|

EL
DIOS DE JESUCRISTO |
|
Para
muchas personas, Dios es un problema no resuelto.
Porque, para tales personas, Dios es un misterio
tremendo, ante el que se siente respeto y temor, pero no
la cercanía y el amor que se deben experimentar ante un
ser querido. Por eso, para quienes piensan de esa
manera, la religión es una especie de pesadilla o
incluso una carga intolerable. Se va a misa por temor,
se reza por temor, se dejan de hacer ciertas cosas
porque Dios me puede castigar, y así sucesivamente. Y la
cosa llega a ser tan grave en algunos casos, que hay
quienes piensan que serían mucho más felices si supieran
que Dios no existe. Esto ocurre, con relativa
frecuencia, en la intimidad secreta de algunas personas.
En
otros casos no es temor lo que se siente ante Dios, pero
sí un desconocimiento profundo. No se sabe ni quién es
Dios ni cómo es Dios. Es más, se tiene el convencimiento
de que nadie puede saber algo cierto sobre Dios. De
donde se sigue que Dios es el gran desconocido y, con
mucha frecuencia, el gran ignorado. La religión entonces
se convierte en una serie de prácticas, más o menos
rutinarias, que se realizan sin alegría y, por supuesto,
sin amor.
Pero el problema de Dios es más profundo. Porque, como
ha escrito acertadamente M. Buber, Dios es "la palabra
más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna
otra está tan manchada de todas las palabras humanas.
Ninguna otra está tan manchada y tan dilacerada... Las
generaciones humanas han cargado el peso de su vida
angustiada sobre esta palabra y la han dejado por los
suelos; yace en el polvo y sostiene el peso de todas
ellas. Las generaciones humanas con sus disensiones
religiosas han dilacerado esta palabra; han matado y se
han dejado matar por ella; esa palabra lleva sus huellas
dactilares y su sangre... Los hombres dibujan un
monigote y escriben debajo la palabra 'Dios', se
asesinan unos a otros y dicen hacerlo en nombre de
Dios... Debemos respetar a aquellos que evitan este
nombre, porque es un modo de rebelarse contra la
injusticia y la corrupción, que suelen escudarse en la
autoridad de Dios". Efectivamente, la palabra "Dios" ha
ensangrentado muchas páginas de la historia y ha
ensuciado muchas conciencias. Lo cual indica hasta qué
punto Dios es un incomprendido, un desconocido y un ser
mancillado con toda la miseria de los hombres.
Ahora bien, la consecuencia inevitable que se sigue de
todo lo dicho es que el mensaje cristiano deja de ser
"buena noticia" para quienes piensan y sienten de esa
manera. El evangelio entonces pierde su verdadera
significación. Y las palabras de Jesús no se entienden;
o se entienden al revés. Es evidente que, en tal estado
de cosas, la vida auténticamente cristiana se hace
sencillamente imposible: todo son dificultades, dudas,
temores, inseguridades profundas y hasta miedos atroces.
Porque falla lo esencial: el verdadero conocimiento de
Dios.
En
todo esto está presente el problema de los ídolos, los
falsos dioses que el hombre se construye para su
utilidad y provecho. No se trata de monigotes de barro o
madera. Ni se trata del sol, la luna o las estrellas.
Esas cosas son los ídolos de antes. Los ídolos del
hombre moderno son otros, son más sutiles, más
sofisticados, y por supuesto, más atractivos y eficaces.
Me refiero al dinero, al poder, al prestigio. Me refiero
al bienestar y al confort, al consumo, a la política y a
la ideología. He ahí los verdaderos ídolos del hombre
moderno, ídolos de muerte y devastación, cuando esas
cosas se convierten en absolutos a los que se sacrifica
