La Gaceta de Cyrano  

"Cette feuille où l'on fait tant de choses tenir! On dit que cette idée a beaucoup d'avenir!"

La página de los que quieren saber algo más sobre Francia y los franceses

El cine en Francia: una pequeña historia.

          París, uno de los centros culturales europeos por excelencia, tuvo el privilegio de convertirse en la capital del cine cuando los hermanos Lumière, Louis y Auguste decidieron ofrecer las primeras proyecciones públicas de su cinematógrafo. Esta innovación se proyectó con el tiempo por todo el mundo, al igual que Edison lo había hecho en territorio americano. La industria francesa de cine fue, con el tiempo, una de las más importantes del mundo y tuvo que superar en distintos momentos los problemas derivados de circunstancias políticas, económicas y sociales que se sucedieron a partir de 1900.

 

Los pioneros: el espectáculo y la industria

 

No cabe la menor duda de que, entre los primeros pioneros del cine, los pasos más firmes y reconocibles fueron dados por los hermanos Auguste y Louis Lumière, unos fotógrafos de Lyon que consiguieron desarrollar algunos de los procedimientos mecánicos que surgieron en la última década del siglo XIX. Después de varios experimentos y pruebas, de los cuales se conservan imágenes, el 28 de diciembre de 1895 lograron ofrecer en un local situado en el parisino Boulevard des Capucines, cerca de la Ópera de París Garnier, las primeras imágenes animadas a un pequeño grupo de personas. Las películas fueron La salida de los obreros de la fábrica Lumière, Riña de niños y otras muy variadas en contenidos, impresionadas todas en 1895, siempre buscando sorprender a un espectador admirado por esta última maravilla.

Después de este primer paso, los Lumière descubrieron que lo que en un principio parecía un negocio efímero, poco a poco fue trascendiendo a otros países y empezó a crecer sin límites de ningún tipo. Películas como El regador regado (1895) y Llegada del tren (1896) dieron la vuelta al mundo y sorprendieron a todos los que se acercaron a los barracones cinematográficos de la época.

Mientras el espectáculo continuaba su marcha abordando historias más completas y un poco más largas, el mago e ilusionista Georges Méliès, que por aquel entonces estaba trabajando en el escenario del Robert Houdin parisino, decidió entrar en el mundo del cinematógrafo. Conjugando su habilidades dirigió Escamoteo de una dama (1896), una película con abundancia de trucos que le dio pie a diseñar una nueva dimensión de espectáculo. El progreso creativo le llevó a La Luna a un metro (1898), película con una construcción narrativa diferente, a base de varios planos, algo inusual en aquellos años aunque con claras referencias teatrales.

Al cine francés de aquella época, y al margen de catástrofes como el incendio en el Bazar de la Caridad parisino, le afectó el cúmulo de dificultades con que se encontró la expansión del negocio a nivel internacional, básicamente por la falta de una distribución controlada, dado que en aquel periodo europeos y estadounidenses copiaron literalmente las películas que hacían unos y otros y las comercializaron sin ningún tipo de escrúpulo. No obstante, ello no impidió que en torno al invento de los Lumière se consolidara una industria con ciertas garantías. Charles Pathé, un pequeño empresario dedicado al negocio del fonógrafo, aprovechó las novedades cinematográficas que estaban surgiendo para iniciar, bajo el sello “Pathé Frères”, la producción de películas, muy en la línea de lo que hacían Lumière y Edison. El otro gran empresario del momento fue, sin duda, Léon Gaumont, que tras iniciarse en el campo de la óptica, desarrolló una intensa actividad en el mundo del cine como productor, distribuidor y exhibidor.

Industria y creación: la consolidación del negocio cinematográfico

Fue a partir de ese momento, en los primeros años del siglo XX, cuando la industria del cine francés comenzó a definirse en su actuación, dado que la mecánica empresarial se puso en marcha y, con ella, un nuevo concepto creativo y comercial.

Pathè se rodeó de personas que se hicieron cargo de la dirección de películas, cuya experiencia fue consolidándose a fuerza de cometer errores. Así, Ferdinand Zecca desarrolló una carrera prolífica a su sombra, siempre funcional y abordando muchos de los temas que fueron recurso común entre los directores de la época. Dirigió Las víctimas del alcohol (1901), El amante de la luna (1905) y, entre ambas, uno de sus trabajos más destacados: Vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo (1902-1905), una larga historia muy bien dirigida; sin duda, una de las joyas cinematográficas de la época.

La ambición de Pathè como productor le permitió consolidarse al frente de una industria en desarrollo, rodeado de un amplio equipo de colaboradores, que llegó a producir varios centenares de películas en algunos años. De la misma forma actuó Gaumont, quien no sólo dio oportunidad a Alice Guy de convertirse en la primera directora, sino que supo también rodearse de directores que le reportaron mucho prestigio, como Victorin Jasset y, sobre todo, Louis Feuillade.

