Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                     TEXTO: José Mª Castillo sj


   
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Jesús y la familia

Las palabras y la conducta de Jesús con respecto a la familia, son casi siempre críticas. Cuando Jesús llama a sus seguidores, lo primero que les exige es la separación de la familia (Mt 4,18-22 par), de tal manera que a uno que quiso seguir a Jesús, pero antes pretendió enterrar a su padre, Jesús le contestó secamente: "Sígueme y deja que los muertos entierren a los muertos" (Mt 8,22 par). Y a otro que también quería seguirle, pero antes deseaba despedirse de su familia, Jesús le dijo: "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios" (Lc 9,62). Y es que, como dice el mismo Jesús: "Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulos mío" (Lc 14,26-27 par). Evidentemente, todo esto resulta extraño y desconcertante.

Pero la cosa no para ahí. Porque Jesús llega a decir que él ha venido para traer la división precisamente entre los miembros de la familia: "¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? Les digo que no, división y nada más, porque de ahora en adelante una familia de cinco estará dividida; se dividirán tres contra dos y dos contra tres; padre contra hijo e hijo contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la suegra contra nuera y la nuera contra la suegra" (Lc 12,51-53). Es más, cuando Jesús anuncia las persecuciones que van a sufrir sus discípulos, concreta esas persecuciones de la manera más desconcertante: "Un hermano entregará a su hermano a la muerte, y un padre a su hijo; los hijos denunciarán a sus padres y los harán morir. Todos los odiarán por causa mía" (Mt 10,21-22).

Sin duda alguna, esta insistencia del evangelio al hablar de las relaciones familiares de una manera tan crítica, se debe a que la familia del tiempo de Jesús era una estructura sumamente opresiva. El modelo de aquella familia era el modelo patriarcal. En ese modelo, el padre o patriarca tenía todos los derechos y libertades, mientras que la mujer y los hijos tenían que vivir en el más absoluto sometimiento. El marido podía separarse de la mujer por cualquier causa, hasta por el simple hecho de que a la mujer, un buen día, se le pegara la comida. El padre era el único que podía casar a los hijos e hijas con quien él quería y sin consultar a los interesados. El sometimiento era total y esclavizante. Y eso es lo que Jesús no tolera.

Por eso las relaciones familiares del propio Jesús con su familia tuvieron que ser enormemente críticas. En este sentido, el evangelio cuenta que sus parientes pensaban que Jesús estaba loco (Mt 3,21). Y en otra ocasión se dice que los parientes y los de su casa despreciaban a Jesús (Mc 6,4). De ahí que el propio Jesús afirmó un día que su madre y sus hermanos eran los discípulos, los miembros de la comunidad que le seguía (Mc 3,35 par).

Para Jesús, la estructura comunitaria basada en la fe está antes que la estructura de parentesco basada en la sangre. Porque la estructura comunitaria era una estructura de igualdad, fraternidad y libertad, mientras que la estructura familiar era una estructura de sometimiento y por eso de opresión de la persona.

Pero hay más. Un día dijo Jesús a sus discípulos: "No se llamen 'padre' unos a otros en la tierra, pues hay un solo Padre, el del cielo" (Mt 23,9). Con estas palabras, Jesús rechaza el modelo de relación familiar de sometimiento como modelo válido para sus seguidores. Porque en la comunidad de los creyentes todos son hermanos (Mt 23,8), es decir, todos son iguales y no hay, ni puede haber, sometimiento servil de unos a otros. El título "padre" se usaba en tiempos de Jesús para designar a los rabinos y a los miembros del gran consejo. "Padre" significaba transmisor de la tradición y modelo de vida. Jesús prohibe a los suyos reconocer ninguna paternidad terrena, es decir, someterse a lo que transmiten otros ni tomarlos por modelo. Lo mismo que él no tiene padre humano, tampoco los suyos han de reconocerlo en el sentido indicado. El discípulo de Jesús no tiene más modelo que el Padre del cielo (cf. Mt 5,48) y a él solo debe invocar como "Padre" (Mt 6,9), el Padre lleno de amor y no déspota, del que nos habla ampliamente el evangelio.

