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Hemos visto cómo Jesús habló
de la familia de forma positiva. Y, sin embargo, por más que resulte
sorprendente, en los Evangelios aparecen una serie de hechos y palabras de
Jesús en los que ya no resulta evidente que la familia sea siempre una
realidad positiva. Algunas de las palabras de Jesús y algunos de sus
comportamientos resultan extraños, y aun incomprensibles. Por eso merece
la pena detenerse en este punto, para luego sacar las consecuencias.
Quizás algo importante quiera decirnos la Palabra de Dios.
El
seguimiento de Jesús provoca conflictos familiares:
En los Evangelios hay una
serie de afirmaciones de Jesús en las que se dicen cosas sobre la familia
que nos parecen casi increíbles. Pero están ahí, palpitantes, para todo el
que se acerque a ellas con sinceridad... No podemos suprimirlas...
Jesús afirma que ha venido al
mundo para traer división y enfrentamientos, y eso precisamente entre los
miembros más allegados de la familia: "Porque de ahora en adelante una
familia de cinco estará dividida; se dividirán tres contra dos y dos
contra tres; padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e
hija contra madre; la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra"
(Lc 12,51-53). Es más, Jesús llega a decir que "un hermano entregará a su
hermano a la muerte, y un padre a su hijo; los hijos denunciarán a sus
padres y los harán morir" (Mt 10,21). Quiere decir que el seguimiento de
Jesús provoca enfrentamientos entre los miembros más íntimos de la
familia. Y es justamente en ese contexto donde Jesús añade la terrible
sentencia: "Todos les odiarán a ustedes por causa mía" (Mt 10,22). Jesús
puede ser causa de odio entre los seres más allegados de una familia.
Cuando Jesús habla de la
relación que los creyentes deben tener con él, la contrapone precisamente
a las relaciones de la familia: "El que quiere a su padre o a su madre más
que a mí no es digno de mí" (Mt 10,37-38). Y sabemos que, en este punto,
Jesús llevó las cosas hasta el extremo de que a un discípulo que le pidió
ir a enterrar a su padre, le contestó de modo sorprendente: "Sígueme y
deja que los muertos entierren a los muertos" (Mt 8,21-22). Y al otro,
que estaba dispuesto a seguirle y que, obviamente, quería despedirse de su
familia, le dijo sin más: "El que echa mano al arado y sigue mirando
atrás, no vale para el Reino de Dios" (Lc 9, 61-62). Jesús no tolera que
nada ni nadie se interponga en el camino de la fe.
Estas afirmaciones del
Evangelio parecen indicar que, el menos en alguna medida, las exigencias
de Jesús pueden entrar en conflicto con la familia y, en general, con las
relaciones de parentesco. Por eso, sin duda, los Evangelios destacan que
los primeros discípulos, en cuanto escuchan la palabra de Jesús, lo
primero que hacen es abandonar al propio padre (Mt 4,20.22; Mc 1,20; Lc
5,11). Dejar al propio padre era, en aquel tiempo, lo mismo que dejar a
toda la familia. Y eso es justamente lo que, más tarde, reconoció el mismo
Jesús: "Les aseguro, no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos o
hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras por mí y por la Buena
Noticia, que no reciba en este tiempo cien veces más... " (Mc 10,29-30).
Esta relación conflictiva
entre el mensaje de Jesús, por una parte, y la familia, por otra, se
observa igualmente en otros pasajes. Por ejemplo, cuando Jesús aconseja a
sus discípulos que no inviten para una comida a hermanos, ni parientes,
sino a los pobres, lisiados, cojos y ciegos (Lc 14,12-14). Recordemos que,
según la mentalidad de entonces, compartir la mesa era como un gesto que
expresaba la solidaridad con los comensales. Lo cual quiere decir que el
consejo de Jesús va más lejos de lo que parece a primera vista. Porque
viene a indicar que el discípulo de Jesús debe orientar su solidaridad,
antes que hacia los miembros del círculo familiar, hacia los despreciados
de la tierra.
