Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                                 Texto: José Mª Castillo SJ

 

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La experiencia trinitaria

Toda la Biblia es la afirmación más solemne del monoteísmo. Dios no hay más que uno. Ya en el Antiguo Testamento leemos: "Escucha, Israel. Yavé, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás a Yavé, tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas" (Dt 6,4-5; ver 2Mac 7,37). El Nuevo Testamento asume la fe veterotestamentaria en la unicidad de Dios (Mc 12,29.32) y la esgrime frente al politeísmo pagano (Hch 14,15; 17,23; 1Cor 8,4; Rom 3,29s; Ef 4,6; 1Tim 1,17; 2,5). Pero esta unicidad de Dios es perfectamente compatible con la trinidad de personas en el mismo Dios. Por eso el Nuevo Testamento afirma la divinidad de Jesucristo (el Hijo). En él se da la plenitud del Espíritu (Lc 4,18), el perdón de los pecados (Mc 2,1-12 par), la suprema cercanía de Dios (Mt 11,25ss; Jn 10,30), el imperio sobre la ley dada por Dios en el Antiguo Testamento (Mc 2,23-28 par), el "yo soy" característico de Dios (Jn 5,58; 10,7.14; 11,25; ver Ex 3,14). De la misma manera, el Nuevo Testamento conoce la divinidad del Espíritu Santo, que como Espíritu de Dios es la absoluta plenitud salvífica de Dios (Lc 4,18; Tit 3,5s). Por eso las fórmulas trinitarias son frecuentes en el Nuevo Testamento. Así nos consta por el relato del bautismo de Jesús (Mc 1,10s par) y por el mandato del bautismo del final de Mateo (Mt 28,19), lo mismo que por la doctrina de Pablo (Rom 1,3s; Gál 4,4-6; 1Cor 12,4-6; 2Cor 13,13; ver 4,4-6).

Pero el Hijo y el Espíritu no son sencillamente lo mismo, como presencia del Dios que revelan. Están relacionados con él, son enviados por él, cada uno tiene su "relación" peculiar con el Padre (Jn 1,1.18; 15,26).

Por lo tanto, el Nuevo Testamento, a la vez que sostiene con toda firmeza la unicidad de Dios, reconoce también una tríada en ese mismo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se distinguen entre sí por medio de su acción salvífica diferenciable. No obstante, están de tal manera equiparados, que el Hijo y el Espíritu Santo no pueden concebirse como meras "fuerzas" de la acción de Dios en el mundo (ver, por ejemplo, Mt 28,19; 2Cor 13,13, etc.).

Ahora bien, ¿qué significación tiene esta doctrina sobre la Trinidad para nosotros los creyentes? Los teólogos distingue entre la Trinidad inmanente, que es la Trinidad que se da en Dios mismo; y la Trinidad económica, que es la acción de Dios fuera de sí mismo, en la obra de la salvación de los hombres. Pues bien, esto supuesto, hay que tener en cuenta que Dios se ha dado tan totalmente al hombre, tan plenamente y sin reservas, que la Trinidad inmanente es también la económica, y viceversa. Esto quiere decir que la Trinidad que se da en Dios no es distinta de la que obra la salvación en el hombre. Y al revés: la Trinidad del comportamiento divino con el hombre es al mismo tiempo la realidad de Dios, tal como éste existe en sí mismo.

¿Qué quiere decir todo esto? Quiere decir que conocemos lo que es Dios en sí mismo a través de lo que Dios ha hecho con nosotros y por nosotros. El revelarse de Dios hacia fuera nos manifiesta cómo es Dios hacia dentro. Ahora bien, Dios se ha revelado como Padre, es decir, como el ser que da la vida al hombre y está siempre a favor del hombre. Dios se ha revelado como Hijo, es decir, como el amigo cercano y familiar al hombre, que traza el camino y el destino que debe seguir el creyente. Dios se ha revelado como Espíritu, es decir, como amor absoluto y libertad soberana, que describe cuáles tienen que ser las opciones fundamentales del hombre en la vida. Así se ha manifestado Dios. Y así es Dios en sí mismo.

Por otra parte, a partir de todo este planteamiento se comprende fácilmente en qué consiste la experiencia trinitaria, la auténtica experiencia de Dios. Es la experiencia de la seguridad y la confianza total en Dios como Padre. Es la experiencia del seguimiento de Jesús como Hijo. Y es la experiencia del amor sin límites y de la libertad total frente a los poderes e instituciones de este mundo. He ahí la auténtica experiencia de Dios. Porque es la experiencia de lo que Dios es en sí mismo.

 

Un Dios desconcertante

Con mucha frecuencia, Dios nos resulta desconcertante, absolutamente desconcertante. Y nos resulta desconcertante por una razón muy sencilla: porque existe el mal en el mundo, el mal sufrido por los inocentes, por los que no tienen culpa de nada. Ahora bien, si existe el mal en el mundo de esa manera, eso quiere decir que a nosotros nos resulta extremadamente difícil conciliar la omnipotencia de Dios con la bondad del mismo Dios. Porque: O Dios quiere evitar el mal y no puede, y por tanto no es omnipotente; o Dios puede evitarlo y no quiere, y por tanto no es absolutamente bueno. ¿Cómo salir de esta dificultad?

Yendo derechamente al centro mismo del problema, se puede decir lo siguiente: el mal existe en el mundo porque el mundo no es Dios. Solamente Dios es el ser en el que no hay mezcla de limitación alguna, y tanto en él no hay mal posible. Entre nosotros los hombres existe el mal porque no somos Dios. Por consiguiente, aceptar el mal en el mundo es aceptar nuestra condición de seres limitados, que no somos infinitos. De ahí que el mal es siempre una posibilidad inherente a nuestro propio ser o a nuestra propia condición. Enfocar las cosas de otra manera sería lo mismo que pretender ser dioses, seres sin limitación posible.

Pero entonces, si las cosas son así, el mal se convierte en una fuente incesante de bien. Porque el mal nos impulsa constantemente a luchar contra él. De donde resulta que el proyecto fundamental de nuestra vida tiene que ser la incesante lucha contra el mal en todas sus manifestaciones. Y así es como colaboramos con Dios en el logro de un mundo más humano y más digno del hombre.

En definitiva, Dios es desconcertante porque es Dios. Y porque nosotros no somos Dios. De ahí que aceptar a Dios es aceptar al hombre, la condición limitada y perecedera del hombre. Y es a partir de esa aceptación desde donde es posible el compromiso y la lucha contra el mal del mundo en todas sus manifestaciones.