En definitiva, ¿qué quiere decir todo esto? Yo tengo la impresión de que, hasta ahora, no se ha reflexionado suficientemente acerca de lo que significa el tratamiento que el evangelio da al tema de la familia. En la reflexión cristiana sobre la familia se ha puesto preferentemente la atención en la doctrina de Pablo sobre este asunto, especialmente en la enseñanza de las llamadas cartas de la cautividad (Ef 5,21-6,9; Col 3,18-4,1). Pero no se ha tenido debidamente en cuenta que la enseñanza del evangelio sobre la familia va por un camino muy distinto. Mientras que Pablo acepta la estructura de la "casa" como unidad básica para la Iglesia, los evangelios se muestran sumamente críticos a este respecto, como acabamos de ver.

Por supuesto, no es éste el momento de hacer una reflexión en profundidad acerca de lo que todo esto significa, ya que eso nos desviaría de nuestro estudio. Pero, en todo caso, debe quedar muy claro lo que el evangelio nos viene a decir, a saber: que el mensaje de Jesús no tolera las relaciones de sometimiento y dominación de unas personas sobre otras. Y es precisamente por eso, porque la relación familiar se basaba en el sometimiento y la dominación, por lo que Jesús rechaza ese modelo de relación como válido para los cristianos. El proyecto de Jesús es un proyecto por la liberación integral del hombre. En la medida en que la familia se oponía a eso, en esa misma medida Jesús rechaza a la familia. He ahí la razón profunda de la libertad de Jesús con respecto a la estructura familiar.

LA PERSONALIDAD DE JESÚS

 

 Para comprender a fondo el mensaje de Jesús no basta conocer lo que él dijo y lo que él hizo. Además de eso, es necesario saber quién fue Jesús de Nazaret. Es decir, se trata de comprender no sólo sus palabras y sus obras, sino especialmente su personalidad. Es verdad que el misterio profundo que se encierra en la persona de Jesús será objeto de estudio en el capítulo 7. Pero también es cierto que ese misterio no será debidamente entendido sino a partir de lo que vamos a estudiar en el presente capítulo.

Muchas personas tienen una determinada imagen de Jesús, la imagen que mejor encaja con sus inclinaciones personales y con la propia manera de ver la vida. Por eso unos se imaginan a Jesús como una especie de ser celestial y divino, que poco tiene que ver con lo que es un hombre de carne y hueso. Mientras que otros, por el contrario, se figuran a Jesús como si hubiera sido un revolucionario socio-político o un anarquista subversivo, que pretendió luchar contra la dominación romana en Palestina. Evidentemente, Jesús no pudo ser ambas cosas. Lo cual quiere decir que por un lado o por otro se falsea la imagen de Jesús. Pero lo más grave, en este asunto, no es que se falsifique la imagen de Jesús. Lo más importante es que esa imagen falsificada determina de manera decisiva la espiritualidad de las personas y su propia comprensión fundamental del cristianismo. Por eso hay quienes sólo piensan en el dulce Jesús del sagrario, que les consuela en su intimidad y les mantiene alejados de las preocupaciones del mundo. Mientras que en el extremo opuesto están los que sólo tienen en su cabeza al Cristo luchador y violento que golpeaba con su látigo a los comerciantes del templo. He ahí dos espiritualidades diametralmente opuestas, basadas en dos cristologías también diametralmente contrarias.

Por otra parte, esta diversidad de imágenes de Jesús nos da idea de un hecho: la figura de Jesús, precisamente por su extraordinaria riqueza, se presta a toda clase de imaginaciones y hasta de manipulaciones. De ahí la necesidad que tenemos de estudiar a fondo quién y cómo fue Jesús de Nazaret. Es verdad que, a tantos años de distancia, nadie podrá decir, con absoluta objetividad, que él posee la imagen exacta de Jesús. Pero también es cierto que, analizando los evangelios, en ellos se pueden descubrir, con suficiente claridad, los rasgos más característicos de la personalidad de Jesús. Ahora bien, yo creo que esos rasgos son fundamentalmente tres: en primer lugar, su libertad; en segundo lugar, su cercanía a los marginados, y en tercer lugar, su fidelidad al Padre del cielo. El análisis de estos tres puntos será el contenido del presente capítulo.  

