del sentido común.


Sentido común

¿Es posible acercarse a los Evangelios mediante una lectura que suscite la fe y que no la exija previamente, porque haya que aceptar ciegamente episodios y mensajes aparentemente contrarios a la razón y al sentido común?


Los evangelios han sido escritos para suscitar la fe en Jesús de Nazaret.

El evangelista Juan afirma explícitamente que Jesús realizó... otras muchas señales que no están escritas en este libro; éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a Él» (Jn 20,31) y en la carta de Pablo a los Romanos se encuentra esta preciosa observación: «La fe sigue al mensaje y el mensaje es el anuncio del Mesías» (Rom 10,17).

Sin embargo, cuántos de los que se acercan a los evangelios se lamentan de que, con frecuencia, la lectura de estos textos no sólo no suscita la fe, sino que la lleva hasta el punto de ponerla en crisis; y esto no por la evidente dificultad de vivir una enseñanza que requiere madurez y constancia, sino porque las formulaciones que hay en estos textos son muchas veces un desafío al sentido común. De ahí que se diga que hay que tener fe para creer lo que se dice en los evangelios.

Esta afirmación sitúa al no creyente en un círculo vicioso: no puede comprender el evangelio, porque no tiene aquella fe que solamente le puede venir del conocimiento del mismo evangelio...

En todo caso hay que reconocer que el primer encuentro con los evangelios no es alentador: desde el principio se tiene la sensación de hallarse ante un libro de fábulas o de relatos mitológicos.

CUANDO JESÚS SE ENFURECE...

  El sentido común choca continuamente con los disparates e incongruencias que se encuentran ya en el mensaje, ya en los episodios evangélicos.

Si puede comprenderse que «a quien tiene se le dará», cómo no levantar una querella sindical por la injusta expresión ««a quien no tiene, hasta lo que tiene, se le quitará?» (Mc 4,25).

¿Cómo conseguirá el ciego de Betsaida, al que Jesús, para curarlo, 4o sacó fuera de la aldea» volver a casa «sin entrar en la aldea» (Mc 8,36)?

Pero hay un episodio sobre todos que somete a dura prueba la fe del creyente: el de la maldición de la higuera (Mc 11,12-14).

Tras buscar y no hallar fruto en la higuera, Jesús la maldice y ésta «se seca desde la raíz».

Es verdad que aquel día Jesús no debía estar de buen humor, pues después de maldecir la higuera corrió al templo con un látigo para «echar a los que vendían y compraban allí y volcar las mesas de los cambistas», pero no hay modo de superar el desconcierto provocado por el comportamiento airado de Jesús con un árbol inocente, máxime cuando el evangelista añade deliberadamente: «De hecho no era tiempo de higos» (Mc 11,13).

La escena no puede sino provocar desorientación; o Jesús fue un insensato o el evangelista se equivocó al subrayar la imposibilidad de encontrar fruto en el árbol en aquella estación del año.

Los numerosos obstáculos que la lectura de los evangelios presenta plantean la cuestión de si es posible un acercamiento en el cual, más allá de la iluminación del Espíritu santo, indispensable, se pueda recurrir también a la del sentido común, igualmente necesaria.

¿Es posible acercarse a los evangelios por medio de una lectura que suscite la fe, y que no la exija de modo que tengan que ser aceptados ciegamente episodios o mensajes aparentemente contrarios a la razón y al sentido común? Éstos son algunos de los numerosos interrogantes y problemas que plantea una lectura de los evangelios que no sea acrítica ni fanática.

Problemas que dependen, en parte, del hecho de que el lector se encuentra frente a una traducción de un texto trasmitido hace dos mil años en una lengua ya muerta y con imágenes tomadas de una cultura oriental muy diferente de la occidental.

 

 EXCOMULGADO POR GRACIA DE DIOS (Jn 9) 

«Bien y mal, vida y muerte... todo viene del Señor» (Eclo 11,14) que se define a sí mismo «creador de la desgracia» (Is 45,7) y asegura que «no sucede una desgracia en la ciudad que no sea causada por Yahvé»» (Am 3,6).

La creencia, contenida en el Antiguo Testamento, de que Dios es el autor de las desdichas que se abaten sobre la humanidad, deja al hombre solamente la posibilidad de aceptar resignado lo que el Señor le envía, esperando que éste no apriete mucho la mano.

«Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?» (Job 2,10), replica Job a la mujer que lo reprende por haber bendecido al Señor por todas las desgracias que le han caído encima: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor» (Job 1,21).

La convicción de que los males y las enfermedades son un castigo, enviado por Dios a causa de las culpas de los hombres, estaba tan arraigada en la época de Jesús que cuando un hebreo encontraba a una persona con alguna minusvalía bendecía al Señor, autor del merecido castigo:

«Quien ve a un mutilado, un ciego, un leproso, un cojo, diga "Bendito el juez justo"»» (Ber. 58b).

Pero si la enfermedad guarda siempre relación con el pecado del hombre, ¿cómo podía explicarse el sufrimiento de los niños sin duda inocentes?

Para los rabinos la solución era muy sencilla: los pequeños son el chivo expiatorio de las culpas de los adultos, como enseñan la Biblia y el Talmud al presentar un «Dios celoso: que castiga la culpa de lo padres en los hijos, nietos y bisnietos cuando lo aborrecen» (Ex 20,5): «Cuando en una generación hay justos, éstos son castigados por los pecados de esa generación. Si no hay justos, los niños sufren entonces por los males de la época» (Shab 33b).


LA MIRADA CREADORA

Fruto de esta mentalidad es la pregunta que los discípulos hacen a Jesús al ver a un hombre ciego de nacimiento: «Maestro, ¿quién tuvo la culpa de que naciera ciego: él o sus padres?».

La ceguera no era considerada una enfermedad cualquiera, sino que, por impedir el estudio de la Ley, se creía una maldición divina, agravada por el anatema del rey David que odiaba a los ciegos hasta el punto de prohibirles la entrada en el templo de Jerusalén: «A esos cojos y ciegos los detesta David. Por eso se dice: "Ni cojo ni ciego entre en el templo"» (2 Sam 5,8).

Jesús responde excluyendo taxativamente cualquier relación entre culpa y enfermedad («ni él ha pecado ni sus padres») y advierte a los discípulos que incluso en aquel individuo, tenido por pecador por la religión y excluido de la sociedad (se trata de un mendigo), se manifestará visiblemente la obra de Dios.

El evangelista ha comenzado la narración subrayando que la mirada de Jesús se ha posado sobre el hombre inmerso en las tinieblas para completar en él la obra del Dios autor de la luz: «Al pasar vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento».


 
Jesús repite en el ciego los gestos del Creador, que «modeló al hombre de arcilla del suelo» (Gen 2,7): «hizo barro con la saliva y le untó barro en los ojos».

Enviado a ir a lavarse en la piscina de Siloé, el hombre «volvió con vista».

Las personas presentes en la escena, incapaces de evaluar el suceso, en lugar de alegrarse con el hombre curado, lo conducen a los fariseos para oír su parecer, desconcertados por el hecho de que Jesús «había hecho barro y le había abierto los ojos en sábado», quebrantando el más importante de los mandamientos.

La curación del ciego pone alerta a los fariseos. Éstos, cultivadores de la muerte, no toleran ninguna manifestación de vida, y habituados a referirse a los hechos con la ley en mano, no se felicitan por el hombre curado, sino que se alarman por las circunstancias de esta curación (hacer barro es uno de los treinta y nueve trabajos prohibidos en día de sábado, Shab 7,2) y le piden información únicamente sobre «cómo» ha sido curado.

De la respuesta del hombre, los fariseos deducen que Jesús «no viene de parte de Dios, porque no guarda el precepto».

Ellos saben todo lo que Dios puede hacer o no.

Y dado que Dios no puede ir contra su propia Ley, es evidente que el autor de la grave infracción (la curación no interesa) ha actuado contra el Señor que ha mandado condenar a muerte a quien, incluso haciendo prodigios, desvía al pueblo (Dt 13,1‑6).

Aquellos a los que Jesús ha llamado antes esclavos del pecado (Jn 8,34) sentencian ahora que Jesús es el pecador.


Pero en algunos fariseos la ostentosa seguridad teológica se resquebraja frente a la evidencia del hecho («¿cómo puede un hombre, siendo pecador, realizar semejantes señales»?) y vuelven a interrogar otra vez al hombre, preguntándole su opinión sobre el individuo que lo había curado.

La respuesta de que se trata indudablemente de un enviado de Dios («es un profeta») hace entrar en escena a las autoridades religiosas («los judíos»).

