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La existencia del vino se remonta a la más
remota antigüedad. Basta con aplastar la uva para que, espontáneamente,
se produzca una ebullición, se liberare gas carbónico, el medio se
caliente y se inicie la fermentación.
El vino presenta cierta estabilidad, en
comparación con el zumo de la uva, gracias a la presencia de alcohol;
puede conservarse, en cierta medida, e incluso transportarse. Los hombres
siempre han apreciado de forma especial su consumo, quizá por las
características euforizantes del alcohol. Pero también han hallado en el
vino, más que en cualquier otro producto de los que componen su
alimentación, una jerarquía y una diversidad de calidades que permiten
elevar las armonías olfativas y gustativas al nivel de un arte, como la
armonía de los sonidos o de los colores constituye el fundamento del arte
en la música o en la pintura.
Los vinos antiguos eran en realidad muy
distintos de nuestros vinos contemporáneos; se parecían más a los «peleones»
actuales. Pero lo más importante es constatar el lugar del vino en las
civilizaciones antiguas, perfectamente expresado en los ritos de la religión
católica.
Esta situación se perpetuará a
lo largo de los siglos, con una atención constante por refinar la calidad
que evolucionará en dos direcciones perfectamente complementarias: por
una parte, en la selección de los mejores terrenos, en los que los viñedos
produzcan las mejores uvas; por otra, en los conocimientos especializados
en materia de prácticas culturales y técnicas de vinificación. Durante
mucho tiempo, los pasos dados en el progreso técnico se basaron casi
exclusivamente en la observación empírica. El desarrollo de las ciencias
químicas y biológicas en el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX
encontró en la producción de vinos de calidad un campo privilegiado de
aplicación; tras el descubrimiento de Louis Pasteur, los científicos
franceses han desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de las
tecnologías de la vid y del vino.
La época contemporánea se ha
caracterizado, sobre todo en Francia, pero un poco también en todo el
mundo, por un interés cada vez mayor por el vino. Este interés, el lugar
del vino en los mercados, los escritos que se le dedican y su función
cultural deben mucho, ciertamente, a la mejora de su calidad.
La viticultura francesa, más que
cualquier otra, ha permanecido fiel a este reconocimiento de los terrenos
privilegiados, que se han valorizado por medio de una tecnología muy
eficaz. Aunque hoy resulta evidente la competencia de otros países, la
primacía de Francia en la producción de grandes vinos sigue siendo
indiscutible; hay competencia, en efecto, pero se manifiesta en los vinos
de categoría intermedia.
Los diferentes
tipos de vino
La diversidad de la calidad
La producción francesa de
vino
Los oficios del vino
Los
diferentes tipos de vino
Por definición, el vino es «el producto obtenido
exclusivamente por la fermentación alcohólica, total o parcial, de uva
recién recolectada, prensada o no, o de mosto de uva». La fermentación
alcohólica consiste en la transformación del azúcar de la uva en
alcohol y gas carbónico, y la provoca la levadura, un hongo microscópico
que depositan los insectos en las uvas, mientras maduran. En la actualidad
se conoce otra fermentación; la fermentación maloláctica, que consiste
en la degradación del ácido málico por parte de ciertas bacterias, con
un descenso de la acidez que suaviza el gusto; resulta indispensable en
los vinos tintos y está menos generalizada en el caso de los blancos.
Pero los productos que se obtienen pueden resultar notablemente distintos,
en función de muchos factores.
Los vinos blancos y los tintos se diferencian por su
color y por la estructura tánica de los segundos. Estas características
se deben a la naturaleza de la variedad de uva utilizada, pero también a
la maceración de los hollejos en el zumo en fermentación. Sin esta
maceración se puede obtener vino blanco a partir de la uva negra (Pinot
de Champaña). Los vinos tintos, que representaban sólo el 43 por ciento
de la producción nacional en 1950, alcanzan hoy más del 70 por ciento.