Hombre libre

En el capítulo 5 vamos a estudiar detenidamente por qué mataron a Jesús. Pero ya desde ahora hay que decir algo que es enteramente fundamental: con relativa frecuencia, los cristianos tenemos el peligro de dar una respuesta demasiado simplista a la pregunta de por qué mataron a Jesús. Lo mataron -se suele decir a veces- porque tenía que morir, ya que ése era el designio y la voluntad del Padre del cielo. A mí me parece que eso es una respuesta demasiado simplista, porque aquello tuvo una historia y en aquella historia hubo unas razones, unos hechos, unas causas y unas consecuencias. Para decirlo brevemente: a Jesús lo mataron porque él se porto de tal manera, habló y actuó de tal forma, que en realidad terminó como tenía que terminar una persona que actuaba como actuó Jesús en aquella sociedad. Quiero decir, el comportamiento de Jesús fue de tal manera provocativo, desde el punto de vista de la libertad, que aquello terminó como tenía que terminar en aquel pueblo y en aquella cultura.

Es posible que a más de uno le parezca demasiado fuerte este juicio. Sin embargo, enseguida se comprenderán las razones que tengo para hablar de esta manera. Por eso vamos a analizar el comportamiento de Jesús en relación a las grandes instituciones de su tiempo. Tales instituciones eran cuatro: la ley, la familia, el templo y el sacerdocio. Pues bien, vamos a estudiar la conducta de Jesús ante tales instituciones.

  Jesús y la ley

Ante todo, la libertad en relación a la ley. Sabemos que la ley religiosa era la institución fundamental del pueblo judío. Este pueblo era, en efecto, el pueblo de la ley. Y su religión, la religión de la ley. De tal manera que la observancia de dicha ley se consideraba como la mediación esencial en la relación del hombre con Dios. Por eso violar la ley era la cosa más grave que podía hacer un judío. Hasta el punto de que una violación importante de la ley llevaba consigo la pena de muerte.

Pues bien, estando así las cosas, el comportamiento de Jesús con relación a la ley se puede resumir en los siguientes cuatro puntos:

1) Jesús quebrantó la ley religiosa de su pueblo repetidas veces: al tocar a los leprosos (Mc 1,41 par), al curar intencionadamente en sábado (Mc 3,1-5 par; Lc 13,10-17; 14,1-6), al tocar los cadáveres (Mc 5,41 par; Lc 7,14).

2) Jesús permitió que su comunidad de discípulos quebrantase la ley religiosa y defendió a sus discípulos cuando se comportaron de esa manera: al comer con pecadores y descreídos (Mc 2,15 par), al no practicar el ayuno en los días fijados en la ley (Mc 2,18 par), al hacer lo que estaba expresamente prohibido en sábado (Mc 2,23 par), al no observar las leyes sobre la pureza ritual (Mc 7,11-23 par).

3) Jesús anuló la ley religiosa, es decir, la dejó sin efecto y, lo que es más importante, hizo que la violación de la ley produjera el efecto contrario, por ejemplo al tocar a los leprosos, enfermos y cadáveres. Es llamativo, en este sentido, la utilización del verbo "tocar" en los evangelios (Mc 1,41 par; Mt 8,15; 14,36; Mc 3,10; 6,56; Lc 6,19; Mt 20,34; Mc 8,22; 7,33; 5,27.28.30.32 par; Lc 8, 47). Las curaciones que hace Jesús se producen "tocando". Ahora bien, en todos estos casos, en lugar de producirse la impureza que preveía la ley (cf. Lev 13,15; 2Re 7,3; Núm 19,11-14; 2Re 23,11s), lo que sucede es que el contacto con Jesús produce salud, vida y salvación.

4) Jesús corrigió la ley e incluso se pronunció expresamente en contra de ella en más de una ocasión: al declarar puros todos los alimentos (Mc 7,19) y cuando anuló de manera terminante la legislación de Moisés sobre el privilegio que tenía el varón para separarse de la mujer (Mc 10,9 par).

Como se ve, la lista de hechos contra la ley resulta impresionante. Pero todavía, sobre estos hechos, hay que advertir dos cosas. En primer lugar, en la religión judía del tiempo de Jesús había dos clases de ley: por una parte estaba la torá, que era la ley escrita, es decir, la ley que propiamente había sido dada por Dios; por otra parte, estaba la hallachach, que era la interpretación oral que los letrados (escribas y teólogos de aquel tiempo) daban de la torá. Pues bien, estando así las cosas, es importante saber que Jesús no sólo quebrantó la hallachach, sino incluso la misma torá, es decir, la ley religiosa en su sentido más fuerte, la ley dada por Dios.