En este mismo sentido resulta
elocuente aquella parábola del banquete en la que los invitados se excusan
de asistir, pues uno ha comprado un campo, otro unas yuntas de bueyes, y
otro se acaba de casar, y naturalmente, no pueden ir (Lc 14, 18-20; Mt 22,
2-3). El amo entonces manda a su encargado a traer al banquete "a los
pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos" (Lc 14,21). No parece
sin importancia el hecho de que el compromiso familiar es, en realidad, la
dificultad que impide a uno de los invitados entrar en el banquete del
Reino, al que tienen acceso los despreciados y los vagabundos de los
caminos (Mt 22,9). También aquí se advierte por dónde van las preferencias
de Jesús.
Los
parientes de Jesús:
El Evangelio de Marcos nos
informa que los parientes de Jesús, cuando se enteraron de la vida que
éste llevaba, entregado a la gente hasta el punto de no tener ni tiempo
para comer, "fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus
cabales" (Mc 3,21).
En otra ocasión, precisamente
en Nazaret, la gente se escandaliza del comportamiento de Jesús, haciendo
mención expresa de sus parientes más allegados, a lo que él responde con
unas palabras que resultan elocuentes por sí mismas: "Sólo en su tierra,
entre sus parientes y en su casa, desprecian a un profeta" (Mc 6,1-6).
Jesús se siente incomprendido y despreciado por sus propios familiares.
Cuando un día le dijeron que
su madre y sus hermanas le venían buscando, Jesús se limitó a contestar:
"¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? El que cumple la voluntad de Dios
ése es hermano mío y hermana y madre" (Mc 3, 31-35). Estas palabras son
fuertes. En definitiva, lo que Jesús viene a afirmar es que él no reconoce
más familia que la comunidad de sus seguidores. Y ello no comporta ningún
desprecio para con su madre en concreto, pues ella fue precisamente su
primera seguidora.
Para Jesús lo que interesa,
ante todo y sobre todo, es la respuesta de cada hombre al mensaje de la
Buena Noticia. Por eso se comprende lo que cuenta el Evangelio de Lucas:
Un día, una mujer, al oír las maravillas que salían de la boca de Jesús,
gritó entusiasmada: "¡Dichoso el vientre que te crió y los pechos que te
criaron!". A lo que el mismo Jesús respondió, corrigiendo a la entusiasta:
"Mejor, ¡dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!" (Lc
11,27-28). Jesús no acepta sin más el elogio que se hace de la relación de
parentesco, aun cuando se trate, como en este caso, de la relación con su
propia madre. Lo cual, como hemos dicho, no quiere decir nada en contra de
ella, pues María era la primera en escuchar el mensaje de Dios y
cumplirlo.
No se debe pensar que el
conflicto entre Jesús y su familia fue sencillamente una cuestión de
enojos o mal entendimiento entre parientes. El problema fue serio. Y eso
se ve claramente por un dato muy significativo que nos suministra el
Evangelio de Juan: "Recorría Jesús Galilea, evitando andar por Judea
porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las
Chozas y sus parientes le dijeron: Márchate de aquí y vete a Judea, que
también los discípulos de allí presencien esas obras que haces, porque
nadie hace las cosas a escondidas si es que busca publicidad; si haces
esas cosas, date a conocer al mundo" (Jn 7,1-4). O sea, lo que quieren
los parientes de Jesús es la publicidad, el triunfo ante las masas, en la
provincia rica de Judea y en la capital, Jerusalén. Y el Evangelio añade
el siguiente comentario: "De hecho, ni siquiera sus parientes creían en
él" (Jn 7,5). Ahí está el secreto del problema. Las personas allegadas de
su propia familia sentían el orgullo de tener un familiar famoso,
triunfador en la vida, para poder así aprovecharse de ello. No les cabía
otra cosa en la cabeza.
Jesús da la clave del
problema, cuando responde a sus familiares: "El mundo no tiene motivo para
aborrecerles a ustedes; a mí sí me aborrece, porque yo declaro que sus
acciones son malas" (Jn 7,7). Jesús no ha buscado la publicidad y el
éxito, sino que se ha jugado la vida, hasta el punto de ser considerado
como un delincuente por haber denunciado públicamente el sistema opresor
que tenían montado los dirigentes judíos. Pero muchos de sus parientes no
estaban dispuestos a enemistarse en absoluto con el sistema, ya que sus
ideas iban exactamente en dirección opuesta a las de Jesús.