Se produjo mucho cine histórico, bélico, religioso, dramas y melodramas, comedias, escenas cómicas, aventuras más o menos logradas y hasta películas de carácter formativo, que se fueron sucediendo en las pantallas francesas, recibidas por un público ávido de entretenimiento.

La diversificación de la producción provocó el surgimiento de una nueva figura profesional, la del distribuidor. A ello contribuyó en gran medida Charles Pathé, que comprendió que la venta de películas no tenía ya sentido y que, para evitar costes, debía racionalizarse la impresión de copias. Esta reordenación de la industria permitió también el surgimiento de nuevas firmas productoras y que la estabilidad del sector de exhibición fuese un hecho.

El cine, igualmente, se cultivó en mayor medida; se afianzó artísticamente sobre la producción de una serie de películas denominadas "Películas de Arte" (Film d’Art), un modelo impulsado por el banquero y empresario Paul Lafitte con la colaboración de miembros de la Comedia Francesa e intelectuales diversos. Quizá uno de los títulos más representativos del movimiento fue El asesinato del duque de Guisa (1908), que bajo un nivel creativo muy teatral permitió difundir el cine entre las clases sociales más altas, hecho que despertó el interés de Pathé y le llevó a crear inmediatamente una sociedad (la Sociedad Cinematográfica de Autores y Gentes de Letras) para producir el mismo tipo de cine que Lafitte.

Fueron años de euforia para el cine francés, pues los dos grandes empresarios, Pathé y Gaumont, lograron alcanzar un ritmo de producción muy alto y sus películas se programaron en todo el mundo. París se convirtió en la capital cinematográfica por excelencia. Las dos principales productoras se encargaron de lanzar a algunos de los grandes nombres del cine cómico de la época, como André Deed y Max Linder; el primero protagonizó una serie de historias grotescas, mientras el segundo creaba un personaje con estilo, un hombre de clase. Fue una época en la que se desarrollaba con gran intensidad un nuevo formato: el serial, que confirmó el deseo de producir películas más largas en duración. No obstante, como todavía no se había asumido el largometraje como formato de programación, los productores diseñaron el modelo de historia por entregas –en las que se hacía especial hincapié en un final de suspense que animase al espectador a ver el siguiente episodio- con el fin de aprovechar mejor los argumentos. Surgieron así las películas de Victorin Jasset para la Eclair (Nick Carter, 1908-09; o Zigomar, 1911-13; entre otras muchas), que entre otras producciones le consolidaron como uno de los pilares del cine francés, y las de Louis Feuillade, quien demostró su gran dominio del relato en las historias de Fantomas (1913-14). Fueron años en los que el cine francés abría una importante puerta a las adaptaciones de los grandes maestros literarios como Emilio Zola y Victor Hugo, y también permitió la consolidación de uno de los grandes maestros del cine de dibujos animados, Émile Cohl, quien tras desarrollar su famoso personaje –“fantoche”- pasó un año en Estados Unidos, antes de regresar a su país en 1914.

 

Años de convivencia: continuidad y vanguardia

 

Sin duda, la Primera Guerra Mundial supuso un duro golpe para la industria cinematográfica francesa, porque produjo una recesión en el sector de producción al tiempo que a las pantallas del país comenzaban a llegar masivamente las películas estadounidenses. No obstante, una inestable creatividad emergió desde los ámbitos de los movimientos de vanguardia que propusieron una evidente renovación, aunque les faltó eficacia en el desarrollo de los proyectos. La crítica cinematográfica comenzó a tener cierto protagonismo de la mano de Louis Delluc -impulsor del que está considerado como primer cine-club en 1920 (Fièvre, 1921)- o Germaine Dulac (La fête espagnole, 1920). Otras películas llegaron de la mano de Marcel L’Herbier (L’inhumaine, 1924), Jean Epstein (Coeur fidèle, 1923), René Clair (París dormido, 1924) y Jacques Feyder (Crainquebille, 1923). Se apreciaba en buena media una clara preferencia por los temas psicológicos, más intimistas; así como por aplicaciones fotográficas de gran originalidad, profusión estética en el concepto de la imagen…, todo ello orientado hacia la búsqueda de unas cualidades que defendieran la identidad del cine francés.

Coetáneos del expresionismo alemán (véase expresionismo), este grupo de directores apostó por unas historias que, como sucede en toda renovación, abandonaban el camino de la sencillez para irrumpir en otro más intelectual que, si bien fue visualmente muy innovador, resultaba poco atractivo para los espectadores que asistían masivamente a las salas en aquellos años. Esta vanguardia impresionista despertó de su letargo a un notable grupo de intelectuales en toda Europa, hasta que vieron que las dificultades para su subsistencia aumentaban día a día.

