Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                                    Texto: José Mª Castillo  SJ


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EL DIOS DE JESUCRISTO

 

 Para muchas personas, Dios es un problema no resuelto. Porque, para tales personas, Dios es un misterio tremendo, ante el que se siente respeto y temor, pero no la cercanía y el amor que se deben experimentar ante un ser querido. Por eso, para quienes piensan de esa manera, la religión es una especie de pesadilla o incluso una carga intolerable. Se va a misa por temor, se reza por temor, se dejan de hacer ciertas cosas porque Dios me puede castigar, y así sucesivamente. Y la cosa llega a ser tan grave en algunos casos, que hay quienes piensan que serían mucho más felices si supieran que Dios no existe. Esto ocurre, con relativa frecuencia, en la intimidad secreta de algunas personas.

En otros casos no es temor lo que se siente ante Dios, pero sí un desconocimiento profundo. No se sabe ni quién es Dios ni cómo es Dios. Es más, se tiene el convencimiento de que nadie puede saber algo cierto sobre Dios. De donde se sigue que Dios es el gran desconocido y, con mucha frecuencia, el gran ignorado. La religión entonces se convierte en una serie de prácticas, más o menos rutinarias, que se realizan sin alegría y, por supuesto, sin amor.

Pero el problema de Dios es más profundo. Porque, como ha escrito acertadamente M. Buber, Dios es "la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna otra está tan manchada de todas las palabras humanas. Ninguna otra está tan manchada y tan dilacerada... Las generaciones humanas han cargado el peso de su vida angustiada sobre esta palabra y la han dejado por los suelos; yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas con sus disensiones religiosas han dilacerado esta palabra; han matado y se han dejado matar por ella; esa palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre... Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra 'Dios', se asesinan unos a otros y dicen hacerlo en nombre de Dios... Debemos respetar a aquellos que evitan este nombre, porque es un modo de rebelarse contra la injusticia y la corrupción, que suelen escudarse en la autoridad de Dios". Efectivamente, la palabra "Dios" ha ensangrentado muchas páginas de la historia y ha ensuciado muchas conciencias. Lo cual indica hasta qué punto Dios es un incomprendido, un desconocido y un ser mancillado con toda la miseria de los hombres.

Ahora bien, la consecuencia inevitable que se sigue de todo lo dicho es que el mensaje cristiano deja de ser "buena noticia" para quienes piensan y sienten de esa manera. El evangelio entonces pierde su verdadera significación. Y las palabras de Jesús no se entienden; o se entienden al revés. Es evidente que, en tal estado de cosas, la vida auténticamente cristiana se hace sencillamente imposible: todo son dificultades, dudas, temores, inseguridades profundas y hasta miedos atroces. Porque falla lo esencial: el verdadero conocimiento de Dios.

En todo esto está presente el problema de los ídolos, los falsos dioses que el hombre se construye para su utilidad y provecho. No se trata de monigotes de barro o madera. Ni se trata del sol, la luna o las estrellas. Esas cosas son los ídolos de antes. Los ídolos del hombre moderno son otros, son más sutiles, más sofisticados, y por supuesto, más atractivos y eficaces. Me refiero al dinero, al poder, al prestigio. Me refiero al bienestar y al confort, al consumo, a la política y a la ideología. He ahí los verdaderos ídolos del hombre moderno, ídolos de muerte y devastación, cuando esas cosas se convierten en absolutos a los que se sacrifica la honradez, la justicia, el amor y la paz.

Por eso es tan importante el tema de Dios, rectamente planteado y correctamente comprendido. Porque sólo él nos puede liberar, de una manera verdaderamente eficaz, de los falsos dioses, que como fantasmas de violencia y de muerte se han enseñoreado de nuestro mundo.

       El Dios que se revela en Jesús

El prólogo del evangelio de Juan hace esta afirmación fundamental: "A Dios nadie lo ha vista jamás; es el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha explicado" (Jn 1,18). Esto quiere decir dos cosas. En primer lugar, quiere decir que Dios es inalcanzable e incomprensible para el entendimiento humano. Dios está muy por encima de todo lo que nuestra inteligencia puede alcanzar y comprender. En segundo lugar, quiere decir que ese Dios, inalcanzable e incomprensible, se ha dado a conocer en la persona y en la obra de Jesús de Nazaret. Por lo tanto, viendo y comprendiendo a Jesús, se ve y se comprende a Dios. Que es justamente lo que el mismo Jesús le dijo a Felipe en la última cena: "Quien me ve a mí está viendo al Padre" (Jn 14,9). Por eso la carta a los Colosenses dice que Jesús el Mesías es "imagen de Dios invisible" (Col 1,15), es decir, el Dios escondido (Is 45,15) y oculto, absolutamente inefable (Sal 139,6; Job 36,26) y que habita en una luz inaccesible (1Tim 1,17), se ha hecho presente y patente entre los hombres por medio de Jesús; o más exactamente en la persona y en la obra de Jesús.

