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JESÚS ES LA IMAGEN DE LA BONDAD DEL PADRE | |
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Veamos algunos aspectos más concretos de la imagen de amor divino que nos ha dejado Jesús. Fijémonos en primer lugar en su espíritu de servicio. Jesús es el hombre-de-Dios constituido en el "Hombre-para-los-demás" por la fuerza y el poder de Dios que habita en él de un modo nuevo. Parece claro que Jesús experimenta la convicción de que vivir es vivir para los otros, servir a otros. De esta manera corresponde a la realidad de su noción de Dios. Este servicio histórico a los otros aparece a lo largo de todos los Evangelios y está resumido en la frase "pasó haciendo el bien". La vida de Jesús nunca está centrada en sí mismo, sino en su Padre. Y justamente su vivencia del Padre Dios es la que le convierte en servidor incondicional de los hijos del Padre, sus hermanos. Ese ser para otros y la convicción de que en eso se corresponde a Dios es la experiencia fundamental de Jesús. Su vida está configurada por la decisión de servir a los otros y corresponder así al Dios del amor. Jesús sirve al Padre sirviendo a sus hermanos. Por ello su actitud es muy clara: "Este Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar su vida en rescate por todos" (Mt 20-28). "Yo estoy entre ustedes como quien sirve" (Lc 22,27). Jesús es un hombre abierto a todos. No conoce lo que es el rencor, la hipocresía o las segundas intenciones. A nadie cierra su corazón. Pero a algunos se lo abre especialmente: los marginados de su época, los despreciados, social o religiosamente. Jesús se deja comer por sus hermanos, hasta el punto de que a veces no le queda tiempo para el descanso (Mc 6,31-33), ni aun para comer él mismo (Mc 3,20). Recibe y escucha a la gente tal como se presenta, ya sean mujeres o niños, prostitutas o teólogos, guerrilleros o gente piadosa, ricos o pobres. En contra de la costumbre de la época, él no tiene problemas en comer con los pecadores (Lc 15,2; Mt 9,10-11). Anda con gente prohibida y acepta en su compañía a personas sospechosas. No rechaza a los despreciados samaritanos (Lc 10,29-37; Jn 4,4-42); ni a la prostituta, que se acerca arrepentida (Lc 7,36-40). Acepta los convites de sus enemigos, los fariseos, pero no por eso deja de decirles la verdad bien clara (Mt 23,13-37). Sabe invitarse a comer a casa de un rico, Zaqueo, pero de manera que éste se sienta conmovido hasta el punto que reparte la mitad de los bienes a los pobres y paga el cuádruplo a todo el que hubiera estafado (Lc 19,1-10). Procura ayudar a cada uno a partir de su realidad. Comprende al pecador, pero sin condescender con el mal. A cada uno sabe decirle lo necesario para levantarlo de su miseria. Sabe usar palabras duras, cuando hay que usarlas, y alabar, cuando hay que alabar; pero siempre con el fin de ayudar. Todo esto tiene una fuerza muy especial, si pensamos que el que está sirviendo así es el mismo Dios. Es Dios que se vuelca en los hombres, sirviéndoles en todas sus necesidades. Jesús no es nada para sí, sino todo para los otros. El es la verdadera semilla de trigo que se entierra y muere para dar la vida a los demás. Pasa entre nosotros haciendo el bien. Se mezcla sin miedo entre los marginados y los despreciados de su tiempo: enfermos de toda clase, ciegos, paralíticos, leprosos, ignorantes. Y se desvive por atenderles y cuidarles. Esta actitud de servicio total de Cristo a los hombres está maravillosamente caracterizada en el hecho de ponerse de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies. La trascendencia de este hecho es enorme; pues el pasaje evangélico subraya su divinidad: "Jesús, sabiendo que el Padre le había puesto todo en su mano, y sabiendo que había venido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ciñó una toalla; echó agua en un recipiente y se puso a lavarles los pies a los discípulos, secándoles con la toalla que llevaba ceñida" (Jn 13,3-5). Para sus propios amigos aquello era un escándalo. Pero es la imagen de Dios hecho hombre por amor a los hombres. Y es imagen también de lo que debemos hacer todos los que queramos seguir sus huellas. Así lo dijo él mismo: "Pues si Yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros" (Jn 13,14). A ejemplo de Jesús, seremos más hermanos sólo en la medida en que sepamos servir y ser útiles al prójimo. En la medida en que nos vaciemos del egoísmo y dejemos sitio en el corazón para todo el que necesite de nosotros. Solamente cuando se ha tenido una experiencia muy honda de Dios, como Jesús, sólo entonces el hombre es capaz de salir de su propio aislamiento de egoísmo, para abrirse, como él, hacia los otros. Texto de José L. Caravias sj (El Dios de Jesús) |