Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                             TEXTO: José· Mª Castillo  sj


   
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Ahora bien, en la medida en que Jesús nos revela a Dios, en esa misma medida se puede afirmar, con todo derecho, que Jesús pertenece a la definición de la esencia eterna de Dios. Es decir, el sentido de lo que es Jesús se fundamenta en la esencia eterna de Dios, porque lo más profundo de esa esencia eterna se nos ha dado a conocer en Jesús. Por consiguiente, nada tiene de particular que se pueda hablar de Jesús en términos de preexistencia, como preexistencia es Dios mismo a todo lo creado. Por lo demás, la afirmación del prólogo del evangelio de Juan, según la cual "al principio ya existía la Palabra" (Jn 1,1), se ha de entender en el sentido del proyecto fundamental de Dios. Es el designio primordial, la palabra divina absoluta, original, que relativiza todas las demás palabras. Y es ese proyecto el que se hizo realidad histórica concreta en la persona de Jesús.

6. Pero, por otra parte, de la misma manera que no se puede separar la Soteriología de la Cristología, también hay que decir que no se puede disociar la Soteriología de la Cristología. Esto quiere decir lo siguiente: Cristo actuó de tal manera, durante su vida mortal, que tuvo que ser considerado por sus seguidores como verdadero Dios. Es decir, si Jesús hizo tales cosas es porque él era Dios. Según la Cristología ascendente, Jesús alcanzó una dignidad que no había tenido en su ministerio. Como se ha dicho muy bien, este punto de vista es comprensible teniendo en cuenta que sus primeros discípulos aprendieron con la resurrección algo que antes no habían conocido con claridad. Pero tal perspectiva resultó inadecuada cuando los cristianos reflexionaron después sobre el misterio de la identidad de Jesús. Cuando se escribieron los evangelios, dominaba una perspectiva más desarrollada, según la cual se estimaba que Jesús era Mesías e Hijo de Dios ya durante su ministerio, de modo que la resurrección no hizo más que manifestar públicamente lo que ya era antes. Marcos dice que ya en el bautismo Jesús era el Hijo de Dios (Mc 1,11).

Pero los discípulos nunca reconocieron la identidad gloriosa de Jesús durante su vida mortal; ni Jesús se lo reveló abiertamente nunca a los discípulos, probablemente porque no habrían sido capaces de entender semejante revelación. Esta falta de comprensión se advierte en la escena de la transfiguración: cuando Jesús toma aparte a sus discípulos predilectos y les descubre su majestad, y cuando la voz de Dios declara que Jesús es su Hijo, ellos tienen miedo y no entienden (Mc 9,2-8). En el evangelio de Marcos, únicamente después de la muerte de Jesús es descubierto el misterio por un testigo humano: "Verdaderamente, éste era Hijo de Dios" (Mc 15,39). Marcos, por tanto, ha conservado en parte la perspectiva más antigua. Insiste en que Jesús era ya Hijo de Dios y Mesías durante su vida mortal, pero no se sabía públicamente; así se entiende por qué los cristianos pueden decir que ha llegado a ser Mesías e Hijo de Dios en virtud de la muerte y la resurrección.

7. Queda por decir algo acerca de la definición del concilio de Calcedonia. La definición, en su parte más fundamental, dice lo siguiente: "Debemos creer en uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor y Unigénito, subsistente en dos naturalezas de forma inconfundible, inmutable, indivisa e inseparable. La diferencia entre las dos naturalezas jamás queda suprimida por causa de la unión; antes bien, lo propio de cada naturaleza queda preservado, concurriendo ambas a formar una sola persona o subsistencia. Creemos en Jesucristo, no en dos personas separadas o divididas, sino en uno y el mismo Hijo unigénito, palabra de Dios, Señor Jesucristo, como antes los profetas creyeron en él y el propio Jesucristo nos enseñó y el credo de nuestros padres nos transmitió".

Acerca de esta fórmula quiero demostrado que la intención de Calcedonia no fue metafísica o filosófica, sino soteriológica. Es decir, no se trataba de hacer una declaración sobre lo que Cristo es y nada más, sino sobre lo que Cristo hizo. Lo que ocurre es que para eso era necesario afirmar quién era Cristo, para poder saber exactamente lo que hizo Cristo. En este sentido, lo que pretendía la definición era afirmar que al hombre le fue otorgada plenamente la salvación. Pero eso sólo podía ser realizado por quien fuera de verdad Dios y de verdad hombre. Porque era salvación plena (de Dios) para el hombre. Ahora bien, para llegar a esa afirmación, el concilio se sirvió de los conceptos de "naturaleza" y "persona". "Naturaleza" divina y humana es simplemente el nombre que designa todo lo que constituye el ser humano y el ser divino; expresa, por tanto, lo que Jesucristo tiene en común con el Padre (divinidad) y en común con nosotros (humanidad). El concilio entiende la naturaleza en sentido abstracto, como sinónimo de esencia o sustancia. "Persona" (hipóstasis), en la fórmula dogmática, quiere sólo expresar el principio de unidad del ser, aquello que hace que algo sea uno: que aquel que nació de Dios y de la Virgen es uno y el mismo y no dos. La persona no es un ente o una "cosa" en el hombre, sino un modo de existir del hombre.

