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LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS...
¿Qué significa la resurrección? Esta palabra tiene inconvenientes y ventajas. Procede,
dentro de la tradición judía, del grupo fariseo, grupo legalista, cuya espiritualidad estaba
basada en el cumplimiento de un código estricto que mutilaba a la persona. Este grupo
religioso no se conformaba con que la idea de que la muerte acabara con la vida. Ya en
el antiguo judaísmo, después del destierro de Babilonia, se creía que después de la
muerte quedaba algo, una vaga sombra de la persona, lo mismo pasaba en las religiones
latinas y griegas. Aunque la vida no era totalmente humana, sin embargo se creía en la
existencia de espectros o sombras que con la sangre de los mortales adquirían vida en
algún momento, era como un simulacro de vida. Los fariseos reaccionan contra eso y
piensan que esto no puede acabar así, que la historia tiene que terminar y que al final
habrá una resurrección consistente en que los muertos salen de sus sepulcros y cobran
de nuevo la vida, una vida que prácticamente es una continuación de la actual. Sin
embargo, otro grupo, el de los saduceos no cree en absoluto en la resurrección y
procura ridiculizar a los anteriores y poner en un aprieto a Jesús, recordemos el episodio de la mujer y sus siete esposos (Lc 20, 27-40). Jesús dará un giro total al concepto de
resurrección y como nos relatan todos los evangelios, después de la pasión y muerte del
Señor llega su resurrección gloriosa e inmediata, una resurrección que no se verificará
aquel día lejano e hipotético del “fin del mundo”. Según la cultura judía, el hombre no se
consideraba muerto definitivo hasta el cuarto día de su fallecimiento; podemos recordar
a Lázaro, que aunque sus hermanas le piden que vaya a curarle, el evangelista deja que
transcurran cuatro días, para recalcar que estaba muerto. Sin embargo los evangelios
dejan muy claro que Jesús al “tercer día” resucitará, indicándonos claramente que la vida del Señor no se interrumpe con su muerte, y aunque hay una muerte física, la “persona” no muere, sigue viva; la vida pues, continúa después de la muerte.
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¿Quién va a ser su mujer cuando resucite...?
Esta pregunta que hacen los saduceos para poner en ridículo la doctrina farisea, la
responde Jesús cambiando el futuro “cuando resucite” por el presente “cuando resucita”, indicándonos la inmediatez de la resurrección y la poca experiencia que tienen
los presentes de un Dios de vida y no de muerte. Cuando resucitan no se casan porque
son como ángeles de Dios, pero ¿qué significa ser como ángeles? Pues que son hijos de
Dios, o sea seres divinos, cuya vida no puede transmitirse por generación natural, como
corresponde al tiempo en que para crear vida se hace necesaria esta materia física, tal
como hoy la conocemos. Por tanto, este concepto de resurrección se aleja del
concepto que tenían los fariseos, de una resurrección de los cuerpos al final de los
tiempos. Como Jesús nos indica que la resurrección es inmediata, es obvio suponer que
no es la vuelta de ese cadáver cuyos restos vuelven a formar parte de la materia
terrestre y se confunden con ella según las leyes de la naturaleza. Por tanto, vemos
como la muerte no puede interrumpir la vida. Para reforzar su argumento, Jesús
recuerda el pasaje de Moisés y la zarza ardiendo: «Ahora bien, Dios no es Dios de
muertos, sino de vivos; para él todos siguen viviendo.» (Lc 20, 38) Por tanto les deja muy
claro que tanto Abraham como Isaac y Jacob no están muertos sino vivos, no tienen
porque esperar hasta el fin de los tiempos. Aunque sus restos, si algo queda de ellos,
siguen en sus sepulcros, ellos están vivos como lo afirma Jesús, ya han resucitado.
Además Jesús emplea ese mismo término de resurrección y no otro, aunque puede
llevar a equívocos, para indicar que el que tiene la vida después de la muerte es el
mismo que el que tuvo la vida física antes de ella y no otro distinto, es la misma persona.
Ya no cabe pensar en el cómo será el hecho, ¿nos disolveremos en la infinitud divina?
¿formaremos parte de un cosmos inmortal?, no, por supuesto, es precisamente la vida
propia y personal la que continúa. Es el mismo que se “durmió” el que “resurge”, el que
resucita, el que vuelve a levantarse, es la muerte física un paso necesario para la
continuación de la vida, que no se interrumpe.

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«Y enviará a sus ángeles que tocarán la trompeta y reunirán a los elegidos de los
cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del mundo» (Mt 24,31).
La acción de los cristianos en la historia será la de ir derribando a todos los enemigos
del hombre. Las naciones que los han perseguido, “todas las tribus de la tierra” (Zac 12,10.14) al
final tienen que reconocer el triunfo del “Hijo del hombre”. Al son de la trompeta (Is 27,13) se
congregan los suyos desde todas partes. La llegada del “Hijo del hombre” no indica que
el mundo se ha acabado: no hay tampoco resurrección, juicio ni condenación de los
malos, el objetivo es reunir a los suyos. Los que han luchado por la propagación del
evangelio, sin descorazonarse ante la maldad ni ante la persecución, llegarán al reino definitivo y acudirán al toque de esa trompeta. El toque de trompeta no suena de una
sola vez en un momento determinado de la historia, el fin individual del discípulo no tiene
porque identificarse con el fin de la historia y de los tiempos. La salvación individual no
coincide con la social. El individuo madura más rápidamente, por su entrega total y su
constancia, que los pueblos o la humanidad entera. Con la acción de cada uno en
particular se lleva a cabo la misión universal; solamente cuando esta haya dado su fruto
se inaugurará el reino de Dios definitivo (Mt 13,43), el fin de la historia y de los tiempos.
