La cruz
era el suplicio reservado a los despreciados, a los rechazados
de la sociedad, y Jesús, que no ofrece títulos, privilegios o
puestos honoríficos (Mt 20,20‑23 ), advierte a los que
intentan seguirlo que, si no llegan a aceptar que la sociedad
los considere del lado de los delincuentes peligrosos, no lo
sigan, porque luego éstos « en cuanto
surge una dificultad o persecución por el mensaje, fallan» (Mt
13,21).
En el
NT la figura de la cruz nunca se asocia a la tribulación del
hombre. De las setenta y tres veces en que el NT se refiere a
la cruz, no se encuentra una sola expresión que la muestre
como sufrimiento que no es posible evitar y que todo hombre
debe aceptar y soportar.
(2)
Tomar
la cruz no significa sufrir resignados cuanto sucede de triste
en la vida
(3), sino
aceptar voluntaria y libremente, como consecuencia de la
propia adhesión a Jesús, la destrucción de la propia
reputación y de sí mismos: « Y si al cabeza de familia le han
puesto de mote Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa!» (Mt
10,25; cf Lc 21,17).
Mateo,
a través de las dos invitaciones a coger la cruz (cf Mt 10,38;
16,24), reformula respectivamente, en modo narrativo, la
bienaventuranza de los constructores de paz y de los
perseguidos por su fidelidad a la decisión de vivir pobres (Mt
5,3.9.10).
«El
que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí» (Mt 10,38)
Esta
primera invitación aclara el concepto de «paz» que Jesús desea
traer a todo hombre (Mt 10,34). El Señor advierte que el
trabajo de los «constructores de paz» no se hará sin dolor.
Cualquiera que hace de la propia existencia un don de amor,
para que otros reciban vida, encuentra en este camino suyo,
como inevitable consecuencia, el desprecio, la cruz. En la
sociedad, la acción de cuantos se dedican a que el hombre sea
feliz, será considerada un crimen tan grave como para llegar a
anular hasta los más estrechos vínculos de la sangre: « Un
hermano entregará a su hermano a la muerte, y un padre a su
hijo; se levantarán en el juicio hijos contra padres y los
harán morir, y seréis odiados de todos por razón de mi
persona» (Mt 10,2122). «El que quiera venirse conmigo, que
reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me
siga» (Mt 17,24).
La
ocasión y el contexto de la segunda invitación en Mateo son
comunes a Marcos y Lucas para los que representan
respectivamente la única y la primera propuesta
(4). También
ese requisito de coger la cruz es formulado por Jesús para
evitar un malentendido: «Desde entonces empezó Jesús
a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén,
padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y
letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Entonces
Pedro lo tomó aparte y empezó a increparlo: ‑¡Líbrete Dios,
Señor! ¡Note pasará a ti eso! Jesús se volvió y dijo a Pedro:
‑¡Vete! ¡Quítate de en medio, Satanás! Eres un tropiezo para
mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la humana» (Mt
16,21‑23; cf Me 8,31‑33; Lc 9,1822).
La
renuncia a toda ambición, implícita en la aceptación de la
primera bienaventuranza (Mt 5,3), no impidió que los
discípulos de Jesús continuasen alentando sueños de privilegio
y prestigio personal: «Quién es el más grande en el reino de
los cielos?» (Mt 18,1; cf 23, 8‑11).
La
tradicional concepción de un Mesías glorioso, que habría
asociado a sus más íntimos seguidores a su victoria,
alimentada por la ambición de los discípulos de querer dominar
sobre los otros, hacía, sin duda, que éstos se mantuviesen
tenazmente apegados a la convicción del éxito seguro de Jesús.
Este tema, que aparecerá más veces a lo largo del evangelio de
Mateo (cf Mt 18,1ss; 20,24‑28) se expresa en el episodio de la
petición de la madre de los hijos de Zebedeo: «Dispón que,
cuando tu reines, estos dos hijos míos se sienten uno a tu
derecha y el otro a tu izquierda» (Mt 20,21; cf Me 10,35‑37).
Simón
Pedro, que ha comprendido al fin que Jesús es «el Mesías, el
Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16) contesta el programa de este
Mesías que va a ser matado en lugar de derrotar a sus
adversarios.
Para
describir la violenta reacción de Simón hacia el Señor, el
evangelista emplea el verbo «imprecar» el mismo que usa Jesús
para someter a los elementos hostiles al hombre como los
vientos, el mar (Mt 8,26) y un demonio (Mt 17,18). El uso del
mismo verbo indica que, para Pedro, el proyecto expuesto por
Jesús es contrarío al diseño divino .
Jesús,
a su vez, tira por tierra la acusación, denunciando al
discípulo como «satanás», esto es, adversario de Dios y del
hombre, y lo reprocha con la misma expresión en imperativo
usada para rechazar la última tentación del desierto: «Vete,
Satanás» 61 (Mt 4,10). Esta tentación ‑idéntica a aquella de
Pedro‑ era la de un mesianismo que tenía por bandera el éxito,
el poder: «Todavía lo llevó el diablo a un monte altísimo y le
mostró todos los reinos del mundo con su gloria, diciéndole:
‑Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje» (Mt
4,8‑9).
Notas
(2) Hasta el siglo v no
aparece en una oración cristiana la «cruz» con el significado
de «sufrimiento», cf Pap. Oxyrhyncus VII 1058,2.
(3)
Como enseña el Concilio es importante una rigurosa
presentación del mensaje de Jesús, para evitar imágenes de
Dios que puedan generar rechazo: «Otros se representan a Dios
de tal modo que esa representación que ellos rechazan, en modo
alguno es la del Dios del evangelio... en este campo también
los creyentes han tenido con frecuencia cierta
responsabilidad... por cuanto, habiendo descuidado educar la
propia fe, por una representación falaz de la doctrina...,
esconden y no manifiestan el genuino rostro de Dios» (Gaudium
et Spes, 19).
(4)
«Si uno quiere
venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su
cruz y me siga» (Me 8,34); « El que quiera venirse conmigo,
que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y
entonces me siga» (Lc 9,23).