En una fase intermedia de equilibrio, se encuentra la figura indiscutible de Abel Gance, quien sorprendió con Yo acuso (1919), La rueda (1923) y Napoleón (1927), películas que situaron al cine francés en los niveles más altos de producción y experimentación antes de la implantación del cine sonoro. Fue un momento en el que también surgieron otras corrientes creativas en las que se combinaban recursos de las más variadas artes. Mientras Fernand Léger sorprendía con su cubista Ballet mécanique (1924), el dadaísmo se sustentaba en los trabajos de Man Ray y el surrealismo se proyectaba en un ramillete de películas que destacaron tanto por su polémica (La coquille et le clerygman, 1927; de Germaine Dulac) como por su férreo radicalismo (Un perro andaluz, 1929; de Luis Buñuel y Salvador Dalí) y su manifiesta agresividad crítica (La edad de oro, 1930; de Luis Buñuel).

No obstante, la producción más comercial continuó desarrollando las líneas más afianzadas antes de la Gran Guerra. Feuillade fue el director por excelencia de los seriales más populares (Barrabás, 1920; Parisette, 1921), eficaces en su planteamiento y, muchos de ellos, muy cuidados en sus aspectos creativos. Feyder inició su carrera con una sorprendente La Atlántida (1921) y Jean Renoir comenzó a destacar en Nana (1926).

 

La implantación del sonido

 

A finales de los años veinte del siglo XX, la industria del cine francés estuvo en manos de firmas tan importantes como la Pathé-Natan (que sufrió profundas transformaciones en los años siguientes) y la Gaumont (Gaumont-Franco Film-Aubert) y otras empresas de gran prestigio que abarcaban los tres sectores del negocio cinematográfico. No obstante, este control no permitió el asentamiento de un cine sonoro propio en suelo francés. La evidente debilidad tecnológica favoreció que el cine estadounidense se asentara en París (la Paramount levantó sus estudios en Joinville y comenzó a producir películas en varias versiones) y que los directores franceses se marcharan a trabajar a los importantes estudios alemanes de Berlín, con el fin de realizar allí las películas sonoras que después se estrenarían en suelo francés.

Las primeras películas sonoras se realizaron en Berlín -impulsadas especialmente por la productora Alianza Cinematográfica Europea, filial gala de la alemana UFA- y la tecnología alemana sirvió de base para la producción de películas en suelo francés, ya que la Tobis instaló sus equipos en los Estudios Epinay, cerca de París.

La reestructuración industrial que se apreció en el cine francés en los primeros años treinta del siglo XX -y que permitió un inicial desarrollo del parque de salas, la proliferación de productoras y la realización de películas- acabó llevando a la industria francesa del cine a un callejón sin salida, dado que la picaresca económica y las fuertes inversiones dañaron las bases de la misma e hicieron desaparecer a un gran número de productores y de sociedades que no pudieron afrontar sus deudas.

Esta situación industrial fue provocando la actuación e intervención del Estado en materia cinematográfica. Mientras se buscaba recuperar la credibilidad del cine francés de antaño, también se pensaba en organizar la profesión y en establecer un criterio censor y fiscal sobre la producción, lo que no gustó a la mayoría de los empresarios y creadores. El espectáculo funcionó, no obstante, a partir del eco que tuvo entre los espectadores de la época, que no sólo dispusieron de largometrajes para ver, sino también de un amplio repertorio de noticiarios y documentales que les resultaron altamente interesantes, además de una abundante oferta de revistas especializadas y de referencias periodísticas.

El cine francés hablado y sonoro comenzó a andar en 1929 con el estreno de le collier de la reine, de Gaston Ravel, y Les trois masques, de André Hugon, rodada en Londres. Los rodajes de las primeras películas sonoras francesas, en general, padecieron los mismos defectos que las cinematografías de otros países: problemas tecnológicos, limitaciones técnicas, lenta implantación de equipos en las salas y lenta adecuación de los profesionales al nuevo sistema.

En los primeros años treinta del siglo XX llegaron a las pantallas francesas las películas de René Clair (Bajo los techos de París, 1930; ¡Viva la libertad!, 1931) -en las que se apreciaba una interesante utilización del sonido por parte de quien en un principio rechazaba su aplicación-, Julien Duvivier (Poil de carotte, 1932) y Jean Renoir (La golfa, 1931; Boudu sauvé des eaux, 1932), entre otros. Sus películas confirmaron, fundamentalmente, que el cine francés había acabado por superar inteligentemente el hermetismo teatral que le tuvo atenazado durante un tiempo y que había sabido aprovechar y entender el sonido como un nuevo recurso expresivo, lo que le valió ofrecer auténticas obras de arte.

El público, que en muchas ocasiones se mostró indiferente, comenzó muy pronto a valorar la aportación de los actores que, llegados del teatro, se hacían con las interpretaciones de los principales papeles. Sus rostros comenzaron a ser muy populares y estuvieron presentes en el cine francés durante muchos años: Maurice Chevalier, Raimu, Michel Simon, Jean Gabin, Michèle Morgan, Louis Jouvet, Fernandel y Arletty, entre otros. No obstante, tuvieron que luchar contra los grandes rostros de Hollywood que llegaron a las salas del país doblados al francés.