Por lo tanto, no se trata de conocer a Dios para saber de esa manera quién es Jesús y cómo es Jesús, sino que se trata exactamente de todo lo contrario: de saber cómo fue Jesús, para saber de esa manera quién es Dios y cómo es Dios. Por consiguiente, la pregunta que aquí se plantea es muy clara: ¿Cómo es el Dios que se revela y se da a conocer en Jesús de Nazaret?

Para decirlo con una palabra, que es el término clave en este asunto, el Dios que se revela en Jesús es el Dios de la solidaridad con el hombre. Porque, efectivamente, eso fue la vida de Jesús: un camino de incesante solidaridad.

En este sentido, lo primero que hay que recordar es la cercanía de Jesús a todos los marginados de aquella sociedad, es decir, la cercanía a todos los excluidos de la solidaridad. La proclamación de las bienaventuranzas resulta elocuente por sí sola. Jesús asegura que son ya dichosos los pobres, los que sufren, los que lloran, los desposeídos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que se ven perseguidos, insultados y calumniados (Mt 5,1-12; Lc 6,20-23). Indudablemente, Jesús afirma de esa manera su cercanía profunda y fundamental a todos los despreciados y marginados de la tierra, a todos los que no podían hacer valer sus derechos en este mundo, ya que ése era justamente el sentido que tenían los pobres en aquel tiempo. En el mismo sentido hay que leer e interpretar la afirmación programática de Jesús en la sinagoga de Nazaret al aplicarse a sí mismo las palabras proféticas de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido , para que dé la buena noticia a los pobres, me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor" (Lc 4,18-19; Is 61,1-2). Los presos, los cautivos, los encadenados, los que no ven y han perdido toda luz y esperanza, encuentran en Jesús su solución. Que es justamente lo mismo que viene a decir el propio Jesús en la respuesta que da a los que le preguntan, de parte de Juan el Bautista, si era él el que tenía que venir o si había que esperar a otro (Mt 11,4; Lc 7,21).

Pero hay más. Porque el radicalismo que muestra Jesús en su predicación encuentra su explicación en el proyecto de la solidaridad. Dicho de otra manera, Jesús fue tan radical en su predicación y en su vida porque a eso le llevó su solidaridad con el hombre.

Como es sabido, ha habido quienes han intentado explicar ese radicalismo por la idea que Jesús tenía -según se dice- sobre la inminencia del reino de Dios e incluso la inminencia del fin del mundo. Sin embargo, no parece que sea necesario echar mano de tales especulaciones para explicar una cosa que en sí es más sencilla. Cuando Jesús dice a sus discípulos que no hagan frente al que los agravia, que pongan la otra mejilla al que los abofetea y que den incluso la capa al que les quiere robar la túnica (Mt 5,38-42), les está indicando claramente que deben ir más allá del derecho y la justicia, hasta dejarse despojar, si es preciso. Pues bien, si Jesús dice eso, parece bastante claro que su idea es: no anden pleiteando y recurriendo a abogados, sino pónganse justamente en el polo opuesto. Porque solamente así se puede crear un dinamismo de solidaridad entre los hombres.

En este mismo sentido habría que interpretar las severas palabras de Jesús sobre la actitud ante el dinero (Mt 6,19-34) y, sobre todo, las exigencias que impone a sus seguidores: no deben llevar nada que exprese instalación o cualquier tipo de ostentación (Mt 10,9-10 par), no deben jamás parecerse a los dirigentes de los pueblos y naciones (Mt 20,26-28 par), no deben apetecer un puesto importante o un vestido singular (Mc 12,38-40), no deben tolerar títulos o preeminencias (Mt 23,8-10) y ni siquiera deben sentirse atados por lazos familiares (Mt 8,18-22 par; 12,46-50 par), que con frecuencia impiden una solidaridad más universal y más profunda.

