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NUESTRA FE EN JESUCRISTO
¿Qué
se puede decir sobre este asunto?
 Está claro que la fe en Cristo tiene que tomar muy en serio la
humanidad de Jesús. Es decir, la fe tiene que afirmar que Jesús fue
un hombre verdadero, un hombre como los demás hombres. Por
consiguiente, toda afirmación de la fe o toda presencia del mensaje
que atenta contra la humanidad de Cristo tiene que ser desechada
radicalmente, porque se trataría de una afirmación con sabor a
herejía o sencillamente herética. En ese sentido conviene recordar
la afirmación del concilio de Calcedonia, según la cual Jesucristo
es "perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero
Dios y verdadero hombre, con alma racional y cuerpo. Ese uno y el
mismo es consustancial con nosotros por su humanidad, se hizo en
todo semejante a nosotros menos en el pecado (Heb 4,15)". Es claro
que esta afirmación del concilio de Calcedonia tiene que ser
aplicada no simplemente a la "naturaleza humana", sino más
concretamente al "hombre", a un hombre determinado, el hombre que de
hecho fue Jesús de Nazaret. Porque es evidente que la naturaleza
humana en sí no existe, ya que eso es una abstracción que nosotros
hacemos. Lo que existe es el hombre. Y en ese sentido afirmamos que
Jesús fue un hombre en el pleno sentido de la palabra, un hombre
igual a los demás hombres menos en el pecado. Está en consonancia
con numerosos pasajes del Nuevo Testamento el decir que Jesús fue un
hombre, que igual que los demás hombres sufrió de la ignorancia, del
miedo, de la inseguridad y, en general, de las limitaciones propias
del hombre, todo eso que hace la existencia humana verdaderamente
dura y difícil. Desde este punto de vista se debe leer cada página
del evangelio.
. Vistas las cosas de esta manera, el seguimiento y la imitación de
Jesús adquieren su significación más plena. Es decir, de esta manera
Jesús es un modelo a la medida del hombre y al alcance del ser
limitado que es cada uno de nosotros los hombres. Por eso hay que
defender con todo rigor la humanización total de Jesús, a partir de
su total vaciamiento de todo rango que no le hiciera aparecer como
uno de tantos, como un simple hombre (Flp 2,7). Además, si se
comprende así la existencia de Jesús y su quehacer como hombre, el
evangelio adquiere una fuerte ejemplaridad.
Por poner un ejemplo: los evangelios nos cuentan que Jesús murió
gritando: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt
27,46; Mc 15,34). En realidad, ¿qué quiere decir ese grito
sorprendente de Jesús en el último instante de su vida? Hoy hay
teólogos que, a partir de una Cristología ascendente, interpretan
esas palabras de Jesús en el sentido más radical. Jesús se sintió
realmente abandonado por Dios y completamente fracasado. Como ha
escrito Leonardo Boff, "nos encontramos ante la suprema tentación
soportada por Jesús; podemos formularla así: ¿Todo mi compromiso ha
sido en vano? ¿No va a venir el Reino? ¿Habrá sido todo una pura
ilusión? ¿Carecerá de sentido último el drama humano? ¿Es que no soy
realmente el Mesías? Han caído por tierra las ideas que Jesús,
verdadero hombre, se había formado. Jesús se encuentra desnudo,
desarmado, absolutamente vacío ante el misterio". ¿Por qué se llegó
hasta tal situación? La cosa resulta comprensible. Jesús predicó el
reino de Dios. Pero no sólo eso. Porque Jesús anunció, además, que
el reino está próximo (Mc 1,15; Mt 3,17) o incluso ya "entre
nosotros" (Lc 17,21). Es más, Jesús dijo estas cosas en el marco de
la mentalidad apocalíptica de su tiempo, que esperaba el reino en el
sentido de una inminente e inesperada intervención de Dios (ver Mt
13,30; 14,25; Lc 22,15.19-29). Pero el hecho es que esa intervención
de Dios no se produjo. Y no solamente no se produjo, sino que,
además, lo que Jesús vio que se le venía encima era su propia
muerte. En ese sentido, Jesús pensó que Dios realmente lo había
abandonado y se sintió completamente fracasado, sin futuro y sin
sentido. Tal fue el motivo de su grito en la cruz y la razón de su
total entrega a Dios.
Por otra
parte, en todo este asunto hay que tener muy en cuenta el sentido
que tienen la mayor parte de las confesiones de fe que aparecen en
el Nuevo Testamento. Como ya hemos podido ver, esas confesiones de
fe afirman que Jesús fue constituido Señor, Mesías e Hijo de Dios
mediante su resurrección. Desde este punto de vista, se ve
claramente que las confesiones de fe más originales y más abundantes
del Nuevo Testamento van decididamente en la línea de una
Cristología ascendente.