La abundante producción habida en el primer lustro de los años treinta del siglo XX insistió más en el carácter popular y en las dificultades de encontrar caminos a la producción de calidad. Por caminos bien diferentes sorprendieron las aportaciones de André Sauvage en el campo del cine documental y publicitario y, especialmente, la obra de Jean Vigo (L’Atalante, 1934).

Desde que el Frente Popular consiguió la mayoría en el parlamento francés en la primavera de 1936, las películas realizadas por grupos militantes de izquierdas no dejaron de ser propuestas que se mantuvieron al margen del cine producido hasta la fecha. Algunos casos singulares como Le crime de Monsieur Lange (1936), de Renoir, las iniciativas de Jacques Prévert o las aportaciones del Partido Comunista (con cierta implicación del propio Renoir), los socialistas y la cooperativa obrera “Ciné-liberté”, no alcanzaron sus objetivos. Fueron las películas de ficción como La belle équipe (1936), de Duvivier, Una partida de campo y Los bajos fondos (1936) y La Marsellesa (1938), de Renoir, las que marcaron una línea más definida sobre los intereses políticos y sociales que se vivían en Francia.

A finales de la década, los síntomas de una preocupación política internacional se proyectaron sobre el cine francés, que se vio condicionado por las directrices impuestas por el gobierno que, inevitablemente, aplicó con rigor un modelo de censura sobre los temas que los directores querían abordar. El cine de propaganda, el cine histórico y el colonial se convirtieron en pilares de la producción de la época; era un cine que resaltaba todos los recursos heroicos a través de individuos que asumían el riesgo de salvar al país. En este sentido se mostró la obra de L’Herbier (Les hommes nouveaux, 1936), Duvivier (La Kermesse heroica, 1935; Pepe le Moko, 1937) y Marcel Carné (El muelle de las brumas, 1938), entre otras, buena parte de ellas resaltando el pesimismo y la destrucción del hombre por encima de cualquier otra posibilidad. Fue un cine de gran calidad, de cuidadas escenografías, iluminación y planificación; películas que recibieron un desigual trato por parte del público de la época. Era la corriente realista que se topó con la inestabilidad política internacional y afectó en primer grado al país con la entrada de las tropas alemanas en París.

 

De la guerra a los jóvenes de los sesenta

 

La Segunda Guerra Mundial provocó en Francia una movilización general que afectó a todos los sectores industriales. La producción cinematográfica se ralentizó, dado que algunos directores trabajaron en estudios extranjeros, al tiempo que el gobierno de Vichy decidía establecer unas normas (octubre de 1940) de control sobre la industria y sus profesionales. Tales normas contemplaban los anticipos a la producción, la exigencia de un carnet profesional, el establecimiento del programa sencillo con un complemento, la creación de un centro oficial de formación de profesionales –el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC)- y la aplicación de un régimen censor, entre otras. Fundamentalmente, se quiso poner orden en el sector de producción, dada la proliferación de empresas de escasa eficacia. Las salas, que durante el conflicto se vieron muy concurridas, se surtieron de producciones estadounidenses y británicas hasta que la ocupación arrastró abundante material alemán e italiano.

La marcha de los principales directores franceses facilitó el acceso y protagonismo de otros que estuvieron trabajando durante años, oscurecidos por la sombra de aquellos. Aunque el cine francés continuó en manos de algunos directores conocidos –Jean Gremillon, Sacha Guitry, Marcel Carné, etc.-, aparecieron en el nuevo horizonte las figuras que impulsaron la renovación del cine francés: Robert Bresson (Les dames du bois de Boulogne, 1944), Yves Allégret (Les démons de l’aube, 1946), Jacques Becker (Se escapó la suerte, 1947), Claude Autant-Lara (Le diable au corps, 1947), Henri-George Clouzot (En legítima defensa, 1947), René Clair (El silencio es oro, 1947) y Jean-Pierre Melville (Le silence de la mer, 1947-48), entre otros. Se abordaron todos los temas imaginables y, en algunos casos, no se reparó en gastos (Los niños del paraíso, 1945, de Carné).

En junio de 1946 se firmó un acuerdo entre Léon Blum (embajador de Francia) y James Byrnes (secretario de Estado estadounidense) por el cual el mercado cinematográfico francés se sometía en cierta medida al control de Hollywood. La cinematografía salió bastante beneficiada por este acuerdo, dado que la cuota de pantalla establecida apenas daba un respiro a la producción francesa. Revisado el acuerdo dos años más tarde, la técnica del doblaje todavía permitía el dominio del cine foráneo sobre el nacional, situación respaldada siempre por distribuidores y exhibidores. Sin embargo, y gracias a la Ley de Ayuda Temporal a la Industria Cinematográfica (1947), el cine francés comenzó a disponer de los recursos proteccionistas adecuados, centrados básicamente en el cobro de un impuesto sobre las entradas y el metraje de películas distribuidas.

