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Y entonces caerán todos las máscaras...

Al
morir, el hombre entra en la crisis más decisiva de toda su
vida. Ha de decidirse. Hasta el momento podía dar largas,
mantenerse en el claroscuro de las medias tintas. Ahora ha
llegado el término del proceso biológico. El hombre exterior
se desmorona para dejar emerger, transparente u opaco, al
hombre interior que fue naciendo. Se le coloca en la situación
privilegiada de quien acaba de nacer en todas la fuerza
originaria y el vigor matinal de todas sus potencias. En un
instante se contempla a sí mismo, lo que fue y lo que no fue.
Y al verse, el hombre se juzga y asume la situación que le
corresponde. Cada fibra de su vida queda transparente; las
dobleces de su historia personal se tornan translúcidas. Se
tiene en sus propias manos como nunca se había tenido antes.
Su
consciente se sumerge en lo más recóndito de su inconsciente
personal y colectivo. Percibirá su profunda solidaridad con el
cosmos, con la vida y con las personas. Descubrirá las
verdaderas dimensiones del bien y del mal que haya
conscientemente realizado; no afectaba sólo a su propio yo
consciente sino que él cargaba y contaminaba a todos, ya como
epidemia, ya como bendición.
Con
la intuición penetrante de la inteligencia inundada por la
gracia de Dios, se percata de la proximidad del misterio de
Dios que lo invade hasta ¡a raíz del ser. Se encuentra con el
Cristo cósmico resucitado que plenifica la creación, y siente
su gesto amoroso y salvador. El hombre contempla su misterio y
el misterio Absoluto. En ese momento caen todas las máscaras
que encubrían nuestra real autenticidad; se deshacen las
ideologías justificantes de nuestras actividades y de nuestro
proyecto fundamental de vida. La segunda
naturaleza que el pecado puede eventualmente haber
creado en nosotros, hasta el punto de dejarnos con la
conciencia tranquila, revela en ese instante su falsedad
fundamental.
Aquí
la conciencia errónea se revelará como errónea. No basta la
buena voluntad ni es suficiente la apelación a la conciencia.
Nunca hacemos tan perfectamente el mal como cuando lo hacemos
de buena voluntad y con la ilusión de secundar los dictámenes
del corazón. Si no hemos sido críticos durante la vida, el
juicio divino nos obligará a serio. Todo saldrá a la luz: el
calumniador verá la verdad; el ciego que nunca se cuestionó
sino que siempre actuó como si tuviese la razón en nombre de
una pretendida defensa de la fe y de los valores
tradicionales, verá entonces la luz. Le quedará patente su
esclerosis voluntaria, su dureza de corazón, su mala voluntad
al comprender a los demás, su fariseísmo por el que se
instauraba como medida de fe, de ortodoxia, de fidelidad al
espíritu, de cristianismo, para otros.
En
fin, el hombre detectará con la clarividencia de la luz divina
su fidelidad o infidelidad a las raíces esenciales de la vida:
al amor humanitario al otro, al necesitado y marginado con el
que Cristo se identificó (Mt 25,31‑46). Como dice Santiago:
«La crisis será sin misericordia para quien no usó de
misericordia. La misericordia triunfa sobre la crisis» (2,13).
Terrible es caer en manos de Dios vivo (Hbr 10,31), pues al
pecador le espera una crisis terrible (Hbr 10,27). El que
cree, sin embargo, ya desde ahora «tiene la vida eterna y no
pasará por la crisis, sino que será transportado de la muerte
a la vida» (Jn 5,24).
En
ese momento de total desenmascaramiento del hombre ante sí
mismo puede darse también una conversión total. Una vez más se
le ofrece la oportunidad de poder decidirse por la total
apertura de sí al Absoluto y a la totalidad de la realidad
creada. Podemos decir con certeza que en ese momento él cielo
y la tierra, Dios y sus santos, la Iglesia y el cuerpo místico
de Cristo están allí presentes con su luz y su intercesión, no
para eximir al hombre de tomar una decisión, sino para que
éste, en la espontaneidad de su persona, se defina hacia Dios.
Por
una parte se verá ante una decisión absoluta: todo dependerá
de él; por otra, se sentirá apoyado por el cielo y la tierra
que suplicarán y orarán a favor de una resolución feliz de la
crisis. Mediante esa decisión la creación alcanza su fin o se
frustra. Hacia ese momento se ha estado encaminando toda la
historia y ha estado ascendiendo penosamente la evolución
consciente: para, a través del hombre, sumergirse en el
insondable misterio de Dios. |