 En el fondo, todo esto quiere decir que no podemos disociar la
Cristología (doctrina sobre el ser de Cristo) de la Soteriología
(doctrina sobre la obra realizada por Cristo). Porque la
Soteriología es esencialmente constitutiva de la misma Cristología.
Conocemos quién es Jesús a partir de lo que hizo el propio Jesús.
Por consiguiente, está claro que no podemos hablar de Cristo en
tales términos que, en la práctica, se venga a separar la
Cristología de la Soteriología. Es evidente que de esa manera no
salvamos la significación fundamental de las confesiones de fe en
las que se afirma que Jesús, mediante su obra salvífica, llegó a la
plenitud del señorío. Por tanto, si elaboramos una Cristología en la
que desde la encarnación ya está todo hecho, elaboramos una
reflexión falseada por su misma base. De ahí la inexactitud de
ciertas afirmaciones que se hacen a veces, por ejemplo cuando se
dice que un suspiro del niño Jesús habría bastado para redimir al
mundo. Quien hace semejante afirmación olvida que la Cristología
está determinada soteriológicamente, es decir, que la significación
de la persona de Jesús es inseparable de la historia y de ese
destino del propio Jesús. Por consiguiente, aislada de esa historia
y de ese destino, la persona de Jesús pierde su verdadera
significación para nosotros.
La Cristología ascendente parece tropezar con un dificultad
insuperable: las afirmaciones del Nuevo Testamento que hablan de la
preexistencia de Cristo. Por ejemplo, en Gál 4,4: "Cuando cumplió el
tiempo, envió Dios a su Hijo". O en Rom 8,3: "Dios envió a su Hijo
en una condición como la nuestra, pecadora". Más claramente aún en
el evangelio de Juan: Jesús fue enviado por el Padre (5,23.37;
6,38.44; 7,28.33), ha venido del cielo (3,13; 6,38.51), ha venido
"de arriba" (8,23), ha salido del Padre (8,42; 16,27). También es
importante en ese sentido el texto de Flp 2,6-7. Parece lo más obvio
decir que estas afirmaciones van claramente en la línea de una
Cristología descendente. ¿Qué se debe pensar a este respecto?
Para responder a esta cuestión hay que tener en cuenta que esas
afirmaciones del Nuevo Testamento tienen su razón de ser y su
explicación en un acontecimiento que es sin duda el acontecimiento
más importante de la revelación cristiana, y que con frecuencia no
es tenido en cuenta por los creyentes o incluso, a veces, ni por los
teólogos. Este acontecimiento consiste en que Dios se ha revelado,
se ha dado a conocer en Jesús. Así lo afirma expresamente el
evangelio de Juan: "A la divinidad nadie la ha visto nunca; el único
Dios engendrado, el que está de cara al Padre, él ha sido la
explicación" (Jn 1,18). Eso quiere decir que la revelación verdadera
de Dios se ha realizado en Jesús. Por tanto, hay que desaprender lo
que se sabía de Dios para aprender de Jesús, que es su explicación.
Por consiguiente, no conocemos a Jesús a partir de Dios, sino que
conocemos a Dios a partir de Jesús. De ahí que la afirmación "Jesús
es Dios" tiene su razón de ser y su explicación en otra afirmación
previa, que es más fundamental: "Dios es Jesús".

Téngase en cuenta que no se trata de un juego de palabras. En toda
frase predicativa, la función del predicado es explicar al sujeto,
es decir, lo conocido es el predicado y lo desconocido es el sujeto.
Por ejemplo, si yo digo "Pedro es rubio", se supone que yo sé lo que
es un hombre rubio, y mediante eso me entero de cómo es Pedro. Pues
de la misma manera, si yo digo "Jesús es Dios", se supone que yo sé
quién es Dios y cómo es Dios, y mediante eso conozco quién es Jesús
y cómo es Jesús. Pero no es eso lo que, en realidad, se debe decir
como afirmación fundamental. Porque según el texto de Jn 1,18, a
quien conocemos es a Jesús, mientras que lo desconocido es
precisamente Dios. En consecuencia, podemos afirmar que toda imagen
de Dios que no se ajuste a Jesús es inexacta. "Quien me ve a mí está
viendo al Padre... ¿No crees que yo estoy identificado con el Padre
y el Padre conmigo?" (Jn 14,9-10).