Los años cincuenta del siglo XX generaron un tipo de producción muy variada, sustentada en el Fondo de Desarrollo de la Industria Cinematográfica (1953) que permitió subvencionar películas especiales y de calidad, iniciativa que sirvió para que años más tarde pudieran dar sus primeros pasos los jóvenes directores de la “Nouvelle Vague”. Aunque en el ecuador de la década François Truffaut publicó en Cahiers du Cinéma (nº 31) el artículo “Una cierta tendencia del cine francés”, en el que arremetía contra todo el cine que estaba realizando el grupo de directores que, encerrados en el estudio, se ajustaron a guiones muy elaborados sustentados en obras literarias y con una puesta en escena tradicional.

Abordaban temas muy diversos (la relaciones humanas, un cierto realismo rural como fin de una época social, un trasfondo nostálgico de la vida en los pueblos, etc.) pero ajenos a la inmediata realidad: lo vivido en la Guerra Mundial. Entre otras muchas películas cabe recordar las de Robert Bresson (Diario de un cura de campaña, 1950; Un condenado a muerte se ha escapado, 1956), René Clément (Juegos prohibidos, 1952), Jacques Becker (París, bajos fondos, 1952), H. G. Clouzot (El salario del miedo, 1953; Las diabólicas, 1955), Alexandre Astruc (Les mauvaises recontres, 1955), Max Ophuls (Lola Montes, 1955), Jacques Tati (Las vacaciones de Monsieur Hulot, 1953; Mi tío, 1958), Jean Cocteau (Le testament d’Orphée, 1959), etc.

Las películas firmadas por los directores artesanos –el denominado cine de qualité- convivieron con nuevas propuestas en las que se abordaban tanto temas íntimos del ser humano como otros más sencillos, que lograban un notable efecto por una estructura renovadora que pretendía romper con la linealidad clásica. Además, el cine francés vivió su mejor momento en la producción de películas de género negro. Lemmy Caution, el personaje creado por Peter Cheyney, acaparó la atención de los franceses, sobre todo porque fue interpretado por Eddie Constantine, un rostro popular en el país. Este hombre es peligroso (1953), de Jean Sacha, marcó una impronta que fue rápidamente seguida por Touchez pas au Grisby (1954), de Jacques Becker, Razzia sur le Chnouf (1954), de Henri Decoin, Rififi (1955), de Jules Dassin, y varios trabajos de Jean-Pierre Melville.

 

Cahiers du Cinéma y el cine de autor

 

Quizá fue Los niños terribles (1950), de Jean-Pierre Melville, la película que impulsó el movimiento renovador de la Nouvelle Vague que surgió con gran fuerza plástica a partir de Los cuatrocientos golpes (1959), de François Truffaut, y Al final de la escapada (1959), de Jean-Luc Godard, aunque se inició en el campo de la crítica con la aparición de la revista Cahiers du Cinéma en 1951 (un año después apareció Positif).

No obstante, si bien estos dos nombres fueron los más repetidos en aquellos años, detrás de los mismos se encontraba un notable grupo de jóvenes que irrumpió con gran fuerza en la industria cinematográfica francesa. Varias películas, como La evasión, de Becker, Pickpocket, de Bresson, e Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, las tres de 1959, junto con Al final de la escapada, proponen por diversos motivos y enfoques la apuesta más renovadora que esperaba la clase intelectual francesa, ávida de temas conceptuales más profundos, críticos y revolucionarios. Fue el momento en que se produjo, igualmente, una escisión entre el público francés: el que buscaba con ansiosa insistencia las películas proyectadas en las numerosas salas de Arte y Ensayo, y el espectador más común, que continuó disfrutando de las historias de Jean Gabin, Fernandel y otros actores populares. En esa línea de transgresión, Jean-Luc Godard demostró con Alphaville (1965) su desacuerdo y rechazo hacia todo el cine francés anterior, puesto que no sólo se mantuvo firme en la propuesta de renovación, sino que introdujo un elemento como el Lemmy Caution, interpretado por Eddie Constantine, referente de otros años.

En esos años, el sector de exhibición intentaba compatibilizar la propuesta artística con la más comercial, para lo cual reformó el parque de salas y lo adecuó a los dos tipos de espectadores. La situación animó a muchos directores a avanzar por los caminos más dispares y, sobre todo, a contemplar el mercado con el deseo de abrirse paso en todas las direcciones posibles. Fueron los años de Resnais (El año pasado en Marienbad, 1961; Muriel, 1963), Claude Chabrol (Ofelia, 1962; La mujer infiel, 1968), Louis Malle (Fuego fatuo, 1963; ¡Viva María!, 1965), Agnès Varda (Cleo de 5 a 7, 1962), Claude Lelouch (Un hombre y una mujer, 1966) y Eric Rohmer (Mi noche con Maud, 1969), entre otros muchos. Fue también la época de mayor éxito del tándem formado por el director Gérard Oury y el actor Louis de Funès (El hombre del cadillac, 1965; La gran juerga, 1966), y del desarrollo de una estable producción de documentales y cortometrajes de temática política, antropológica y social, muy influidos por la corriente cultural que emergió en esa década y que se proyectó en el mayo del 68.