Por otra parte, hay que tener presente el tipo de personas que solían acompañar a Jesús. Está claro que los seguidores de Jesús eran predominantemente personas difamadas, personas que gozaban de baja reputación y estima: los 'amme haa'arãç, los incultos, los ignorantes, a quienes su ignorancia religiosa y su comportamiento moral les cerraban, según las convicciones de la época, la puerta de acceso a la salvación. Y es precisamente de ese tipo de personas de quienes dice Jesús que son su verdadera familia (Mt 12,50 par); con ellos come y convive, con ellos aparece en público constantemente, lo que da pie a las murmuraciones y habladurías más groseras (Mt 11,19 par; Lc 15,11-12).

En realidad, ¿qué quiere decir todo esto? Ya lo hemos visto: Dios se revela en Jesús, en la vida y en el comportamiento de Jesús. En consecuencia, todo esto quiere decir que el Dios que se nos da a conocer en Jesús es el Dios de la cercanía y la solidaridad. Un Dios que no resulta amenazante para el pecador y el ignorante, sino todo lo contrario. Porque es el Dios de la solidaridad con el hombre, sobre todo con el débil y el marginado. Y esto es cierto hasta tal punto, que se trata, en definitiva, de un Dios que resulta escandaloso para los espíritus y las mentalidades de corte puritano y de estilo farisaico. Jesús lo dijo textualmente: "Dichoso el que no se escandaliza de mí" (Mt 11,6; Lc 7,23). Esto supone que había gente que se escandalizaba de Jesús, es decir, del Dios que se revelaba en Jesús. Hasta eso llega la solidaridad de Dios, del Dios que se nos revela en Jesús. Así es el Dios de Jesucristo.

 

   EL DIOS-PADRE

El nombre propio de Dios, para los cristianos, es Padre. Y es fundamental destacar, desde el primer momento, que no se trata simplemente de una metáfora o una simple comparación, sino de una realidad sorprendente y estremecedora. Dios es creador porque da la vida en general. Pero es Padre porque da su propia vida, es decir, establece una comunión de vida y de intimidad entre él y aquellos a los que llama sus hijos. ¿Qué significa esto para la experiencia religiosa del hombre?

En la experiencia general de los hombres, el fenómeno religioso de Dios se muestra como un misterio tremendo y fascinante. Es fascinante porque es atractivo. Pero es tremendo porque la grandeza y el poder de Dios infunden no sólo respeto, sino sobre todo miedo, ya que ese misterio representa una amenaza para el hombre. De ahí que en casi todas las religiones se representa a Dios como un ser misterioso y tremendo, que infunde miedo y a veces pavor. Por desgracia, muchos cristianos no llegan a superar este tipo de experiencia religiosa, de tal manera que su religión es la religión del miedo y del temor constante. Tales cristianos no conocen al Dios que nos ha revelado Jesucristo.

En el Antiguo Testamento se designa a Dios, algunas veces, con el apelativo de Padre. Pero hay que tener en cuenta que esta denominación de Dios como Padre está referida, en el Antiguo Testamento, exclusivamente al pueblo de Israel en general (Dt 32,6; Is 63,16; 64,7; Jer 31,9; Mal 1,6; 2,10; ver Jer 3,4.19) o al rey de Israel (2Sam 7,14; 1Crón 17,13; 22,10; 28,6; Sal 89,27), de tal manera que nunca se habla de Dios como Padre de un individuo particular. Por otra parte, la idea del "padre" en la tradición de Israel no evocaba el sentimiento de intimidad y cercanía, sino la autoridad y el respeto, una autoridad a la que hay que obedecer en cualquier circunstancia (Ex 20,12; 21,15.17; Prov 23,22).

Pues bien, frente a tales ideas acerca de Dios, la revelación del Nuevo Testamento sobre este asunto se nos muestra como una novedad inaudita. Primero por la frecuencia con que se utiliza el apelativo Padre para referirse a Dios: hasta 245 veces en todo el Nuevo Testamento. Segundo, porque aquí el hijo no es el pueblo en general, sino cada creyente en particular (Mt 5,44-48; Lc 6,36; Rom 8,15; Gál 4,6). Tercero, porque, a juicio del evangelio de Juan, todo concepto de Dios que no corresponda al de Padre es falso (Jn 17,3; 20,17). Finalmente -y sobre todo-, porque el cristiano puede y debe dirigirse a Dios, no sólo con la expresión genérica de Padre, sino además con la palabra Abbá (Rom 8,15; Gál 4,6; ver Mc 14,36), que está tomada del lenguaje balbuciente de los niños pequeños y que expresa cariño, intimidad y ternura, de tal manera que su traducción más exacta sería el término "papá".