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Mediante estos conceptos, el concilio quería
expresar dos cosas: 1) que a Jesús no le faltaba nada para ser
perfecto hombre; 2) que Jesús-hombre, debido a su unión con Dios, es
sustentado con la misma sustentación ontológica de Dios, es decir,
Jesús está de tal manera unido a Dios, que en él el ser humano
recibe su sustentación del absoluto. En lo cual se nos revela lo más
profundo y admirable que hay en la existencia de Jesús. Porque se
abrió y se entregó a Dios con absoluta confianza y entrega, Jesús,
como enseñó el concilio de Calcedonia, no poseía la hipóstasis, la
subsistencia, el permanecer en sí mismo y para sí mismo.
Pero aquí hay que insistir, un vez más, en que eso no constituye
imperfección en Jesús, sino su máxima perfección. _l se vació de sí
mismo hasta tal punto que pudo crear espacio interior para ser
llenado por la realidad del otro (Dios). Porque estaba totalmente
lleno de Dios y por Dios, por eso de él se puede decir que no tenía
subsistencia humana. Por lo demás, aquí me parece que se debe
recordar la atinada observación de W. Kasper: "El dogma cristológico
de Calcedonia significa también una limitación respecto del
testimonio cristológico total de la Escritura. El dogma se interesa
exclusivamente por la constitución interna del sujeto humano-divino.
Saca esta cuestión del contexto total de la historia y el destino de
Jesús, de la relación en que Jesús se encuentra no sólo con el Logos,
sino con su 'Padre', y hace echar de menos la panorámica total
escatológica de la Cristología bíblica. Aun siendo, pues, el dogma
de Calcedonia exégesis perennemente obligatoria de la Escritura,
tiene que ser integrado, sin embargo, también en el testimonio
global bíblico y se ha de interpretar a partir de éste".
8. Por último, quiero indicar algo acerca de lo que sería la tarea
de una "Cristología desde abajo". Por todo lo que se ha dicho en
este capítulo se comprende perfectamente que tal Cristología es
posible. Y no solamente posible, sino además aceptable, si tomamos
realmente en serio el sentido más elemental que tienen la mayor
parte de las confesiones de fe que nos muestra el Nuevo Testamento.
Pues bien, supuesto este planteamiento, se trata ahora de formular
los presupuestos teológicos y antropológicos que hacen
verdaderamente posible esa "Cristología desde abajo".
La aportación de K. Rahner en este sentido ha sido decisiva. En
efecto, él ha sabido formular los presupuestos de lo que se suele
llamar una "Cristología trascendental". Esos presupuestos son los
siguientes: 1) El hombre como ser ordenado esencialmente a la visión
inmediata de Dios. Esto quiere decir que existe en el hombre un
deseo natural de la visión beatífica, un apetito natural de la
contemplación bienaventurada de Dios. De tal manera que esto
pertenece a la esencia misma del hombre. 2) El hombre sólo puede
experimentar y realizar su esencia, y lo que corresponde a su
esencia, en la historia. Porque el hombre es esencialmente un ser
histórico. Esto quiere decir que el hombre tiene que esperar y
buscar la comunicación de Dios precisamente en su dimensión
histórica. 3) La unidad del "suceso absoluto de la salvación" y del
"salvador absoluto". Es decir, esas dos realidades no son nada más
que dos aspectos del único acontecimiento de la salvación. De esta
manera, el salvador y la acción realizada por ese salvador quedan
esencialmente vinculadas la una a la otra, de tal forma que no
pueden disociarse. Una vez más nos encontramos con el principio ya
enunciado: la Cristología no puede desvincularse de la Soteriología.
4) El acontecimiento de la salvación, en el sentido indicado, debe
comportar la aceptación libre de la comunicación de Dios, ya que la
libertad pertenece también a la esencia del hombre. 5) El
acontecimiento de la salvación, entendido de esta manera, sólo se
puede dar en un hombre que, por una parte, aceptando esa muerte,
quede definitivamente asumido por Dios. 6) Jesús de Nazaret se
entendió a sí mismo como este salvador absoluto y, además, en su
resurrección y consumación se manifestó que él es en efecto tal
salvador.
Como conclusión, después de todo lo explicado
en este capítulo, podemos decir que la "Cristología ascendente"
resulta ser la explicación más plausible del misterio de Cristo.
Teniendo en cuenta que no se trata de una explicación excluyente.
También la "Cristología descendente" tiene un sentido y una
significación para el hombre de fe. Porque desde el momento en que
sabemos que Jesús nos revela lo que pertenece a la esencia eterna de
Dios, desde ese momento podemos hablar de Jesús aplicándole lo que
corresponde a esa esencia eterna de lo divino. Pero en este caso se
trata de una afirmación o explicación subsiguiente. Porque el
criterio fundamental de interpretación del misterio es lo que hemos
designado como "Cristología ascendente".
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