La negativa de muchos directores a abrirse a una temática menos compleja y que, sin perder originalidad –autoría-, fuese aceptada por un público masivo, condujo al cine francés a una situación extraña en la que se vio cómo, de cara al mercado internacional, los premios en Festivales respaldaban a algunos directores (autores), mientras que el público local disfrutaba con otras historias más intranscendentes.

Como nexo de unión entre ambas propuestas, y en un intento de transmitir al público una idea de que todo lo que se hacía era cine francés, los actores y actrices evitaron de manera decisiva que la industria viviera una situación de grave crisis. Así, la presencia de nombres clásicos como Jean Gabin, Fernandel, Michèle Morgan, Simone Signoret o Jean-Louis Trintignant facilitó la actualidad de rostros como Brigitte Bardot, Jean Paul Belmondo, Jeanne Moreau, Delphine Seyrig, Catherine Deneuve, Alain Delon, Jean-Pierre Léaud, Yves Montand y otros muchos.

 

Una época de supervivencia

 

El cine francés, más allá del revulsivo que supuso la Nouvelle Vague, se vio abocado a una continuidad sin sobresaltos en la que se produjo mucho cine, diversificado en sus planteamientos y proclive a la fragmentación de su público.

Los grandes nombres –Truffaut, Chabrol, Godard, etc.- se vieron obligados a seguir su camino por separado. Resultó imposible, como en otros países, que el grupo de renovadores pudiera mantener una misma línea. Su cine comenzó a evolucionar por territorios temáticos que hablaban de inquietudes personales o criticaban modelos y actitudes sociales: se recordaban vivencias infantiles y juveniles al tiempo que se hacía hincapié en la denuncia de todo tipo de injusticias, tanto pasadas como de máxima actualidad.

Los movimientos políticos de finales de los sesenta dieron paso a la producción de películas más comprometidas como Z (1969) y Estado de sitio (1973), ambas de Constantin Costa-Gavras, o El atentado (1972), de Yves Boisset. También los cambios políticos del país animaron a una revisión de la historia desde perspectivas muy diversas –desde la historia reciente hasta las leyendas medievales o la Revolución-, como las recogidas en Lacombe Lucien (1974), de Malle, Violette Nozière (1978), de Chabrol, Lancelot du Lac (1974), de Bresson, o Qué empiece la fiesta (1971), de Bertrand Tavernier, así como numerosos documentales.

Estas películas se alabaron desde la perspectiva de la crítica y, en algunos casos concretos, estuvieron avaladas por la presencia masiva de público en las salas. No obstante, fueron unos años en los que el cine de autor y el más comercial convivieron con notables enfrentamientos. Muchos directores consiguieron, gracias a la apertura de pequeñas salas en las ciudades más importantes del país, que sus películas fueran vistas por sus más incondicionales. Chabrol (Relaciones sangrientas, 1973), Bresson (El diablo probablemente, 1976), Truffaut (La noche americana, 1976) compartieron carteleras con otros directores como André Cayatte (El veredicto, 1974), Jacques Rivette (Celine y Julia van en barco, 1974), Robert Enrico (El viejo fusil, 1975), Claude Lelouch (Le bont et les méchants, 1976), Pierre Granier-Deferre (Una mujer en la ventana, 1976) o Jacques Deray (Los granujas, 1977).

Por estos años, comenzaron a verse con frecuencia los rostros de actrices y actores como Bulle Ogier, Isabelle Huppert, Gérard Depardieu, Fanny Ardant, Miou-Miou, Philippe Noiret, Jean-Claude Brialy y Isabelle Adjani, algunos de los más populares a partir de los años setenta.

El sector de exhibición comenzó a cambiar de manos y a adoptar nuevas políticas de intervención que marcaron el estreno de muchos títulos. Son diversos los grupos económicos que controlaron el sector, especialmente la Unión General de Cinematografía (UGC), Pathé y Gaumont. No obstante, la cuota de mercado que durante mucho tiempo estuvo en manos del cine francés comenzó en los primeros años noventa a ser dominada por el cine estadounidense, quizá por el agresivo marketing que impuso Hollywood en todo el mundo para buena parte de sus estrenos.

Fue una época, igualmente, en la que la difusión del cine comenzó a disponer de otros canales, más efectivos con respecto al público, como fueron las diversas televisiones. Muchas programaciones pasaron a depender del suministro de películas, panorama que obligó a la industria televisiva a replantearse su situación e introducirse en el mundo del cine como un productor más, con lo que se garantizaba el mayor y mejor lote de películas que se produjeran. Más allá de otras experiencias, quizá la existencia de Canal + (desde 1984) motivó que se convirtiera en un hecho empresarial cotidiano la participación de un canal de televisión en la producción de una película, con la salvedad de que dicho canal se convirtió en el más activo del sector audiovisual francés.