Éstas no pueden admitir que, transgrediendo el mandamiento del sábado, que incluso el mismo Dios observa, alguien pueda haber obrado el bien.

No pudiendo aceptar contradicción alguna en su doctrina, buscan negar la verdad del hecho, insinuando la duda del fraude y, convocados los padres del ciego que decía haber sido curado, los acusan de estar al frente del embrollo: «¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?».

La curación del hijo es considerada por las autoridades un crimen del que deben responder sus padres.

Atemorizados y llenos de pavor, éstos descargan toda responsabilidad sobre su hijo: ,<Preguntádselo a él, ya es mayor de edad; él dará razón de sí mismo>.

La cobardía de los padres es justificada por el evangelista aduciendo que «los padres respondieron así por miedo a los dirigentes judíos, porque los dirigentes tenían ya convenido que fuera excluido de la sinagoga quien lo reconociese por Mesías».

Esta expulsión comportaba sanciones no sólo a nivel religioso, sino graves consecuencias en el ámbito social: el expulsado era tratado como un contagiado por la peste, con quien no se podía ni comer ni beber y de quien había que mantenerse a dos metros de distancia (M.Q.B. 16a).


 
Y SIN EMBARGO VE

Por tercera vez el hombre que había estado ciego es convocado e interrogado por las autoridades, que intentan hacerle reconocer que ha sido algo malo para él la recuperación de la vista a manos de un pecador.

Habiendo cambiado en un abrir y cerrar de ojos de la condición de beneficiario de un milagro a la de imputado, el hombre evita la trampa que le tienden las autoridades religiosas y no entra en el terreno teológico. Entre la verdad dogmática y la propia experiencia vital, es esta última la más importante: «<Si es pecador o no, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo».

Pero la alegría del hombre, que había pasado de las tinieblas a la luz, ni siquiera es tomada en consideración por las autoridades, porque para éstas no puede haber nada de bueno en la trasgresión de la Ley de Dios.

Habituados a encontrar en los libros sagrados, escritos siglos atrás, una respuesta válida para cada situación de sus contemporáneos, los jefes religiosos piensan no tener nada que aprender o modificar y ven cualquier novedad como un atentado contra Dios, que ha determinado para siempre en su Ley el comportamiento del hombre, al que no le queda sino someterse a las normas establecidas en otros tiempos y para otros hombres.


  Los dirigentes, a costa de negar la evidencia, no pueden admitir la curación del hombre, porque esto dañaría la autoridad de su enseñanza. Si alguno debe sufrir a causa de esto en adelante, paciencia, Dios proveerá.

Pero la obstinación del hombre que no se doblega a su autoridad y que no quiere reconocer que para él habría sido mejor permanecer ciego, aumenta la ira de los jefes que vuelven de nuevo a interrogarlo acerca de las circunstancias de la curación: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?» «Abrir los ojos a los ciegos» es una imagen con la que el profeta Isaías indica la liberación de la tiranía (Is 35,5; 42,7). La repetición de esta expresión siete veces en la narración quiere subrayar aquello que preocupa realmente a las autoridades: que la gente abra los ojos.

Los dirigentes religiosos pueden avasallar e imponer sus verdades, mientras que el pueblo no ve, pero si alguien comienza a abrir los ojos a la gente, están perdidos.

Cansado del enésimo interrogatorio, el hombre curado se niega a responder y pregunta a las autoridades si tanto interés no se deba acaso a que quieran hacerse también ellos discípulos de Jesús.

Jamás: ellos son discípulos de Moisés, no pretenden seguir a un vivo, sino venerar un muerto.

Defensores del Dios Legislador, no pueden comprender las acciones del Creador que se manifiesta comunicando vida al hombre.


Aparentemente animados por el celo del honor de Dios («Da gloria a Dios»), en realidad solamente piensan en salvaguardar su poder, usando el nombre de Dios para sofocar la vida que él comunica.

El evangelista subraya la gravedad del comportamiento de las autoridades que no sólo no quieren ver, sino que impiden que la gente vea y que, para no perder su propio prestigio, «llaman bien al mal y mal al bien» (Os 5,20), incurriendo en lo que es definido en los otros evangelios como imperdonable «blasfemia contra el Espíritu» (Mt 12,31). Las autoridades, no sabiendo ya qué argumentación teológica oponer a la evidencia del hecho, toman el atajo de los insultos. Recordando al hombre, culpable de ver, que es un maldito de Dios («Empecatado naciste de arriba abajo, ¡y vas tú a darnos lecciones a nosotros!»), recurren a la violencia institucional («lo echaron fuera») y hacen realidad en él la amenazada expulsión de la sinagoga.

