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LA REVISTA VIRTUAL (TEMAS DE INTERÉS) | ||
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CÓMO CAPTAR LA REALIDAD (Para pasar más allá del concepto)
Pasar más allá del concepto y ver la realidad que hay detrás de cada cosa, sin fragmentación, tratando de descubrir la unidad. No podrás explicarlo con palabras. No existen las etiquetas para la realidad. Por eso al místico no le dan ganas de hablar. ¿Cómo explicaría el mundo que él está viviendo metido en la realidad y que le descubre la sabiduría? Sólo te cuenta parábolas para ver si sacas su esencia. Eso mismo hacen los poetas. León Felipe dice: La distancia entre un hombre y la realidad es un cuento. El poeta, por medio de un cuento, te hace captar una realidad sin etiquetas. No se puede narrar lo inefable sin disparates que parecen sin sentido y que van más allá de los conceptos, como ocurre en los Evangelios. Lo que narran los Evangelios es un misterio, pero luego la Iglesia ha querido encerrar ese misterio en una cárcel de conceptos y normas. Si no eres capaz de expresar la esencia de] árbol con el nombre de «árbol», ¿cómo vas a tratar de expresar a Dios? El que sabe, no dice. El que habla, no sabe, Eso dicen en Oriente. La palabra es un medio, pero a su vez puede ser un obstáculo para la expresión y un peligro para comunicar lo que no se puede expresar encerrado en esquemas. No avientes con cualquier viento ni sigas cualquier dirección. Sé consecuente en tu pensamiento y moderado en tus palabras, sé rápido para escuchar y calmo para responder (Eclesiastés). El mismo idioma constituye una forma de programar a las personas. En realidad nadie tiene la capacidad de ofenderme.
Es la forma en que yo interpreto el lenguaje lo que me ofende. Ocurre cuando yo relaciono esa palabra que has dicho con una imagen determinada o un concepto. Es la etiqueta que lleva colgada la palabra la que me ofende. ¿Y qué valor tiene una etiqueta? Hay que buscar lo que hay debajo, sabiendo que lo que buscas trasciende de todo concepto y etiqueta. Sólo algo de la realidad queda desvelada por la palabra que empleamos continuamente, y con esa fracción nos movemos sin indagar dónde queda lo demás. Hasta los científicos confiesan no conocer más que una parte pequeñísima de la realidad. Algo nos da a conocer el concepto y la palabra, pero el movimiento, la inmensidad, el no poder expresarla ni encajarla ni definirla, eso lo tenemos que distorsionar cuando queremos expresarlo con palabras. Dice el Eclesiastés: El hablar trae honra y trae deshonra, la lengua del hombre puede ser su ruina. Al ciego, cuando le describes con palabras lo que es el color amarillo, no tiene ni la menor conciencia de cómo es ese color. Para comprender la realidad el místico hace como el pájaro, no agarrarse a nada. La realidad no se deja encerrar en fórmulas.
Todas las religiones creen -o quieren- tener la verdad, poseer toda la verdad. La Realidad, la Verdad, por ser una, no es de nadie en exclusiva porque es de todos. Pero menos lo es de los que quieren cristalizarla, porque eso que se deja atrapar ya no es verdad. Cuando el sabio señala la luna, el necio se queda mirando al dedo. Eso es lo que ocurre con las religiones cuando quieren atrapar la verdad. Lo mismo ocurre con los idealistas en política, y en cualquier campo en que se trata de poseer la verdad. El terrorista es Un hombre programado para morir por su tierra, por su política, por su religión o por algo que cree su verdad. Y lo hace creyendo liberar al mundo y encontrar en ello la felicidad. Y lo único que ocurre es que son unos «indoctrinados» -no conocen la sabiduría-, como lo son en general los «mártires» en todas las religiones. El que muere por defender una convicción, un concepto en donde trata de defender «su idea de la verdad», es un fanático. Es posible que alguno no lo sea, pero la mayoría son producto de un fanatismo proporcionado por su programación cultura¡ o religiosa. Y lo peor es que no tienen la menor conciencia del daño que con su fanatismo pueden hacer. Los indoctrinados dieron pie a cosas tan crueles como el quemar en la hoguera a los considerados herejes o brujas, en nombre de la religión fanática. La verdadera religión tendría que liberarnos: quitarnos el miedo y no esclavizarnos. ¿No predicamos que la Eucaristía es banquete de amor?
