Oid allá en el bosque, meciéndose en las frondas,

la tórtola que arrulla, la alondra, el ruiseñor

preludian sus cantares

con trinos melodiosos.

Apenas el oriente se tiñe de arrebol.

 

¿Qué cantarán las aves,

qué dicen en sus trinos,

ocultas en la umbría cuando aparece el sol?

¿Serán quizá las rimas

que expresan sus amores

o acaso la plegaria que elevan al Creador?

 

Orquesta de huracanes

y nube enrojecidad

por ráfagas de fuego, eso es la tempestad;

gemidos de violines

el viento en la arboleda

y trémolos de flautas, el fresco matinal.

 

Grandiosa sinfonía,

concierto formidable

ya manso, ya bravío, modula el ancho mar;

y es música el balido

de las majadas mansas

que en busca de la fuente por las praderas van.

 

Es música el zumbido

que exhalan las abejas

bebiendo de las flores el néctar que da miel;

es cántico el del agua

saltando entre las piedras

y hasta en las tmbas cantan las ramas del ciprés.

 

Hay música en el ruido

de las abiertas alas

del cóndor cuando surca la vasta inmensidad;

y canta la alameda

cuando el céfiro la agita,

y canta la hoja seca que el viento hace rodar.

 

Y el reir del niño

vibrante de alegrías,

y en el reir del joven vibrante de ilusión,

hay mñusica, lo mismo

que en el sollozo mudo

del viejo que ha agotado

la copa del dolor.

 

Y todos son acordes,

y todo es armonía

y arpegios y sonidos y eterna vibración;

¡es la oración perennne

que al Infinito ofrendan

los mundos y los seres que forman su Creación!

 

Josefa Rosalía Luque Álvarez