NUESTRA FE EN JESUCRISTO

 ¿Qué se puede decir sobre este asunto?

Está claro que la fe en Cristo tiene que tomar muy en serio la humanidad de Jesús. Es decir, la fe tiene que afirmar que Jesús fue un hombre verdadero, un hombre como los demás hombres. Por consiguiente, toda afirmación de la fe o toda presencia del mensaje que atenta contra la humanidad de Cristo tiene que ser desechada radicalmente, porque se trataría de una afirmación con sabor a herejía o sencillamente herética. En ese sentido conviene recordar la afirmación del concilio de Calcedonia, según la cual Jesucristo es "perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, con alma racional y cuerpo. Ese uno y el mismo es consustancial con nosotros por su humanidad, se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado (Heb 4,15)". Es claro que esta afirmación del concilio de Calcedonia tiene que ser aplicada no simplemente a la "naturaleza humana", sino más concretamente al "hombre", a un hombre determinado, el hombre que de hecho fue Jesús de Nazaret. Porque es evidente que la naturaleza humana en sí no existe, ya que eso es una abstracción que nosotros hacemos. Lo que existe es el hombre. Y en ese sentido afirmamos que Jesús fue un hombre en el pleno sentido de la palabra, un hombre igual a los demás hombres menos en el pecado. Está en consonancia con numerosos pasajes del Nuevo Testamento el decir que Jesús fue un hombre, que igual que los demás hombres sufrió de la ignorancia, del miedo, de la inseguridad y, en general, de las limitaciones propias del hombre, todo eso que hace la existencia humana verdaderamente dura y difícil. Desde este punto de vista se debe leer cada página del evangelio.

. Vistas las cosas de esta manera, el seguimiento y la imitación de Jesús adquieren su significación más plena. Es decir, de esta manera Jesús es un modelo a la medida del hombre y al alcance del ser limitado que es cada uno de nosotros los hombres. Por eso hay que defender con todo rigor la humanización total de Jesús, a partir de su total vaciamiento de todo rango que no le hiciera aparecer como uno de tantos, como un simple hombre (Flp 2,7). Además, si se comprende así la existencia de Jesús y su quehacer como hombre, el evangelio adquiere una fuerte ejemplaridad.

Por poner un ejemplo: los evangelios nos cuentan que Jesús murió gritando: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). En realidad, ¿qué quiere decir ese grito sorprendente de Jesús en el último instante de su vida? Hoy hay teólogos que, a partir de una Cristología ascendente, interpretan esas palabras de Jesús en el sentido más radical. Jesús se sintió realmente abandonado por Dios y completamente fracasado. Como ha escrito Leonardo Boff, "nos encontramos ante la suprema tentación soportada por Jesús; podemos formularla así: ¿Todo mi compromiso ha sido en vano? ¿No va a venir el Reino? ¿Habrá sido todo una pura ilusión? ¿Carecerá de sentido último el drama humano? ¿Es que no soy realmente el Mesías? Han caído por tierra las ideas que Jesús, verdadero hombre, se había formado. Jesús se encuentra desnudo, desarmado, absolutamente vacío ante el misterio". ¿Por qué se llegó hasta tal situación? La cosa resulta comprensible. Jesús predicó el reino de Dios. Pero no sólo eso. Porque Jesús anunció, además, que el reino está próximo (Mc 1,15; Mt 3,17) o incluso ya "entre nosotros" (Lc 17,21). Es más, Jesús dijo estas cosas en el marco de la mentalidad apocalíptica de su tiempo, que esperaba el reino en el sentido de una inminente e inesperada intervención de Dios (ver Mt 13,30; 14,25; Lc 22,15.19-29). Pero el hecho es que esa intervención de Dios no se produjo. Y no solamente no se produjo, sino que, además, lo que Jesús vio que se le venía encima era su propia muerte. En ese sentido, Jesús pensó que Dios realmente lo había abandonado y se sintió completamente fracasado, sin futuro y sin sentido. Tal fue el motivo de su grito en la cruz y la razón de su total entrega a Dios.