Los vinos secos contienen menos de 4 g/l de azúcar; en
esta categoría se incluyen todos los vinos tintos y la mayoría de los
blancos. Los vinos dulces tienen cantidades variables de azúcar (entre 10
y 80 g/l), que intervienen en su equilibrio gustativo. Se obtienen sin añadir
alcohol. La elaboración de vinos dulces exige uvas muy maduras, ricas en
azúcares de las que sólo una parte se transforma en alcohol, a través
de la fermentación. La intervención en la uva de un hongo, Botrytis
cinerea (podredumbre gris), permite la sobremaduración y la obtención
de una gran calidad, con una riqueza excepcional en azúcar.
Contrariamente a los vinos dulces, los vinos de licor (vinos dulces
naturales tintos y blancos) se obtienen mediante la adición, durante la
fermentación o después de ella, de alcohol neutro, aguardiente de vino,
mosto de uva concentrado o una mezcla de estos productos.
Por oposición a los vinos tranquilos, los espumosos o
efervescentes se caracterizan porque, al descorchar la botella, se produce
una liberación de gas carbónico, cuya presión es de unos seis bares y
que debe proceder forzosamente de una segunda fermentación. Con el método
champenoise, esta segunda fermentación (toma de espuma) se produce en
la botella definitiva; permite un resultado de calidad óptima del
envejecimiento obligatorio en botella, tras el degüello, para eliminar el
depósito de levadura. Si la segunda fermentación se realiza en cuba,
antes del embotellado, se habla del "método de cuba cerrada";
es más barato, pero no permite conseguir la misma calidad.
La
diversidad de la calidad
Los vinos de mesa equivalen a los antiguos «vinos de
consumo corriente» o «vinos ordinarios». La legislación europea sólo
les impone una graduación alcohólica mínima del 8,5% ó 9 % vol., en
función de la zona geográfica. Pero en esta categoría avanzan rápidamente
los vins de Pays (vinos de la región), cuyo interés
estriba en individualizar los vinos en función de su lugar de producción.
Actualmente, los vinos de Pays representan alrededor de la mitad de
todos los vinos de mesa, que a su vez suponen la mitad de la cosecha
total.
Mientras que los vinos de mesa clásicos no pueden hacer
referencia a una variedad de uva, los vinos de Pays indican las
variedades de las que proceden. Todos los vinos que hacen referencia a una
variedad se comercializan también con el nombre de su procedencia geográfica.
Este procedimiento, específicamente francés, favorece la importancia del
origen sobre las características de una variedad determinada, al
contrario de lo que sucede en otros países vitícolas, que estiman que la
variedad constituye el elemento primordial en la individualización de los
vinos.
La noción de origen es aún más esencial en el caso de
los vinos con denominación de origen controlada (AOC, en su sigla
francesa), que representan, junto con los «vinos delimitados de calidad
superior» (VDQS), la aplicación a la viticultura francesa de la
legislación europea sobre los vinos de calidad producidos en una región
determinada (VQPRD). Están sometidos a reglamentaciones de control,
establecidas por los mismos productores bajo la supervisión de los
poderes públicos, que estipulan la zona vitícola, las variedades y los
comportamientos de las vides, los rendimientos, las técnicas de
vinificación y los criterios analíticos. Puede, además, llevarse a cabo
cada año una degustación individual de conformidad que testifique que
los vinos procedentes de las diferentes explotaciones tienen el nivel de
calidad requerido. Los vinos de AOC se elaboran a partir de una o más
variedades previstas en el reglamento de control. Pero, con la excepción
de Alsacia, el nombre de la variedad o de las variedades no figura en la
etiqueta.
El sistema de las AOC constituye une obra maestra del
sistema vitícola francés, claramente envidiado por muchos otros países.
Está basado en una larga práctica que, a lo largo de los siglos, ha
identificado las zonas más aptas para el cultivo de los viñedos y las
variedades mejor adaptadas. Los países con una viticultura más reciente
no se han tomado tiempo para llevar a cabo un trabajo tan profundo y
completo, y han preferido identificar su vino sólo por medio de la
variedad de la uva.
