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JESÚS ES LA IMAGEN DE LA BONDAD DEL PADRE | |
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Cristo es considerado con todo derecho como el sacramento primero de Dios, pues él es Dios de una manera humana y es hombre de una manera divina. Ver a Jesús es ver a Dios; oír y palpar a Jesús es oír y palpar a Dios (1 Jn 1,1); experimentar a Jesús es experimentar a Dios mismo. Por eso Jesús puede ser considerado verdaderamente como el sacramento por excelencia, puesto que él es la realidad única que puede expresar con verdad lo que es Dios y porque sólo él puede asumir totalmente lo que en el hombre hay o puede haber de experiencia de Dios. En Jesús de Nazaret muerto y resucitado, Dios y el hombre se encuentran en unidad profunda, sin división y sin confusión: por el hombre-Jesús se va a Dios y por el Dios-Jesús se va al hombre; Jesucristo es el camino. Jesús es el sacramento vivo de Dios, que contiene, significa y comunica el amor de Dios para con todos. Sus gestos, sus acciones, sus palabras, son sacramentos que concretizan el misterio de la divinidad. Jesús hace visible a Dios a través de su inagotable capacidad de amor, su renuncia a toda voluntad de poder y de venganza, su identificación con todos los marginados del orden de este mundo. El hombre Jesús es además el sacramento original porque fue destinado por Dios a ser el único camino por el que el hombre puede llegar a la realidad sorprendente de la salvación. "Porque no hay más que un Dios y no hay más que un mediador entre Dios y los hombres, un hombre, el Mesías Jesús" (1 Tim 2,5). Si los sacramentos son camino y encuentro de los hombres con Dios, es lógico concluir que Cristo, el Hijo de Dios, es el sacramento original, la fuente, la raíz misma de todo sacramento. Y cada sacramento tiene que ser revelación de Dios, el Dios que se nos ha revelado en Jesús. Por consiguiente, la celebración de un sacramento tiene que ser siempre manifestación de la presencia y la cercanía de Jesús a los hombres, porque sólo a través de él sabemos quién es Dios y cómo es Dios. En Jesús se nos ha comunicado de tal manera la presencia amorosa y perdonadora de Dios, que hemos experimentado en él de una manera nueva y definitiva la concreta cercanía de Dios.
Texto de José L. Caravias sj (El Dios de Jesús) |