Por otra parte, en todo este asunto hay que tener muy en cuenta el sentido que tienen la mayor parte de las confesiones de fe que aparecen en el Nuevo Testamento. Como ya hemos podido ver, esas confesiones de fe afirman que Jesús fue constituido Señor, Mesías e Hijo de Dios mediante su resurrección. Desde este punto de vista, se ve claramente que las confesiones de fe más originales y más abundantes del Nuevo Testamento van decididamente en la línea de una Cristología ascendente.

En el fondo, todo esto quiere decir que no podemos disociar la Cristología (doctrina sobre el ser de Cristo) de la Soteriología (doctrina sobre la obra realizada por Cristo). Porque la Soteriología es esencialmente constitutiva de la misma Cristología. Conocemos quién es Jesús a partir de lo que hizo el propio Jesús. Por consiguiente, está claro que no podemos hablar de Cristo en tales términos que, en la práctica, se venga a separar la Cristología de la Soteriología. Es evidente que de esa manera no salvamos la significación fundamental de las confesiones de fe en las que se afirma que Jesús, mediante su obra salvífica, llegó a la plenitud del señorío. Por tanto, si elaboramos una Cristología en la que desde la encarnación ya está todo hecho, elaboramos una reflexión falseada por su misma base. De ahí la inexactitud de ciertas afirmaciones que se hacen a veces, por ejemplo cuando se dice que un suspiro del niño Jesús habría bastado para redimir al mundo. Quien hace semejante afirmación olvida que la Cristología está determinada soteriológicamente, es decir, que la significación de la persona de Jesús es inseparable de la historia y de ese destino del propio Jesús. Por consiguiente, aislada de esa historia y de ese destino, la persona de Jesús pierde su verdadera significación para nosotros.

La Cristología ascendente parece tropezar con un dificultad insuperable: las afirmaciones del Nuevo Testamento que hablan de la preexistencia de Cristo. Por ejemplo, en Gál 4,4: "Cuando cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo". O en Rom 8,3: "Dios envió a su Hijo en una condición como la nuestra, pecadora". Más claramente aún en el evangelio de Juan: Jesús fue enviado por el Padre (5,23.37; 6,38.44; 7,28.33), ha venido del cielo (3,13; 6,38.51), ha venido "de arriba" (8,23), ha salido del Padre (8,42; 16,27). También es importante en ese sentido el texto de Flp 2,6-7. Parece lo más obvio decir que estas afirmaciones van claramente en la línea de una Cristología descendente. ¿Qué se debe pensar a este respecto?

Para responder a esta cuestión hay que tener en cuenta que esas afirmaciones del Nuevo Testamento tienen su razón de ser y su explicación en un acontecimiento que es sin duda el acontecimiento más importante de la revelación cristiana, y que con frecuencia no es tenido en cuenta por los creyentes o incluso, a veces, ni por los teólogos. Este acontecimiento consiste en que Dios se ha revelado, se ha dado a conocer en Jesús. Así lo afirma expresamente el evangelio de Juan: "A la divinidad nadie la ha visto nunca; el único Dios engendrado, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación" (Jn 1,18). Eso quiere decir que la revelación verdadera de Dios se ha realizado en Jesús. Por tanto, hay que desaprender lo que se sabía de Dios para aprender de Jesús, que es su explicación. Por consiguiente, no conocemos a Jesús a partir de Dios, sino que conocemos a Dios a partir de Jesús. De ahí que la afirmación "Jesús es Dios" tiene su razón de ser y su explicación en otra afirmación previa, que es más fundamental: "Dios es Jesús".

Téngase en cuenta que no se trata de un juego de palabras. En toda frase predicativa, la función del predicado es explicar al sujeto, es decir, lo conocido es el predicado y lo desconocido es el sujeto. Por ejemplo, si yo digo "Pedro es rubio", se supone que yo sé lo que es un hombre rubio, y mediante eso me entero de cómo es Pedro. Pues de la misma manera, si yo digo "Jesús es Dios", se supone que yo sé quién es Dios y cómo es Dios, y mediante eso conozco quién es Jesús y cómo es Jesús. Pero no es eso lo que, en realidad, se debe decir como afirmación fundamental. Porque según el texto de Jn 1,18, a quien conocemos es a Jesús, mientras que lo desconocido es precisamente Dios. En consecuencia, podemos afirmar que toda imagen de Dios que no se ajuste a Jesús es inexacta. "Quien me ve a mí está viendo al Padre... ¿No crees que yo estoy identificado con el Padre y el Padre conmigo?" (Jn 14,9-10). 

