JESÚS ES LA IMAGEN DE LA BONDAD DEL PADRE

VOLVER

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


LA ALEGRÍA DE UN DIOS QUE SABE PERDONAR 
 


 Jesús ha venido para conducir a la casa del Padre a los hijos descarriados de Dios. El invita a su mesa a los publicanos, a los pecadores, a los marginados, a los reprobados; él llama al gran banquete a las gentes de los caminos y las lindes (Lc 14,16-24). Incansablemente no cesa de repetir, precisamente a los devotos, que su propia justicia les separa de Dios.

 A nosotros, a quienes nos es familiar el Evangelio desde la infancia, nos es imposible imaginar la revolución religiosa que representaba para los contemporáneos de Jesús la predicación de un Dios que quería tener trato con los pecadores. Cada página del Evangelio nos habla del escándalo, de la agitación, de la inversión de los valores que Jesús provoca llamando a la salvación precisamente a los pecadores. Continuamente se le pidieron las razones de esta actitud incomprensible, y continuamente, sobre todo por medio de sus parábolas, Jesús dio la misma respuesta: Dios es así.

 Dios es el Padre que abre la puerta de la casa al hijo pródigo; Dios es el pastor que se llena de alegría cuando encuentra la oveja perdida; es el rey que invita a su mesa a los pobres y mendigos. Dios experimenta más alegría por un pecador que hace penitencia, que por noventa y nueve justos. Es el Dios de los pequeños y de los desesperados. Su bondad y misericordia no tienen límites. Así es Dios.

 Y Jesús añade: cuando se ha comprendido este mensaje, cuando los hombres construyan su salvación no sobre lo que ellos han hecho por Dios, sino exclusivamente sobre la gracia que viene de él, cuando vuelvan los descarriados sin esperanza, cuando  comprendan que el amor del Padre sale al encuentro de los hijos perdidos, entonces la salvación dejará de ser una meta lejana que el hombre debe conseguir por sus propios medios, entonces, aquí y ahora se realiza el Reino de Dios... Y esta es la fuente de la alegría. Alegría de los invitados a las bodas, alegría del que ha encontrado la perla preciosa, el gran tesoro. Esta es la alegría de ser hijo, la alegría mesiánica, la unción con el aceite de la alegría. La alegría es tan grande que Dios mismo participa de ella: "De la misma manera Dios se alegra por un pecador que hace penitencia" (Lc 15,7; cf. 15,10). Junto a esta alegría por haber llegado el tiempo de la salvación en el mensaje de Jesús está además el amor: amor a los pobres, amor a los descarriados y a los que están cargados de culpas, amor incluso a los enemigos...

 Jesús anuncia a los pobres, a los miserables, a los mendigos de Yavé el amor incomprensible, infinito, de Dios; anuncia que ya está próxima la aurora del tiempo de la alegría donde los ciegos ven, los paralíticos caminan y los pobres son evangelizados.

 Veamos algunos pasajes concretos referentes a este Jesús que vino a ofrecernos tan abiertamente el perdón de Dios. El mismo es el perdón visible de Dios, el cordero que voluntariamente murió para borrar nuestros pecados (Jn 1,29) y sanarnos con sus llagas (1Pe 2,24).

 "Cuando aún nosotros estábamos sin fuerzas, entonces, en su momento, Jesús el Mesías murió por los culpables. Cierto, con dificultad uno se dejaría matar por una causa justa; con todo, por una buena persona quizá afrontaría uno la muerte. Pero el Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene" (Rm 5,6-8).

 Con diversas parábolas se esfuerza Jesús para convencernos de que el Padre Dios goza con perdonar. Nada mejor para ello que la parábola del "Padre bueno" que tiene un hijo derrochador (Lc 15,11-32) o las de la oveja perdida  y la moneda perdida (Lc 15,1-10).

 Jesús presenta en estas parábolas una nueva imagen de Dios que contrasta con la ofrecida por la religión oficial judía.

 En las tres comparaciones destaca Jesús la alegría por haber encontrado lo perdido: la oveja, la moneda, el hijo.

 Así es Dios. Quiere la salvación de los perdidos, pues le pertenecen; su andar errante le ha dolido y él se alegra del retorno al rebaño.

 La alegría y la generosidad del "padre bueno" son la alegría y generosidad del Padre Dios para con los pecadores que vuelven al hogar. Un padre primeramente preocupado por el hijo que vive lejos en la desgracia y que da rienda suelta a su gozo y emoción al recuperar al hijo perdido. El encuentra más que justificadas sus expresiones de júbilo: "porque este hijo mío se había muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y se le ha encontrado" (Lc 15,24).