Por qué
resulta conflictivo el mensaje de Jesús:
Es ésta una pregunta que
aflora constantemente a la mente de quien lee el Evangelio con sinceridad.
La verdad es que no nos tienen acostumbrados a pensar y hablar de la
familia como lo hacía Jesús.
Las palabras de Jesús son a
veces tan radicales que uno piensa encontrarse ante un dilema: o seguir a
Jesús y dejar a la familia o quedarse con la familia y no seguirle. Jesús
no plantea esa alternativa tomada en un sentido general, válido para
todos. Pero, en la práctica, a veces la familia funciona con tales
pretensiones que al discípulo de Jesús no le queda más remedio que optar
entre ella o el Evangelio. La fuerza del seguimiento de Jesús a veces se
hace impermeable en el mundo de nuestra familia.
Las causas por las que
resulta conflictivo en la familia el mensaje de Jesús podrían ser las
siguientes:
- Jesús conocía muy bien
hasta qué punto la vida del pueblo judío estaba centrada en la familia.
Pero aquella familia era opresora al declarar al padre dueño absoluto de
ella y al otorgarle plenos poderes sobre la mujer y los hijos. La dignidad
de la persona, en esa situación, quedaba mal parada. Jesús no impugna la
existencia de la familia en sí. Pero la familia judía, en su
funcionamiento concreto de entonces, no era el ideal.
Las relaciones familiares, en
aquella sociedad, no se basaban en el reconocimiento de la dignidad de
cada persona. Por el contrario, se trataba de relaciones de sometimiento y
de dominio; generalmente el padre dominaba a los demás miembros de la casa
y, en consecuencia, la mujer y los hijos no tenían otra alternativa que el
sometimiento incondicional. Así las cosas, los creyentes no eran personas
verdaderamente libres para el tipo de opciones que impone el seguimiento
de Jesús. De ahí las distancias que Jesús toma con respecto al hecho de la
familia y los enfrentamientos que anuncia en ese sentido.
- Jesús viene a proclamar y a
vivir una realidad nueva: el Reinado de Dios. Y todos los hombres pueden
llegar a él, a condición de que admitan que Dios es Padre y todos entre sí
hermanos. Y entre hermanos no puede haber desigualdad básica, enemistad o
explotación. Por eso, esta novedad de Jesús choca contra ideas y prácticas
contrarias de la sociedad de entonces y de ahora también.
La familia es necesaria para
formar al ser humano e integrarlo en la sociedad. Pero con frecuencia su
funcionamiento contribuye a perpetuar el autoritarismo, a negar la
dignidad de la mujer y de los niños, a fomentar la insolidaridad y la
explotación. Todo ello niega y entorpece la creación del Reino, con sus
nuevas relaciones entre los hombres.
Según Jesús, la familia, por
muy entrañable que sea, no debe ir contra otra forma de hacer familia más
radical y universal: la de ser todos hijos del único Padre. Eso es lo
primero y lo absoluto. Y cualquier modelo de familia que se oponga al
logro de esta fraternidad universal merece -en la medida en que lo
obstaculice- la crítica y el rechazo de Jesús.
En nuestro tiempo, las cosas
han cambiado profundamente. Nuestra familia no es como la de entonces.
Hasta el punto de que hay quienes dicen que urge recuperar los modelos
autoritarios de tiempos pasados. En esta nueva situación, ¿qué es lo que
nos puede decir a nosotros la postura de Jesús con relación a la familia?
Su ideal de fraternidad sigue siendo el mismo. ¿Cómo adaptar sus
exigencias a la realidad de hoy? Ese es nuestro reto.
Preguntas
para el diálogo:
1. ¿Nos resulta sospechoso lo
que se dice en este tema? Y si efectivamente es así, ¿de qué sospechamos?
¿Por qué?
2. ¿Por qué se insiste hoy
tanto en la defensa y protección de la familia? ¿Qué papel juega la
institución familiar desde el punto de vista de la organización de la
sociedad que tenemos?
3. ¿Nos impide en algo la
familia vivir el ideal cristiano? Decir cosas concretas.
4. ¿Es posible superar las
dependencias familiares que nos impiden en este momento vivir el ideal de
la comunidad cristiana?
5. ¿En qué nos ayuda o puede
ayudarnos la familia para que seamos mejores cristianos?
José
L. Caravias sj
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