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El Dios-Espíritu
El
Nuevo Testamento habla con frecuencia del Espíritu. Es el Espíritu
de Dios (Mt 3,16; Rom 8,9; 1Pe 4,14; 1Jn 4,2), o del Señor (Lc 4,19;
Hch 5,9), o del Padre de ustedes (Mt 10,20), o de Jesús (Hch 16,7),
o de Cristo (Rom 8,9; 1Pe 1,11), o simplemente el Espíritu (Mc
1,10).
Este Espíritu
ha sido interpretado por la teología católica como persona de la
Trinidad divina. Procede del Padre (Jn 14,26), se distingue (ver Jn
14,16-16,15; Mc 1,10s; Mt 28,19) del Padre y del Hijo (Jn 15,26;
16,7) y su acción viene presentada en símbolos: la paloma (Mt 3,16
par), el viento (Jn 3,8; Hch 2,2), el agua (Jn 7,38-39), la lluvia
que riega (1Cor 12,13; ver Sal 63,2), el líquido que se derrama o
donde uno se sumerge (Hch 2,17-18; Rom 5,5; 1Cor 12,13; Tit 3,5), el
sello que hace de los fieles propiedad de Dios (2Cor 1,22; Ef 1,13).
Ahora bien, ¿qué quiere decir todo esto? Para responder a esta
pregunta será necesario analizar más en concreto cómo es presentado
el Espíritu en los escritos del Nuevo Testamento.
a)
El Espíritu profético
En
el judaísmo del tiempo de Jesús se tenía el convencimiento de que el
Espíritu significa siempre lo mismo que "inspiración profética".
Pero, por otra parte, sabemos que Jesús fue reconocido como profeta
por el pueblo (Mc 6,15 par; 8,28 par; Mt 21,11.46; Lc 7,16; Jn 4,19;
6,14; 7,40.52; 9,17) e incluso de alguna manera por los mismos
fariseos (Lc 7,39; Mc 8,11 par) y sin duda por los discípulos (Lc
14,19). Pero, sobre todo, el propio Jesús se consideró a sí mismo
entre los profetas (Lc 13,33; Mt 23,31s.34-36 par; 37-39 par; ver Mc
6,4 par; Lc 4,24; Jn 4,44). Todo lo cual hace pensar, obviamente,
que el Espíritu que se relaciona tan estrechamente con Jesús en los
evangelios es el Espíritu profético.
Ahora bien, lo
importante aquí es comprender, no sólo que el Espíritu de Dios está
con Jesús, sino, sobre todo, que ese Espíritu orienta y dirige a
Jesús en una dirección muy clara y definida. Es el Espíritu que
impulsa a Jesús al enfrentamiento con los poderes de este mundo (Mt
4,1 par) y que actúa en favor de los discípulos cuando éstos sean
conducidos a los tribunales, ante gobernadores y reyes (Mt 10,16-20;
Lc 12,12); el Espíritu que lleva a Jesús a la región de los pobres,
Galilea (Lc 4,14), y sobre todo que hace a Jesús proclamar la
liberación para los oprimidos y despreciados, así como la buena
noticia para los desheredados de la tierra (Lc 4,18-21). Aquí es
importante caer en la cuenta de que en lo que acabo de decir se
describen cuáles son los caminos del Espíritu; cuando el Espíritu de
Dios lleva a alguien, lo conduce por los caminos que acabo de
indicar: el enfrentamiento con los poderes de este mundo y la
liberación de los oprimidos.
Por otra
parte, sabemos que este mismo Espíritu se ha comunicado a la
comunidad de los creyentes (Hch 2,17-18; ver Jn 3,1-2), lo cual
marca una orientación definida a la Iglesia: al igual que Jesús,
también la comunidad de sus seguidores tiene que ponerse de parte de
los pobres y siempre a favor de ellos, aunque eso lleve consigo el
tener que comparecer ante los poderes de este mundo y sus
tribunales. Porque ésa es la orientación que señaló a Jesús el
Espíritu profético.
b)
El Espíritu y la Iglesia
En
el libro de los Hechos de los Apóstoles se destaca especialmente la
estrecha conexión que existe entre el Espíritu y la Iglesia. Es el
Espíritu que se comunica mediante el bautismo (Hch 2,38), al que
acompaña la imposición de manos (Hch 8,15-17s; 19,3-6), y que
también se hace presente en la comunidad de la Iglesia a través de
la predicación (Hch 4,31; 10,44), el Espíritu que toma las
iniciativas y conduce a los creyentes (Hch 10,47; 13,2; 15,28;
16,6-7) en todo momento. La Iglesia es, pues, la comunidad del
Espíritu, cuya presencia y acción le comunican la vida y la
orientación concreta que debe seguir. Pero, más en concreto, ¿como
orienta el Espíritu a la Iglesia?; ¿en qué dirección la lleva? Aquí
hay que analizar brevemente tres puntos fundamentales.
El Espíritu crea la comunidad. Porque el fruto inmediato del
Espíritu es la formación de la comunidad cristiana. Por eso a la
venida del Espíritu sigue inmediatamente, en el libro de los Hechos,
el relato de la vida comunitaria (Hch 2,42-47; 4,32-35). Por otra
parte, se trata de la comunidad en el sentido más fuerte de la
palabra: comunidad de creencias y de prácticas (Hch 2,42), de
pensamientos y de sentimientos (Hch 4,32) y, sobre todo, comunidad
de los bienes (Hch 2,42-45; 4,32.34-35). Se trata de la utopía del
reino de Dios, la nueva sociedad que el Espíritu crea entre los
hombres.