Pero los jefes religiosos que excomulgan a los hombres en nombre de Dios son en realidad los verdaderos excomulgados.

Su indiferencia por el bien de los hombres, unida a la pretensión de indicarles el camino, los hace culpables de su ceguera, «guías ciegos» (Mt 23,16) que causan la ruina del pueblo: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».

Jesús, una vez que supo que el hombre curado por él había sido echado de la sinagoga, corrió en su búsqueda.

La expulsión de la institución religiosa no causa en el hombre la ruina tan temida, sino que es la ocasión providencial para el encuentro con el Señor. Expulsado por la religión, el hombre encuentra la fe.


 Tratamos de responder a muchos de estos interrogantes con una serie de reflexiones dirigidas a aquellos «no creyentes» que deseen descubrir las riquezas escondidas en textos tan importantes para la vida del cristiano.

 

Interrogantes...

Hay muchos interrogantes que se plantean en una lectura que no sea acrítica ni fanática de los Evangelios. Interrogantes que dependen, en parte, del hecho de encontrarse el lector ante una traducción  de un texto transmitido hace dos mil años en una lengua muerta y con imágenes provenientes de una cultura oriental muy diferente a la nuestra.

¿Y hoy?


Como en las fábulas, en los evangelios se dan situaciones inverosímiles, con revoloteos de ángeles que resuelven todos los problemas y de demonios despreciables que los crean.

Es legítimo hacerse la pregunta: ¿De verdad existían en aquel tiempo los ángeles?

¿Y hoy?

¿Por qué no se aparecen ya?

Es fácil responder que no se «aparecen», porque los hombres no tienen fe.

Pero el evangelio afirma que el sacerdote Zacarías tampoco tenía fe cuando un ángel de tanto renombre como Gabriel se le apareció (Lc 1,20).

La actividad de Jesús no presenta menos escollos para su comprensión. Durante su vida, Jesús apenas curó una docena de leprosos.

¿Cómo no preguntarse por qué no curó a todos los que había en su tiempo?

Y sobre todo ¿por qué no los cura hoy ya?

Él, que tiene el poder de devolver la vida a los muertos, apenas resucitó en total a tres muertos: la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín y Lázaro... ¿Y los otros? ¿En lista de espera para el día de la resurrección, al final de los tiempos?


"Obras aún mayores"

Trasmitidos para suscitar la fe, los evangelios plantean enormes interrogantes.

¿Qué puede significar que Jesús haya conseguido quitar el hambre de millares de personas con «cinco panes y dos peces» (Mt 14,17)?  

Hoy sufren hambre muchas más personas que en tiempos de Jesús... ¿Para cuándo otras multiplicaciones de panes?

Jesús ha asegurado que cuantos creen en él harán «obras aún mayores» que las realizadas por él (in 14,12). Dado que, después de Jesús, no ha conseguido ninguno multiplicar ni panes ni peces, ¿quiere decir esto que en dos mil años de cristianismo no ha habido nadie con una fe tan grande «como un grano de mostaza»? (Lc 17,5).

Jesús había garantizado a sus discípulos que ellos serían capaces como él de «<curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y echar demonios» (Mt 10,8), pero es fácil constatar que, incluso en el mundo llamado cristiano, los enfermos raras veces son curados, los muertos permanecen muertos, la lepra cambia de nombre, pero sigue siendo considerada un castigo divino y son los demonios los que apresan a los hombres en el infierno del odio.


Dichosos lo pobres...

 
El «sermón de la montaña», que se presenta en el evangelio como el discurso más importante de Jesús, se abre con la desconcertante proclamación «Dichosos los pobres de espíritu» (Mt 5,3).  

En realidad nunca una bienaventuranza ha sido tan temida y evitada como ésta: cuantos viven pobres, a la primera ocasión, abandonan sin ningún lamento la pobreza, mofándose de que Jesús la haya elevado a categoría de bienaventuranza. Y aquellos que no son pobres no comprenden por qué deberían sentirse dichosos sumándose a la nutrida tropa de miserables de este mundo, en lugar de empeñarse en intentar reducir la miseria y la pobreza.


"La echaron fuera"