 

 

Mediante estos conceptos, el concilio quería expresar dos cosas: 1) que a Jesús no le faltaba nada para ser perfecto hombre; 2) que Jesús-hombre, debido a su unión con Dios, es sustentado con la misma sustentación ontológica de Dios, es decir, Jesús está de tal manera unido a Dios, que en él el ser humano recibe su sustentación del absoluto. En lo cual se nos revela lo más profundo y admirable que hay en la existencia de Jesús. Porque se abrió y se entregó a Dios con absoluta confianza y entrega, Jesús, como enseñó el concilio de Calcedonia, no poseía la hipóstasis, la subsistencia, el permanecer en sí mismo y para sí mismo.

Pero aquí hay que insistir, un vez más, en que eso no constituye imperfección en Jesús, sino su máxima perfección. _l se vació de sí mismo hasta tal punto que pudo crear espacio interior para ser llenado por la realidad del otro (Dios). Porque estaba totalmente lleno de Dios y por Dios, por eso de él se puede decir que no tenía subsistencia humana. Por lo demás, aquí me parece que se debe recordar la atinada observación de W. Kasper: "El dogma cristológico de Calcedonia significa también una limitación respecto del testimonio cristológico total de la Escritura. El dogma se interesa exclusivamente por la constitución interna del sujeto humano-divino. Saca esta cuestión del contexto total de la historia y el destino de Jesús, de la relación en que Jesús se encuentra no sólo con el Logos, sino con su 'Padre', y hace echar de menos la panorámica total escatológica de la Cristología bíblica. Aun siendo, pues, el dogma de Calcedonia exégesis perennemente obligatoria de la Escritura, tiene que ser integrado, sin embargo, también en el testimonio global bíblico y se ha de interpretar a partir de éste".

8. Por último, quiero indicar algo acerca de lo que sería la tarea de una "Cristología desde abajo". Por todo lo que se ha dicho en este capítulo se comprende perfectamente que tal Cristología es posible. Y no solamente posible, sino además aceptable, si tomamos realmente en serio el sentido más elemental que tienen la mayor parte de las confesiones de fe que nos muestra el Nuevo Testamento. Pues bien, supuesto este planteamiento, se trata ahora de formular los presupuestos teológicos y antropológicos que hacen verdaderamente posible esa "Cristología desde abajo".

La aportación de K. Rahner en este sentido ha sido decisiva. En efecto, él ha sabido formular los presupuestos de lo que se suele llamar una "Cristología trascendental". Esos presupuestos son los siguientes: 1) El hombre como ser ordenado esencialmente a la visión inmediata de Dios. Esto quiere decir que existe en el hombre un deseo natural de la visión beatífica, un apetito natural de la contemplación bienaventurada de Dios. De tal manera que esto pertenece a la esencia misma del hombre. 2) El hombre sólo puede experimentar y realizar su esencia, y lo que corresponde a su esencia, en la historia. Porque el hombre es esencialmente un ser histórico. Esto quiere decir que el hombre tiene que esperar y buscar la comunicación de Dios precisamente en su dimensión histórica. 3) La unidad del "suceso absoluto de la salvación" y del "salvador absoluto". Es decir, esas dos realidades no son nada más que dos aspectos del único acontecimiento de la salvación. De esta manera, el salvador y la acción realizada por ese salvador quedan esencialmente vinculadas la una a la otra, de tal forma que no pueden disociarse. Una vez más nos encontramos con el principio ya enunciado: la Cristología no puede desvincularse de la Soteriología. 4) El acontecimiento de la salvación, en el sentido indicado, debe comportar la aceptación libre de la comunicación de Dios, ya que la libertad pertenece también a la esencia del hombre. 5) El acontecimiento de la salvación, entendido de esta manera, sólo se puede dar en un hombre que, por una parte, aceptando esa muerte, quede definitivamente asumido por Dios. 6) Jesús de Nazaret se entendió a sí mismo como este salvador absoluto y, además, en su resurrección y consumación se manifestó que él es en efecto tal salvador.

Como conclusión, después de todo lo explicado en este capítulo, podemos decir que la "Cristología ascendente" resulta ser la explicación más plausible del misterio de Cristo. Teniendo en cuenta que no se trata de una explicación excluyente. También la "Cristología descendente" tiene un sentido y una significación para el hombre de fe. Porque desde el momento en que sabemos que Jesús nos revela lo que pertenece a la esencia eterna de Dios, desde ese momento podemos hablar de Jesús aplicándole lo que corresponde a esa esencia eterna de lo divino. Pero en este caso se trata de una afirmación o explicación subsiguiente. Porque el criterio fundamental de interpretación del misterio es lo que hemos designado como "Cristología ascendente".