El infierno

 

El infierno es una realidad que existe en esta dimensión. Odio, incomprensión, intolerancia, racismo, xenofobia, engaño, mentiras, rencor, avaricia, miedo, sometimiento al más fuerte, violación y falsedad...... ¿Qué, acaso quieres que te hable de otro infierno?

Llevo años hablando del infierno con mis amigos/as y resulta que es realmente fácil de comprender su existencia. No requiere un doctorado en ciencias teológicas ni siquiera un título del extinguido graduado escolar, comprenderlo es muy fácil.

Tampoco lo que he afirmado al comienzo de esta reflexión, es fruto de una interpretación simbólica de los evangelios. Es una interpretación correcta del mensaje que los Evangelistas intentan transmitirnos a través de sus parábolas y de sus perícopas.

Es curioso, el Hombre puede ser feliz. Tiene en algunos momentos históricos y geográficos posibilidades para ser feliz. Dispone de bienes para subsistir, de conocimientos para madurar, de salud para desarrollarse física y personalmente. Y sin embargo no es feliz.

Envejecer lo agobia, el sufrimiento lo devuelve a la tristeza y le desilusiona, los problemas diarios se vuelven hacia el futuro amargándole el presente. La religión que vivencia sólo es un “parche” para poder darle un sentido a su existencia, una mentira que necesita creer aunque en el fondo de su existencia le deje igual de vacío y triste.

 Y si –este- tipo de persona no es feliz, ¿cómo podrá serlo el que pasa hambre, el que no tiene cobijo, el que ha perdido a sus seres queridos en una tragedia, el que padece alguna deficiencia psíquica o física, el que nunca ha encontrado a otra persona que quiera compartir su vida........?

 Parece que todos estamos destinados a sufrir. Realmente ESTAMOS VIVIENDO EN EL INFIERNO. ¿Quién dice que no existe?

 Paso mi vida, día tras día, intentando aparentar lo que no soy para gustar a los demás. Mirando los anuncios financieros para ver cual es mi liquidez diaria. Comparándome con todos y todas las personas que me rodean para ver si sigo entre los que aprueban – para el sistema de valores de este mundo- o entre los que suspenden.

Mi único objetivo es consumir y tener, y educo a los hijos/as que tengo en esos valores. Quiero que mis hijos/as sean felices y entiendo que sólo desde un consumo exacerbado podré darles la felicidad suprema. Y según voy envejeciendo, observo como mis hijos/as se apartan de mí y preparan mi retiro en una cómoda residencia de mayores que costearé yo con mi sufrido plan de pensiones.

Estoy dolorido/a y triste pero mis hijos/as nunca tienen tiempo para venir a verme. Un día, apagado y desilusionado ante esta vida decido marcharme hacia otro mundo ¿si es que existe? Y sé que sólo el hedor de la descomposición de mi cuerpo alertará a los vecinos para que descubran que otro viejo/a abandona esta existencia infernal hacia un “lo que sea” que no puede ser peor o más triste que esta existencia.

 Este es el Infierno. Existe, es real, es palpable cada día en las noticias de la radio, de la televisión y de la prensa.

 La gente camina, unos al lado de otros, vivimos unos encima o debajo de los otros. No nos hablamos, no nos saludamos. Los diez segundos que dura un viaje en el ascensor con otra persona se vuelven interminables e incómodos. Nos molestan los otros ( y no me refiero a ninguna película).

 Jesús de Nazaret nos habló de Dios y del Reino de los Cielos, y dijo que ya estaba aquí.

Se nos habló de amor, de esperanza, de compartir, de escuchar, de dar, de no destacar, de perdonar siempre, de no dar más valor al dinero que a las personas. Se nos habla de MILAGROS y a la par de FELICIDAD.

El Milagro de levantarte cada mañana y al abrir los ojos darle gracias a Dios al acordarte del maravilloso don que es poder contemplar una puesta de sol o una lluvia desde un cielo gris cuando tantas personas carecen de dicha posibilidad.