la honradez, la justicia, el amor y la paz.
Por eso es tan importante el tema de Dios, rectamente
planteado y correctamente comprendido. Porque sólo él
nos puede liberar, de una manera verdaderamente eficaz,
de los falsos dioses, que como fantasmas de violencia y
de muerte se han enseñoreado de nuestro mundo.
El Dios que se revela en Jesús
El
prólogo del evangelio de Juan hace esta afirmación
fundamental: "A Dios nadie lo ha vista jamás; es el Hijo
único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha
explicado" (Jn 1,18). Esto quiere decir dos cosas. En
primer lugar, quiere decir que Dios es inalcanzable e
incomprensible para el entendimiento humano. Dios está
muy por encima de todo lo que nuestra inteligencia puede
alcanzar y comprender. En segundo lugar, quiere decir
que ese Dios, inalcanzable e incomprensible, se ha dado
a conocer en la persona y en la obra de Jesús de Nazaret.
Por lo tanto, viendo y comprendiendo a Jesús, se ve y se
comprende a Dios. Que es justamente lo que el mismo
Jesús le dijo a Felipe en la última cena: "Quien me ve a
mí está viendo al Padre" (Jn 14,9). Por eso la carta a
los Colosenses dice que Jesús el Mesías es "imagen de
Dios invisible" (Col 1,15), es decir, el Dios escondido
(Is 45,15) y oculto, absolutamente inefable (Sal 139,6;
Job 36,26) y que habita en una luz inaccesible (1Tim
1,17), se ha hecho presente y patente entre los hombres
por medio de Jesús; o más exactamente en la persona y en
la obra de Jesús.
Por
lo tanto, no se trata de conocer a Dios para saber de
esa manera quién es Jesús y cómo es Jesús, sino que se
trata exactamente de todo lo contrario: de saber cómo
fue Jesús, para saber de esa manera quién es Dios y cómo
es Dios. Por consiguiente, la pregunta que aquí se
plantea es muy clara: ¿Cómo es el Dios que se revela y
se da a conocer en Jesús de Nazaret?
Para decirlo con una palabra, que es el término clave en
este asunto, el Dios que se revela en Jesús es el Dios
de la solidaridad con el hombre. Porque, efectivamente,
eso fue la vida de Jesús: un camino de incesante
solidaridad.
En
este sentido, lo primero que hay que recordar es la
cercanía de Jesús a todos los marginados de aquella
sociedad, es decir, la cercanía a todos los excluidos de
la solidaridad. La proclamación de las bienaventuranzas
resulta elocuente por sí sola. Jesús asegura que son ya
dichosos los pobres, los que sufren, los que lloran, los
desposeídos, los que tienen hambre y sed de justicia,
los que se ven perseguidos, insultados y calumniados (Mt
5,1-12; Lc 6,20-23). Indudablemente, Jesús afirma de esa
manera su cercanía profunda y fundamental a todos los
despreciados y marginados de la tierra, a todos los que
no podían hacer valer sus derechos en este mundo, ya que
ése era justamente el sentido que tenían los pobres en
aquel tiempo. En el mismo sentido hay que leer e
interpretar la afirmación programática de Jesús en la
sinagoga de Nazaret al aplicarse a sí mismo las palabras
proféticas de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre
mí, porque él me ha ungido , para que dé la buena
noticia a los pobres, me ha enviado para anunciar la
libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para
poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año
de gracia del Señor" (Lc 4,18-19; Is 61,1-2). Los
presos, los cautivos, los encadenados, los que no ven y
han perdido toda luz y esperanza, encuentran en Jesús su
solución. Que es justamente lo mismo que viene a decir
el propio Jesús en la respuesta que da a los que le