Esta noción de AOC se impuso a principios del siglo XX,
a raíz de las catástrofes culturales (mildiú, filoxera) y las crisis
económicas. Tales situaciones trajeron consigo fraudes cuyas primeras víctimas
fueron los viticultores, por lo que éstos se agruparon para defender
conjuntamente su patrimonio común. Establecer el sistema ha sido difícil,
aunque su éxito resulta evidente, puesto que hay en torno a 350 AOC en
los viñedos franceses. El Instituto Nacional de Denominaciones de Origen
(INAO, en su sigla francesa) es el encargado de aprobar las condiciones de
producción y de controlar que se respete reglamento.
Se habla asimismo, a propósito de la producción vinícola,
de vinos de crus y de vinos de châteaux. Los crus
son los terrenos más excepcionales, que producen vinos con unas características
muy singulares; generalmente necesitan varios años de crianza, primero en
barrica y después en botella, para alcanzar su punto óptimo. Ellos han
dado notoriedad a nuestros grandes vinos; son, por esta razón, los
motores de la economía vitícola, y han permitido a crus más
modestos darse a conocer y ser apreciados. Pero la designación cru que
figura en las etiquetas no obedece a la misma reglamentación en todas las
regiones. En Borgoña, los grands crus y los premiers crus
son propiedad de varios viticultores. El célebre Clos-de-Vougeot es un grand
cru con 50 hectáreas, propiedad de 70 viñateros. En la Gironda,
un cru es una propiedad individual. El Château-Lafite-Rothschild
es un 1.er Cru Classé prestigieux que consta de
100 hectáreas con un propietario único. La utilización de la designación
Château está reservada a los vinos de denominación de origen
controlada; en el caso de los vinos elaborados en bodegas cooperativas, es
preciso atestiguar que las uvas provienen exclusivamente de la explotación
en cuestión. Esta designación se utiliza más o menos según las
regiones.
Hay que mencionar, por último, la existencia de los «vinos
de marca». Pueden ser vinos de mesa o vinos con AOC. La marca, resultado
de la mezcla de vinos de varios propietarios procedentes de un mismo
origen, permite una selección rigurosa y volúmenes sustanciales con los
que alimentar mercados importantes manteniendo la calidad. Entre los vinos
con menos prestigio que los grands crus, los de marca tienen
claramente su lugar junto a los vinos de propriétés (de
determinados viñedos); estos últimos están más individualizados por su
relación con el lugar de origen, pero su escasa producción los limita a
mercados predeterminados y no les permite alcanzar un renombre universal.
El champaña constituye un ejemplo característico de
los más famosos vinos de marca. La región de la Champaña comprende una
sola denominación, con vinos diferentes en función de las variedades
utilizadas y los terrenos de cultivo. Con estos vinos distintos, cada casa
produce sus propias marcas según sus criterios comerciales específicos.
Otra designación habitual, pero con sentidos distintos,
es la de los primeurs. Los vinos primeurs, el más célebre
de los cuales es el Beaujolais nuevo, son vinos que se comercializan en
botella y se consumen algunas semanas después de la vendimia, porque en
ese momento alcanzan su calidad óptima. La venta en primeur se
refiere a los vinos que estarán listos para beberse al cabo de varios
meses, pero que se comercializan en el año que sigue a la recolección,
antes incluso de su embotellado y de su entrega a los comerciantes que los
adquieren. El mercado de los grandes vinos de Burdeos es muy proclive a
esta forma de comercialización, que permite a los agricultores percibir
una remuneración rápida para garantizar el funcionamiento de sus
propiedades, y a los comerciantes obtener una plusvalía, necesaria para
la promoción comercial.