Así cuando Jesús toca al leproso, se opone directamente a lo mandado por Dios en la ley de Moisés (Lev 5,3; 13,45-46); cuando permite que sus discípulos arranquen espigas en sábado y justifica esa conducta, se opone igualmente a la ley mosaica (Ex 31, 12-17); 34,21; 35,2). Lo mismo hay que decir cuando vemos que toca a los enfermos (contra Lev 13,15) y sobre todo a los cadáveres (contra Núm 19, 11-14); más claramente aún cuando declara puros todos los alimentos (contra Lev 11, 25-47; Dt 14,1-21) y expresamente contradice a Moisés cuando anula la legislación sobre el divorcio (Dt 24,1). En todos estos casos, Jesús se pronuncia y actúa contra la ley en su sentido más fuerte, llegando a afirmar algo que para la mentalidad judía era asombroso y escandaloso: que no es el hombre para la ley, sino que la ley está sometida al hombre, porque "el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado: así que el hombre es señor también del sábado" (Mc 2,28 par).

Por otra parte, en todo este asunto hay que tener en cuenta que estos actos contra la ley llevaban consigo, muchas veces, la pena de muerte. El caso más claro, en este sentido, es la violación del sábado. El evangelio de Marcos nos cuenta, a este respecto, cómo la primera violación se produce al arrancar espigas en sábado (Mc 2,23-28). Y entonces Jesús es advertido públicamente de su delito (Mc 2,24). Pues bien, a renglón seguido, Jesús vuelve a reincidir y de manera pública y provocadora, en la misma sinagoga, al curar al hombre de brazo atrofiado (Mc 3,1-6 par). De ahí que el evangelio termina el relato diciendo: "Nada más salir de la sinagoga, los fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar con Jesús" (Mc 3,6).

Jesús ya estaba sentenciando a muerte. Es decir, Jesús ya se había jugado la vida, precisamente por mostrarse soberanamente libre frente a la ley. Además, por si todo esto fuera poco, hay que tener en cuenta que Jesús curaba a la gente preferentemente en sábado. Así se desprende claramente del relato del evangelio de Lucas. Cuando Jesús cura en sábado a una mujer encorvada, el jefe de la sinagoga, indignado por aquella violencia de la ley, le dijo a la gente: "Hay seis días de trabajo; vengan esos días para que los curen, y no los sábados" (Lc 13,14). Esto quiere decir que la gente acudía a ser curada por Jesús precisamente los sábados, cuando eso esta estrictamente prohibido. Su comportamiento, en este sentido, es claramente provocador. Y lo hace así por una razón muy sencilla: porque de esa manera demuestra su absoluta libertad frente a una ley que era esclavizante para el hombre, en cuanto que recortaba su libertad en muchos aspectos.

La libertad de Jesús frente a la ley contiene para nosotros una enseñanza fundamental: el bien del hombre está antes que toda ley positiva. De tal manera que ese bien del hombre tiene que ser la medida de nuestra libertad. Así fue para Jesús. Y así tiene que ser también para todos los que creemos en él

Jesús y el sacerdocio

Aquí la cosa resulta más llamativa, si cabe, que en los apartados anteriores. Por una parte, está claro que los sacerdotes de la religión judía gozaban de la máxima santidad y veneración en Israel. Por otra parte, siempre que aparecen los sacerdotes en los evangelios es en contextos polémicos y normalmente en contextos de enfrentamiento entre Jesús y aquellos sacerdotes. Eso hace que el mensaje global de los evangelios sobre el sacerdocio judío sea un mensaje crítico, incluso provocador. Pero veamos las cosas más de cerca.

Los sacerdotes judíos se dividían en dos grupos: los simples sacerdotes y los sumos sacerdotes. De los simples sacerdotes se ocupan poco los evangelios. Pero, aun así, resulta significativo que, por ejemplo, en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), los personajes que pasan de largo, y son por eso el prototipo de la insolidaridad, son precisamente un sacerdote y un levita. La intención de Jesús de desprestigiar a la institución sacerdotal es muy clara. Y algo parecido hay que decir por lo que se refiere al pasaje del leproso, que termina con el envío del hombre curado, para que vaya a presentarse a los sacerdotes (Mt 8,4 par). La intención del evangelio es manifiesta. Y viene a indicar dos cosas: primero, que Jesús está por encima de los sacerdotes; segundo, que mientras lo propio de Jesús es el amor misericordioso que acoge al marginado social, lo que caracteriza a los sacerdotes es el mero trámite ritual.