A ningún israelita se le hubiera podido ocurrir llamar a Dios Baba. Porque eso hubiera sido una falta de respeto inconcebible. En contraste con eso, el cristiano puede y deber dirigirse a Dios con la más absoluta confianza, con la intimidad y cercanía con que un niño pequeño se encuentra en brazos de su padre. He ahí la novedad inaudita que nos aportó Jesús con su revelación de Dios, como Padre cercano, cariñoso e íntimo. De tal manera que todo concepto de Dios que no corresponda a éste es falso.

En consecuencia con lo que se acaba de decir, la imagen de Dios que presenta Jesús es una imagen llena de bondad, cercanía y hasta ternura para con sus hijos. Dios se muestra como Padre de los discípulos en su misericordia (Lc 3,36), bondad (Mt 5,45), amor perdonador (Mc 11,25) y providencia (Mt 6,8.32; Lc 12,30); concede a sus hijos lo que necesitan (Mt 7,11) y les prepara la salvación definitiva (Lc 12,32). Es más, cuando un hijo se aleja de la casa del Padre y llega a cometer los pecados más indignos, el Padre le sale al encuentro, le perdona, se olvida de todo y hasta se alegra indeciblemente del retorno de su hijo (Lc 15,11-32). Por eso la actitud básica del discípulo ante Dios tiene que ser de absoluta seguridad y confianza (parresía). El que permanece en Cristo en la fe, el que no se siente condenado por su propia conciencia (1Jn 3,21), tendrá siempre la confianza de los que se acercan a él (1Jn 5,14) y no se sienten fracasados lejos de él el día de su venida (1Jn 2,28). Esta confianza, por lo tanto, incluye la certeza de la salvación, la superación de la conciencia culpable, la esperanza en el futuro. Ése es el ambiente en el que se deben desenvolver y vivir los hijos de Dios.

Pero la relación con Dios, como Padre, incluye algo más. Se trata de la imitación del Padre del cielo. Porque los hijos tienen que parecerse al padre. Por eso dice Jesús: "Amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para ser hijos del Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos... Por consiguiente, sean buenos del todo, como es bueno el Padre del cielo" (Mt 5,44-48). Porque Dios "es bondadoso con los malos y despreciados" (Lc 6,35). De ahí que sus hijos deben "ser generosos como el Padre es generoso" (Lc 6,36).

¿Qué quiere decir Jesús con estas palabras? No se trata de que Dios ama a todos por igual. Se trata más bien de lo siguiente: nadie piensa que su actitud para con Dios va a influir al día siguiente para que a su casa no le dé el sol o para que le caigan rayos de punta; porque Dios no reacciona así ante los comportamientos humanos. Pues de la misma manera, el hijo de Dios se tiene que comportar de tal forma que a nadie se le ocurra pensar en una posible revancha, en un desquite, en una mala respuesta del que se reconoce como hijo del Padre del cielo. En definitiva, se trata de comprender que la bondad desconcertante del Padre del cielo tiene que traducirse en una bondad semejante en sus hijos de la tierra. Y así es como serán hijos de tal Padre (Mt 5,44-45). Es decir, los que no tienden a comportarse como el Padre del cielo, en realidad no son hijos suyos. Porque los hijos se parecen al Padre.

Por último, se trata de responder a una pregunta elemental: ¿Por qué somos hijos de Dios? La respuesta a esta pregunta se encuentra, admirablemente formulada, en los escritos del apóstol Pablo. En la carta a los Romanos, dice el apóstol: "Hijos de Dios son todos y sólo aquellos que se dejan llevar por el Espíritu de Dios. Miren, no recibieron ustedes un espíritu que los haga esclavos y los vuelva al temor; recibieron un Espíritu que los hace hijos y que les permite gritar: ¡Abbá! ¡Padre! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios; ahora, si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios, coherederos con el Mesías" (Rom 8,14-16). Y en la carta a los Gálatas se repite el mismo pensamiento: "Cuando se cumplió el plazo envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la ley, para que recibiéramos la condición de hijos. Y la prueba de que ustedes son hijos es que Dios envió a ustedes el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abbá! ¡Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo eres también heredero, por obra de Dios" (Gál 4,4-7).

Somos hijos de Dios porque el mismo Dios nos ha dado su Espíritu. Es decir, nos ha dado su misma vida; y con su vida nos ha dado su amor (Rom 5,5). Por consiguiente, se trata de que la vida misma de Dios ha sido dada al hombre (Jn 6,57; 1Jn 4,9; 5,11; ver Rom 6,23). Existe, pues, una comunión de vida, como entre un hijo y su padre. Somos, por tanto, de la misma familia de Dios.