El
Espíritu impulsa hacia la audacia. El término técnico que utiliza el
Nuevo Testamento para hablar de esta audacia es el sustantivo
parresía, que por lo general tiene el sentido de libertad, valentía
y hasta audacia en el anuncio de la buena noticia (ver Mc 8,32; Jn
7,26; 10,24; 16,29; 18,20). Exactamente como lo hacía Jesús, se
trata de decir sin ambigüedades, sin titubeos, con toda claridad, lo
que se tienen que decir; de tal manera que los demás lo entiendan y
resulte algo transparente para todo el mundo. Y hasta con el matiz
particular de decir eso en condiciones adversas, cuando la seguridad
personal y hasta la misma vida se ven amenazadas. Esto es lo que
Jesús hizo en su ministerio público. Y a eso justamente es a lo que
el Espíritu impulsa a su Iglesia, especialmente a quienes tienen que
enseñar el evangelio. El testimonio del libro de los Hechos resulta
apasionante en este sentido (Hch 2,29; 4,13.29.31; 9,27-28; 13,46;
14,3; 18,26; 19,8; 28,30-31), así como las condiciones de Pablo en
la misma dirección (2Cor 3,12; 7,4; Ef 6,19-20; 1Tes 2,2). La
predicación del evangelio supone y entraña un peligro y una amenaza
para el que lo anuncia. Por eso la Iglesia necesita la asistencia
del Espíritu, que le comunica la parresía.
El
Espíritu defiende siempre la libertad. Frente a la estrechez
religiosa y legalista de los cristianos judaizantes (ver Hch 11,3;
10,13-14; 15,1.5; 21,20-21), el Espíritu se hace presente
especialmente en el grupo de los helenistas (Hch 6,3.5.10; 7,55;
11,24; 13,2), que mostraban una notable libertad frente al templo (Hch
7,48-50) y la ley (Hch 15,1). Por eso Esteban afirma que los judíos
resistían al Espíritu Santo (Hch 7,51). Porque el Espíritu impulsa
hacia la libertad de la que carecía la religiosidad judía (Hch
10,47; 11,12-17; 15,8.28).
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 c)
Espíritu de Dios, espíritu del hombre
Los dos
sentidos fundamentales en que Pablo utiliza la palabra "espíritu"
son: el Espíritu de Dios (por ejemplo, Rom 6,16; 1Cor 2,10) y el
espíritu del hombre, es decir, el yo con sus intenciones (ver Rom
1,9), sentimientos (1Cor 16,18) y autoconciencia (1Cor 2,11). Pero
aquí conviene notar que con frecuencia resulta difícil saber si tal
texto determinado pertenece al primer grupo o más bien al segundo.
De ahí la indecisión de los traductores en el uso de la mayúscula o
la minúscula al hablar del Espíritu. Lo cual nos viene a indicar una
dificultad más profunda, a saber: la relación que se debe establecer
entre el Espíritu de Dios y el espíritu del hombre. En este sentido,
parece que se puede hablar de una correspondencia fundamental entre
el espíritu del hombre (Rom 1,9; 8,16; 1Cor 2,11; 5,3-4; Gál 6,18;
Flp 4,23; 1Tes 5,23; Flp 25) y el Espíritu de Dios, que suscita y
dirige al hombre, si bien el Espíritu de Dios es siempre soberano
con relación al hombre. Es más, el Espíritu divino habita en los
creyentes (Rom 8,9), porque si alguno no tiene el Espíritu de
Cristo, ése no es cristiano (Rom 8,9-10), hasta el punto de poder
decir que solamente son hijos de Dios los que se dejan llevar por el
Espíritu de Dios (Rom 8,14).
Esta
coincidencia profunda entre el Espíritu de Dios y el espíritu del
hombre entraña una consecuencia fundamental: de ahí se sigue que la
acción de Dios sobre el hombre tiende siempre a la realización de
éste en el logro de sus aspiraciones más profundas, como son la
felicidad, la paz, la esperanza, la libertad y el amor. De donde se
deduce que la acción de la Iglesia y de los creyentes es correcta en
la medida en que está orientada hacia la realización del hombre en
el logro de las aspiraciones más hondas de la persona.
d)
El defensor de los cristianos
Según
la teología de San Juan, la función principal del Espíritu consiste
en ser el abogado defensor y el valedor permanente que da seguridad
a los creyente (Jn 14,16-17) y que impulsa hacia el testimonio y la
libertad (Jn 15,26-27), sosteniendo a los seguidores de Jesús cuando
se ven amenazados por la hostilidad del mundo (Jn 16,7-11). Ahora
bien, el que necesita un abogado defensor de manera permanente es
que se va a tener que ver en dificultades, complicaciones y
enfrentamientos. He ahí el destino de los cristianos que se dejan
guiar efectivamente por el Espíritu, ya que éste no hace sino
recordar y descubrir el sentido del mensaje de Jesús (Jn 14,26),
mediante la experiencia que produce y que lleva al conocimiento de
la verdad (Jn 8,31-32). Pero, por otra parte, sabemos que el
"mundo", el orden presente, basado en la violencia
institucionalizada, odia a Jesús (Jn 7,7) y persigue a muerte a sus
seguidores (Jn 15,18-25; 16,2). Todo lo cual quiere decir obviamente
que una Iglesia o una cristiandad que no se ve en estas dificultades
y enfrentamientos se tiene que preguntar seriamente si realmente
posee el Espíritu de Jesús. Porque es evidente que donde hay
fidelidad a Jesús y adhesión a su mensaje, hay también
inevitablemente persecución por parte del mundo y enfrentamientos
con el orden constituido. |