Toda programación te lleva a responder condicionado por unos hábitos que te apartan de la realidad. Los hábitos sólo te sirven para cosas puntuales y prácticas (como conducir un coche o el mover las piernas para caminar), pero para las cosas fundamentales de la vida los hábitos anestesian la creatividad y la lucidez de la mente. Lo malo es cómo se toma por normal todo lo que se hace automáticamente. Hasta la espiritualidad ha sido objeto de programación desfigurando su sentido, de la misma manera que la realidad se manipula encerrándola en conceptos erróneos. Hay que estar despiertos para no dejarse engañar. Se habla de una espiritualidad «ignaciana», «carmelitana»... y no existe la espiritualidad con etiquetas, pues si te apropias de una espiritualidad es que estás tratando de ser copia de alguien. La espiritualidad es una, y cada cual ha de vivirla de forma personal, pues sólo podremos descubrirla a través de nuestro espíritu y siendo fiel a él. Si nos agarramos a las palabras o imágenes de otros, perderemos la autenticidad que mora en nosotros como realidad más profunda de nuestro ser. Además, la espiritualidad ha de ser vivida y no aprendida para que llegue al corazón de los hombres. Lo que yo explico no es de Oriente ni de Occidente, porque la espiritualidad no es de nadie cuando es real. Cada persona tiene una manera de interpretar, o de encasillar la espiritualidad, cuando no se atreve a expresar su auténtico mensaje espiritual. Quizá esto ocurra porque no cree en él. Yo conozco un sacerdote que está deseando tener un cáncer para morir sufriendo y otros -la mayoría - se llevarían un gran disgusto al saber que tienen cáncer. Tanto una actitud como la otra no dejan de ser producto de una programación religiosa o cultural. Eres tú el que ha de elegir la interpretación de la vida desde tu propia experiencia, sin dejarte influir por opiniones externas. Tampoco es cuestión de rechazar ni enfadarte por lo que opinen los demás. Cada cual con su vida y con su forma de asumirla; cada uno despierta a su tiempo cuando puede y si tú te enfadas por las respuestas de los demás, demuestras estar tan programado como ellos.
Ser espiritual es ser responsable ante la realidad y estar despierto para no dejarse arrastrar por la corriente de un mundo del que se vale la sociedad para imponer sus criterios. El ser espiritual no se deja programar por el dinero ni por el consumismo, la política, el trabajo o el ocio. Las mismas competiciones deportivas han dejado de ser motivos lúdicos de esparcimiento para pasar a ser actos violentos en donde se disparan el odio y las frustraciones retenidas. Esa cultura de la competitividad, cuando deja de ser un sano placer de ejercitar tus estímulos físicos y psíquicos mediante el juego, se convierte en un ansia de vencer para sentirte por encima del vencido. Lo mejor del hombre es el amor y el que se le aprecie por sus rasgos más humanos de solidaridad y libertad. No hay nada de humano -en el sentido más real de la palabra- en ganar un record humillando a los compañeros de juego: «yo soy mejor que tú y por ello consigo la admiración y la fama». Pero... ¿en qué eres mejor?; ¿en correr?; ¿en meter el balón entre dos palos o en una cesta?, y eso ¿para qué te sirve? ¿Amas con ello? ¿Te haces más persona? Lo peor de todo esto son las comparaciones que miden al hombre para ajustarlo a un ideal que nada tiene que ver con la riqueza de su capacidad humana. Esta riqueza es real, la otra es un ideal abs urdo. Lo importante es ser y no el figurar, pero lo cierto es que estamos tan metidos en esa programación, que el actuar con claridad de percepción -desde esa «cultura- casi llega a parecer un milagro, cuando sabemos que es algo innato en el hombre pues éste nace para vivir libremente y ser dueño de sí mismo. Tú no estás en posesión de la verdad, pero has de ser fiel a lo que sientes como verdad y de la cual eres responsable, y por la misma razón nadie puede obligarte a seguir los dictados de otros ni a dejar de cumplir lo que tu verdad te dicta como justo y razonable en lo que a ti te concierne.
Si cada religión cree tener la verdad como exclusiva, ¿a qué se debe? Temen perder la fe si reconocen que puede haber verdad en las demás religiones, o en muchas de ellas. Si lográsemos vivir desidentificados de nuestras creencias como leyes, normas a cumplir o conceptos que rigen nuestra vida, no nos dedicaríamos a competir con las demás, o a huirles como si fuesen algo amenazante. Lo cierto es que las creencias pueden cambiar porque la fe sobrepasa toda regla: «No he venido a derogar ninguna ley, sino a trascenderla», dice Jesús a los judíos dispuestos a pillarlo en falta. La ley se ha de cumplir, pero no hay otra ley que la que es a escrita en el corazón. Lo que importa es lo que descubres desde la conversión de tu interior y te lleve a buscar la Verdad en donde todas las verdades confluyen. Allí está la verdad de Dios que es la realidad que no engaña. Normalmente, cuando uno se aflige porque se equivoca, cree que pierde el camino, pero no es así porque la vida tiene la experiencia como maestra. ¿Cuándo aprenderemos que no se puede ir por la vida tratando de cambiar la realidad, porque la realidad es la verdad y no cambia? Hemos de cambiar nosotros, que es más fácil y gratificante. Recuerda aquello de: «En vez de alfombrar todo el mundo, es más fácil y práctico que tú te calces unas zapatillas». Mª Paz Mariño (testigo de la luz) |
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