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«Estad
atentos y velad»
A
algunos podrá parecerles que una interpretación semejante del
juicio trivializa las decisiones tomadas durante la vida. ¿Una
decisión última, que fuese verdaderamente útil para la
salvación al posibilitar una conversión «in extremis», no
dejaría vacío el esfuerzo de conversión llevado a cabo a lo
largo de la vida terrena? Contando con esa posibilidad, el
hombre alienado y pecador podría ir aplazando y prolongando
hasta la muerte su vida desencaminada de la «diritta via».
Para responder a esta cuestión deberemos reflexionar sobre los
siguientes puntos:
Afirmamos
que el juicio al morir no es un balance matemático sobre la
vida pasada en el que aparezcan ante Dios el saldo y la deuda,
el pasivo y el activo, sino que adquiere la dimensión propia a
una última y plena determinación de¡ hombre ante Dios con la
posibilidad de una conversión para el pecador. Siendo así
tendremos también que afirmar que el momento de la muerte está
íntimamente ligado con el pasado de¡ hombre. Las decisiones
tomadas a lo largo de la vida pesan en la decisión final
porque le fueron dando una orientación al hombre‑espíritu,
creándole hábitos (una segunda naturaleza). La decisión en la
hora de la muerte no es una decisión inicial sino una decisión
final: en ella se compendia y se expresa, en un último acto,
toda la historia de las decisiones tomadas con anterioridad.
La
decisión final es la floración de lo que el hombre sembró y
permitió que creciera durante su vida. Las opciones parciales
son una preparación y educación para la decisión última.
Pero
a la vez volvemos a insistir que así como a lo largo de la
existencia el hombre podía tomar otro rumbo y convertirse, esa
oportunidad no le será negada al morir. Por el contrario, le
será devuelta de forma plena como última oportunidad. No se
puede por tanto pensar sobre la decisión final en su relación
con las decisiones parciales de la vida en términos de
oposición sino en términos de culminación y plenitud.
Normalmente sucederá que el hombre, al morir, se abrirá o
cerrará totalmente hacia lo mismo a que se abrió o cerró en
vida. Por eso se produjeron las advertencias de Cristo sobre
la vigilancia (Mc 13,33; Mt 24,42; 25,13; 26,41 ; Lc 12,35;
21,36; 22,46) y los consejos maternales de la Iglesia con el
objeto de que estemos siempre preparados, los cuales conservan
su vigencia permanente.
A
lo largo de la vida el hombre va plasmando simultáneamente su
muerte, ya sea en cuanto fin‑plenitud, ya en cuanto fin‑final
y segunda muerte. Las amonestaciones evangélicas no se deben
interpretar exclusiva y primariamente como incertidumbre
respecto al instante de la muerte subrayando su carácter
fatal, casual e imprevisto. Pretenden por el contrario crear
en nosotros una disposición permanente al
encuentro amoroso con el Señor que ya vino y vendrá.
Los
actos de amor, aunque deficientes, poseen un carácter
preparatorio y nos educan para la expresión plena de nuestra
libertad en el momento en que ésta se haga por vez primera
posible, al morir.
Como
conclusión podemos afirmar que los fines últimos no son mero
futuro. El juicio ya lo estamos viviendo, aun cuando en forma
incipiente e imperfecta, cada vez que nos decidimos y pasamos
por situaciones de crisis. Si creemos, es decir, si nos
abrimos al horizonte infinito de Dios, tenemos la promesa de
que en el futuro se nos ahorrará el juicio negativo y la
crisis frustrante (cfr. 1 Tes 1,10). |