 Así presenta Jesús el comportamiento de Dios hacia los pecadores que, oyendo su llamada, se encuentran a sí mismos y encuentran el camino para volver a él. Según Jesús el arrepentimiento parte de la fe en la bondad del Padre. Arrepentirse es escuchar la voz bondadosa del Padre dentro del propio corazón destrozado. Es encontrar en uno mismo a Dios. Es el retorno confiado a la propia casa, que es la casa del Padre.

 En el caso del hijo mayor de la  parábola Jesús intenta hacernos comprender el modo de pensar de Dios y el de los hombres. Los "justos" siempre temen que la gracia de Dios pueda destruir el "orden" que los hombres nos hemos establecido. Dios, por el contrario, es y actúa de un modo totalmente distinto.

 El Dios de Jesús es como un padre inconsecuente en su conducta, que abraza y perdona al hijo bandido que vuelve a casa después de haber malgastado la fortuna familiar, sin exigirle ni siquiera unas promesas de arrepentimiento y corrección. Es el Dios "loco" que perdona a la mujer adúltera sin exigirle primero mil penitencias y promesas de enmienda. Es el Dios contrario a la religión oficial, pues no acepta al fariseo que llena su vida con piedades, limosnas y rezos, pero en cambio declara salvado al desgraciado publicano que, lleno de vergüenzas y pecados, a distancia se atrevía a repetir ante Dios la lista de sus propias miserias. Todo ello sólo se entiende si aceptamos que el Dios de Jesús es el Dios del amor. El sabe que con el perdón comienza a hacer germinar una nueva vida en sus hijos.

 El perdón es la auténtica fuerza represiva del mal en el mundo. El perdón es el antídoto que impide que el mal se siga reproduciendo; es el cortocircuito del mal, que elimina su presencia destructora y que ofrece un nuevo espacio donde hacer germinar una nueva relación.

 Jesús no sólo habló del perdón de  Dios. El mismo supo dar ejemplo de perdón.

 En primer lugar él confesó con toda claridad que no había "venido a invitar a justos, sino a pecadores, a que se arrepientan" (Lc 5,32).

 Jesús perdonó los pecados de toda persona de corazón arrepentido que encontró a su paso; como a la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8,11), a un pobre paralítico que le llevaron para que lo curara (Mc 2,5-11), o a una pecadora pública (Lc 8,48).

 A la hora de su muerte excusó y perdonó a los que tan injustamente le estaban torturando: "Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen" (Lc 23,34).

 Jesús concedió el perdón no sólo de palabra, sino también por medio de acciones. Entre estas acciones la que más impresionó a los hombres de aquella época fue el hecho de compartir la mesa con los pecadores. "Este acoge a los pecadores y come con ellos" (Lc 15,2). Ciertamente Jesús comía tranquilamente con ellos (Mc 2,15-16). Y los fariseos se lo echan en cara y lo desprecian por ello (Mt 11,19).

 Para saber medir exactamente qué es lo que hizo Jesús al comer con los "pecadores" debemos saber que en su época el compartir una comida con alguien significaba una oferta de paz, de perdón, de confianza y fraternidad. La comunión de la mesa quería expresar comunión de vida. Y Jesús no solamente comía con gente mal vista, sino que además se hospedaba a veces en sus casas (Lc, 19,5).

 Su perdón no fue sólo de palabras y de hechos. Llegó al máximo: Conscientemente derramó su sangre como signo evidente del perdón del Padre: "Esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por todos para el perdón de los pecados" (Mt 26,28). La muerte de Jesucristo es, por consiguiente, el sello del pacto definitivo de paz entre Dios y los hombres. "Dios nos reconcilió consigo a través del Mesías" (2 Cor 5,18). "Por su medio reconcilió consigo el universo, lo terrestre y lo celeste, después de hacer la paz con su sangre derramada en la cruz" (Col 1,20).

 Desde entonces Cristo Jesús es esperanza para todos los que nos sentimos infieles al amor de Dios. Así lo entendió Juan, el amigo íntimo de Jesús: "Hijos míos, les escribo esto para que no pequen; pero, en caso de que uno peque, tenemos un defensor ante el Padre, Jesús, el Mesías justo, que expía nuestros pecados, y no sólo los nuestros, sino también los del mundo entero" (1 Jn 2,1-2).


Texto de José L. Caravias sj (El Dios de Jesús)