 

El fortalecimiento del audiovisual francés

 

Al margen de todas estas iniciativas, el cine francés dispuso también del impuesto sobre la entrada y del apoyo del conjunto del SOFICA (Sociedad para la Financiación de la Industria Cinematográfica y Audiovisual), que financia la producción audiovisual a partir de capitales de empresas y particulares que buscan, con dicha inversión, beneficios fiscales.

Quedó así muy definida, desde dicha participación en la producción, la vinculación entre el sector cinematográfico y el televisivo. Las iniciativas que se pusieron en marcha desde mediados de los años ochenta tenían que ver con las directrices globales de las principales empresas audiovisuales francesas. Así, determinadas líneas creativas pasaron directamente a televisión –el cine cómico, el cine negro, etc.-, mientras que en el cine se favoreció la presencia de nuevos directores, jóvenes que irrumpieron con notables pretensiones que el tiempo fue situando en su contexto.

Los creadores pretendían abrirse camino de la manera más diversa. Se aprecia cierta desorganización en las propuestas que surgen y en las iniciativas industriales, lo que permitió al ministro Jack Lang convertirse en el organizador de la industria audiovisual francesa al señalar los caminos más apropiados para la supervivencia de la producción de cine, sorprendido quizá de que los directores más conocidos continuaran siendo François Truffaut (El último metro, 1980; La mujer de al lado, 1981; Vivamente el domingo, 1983), Claude Chabrol (El caballo del orgullo, 1980; Un asunto de mujeres, 1988), Eric Rohmer (La mujer del aviador, 1980; Paulina en la playa, 1982; El rayo verde, 1985) o Jean-Luc Godard (Salve quien pueda, la vida, 1980; Nombre: Carmen, 1983; Yo te saludo, María, 1985).

Así pues, decidió revitalizar el cine francés desde todos los frentes posibles: el político –con una leyes favorecedoras-, el económico –facilitando las inversiones empresariales-, el industrial –animando la convivencia y apoyo entre cine y televisión- y el creativo –dando la libertad necesaria a la expresión más diversa y apoyando el cine de directores extranjeros-. Consideró que otros directores debían disponer de los cauces necesarios para que su trayectoria continuase evolucionando. La diversidad de propuestas se pudo descubrir en el cine de Betrand Tavernier (Un domingo en el campo, 1984; Ley 627, 1992; El capitán Conan, 1996), André Techiné (En la boca no, 1991; Los juncos salvajes, 1994), Claude Sautet (Un corazón de invierno, 1993), Bertrand Blier (Demasiado bella para ti, 1989), Patrice Leconte (Monsieur Hire, 1988; El marido de la peluquera, 1990; El perfume de Ivonne, 1993), Patrice Chéreau (La reina Margot, 1994), Jacques Rivette (Alto, bajo, fuerte, 1995), Agnés Varda (Ciento y una noche, 1995), etc.

Desde el gobierno se defendió el cine como patrimonio nacional, como industria cultural; por eso los franceses fueron los máximos impulsores de la “excepción cultural” que Europa puso sobre la mesa en las conversaciones comerciales con Estados Unidos (la negociación del GATT). Se fortaleció desde los primeros años noventa la presencia del cine francés en sus propias salas, y llegó a alcanzar una media del 35-40% de la cuota de mercado.

No obstante, el cine francés intentó mantener siempre el equilibrio entre la línea autoral y la comercial, abriéndose al mercado internacional siempre que la producción así se lo permitiera en historias más ambiciosas y de gran competitividad. Si Jean Marie Poiré situó a Los visitantes (1992) entre las películas más comerciales de la década, Jean-Jacques Annaud se convirtió en el cineasta francés más internacional, abordando coproducciones de notable envergadura como El nombre de la rosa (1986), El amante (1991) o Enemigo a las puertas (2000). Alain Corneau sorprendió con Todas las mañanas del mundo (1991), Régis Wagnier con Indochina (1992) y Jean Paul Rappeneau alcanzó dos notables éxitos de taquilla con Cyrano de Bergerac (1992) y El húsar en el tejado (1995). La otrora joven promesa Luc Besson, que había convencido con Subway (1984), tras mostrar sus más diversas influencias en Nikita, dura de matar (1989), entre otras, y trabajar en el cine estadounidense, consiguió un notable éxito con dos historias espectaculares: El quinto elemento (1997) y Juana de Arco (1999), y mientras la versión que Francis Weber dirigió de su obra La cena de los idiotas (1998) resultó un gran éxito, Claude Zidi, que rescató los famosos personajes de Uderzo y Goscinny para crear Astérix y Obélix contra César (1999), una desigual película que se convirtió en otro éxito de taquilla. El nuevo siglo comenzó con el excelente trabajo Le fabuleux destin d’Amelie Poulain (2001), de Jean-Pierre Jeunet, que constituyó un notable éxito de taquilla, y la recuperación de Godard en Elogio del amor (2001), una muestra de su más genuino estilo.