preguntan, de parte de Juan el Bautista, si era él el
que tenía que venir o si había que esperar a otro (Mt
11,4; Lc 7,21).
Pero hay más. Porque el radicalismo que muestra Jesús en
su predicación encuentra su explicación en el proyecto
de la solidaridad. Dicho de otra manera, Jesús fue tan
radical en su predicación y en su vida porque a eso le
llevó su solidaridad con el hombre.
Como
es sabido, ha habido quienes han intentado explicar ese
radicalismo por la idea que Jesús tenía -según se dice-
sobre la inminencia del reino de Dios e incluso la
inminencia del fin del mundo. Sin embargo, no parece que
sea necesario echar mano de tales especulaciones para
explicar una cosa que en sí es más sencilla. Cuando
Jesús dice a sus discípulos que no hagan frente al que
los agravia, que pongan la otra mejilla al que los
abofetea y que den incluso la capa al que les quiere
robar la túnica (Mt 5,38-42), les está indicando
claramente que deben ir más allá del derecho y la
justicia, hasta dejarse despojar, si es preciso. Pues
bien, si Jesús dice eso, parece bastante claro que su
idea es: no anden pleiteando y recurriendo a abogados,
sino pónganse justamente en el polo opuesto. Porque
solamente así se puede crear un dinamismo de solidaridad
entre los hombres.
En
este mismo sentido habría que interpretar las severas
palabras de Jesús sobre la actitud ante el dinero (Mt
6,19-34) y, sobre todo, las exigencias que impone a sus
seguidores: no deben llevar nada que exprese instalación
o cualquier tipo de ostentación (Mt 10,9-10 par), no
deben jamás parecerse a los dirigentes de los pueblos y
naciones (Mt 20,26-28 par), no deben apetecer un puesto
importante o un vestido singular (Mc 12,38-40), no deben
tolerar títulos o preeminencias (Mt 23,8-10) y ni
siquiera deben sentirse atados por lazos familiares (Mt
8,18-22 par; 12,46-50 par), que con frecuencia impiden
una solidaridad más universal y más profunda.
Por otra parte, hay que tener presente el tipo de
personas que solían acompañar a Jesús. Está claro que
los seguidores de Jesús eran predominantemente personas
difamadas, personas que gozaban de baja reputación y
estima: los 'amme haa'arãç, los incultos, los
ignorantes, a quienes su ignorancia religiosa y su
comportamiento moral les cerraban, según las
convicciones de la época, la puerta de acceso a la
salvación. Y es precisamente de ese tipo de personas de
quienes dice Jesús que son su verdadera familia (Mt
12,50 par); con ellos come y convive, con ellos aparece
en público constantemente, lo que da pie a las
murmuraciones y habladurías más groseras (Mt 11,19 par;
Lc 15,11-12).
En
realidad, ¿qué quiere decir todo esto? Ya lo hemos
visto: Dios se revela en Jesús, en la vida y en el
comportamiento de Jesús. En consecuencia, todo esto
quiere decir que el Dios que se nos da a conocer en
Jesús es el Dios de la cercanía y la solidaridad. Un
Dios que no resulta amenazante para el pecador y el
ignorante, sino todo lo contrario. Porque es el Dios de
la solidaridad con el hombre, sobre todo con el débil y
el marginado. Y esto es cierto hasta tal punto, que se
trata, en definitiva, de un Dios que resulta escandaloso
para los espíritus y las mentalidades de corte puritano
y de estilo farisaico. Jesús lo dijo textualmente:
"Dichoso el que no se escandaliza de mí" (Mt 11,6; Lc
7,23). Esto supone que había gente que se escandalizaba
de Jesús, es decir, del Dios que se revelaba en Jesús.
Hasta eso llega la solidaridad de Dios, del Dios que se
nos revela en Jesús. Así es el Dios de Jesucristo.
|
|
EL DIOS-PADRE |
|