Y al levantarte y dirigirte a la cocina darle gracias a Dios porque muchas personas no pueden caminar sin ayuda.

Y al preparar el desayuno darle gracias a Dios porque dispones de la Inteligencia necesaria para coordinar tus movimientos cuando otras personas carecen de dicha capacidad o presentan deficiencias.

Cuando vas al servicio y te duchas, o te afeitas o llevas a cabo tus necesidades básicas diarias, darle gracias a Dios porque dos terceras parte del mundo carecen de agua (no ya de agua caliente) y de un lugar donde poder asearse mínimamente.

Cuando te diriges a la persona que hay a tu lado, darle gracias a Dios por poder comunicarte con tu palabra y de poder emitir sonidos en un mundo donde muchas personas carecen de esa posibilidad.

Y si vas a trabajar, darle gracias a Dios porque muchas personas carecen de trabajo y de ingresos.

Y cuando estás enfermo, darle gracias a Dios porque dispones de una cama y de una farmacia para recobrar poco a poco la salud perdida.

Darle gracias a Dios porque no visitas los hospitales todas las semanas varias veces por los temas relacionados con la diálisis o cualquier problema tan común y conocido.

Darle gracias a Dios porque no tienes ninguna enfermedad que te va a provocar de manera irreversible la muerte corporal.

Darle gracias a Dios por todo.

Gracias, gracias, gracias..........................

Sólo, desde esta actitud, uno valora realmente lo que tiene, haciéndose libre de la dependencia incontrolada por la obtención de bienes materiales.

Se libera, se vuelve más humano, más sensible a los problemas de los demás, más solidario, más caritativo. Hasta tal punto de que descubres el Reino de Dios en la tierra, porque descubres poco a poco el amor que va creciendo en ti y se va transmitiendo a todo lo que te rodea.

Tus hijos y amigos se darán cuenta de que valoras mucho más un rato en compañía de tus familiares y amigos que una venta.

Valoras más un beso seguido de un eterno abrazo y un quedarse dormido en la hierba mirando las estrellas que un “polvo” rápido y compulsivo.

Valoras más una bocanada de aire fresco que un cigarrillo.

Un paseo por la rivera que circular en coche.

Y cuando llegue la muerte corporal, como tu vida ha tenido sentido, aunque no lo puedas explicar, afrontas la muerte sin desilusión, con esperanza, sabes que has dado sentido a tu existencia y no quieres volver atrás. Lo que has hecho lo has hecho bien y estás contento/a contigo mismo/a.

 Sabes partir hacia lo desconocido, sin miedo, con una sonrisa. Una sonrisa de tu cara que cualquier persona que la observe quedará prendado de esperanza, de ilusión. Una sonrisa que hasta al más incrédulo podrá ofrecerle una oportunidad para poder vivir una auténtica vida llena de sentido.

LA RESURRECCIÓN CRISTIANA NUNCA SE HA REFERIDO SÓLO A LA SEGUNDA EXISTENCIA TRAS LA MUERTE CARNAL. SE REFIERE PRINCIPALMENTE AL DESCUBRIMIENTO PERSONAL DE LO QUÉ SIGNIFICA REALMENTE VIVIR.

Vivir es experimentar el tiempo en tu existencia. Realizarte cada segundo como Hombre/Mujer. Perder el miedo al porvenir a cambio de sentir todo lo que te rodea en el momento.

Es afrontar siempre lo que la vida de da sea bueno o “aparentemente” malo. Con agradecimiento, con esperanza con ilusión.

 Sólo desde ahí se accede al Cielo y por lo tanto a la Dimensión del Reino de Dios que existe para los Hombres que habitan esta dimensión temporal/espacial (En su etapa de Espíritus encarnados) y en la etapa de la liberación de la carne o como Hijos del Hombre.

Miguel Ángel