El cine francés se convirtió a lo largo de los años noventa en impulsor de películas de cineastas foráneos que alcanzaron una evidente notoriedad no sólo en los más diversos festivales, sino también en el mercado internacional. Así, diversos productores compartieron riesgos en películas como El olor de la papaya verde (1992), del vietnamita Tran Anh Hung; La mirada de Ulises (1995), del griego Theo Angelopoulos; El trío de Shanghai (1995), del chino Zhang Yimou; La otra América (1995), del yugoslavo Goran Paskaljivic; Genealogías de un crimen (1997), del chileno Raúl Ruiz; o El silencio (1998), del iraní Mohsen Makhmalbaf, entre otros. La coproducción con España se concretó, entre otras, en películas como Felpudo maldito (1994), de Josiane Balasko; La camarera del Titanic (1997), de Bigas Luna; La mujer del cosmonauta (1997), de Jacques Monnet; ¿Entiendes? (1999), de Stéphane Giusti; y La vida prometida (1999), de Régis Warnier, entre otras.

Sin duda, el cine galo –sostenido por una siempre eficaz industria audiovisual que le situó como el motor cinematográfico europeo- continuó dando buenos resultados. La compra de producciones por parte de Le Studio Canal +, la participación de la cadena Arte, las incursiones de los canales TF1, France 2 y France 3, TV5, la intervención de ciertas productoras como Gaumont, UGC Internacional, Why Not (Pascal Caucheteux), Noé Productions (Frédérique Dumas) o Productions Lazennec (Christophe Rossignon y Alain Rocca) permitieron la convivencia de directores veteranos con otros muchos más jóvenes. Muestra de toda la creatividad que se ha respirado desde el último lustro de los noventa son películas como Ponette (1995), de Jacques Doillon; Marius y Jeannette, un amor en Marsella (1996) y De todo corazón (1998), de Robert Guédiguian; Cuento de otoño (1998), de Eric Rohmer; Place Vendôme (1998), de Nicole García, entre otros; mientras, otros más jóvenes firmaron títulos como No todo el mundo puede presumir de haber tenido unos padres comunistas (1993), de Jean-Jacques Zilbermann; Pequeños arreglos con los muertos (1994), de Pascale Ferran; Crying Freeman, los paraísos perdidos (1996), de Christophe Gans; Dobermann (1997), de Jan Kounen; y Finales de agosto, principios de septiembre (1999), de Olivier Assayas. No obstante, la llegada masiva de jóvenes directores –y muchas directoras- a la máxima responsabilidad no garantizó en ningún momento la continuidad de sus carreras, muchas de las cuales finalizaron con apenas dos o tres títulos ante la falta de expectativas. Las estrellas más veteranas –Catherine Deneuve, Isabelle Adjani, Sophie Marceau, etc.- compartieron estrellato con otros rostros más jóvenes, futuras estrellas del cine galo: Laeticia Casta, Virginie Ledoyen, Clotilde Courau, Ëlodie Bouchez y Jeanne Balibar, entre otras, siempre acompañadas de rostros masculinos como los de Gérard Depardieu, Daniel Auteuil, Gabriel Barylli, Emmanuelle Schotté, Christian Clavier, Guillaume Depardieu, Jean Reno, etc.

Los premios también se acumularon en estos años. El odio (1995), de Mathie Kassovitz, obtuvo el Félix del cine europeo y el premio a la Mejor Dirección del Festival de Cannes; No va más (1997), de Claude Chabrol, se llevó la Concha de Oro en San Sebastián; varios galardones recogieron La vida soñada de los ángeles (1998), de Erick Zonca, y La humanidad (1999), de Bruno Dumont; y Hoy empieza todo (1999), de Bertrand Tavernier, se convirtió en una excelente historia para acaparar numerosos premios nacionales e internacionales.

La industria del audiovisual francés vivió momentos de preocupación con la fusión del canal de televisión Canal + y el grupo Vivendi. No obstante, como en otros países europeos, el cine en Francia también comenzó el nuevo siglo preocupado por la cuota de mercado y su proyección exterior, el modelo fiscal y los derechos de autor, el consumo de productos y la tipología del espectador que emerge en el mercado del ocio y entretenimiento.

 

Bibliografía

AA. VV.: El nuevo cine francés, Valencia: Filmoteca de la Generalitat Valenciana, 1999.
JENACOLAS, Jean-Pierre: Le cinéma des français. La Vº République: 1958-1978, París: Stock, 1979.
JENACOLAS, Jean-Pierre: 15 ans d’années trente. Le cinéma des français: 1929-1944, París: Stock, 1983.
PREDAL, René: 50 ans de cinéma française, París: Nathan, 1996.
SICLIER, Jacques: Le cinéma français I: 1945-1968, París: Ramsay, 1991.
---: Le cinéma français II: 1968-1990, París: Ramsay, 1991.
TREMOIS, Claude-Marie: Les enfants de la liberté, París: Seuil, 1997.

textos cedidos por

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Fecha de la última actualización de esta página: miércoles 13 de noviembre de 2002

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