El
nombre propio de Dios, para los cristianos, es Padre. Y es
fundamental destacar, desde el primer momento, que no se trata
simplemente de una metáfora o una simple comparación, sino de
una realidad sorprendente y estremecedora. Dios es creador
porque da la vida en general. Pero es Padre porque da su
propia vida, es decir, establece una comunión de vida y de
intimidad entre él y aquellos a los que llama sus hijos. ¿Qué
significa esto para la experiencia religiosa del hombre?

En la
experiencia general de los hombres, el fenómeno religioso de
Dios se muestra como un misterio tremendo y fascinante. Es
fascinante porque es atractivo. Pero es tremendo porque la
grandeza y el poder de Dios infunden no sólo respeto, sino
sobre todo miedo, ya que ese misterio representa una amenaza
para el hombre. De ahí que en casi todas las religiones se
representa a Dios como un ser misterioso y tremendo, que
infunde miedo y a veces pavor. Por desgracia, muchos
cristianos no llegan a superar este tipo de experiencia
religiosa, de tal manera que su religión es la religión del
miedo y del temor constante. Tales cristianos no conocen al
Dios que nos ha revelado Jesucristo.

En el
Antiguo Testamento se designa a Dios, algunas veces, con el
apelativo de Padre. Pero hay que tener en cuenta que esta
denominación de Dios como Padre está referida, en el Antiguo
Testamento, exclusivamente al pueblo de Israel en general (Dt
32,6; Is 63,16; 64,7; Jer 31,9; Mal 1,6; 2,10; ver Jer 3,4.19)
o al rey de Israel (2Sam 7,14; 1Crón 17,13; 22,10; 28,6; Sal
89,27), de tal manera que nunca se habla de Dios como Padre de
un individuo particular. Por otra parte, la idea del "padre"
en la tradición de Israel no evocaba el sentimiento de
intimidad y cercanía, sino la autoridad y el respeto, una
autoridad a la que hay que obedecer en cualquier circunstancia
(Ex 20,12; 21,15.17; Prov 23,22).

Pues
bien, frente a tales ideas acerca de Dios, la revelación del
Nuevo Testamento sobre este asunto se nos muestra como una
novedad inaudita. Primero por la frecuencia con que se utiliza
el apelativo Padre para referirse a Dios: hasta 245 veces en
todo el Nuevo Testamento. Segundo, porque aquí el hijo no es
el pueblo en general, sino cada creyente en particular (Mt
5,44-48; Lc 6,36; Rom 8,15; Gál 4,6). Tercero, porque, a
juicio del evangelio de Juan, todo concepto de Dios que no
corresponda al de Padre es falso (Jn 17,3; 20,17). Finalmente
-y sobre todo-, porque el cristiano puede y debe dirigirse a
Dios, no sólo con la expresión genérica de Padre, sino además
con la palabra Abbá (Rom 8,15; Gál 4,6; ver Mc 14,36), que
está tomada del lenguaje balbuciente de los niños pequeños y
que expresa cariño, intimidad y ternura, de tal manera que su
traducción más exacta sería el término "papá".

A ningún
israelita se le hubiera podido ocurrir llamar a Dios Baba.
Porque eso hubiera sido una falta de respeto inconcebible. En
contraste con eso, el cristiano puede y deber dirigirse a Dios
con la más absoluta confianza, con la intimidad y cercanía con
que un niño pequeño se encuentra en brazos de su padre. He ahí
la novedad inaudita que nos aportó Jesús con su revelación de
Dios, como Padre cercano, cariñoso e íntimo. De tal manera que
todo concepto de Dios que no corresponda a éste es falso.