La
producción francesa de vino
Con una superficie de viñedos de cerca de 950.000 hectáreas
y una producción de entre 50 y 60 millones de hectolitros (de 6.700 a
8.000 millones de botellas), Francia es, junto con Italia, el mayor
productor de vino del mundo. El cuadro muestra la distribución de la
producción en 1999; un dato significativo, además de la importancia de
los vinos tintos, es el aumento de los vinos con AOC, el 51 por ciento en
la actualidad frente al 37 por ciento de hace diez años.
La producción francesa de vino en 1999
(en millones de hectolitros)
Vino con denominación de origen controlada
Tintos y rosados: 17,9
Blancos: 8,5
Total: 26,4 (51 %)
Vino de mesa con la designación vino de Pays
Tintos y rosados: 13,4
Blancos: 2,8
Total: 16,2 (31 %)
Vino de mesa sin la designación vino de Pays
Tintos y rosados: 6,8
Blancos: 2,4
Total: 9,2 (1) (18 %)
Total :
Tintos y rosados: 38,1 (73 %)
Blancos: 13,7 (27 %)
Total: 51,8 (2) (100 %)
La producción mundial asciende a alrededor de 280
millones de hectolitros. Entre 1990 y 1991, la parte correspondiente a
Europa se redujo del 79 al 74 % y, por lo tanto, la correspondiente al
resto del mundo pasó del 21 al 26 %. En el mismo período, la proporción
francesa en la producción mundial disminuyó del 23 al 21 por ciento.
Pese al desarrollo de los viñedos en los países del Nuevo Mundo, Francia
mantiene una posición privilegiada; pero hay que interpretar con
prudencia esta cifras, puesto que las nuevas plantaciones van a hacer
aumentar la producción en estados Unidos y en Australia. La competencia
de los vinos extranjeros sigue siendo importante, debido a la tendencia a
la baja del consumo mundial, que en todo caso no acompaña al aumento de
la producción.
El grueso del mercado del vino (el 80 %) se encuentra en
Europa; Francia representa el 25 por ciento de los intercambios
comerciales. Sin embargo, la proporción de los vinos procedentes del
Nuevo Mundo ha ascendido del 8 al 17 por ciento en diez años. De la
producción francesa, 35 millones de botellas se consumen en el país, y
se exportan 15 millones. Las dos terceras partes de las exportaciones se
dirigen a la Unión Europea, y la tercera parte restante, a Estados
Unidos, Canadá, Japón y Suiza. Los vinos con AOC suponen el 55 por
ciento de las exportaciones en volumen, y el 83 por ciento en valor.
Las importaciones, sobre todo de vinos de mesa
provenientes de Italia y España, sólo representan cinco millones de
hectolitros. En conjunto, el comercio del vino produjo en 1993 un
excedente de 18.000 millones de francos, que se elevó en 1999 a 34.000
millones, lo que supone el 56 por ciento del excedente total de la balanza
comercial agroalimentaria (61.000 millones de francos).
Los
oficios del vino
En numerosos países el viñatero es un agricultor que
cultiva la viña, produce la uva y la transfiere a una empresa de tipo
agroalimentario que lleva a cabo su transformación en vino y su
comercialización.
Tradicionalmente, en Francia el viñador se encargaba,
además del cultivo de la viña, de la primera transformación de la uva
en vino. Después, un comerciante-criador compraba el vino en bruto y
refinaba el producto, llevaba a cabo las mezclas precisas y comercializaba
el producto. Gracias al progreso de la enología, en la actualidad incluso
los pequeños propietarios son capaces de embotellar por sí mismos,
ofreciendo al consumidor una mayor garantía acerca del origen.
Se calcula que en Francia hay unos 150.000 productores
que comercializan su propio vino. Algunos son independientes, otros están
asociados a una bodega cooperativa. Las bodegas cooperativas se crearon en
la década de 1930 con el objetivo de ayudar a las pequeñas explotaciones
a superar las dificultades económicas de la época. Su nivel de
implantación varía mucho según las regiones; representan el 46 por
ciento de la producción vitícola francesa.