¿Por qué hablamos de la resurrección del cuerpo?
El hombre, genéticamente, procede de la evolución animal y anda siempre buscando su
lugar en la naturaleza. Siendo un ser carencial: pues no posee, a nivel biológico, ningún
órgano especializado, crea, sin embargo, los instrumentos necesarios para modificar el
mundo que le rodea y así construye una cultura y puede modificar todo a su antojo. En
los hechos concretos de comprender, querer, sentir y en sus experiencias
fundamentales, sobre todo en el amor, revela una trascendencia al acto en sí. Aunque es
el creador de las culturas y los sistemas de convivencia, no se conforma definitivamente
con ellos y es precisamente en la relación con el “misterio absoluto” donde descubre las
verdaderas dimensiones de su dignidad. El hombre se da cuenta de que es al mismo
tiempo finito e infinito, los griegos lo llamaron alma y cuerpo y aunque podemos
continuar con esta terminología de “cuerpo-alma” que está asumida por nuestro
lenguaje, sin embargo vamos a intentar saber que hay detrás de todo esto.
El cuerpo y el alma no son dos partes del hombre, pues el hombre es en su totalidad
corporal y espiritual a la vez. La unidad indivisible de alma-cuerpo es una de las
evidencias de las ciencias modernas, sobre todo de la psicología. El cuerpo y el alma no
son dos cosas independientes, sino dos principios del único ser humano. Cuando en la
Biblia se habla de alma o de cuerpo siempre se refiere a la totalidad del hombre en
algún aspecto concreto.
“La carne” (el hombre-carne)
(En hebreo “Basar” y en griego “Sarx”):
Cuando se usa esta expresión los autores bíblicos se están refiriendo al hombre
biológico de los órganos y los sentidos en contacto con el mundo en el que vivimos.
Este hombre-carne es un ser carencial, sujeto a las tentaciones, a los sufrimientos, al
pecado y a la muerte (Rom 7). Es llamado precisamente así, carne, cuando el hombre se
encierra en sí mismo y pretende realizarse solo en la dimensión terrena sin plantearse las
preguntas trascendentales sobre Dios y su relación con los demás hombres. Es una
existencia que lleva a la muerte al igual que la carne (Gal 5, 18-21; 1 Cor 1,26; 2 Cor 10,5; Rom 8,6 ss).
“El cuerpo” (el hombre-cuerpo)
(En hebreo “Basar” y en griego “Soma”):
Con esta expresión, los autores bíblicos designan al hombre “entero” y precisamente
para significar su existencia como una “persona” que está en relación permanente y en
comunión con otros hombres (Rom 12,1; 1 Cor 7,4; 9,27; 13,1; Flp 1,20). En bastantes pasajes la expresión “cuerpo” puede
traducirse por “yo” (“Esto es mi cuerpo "mi yo" que será entregado por vosotros” (1 Cor 13,3;9,27; Flp 1,30 Rom 12,1)). No es posible la supervivencia (resurrección) del hombre sin
incluir el “cuerpo”, que es la expresión personal del conjunto de relaciones, tanto
sociales como políticas.
“El alma” (el hombre-alma)
(En hebreo “Nefesh” y en griego “Psijé”):
Para los escritores sagrados, el alma no es “algo” diferente al cuerpo, sino que significa
al hombre en su totalidad en cuanto ser viviente, pues “alma” en la Escritura es el
sinónimo de “vida”. Así lo podemos apreciar en el texto de Marcos
(Mc 8,36) que dice: “¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su vida (alma)?¿Qué
dará pues el hombre a cambio de su vida (alma)?” El hombre es precisamente
“vida”, no es que tenga vida, sino que el mismo “es” vida, es pues “el alma” la
consciencia del “yo” que vive y se relaciona. Por eso hay una gran equivalencia entre
“cuerpo” y “alma”, estos términos no se oponen entre sí, sino que expresan al hombre
entero (Gen 2,7; 12,5; 46,22; Ex 13,8-9).
“El espíritu” (el hombre-espíritu)
(En hebreo “Ruaj” y en griego “pneuma”):
Los escritores bíblicos designan precisamente con esta palabra “espíritu” al hombre que
siendo a la vez “cuerpo” y “alma” abre su existencia hacia Dios, como valor absoluto
que le trasciende y orienta su existencia a partir de esta relación divina. Para el Nuevo
Testamento, el “hombre-espíritu” vive una nueva existencia, para el, El Señor Jesús ha
resucitado, el Señor es el Espíritu (2 Cor 3,17; Hech 2,32 s) que vive una existencia humana (y por eso
también corporal) en comunión total con la realidad. Pablo llama al resucitado, cuerpo
espiritual (1 Cor 15,44), dándonos a entender que por la resurrección el hombre actual se
transfigura en hombre-cuerpo espiritual capaz de relacionarse con “todas” las
dimensiones de la realidad.

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Repasamos uno de
los temas sobre la resurrección a petición de varios
"parroquianos"
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