En
consecuencia con lo que se acaba de decir, la imagen de Dios
que presenta Jesús es una imagen llena de bondad, cercanía y
hasta ternura para con sus hijos. Dios se muestra como Padre
de los discípulos en su misericordia (Lc 3,36), bondad (Mt
5,45), amor perdonador (Mc 11,25) y providencia (Mt 6,8.32; Lc
12,30); concede a sus hijos lo que necesitan (Mt 7,11) y les
prepara la salvación definitiva (Lc 12,32). Es más, cuando un
hijo se aleja de la casa del Padre y llega a cometer los
pecados más indignos, el Padre le sale al encuentro, le
perdona, se olvida de todo y hasta se alegra indeciblemente
del retorno de su hijo (Lc 15,11-32). Por eso la actitud
básica del discípulo ante Dios tiene que ser de absoluta
seguridad y confianza (parresía). El que permanece en Cristo
en la fe, el que no se siente condenado por su propia
conciencia (1Jn 3,21), tendrá siempre la confianza de los que
se acercan a él (1Jn 5,14) y no se sienten fracasados lejos de
él el día de su venida (1Jn 2,28). Esta confianza, por lo
tanto, incluye la certeza de la salvación, la superación de la
conciencia culpable, la esperanza en el futuro. Ése es el
ambiente en el que se deben desenvolver y vivir los hijos de
Dios.

Pero la
relación con Dios, como Padre, incluye algo más. Se trata de
la imitación del Padre del cielo. Porque los hijos tienen que
parecerse al padre. Por eso dice Jesús: "Amen a sus enemigos y
recen por los que los persiguen, para ser hijos del Padre del
cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la
lluvia sobre justos e injustos... Por consiguiente, sean
buenos del todo, como es bueno el Padre del cielo" (Mt
5,44-48). Porque Dios "es bondadoso con los malos y
despreciados" (Lc 6,35). De ahí que sus hijos deben "ser
generosos como el Padre es generoso" (Lc 6,36).

¿Qué
quiere decir Jesús con estas palabras? No se trata de que Dios
ama a todos por igual. Se trata más bien de lo siguiente:
nadie piensa que su actitud para con Dios va a influir al día
siguiente para que a su casa no le dé el sol o para que le
caigan rayos de punta; porque Dios no reacciona así ante los
comportamientos humanos. Pues de la misma manera, el hijo de
Dios se tiene que comportar de tal forma que a nadie se le
ocurra pensar en una posible revancha, en un desquite, en una
mala respuesta del que se reconoce como hijo del Padre del
cielo. En definitiva, se trata de comprender que la bondad
desconcertante del Padre del cielo tiene que traducirse en una
bondad semejante en sus hijos de la tierra. Y así es como
serán hijos de tal Padre (Mt 5,44-45). Es decir, los que no
tienden a comportarse como el Padre del cielo, en realidad no
son hijos suyos. Porque los hijos se parecen al Padre.

Por
último, se trata de responder a una pregunta elemental: ¿Por
qué somos hijos de Dios? La respuesta a esta pregunta se
encuentra, admirablemente formulada, en los escritos del
apóstol Pablo. En la carta a los Romanos, dice el apóstol:
"Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar
por el Espíritu de Dios. Miren, no recibieron ustedes un
espíritu que los haga esclavos y los vuelva al temor;
recibieron un Espíritu que los hace hijos y que les permite
gritar: ¡Abbá! ¡Padre! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro
espíritu que somos hijos de Dios; ahora, si somos hijos, somos
también herederos: herederos de Dios, coherederos con el
Mesías" (Rom 8,14-16). Y en la carta a los Gálatas se repite
el mismo pensamiento: "Cuando se cumplió el plazo envió Dios a
su Hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a
los que estaban sometidos a la ley, para que recibiéramos la
condición de hijos. Y la prueba de que ustedes son hijos es
que Dios envió a ustedes el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abbá!
¡Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres
hijo eres también heredero, por obra de Dios" (Gál 4,4-7).

Somos
hijos de Dios porque el mismo Dios nos ha dado su Espíritu. Es
decir, nos ha dado su misma vida; y con su vida nos ha dado su
amor (Rom 5,5). Por consiguiente, se trata de que la vida
misma de Dios ha sido dada al hombre (Jn 6,57; 1Jn 4,9; 5,11;
ver Rom 6,23). Existe, pues, una comunión de vida, como entre
un hijo y su padre. Somos, por tanto, de la misma familia de
Dios.




|
|
|