El viticultor independiente o la bodega cooperativa
pueden vender a granel a un comerciante-criador que utiliza el vino para
las mezclas utilizadas para sus marcas. El productor también puede vender
directamente el vino embotellado a un cliente particular; las bodegas
cooperativas han desarrollado mucho esta fórmula. Por último, los
comerciantes-distribuidores garantizan la difusión de los grandes vinos
embotellados por todo el mundo, gracias a sus redes comerciales.
En Francia, la mitad de la distribución entre los
consumidores, aproximadamente, se realiza mediante la venta en grandes
superficies, una cuarta parte a través de los pequeños comercios
especializados y la cuarta parte restante por medio de la venta directa
por parte de los productores. Los agentes son también intermediarios
indispensables en la cadena vitivinícola; garantizan el seguimiento y la
adecuada conclusión de las transacciones. Los enólogos y los
especialistas en viticultura tienen a su cargo los conocimientos técnicos
en las operaciones vitícolas y vinícolas.
En total, incluyendo a los viticultores, los empleados
de las 2.500 empresas comerciales y las más de 800 cooperativas suman
unas 200.000 personas que obtienen directamente sus recursos de los
oficios del vino.
El mercado del vino no obedece a reglas económicas
sencillas. Por supuesto, el precio se fija en función de la ley de la
oferta y la demanda, con desviaciones de 1 a 100 según el prestigio
derivado del origen y la calidad. Los precios han de tener en cuenta los
costes de producción y deben estar armonizados entre los diferentes países
productores. Influye también en ellos la añada, al menos en el caso de
los vinos algo conocidos. Y dependen asimismo de la situación económica,
particularmente del volumen de las reservas que puedan existir.
Gracias a la calidad de sus terrenos y a los buenos
resultados de sus técnicas vitivinícolas, constantemente perfeccionadas,
Francia ha sabido, hasta hoy, responder a los desafíos que suponía el
desarrollo de la producción de vino en varios países del Nuevo Mundo.
Incluso sigue siendo la referencia indiscutible para la elaboración de
los vinos más importantes. Aunque el porvenir plantea algunos
interrogantes, se refieren sobre todo al insuficiente consumo, a escala
mundial, en relación con la producción.
El interés que ha provocado el vino en el transcurso de
los últimos años ha tenido como consecuencia un aumento considerable de
los precios de los mejores vinos. Podemos lamentarlo, porque en la
actualidad sólo resultan accesibles a una minoría de personas lo
bastante ricas. Pero hay que considerar que se trata de productos
excepcionales, a los que se podría comparar con obras de arte, cuya
producción es limitada; los conoce en el mundo entero el suficiente número
de aficionados dispuestos a adquirirlos, aunque sea a un precio elevado.
Por otra parte, esta situación permite promover vinos menos prestigiosos,
que ofrecen, sin embargo, una calidad excelente y precios más asequibles.
Cada año se publican varias guías de compra que informan a los
consumidores sobre la calidad y los precios de los principales vinos
producidos en Francia.
Para
más información:
Atlas Hachette des vins de France - Hachette,
París, 2000.
Ribéreau-Gayon (Pascal) y Dovoz (Michel), Guide
Pratique du vin, Hachette, París, 1997.
Le Guide Hachette des vins 2001, Hachette,
París, 2000.
Sur les chemins des vignobles de France, Sélection
du Reader's Digest, París, 1984.
Les vins de France, Dormonval,
Lucerna (CH), 1991.
Ribéreau-Gayon (Pascal ), Le vin, Que
sais-je?, Presses Universitaires de France, París, 1991.
(1) En realidad, los vinos de mesa sin la mención vino de Pays son
más importantes, porque algunos no reivindican esta designación, a la
que podrían optar.
(2) A esta producción total hay que añadir 11,1 millones de
hectolitros de vino destinados a la producción de Coñac y de Armagnac.
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