Pero lo más chocante en todo este asunto es lo que los evangelios nos cuentan de los sumos sacerdotes. De ellos se habla 122 veces en los evangelios y en el libro de los Hechos. Y prácticamente siempre se habla de ellos desde un doble punto de vista: el poder autoritario y el enfrentamiento directo y mortal con Jesús. En este sentido es significativo que la primera vez que aparecen los sumos sacerdotes en el ministerio público de Jesús, es precisamente en el primer anuncio de la pasión y muerte del propio Jesús (Mc 16,21 par), y ahí es Jesús mismo quien los presenta como agentes de sufrimiento y de muerte. Enseguida vienen los enfrentamientos constantes entre Jesús y los sumos sacerdotes (Mt 21,23-45; Mc 11,27; Lc 20,19). Y al final, la intervención decisiva de los sacerdotes en la condena y en la ejecución de Jesús (Mt 26,3.14.47.51.57-59 par).

No hace falta insistir en todo esto, porque ya es de sobra conocido. Lo importante aquí está en comprender por qué Jesús se comportó así con los sacerdotes judíos, es decir, por qué se comportó así con la institución quizá más fuerte del judaísmo. Y por qué, también hay que decirlo, los sacerdotes se comportaron de manera tan brutal con Jesús.

Es evidente que allí hubo un enfrentamiento mortal. Ahora bien, eso no fue caprichoso. Si ese enfrentamiento se produjo es porque Jesús se comportó y habló con una libertad absoluta respecto a los sacerdotes y a lo que ellos representaban. Jesús no los venera. No los adula. Sino que, por el contrario, los desprestigia ante el pueblo y se enfrenta directamente con ellos. ¿Por qué? Otra vez nos volvemos a encontrar aquí con lo mismo de siempre: Jesús se enfrenta directamente a las instituciones de su nación y de su pueblo, que, en vez de servir al pueblo, se enseñoreaban sobre él y lo dominaban brutalmente.

En este sentido, sabemos que en tiempos de Jesús había en Israel dos grupos de familias sacerdotales, las que eran legítimas y las que no lo eran. Pero resulta que las legítimas estaban desplazadas de Jerusalén y del templo, mientras que las ilegítimas eran las que se habían apoderado del poder desde el año 37 antes de Cristo. Además, estas familias ilegítimas, que acaparaban todo el poder, eran sólo cuatro. Y su poderío se basaba en la fuerza brutal y en la intriga. De estas familias de sumos sacerdotes dice un testigo de la época: "Son sumos sacerdotes, sus hijos tesoreros, sus yernos guardianes del templo y sus criados golpean al pueblo con bastones". Se trataba, por tanto, de una fuerza de dominación y de opresión sobre el pueblo. Y eso es lo que Jesús no tolera ni soporta. Por eso él se rebela, toma postura frente a aquellas cosas y se manifiesta en contra de semejantes procedimientos y actitudes. Las palabras de Jesús a este respecto son tajantes: "Sepan que los grandes oprimen" (Mc 10,42 par). Para Jesús, lo propio de aquellos poderes era tiranizar y oprimir. De ahí la severa prohibición que él impone a sus seguidores: "No ha de ser así entre ustedes". De tal manera que "el que quiera subir, sea servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos" (Mc 10,43-44 par).

Conclusión

Interesa ahora deducir la última conclusión que se desprende de todo lo dicho. Jesús sabía perfectamente que esta manera de hablar y de actuar contra los poderes opresores le tenía que costar muy caro. Es más, él sabía que todo esto le llevaría hasta la muerte. Y eso es precisamente lo más fuerte y lo más llamativo en la figura y en la actuación de Jesús. En este sentido, sabemos que Jesús anunció tres veces el final y la muerte que se le avecinaban (Mt 16,21 par; Mar 9,31; 10,33-34 par). Jesús era consciente del peligro que se le venía encima. Pero él no retrocede ni un paso. Ni acepta componendas o posturas oblicuas. Es más, cuando mayor es la tensión y el peligro, se dirige a Jerusalén, entra en la ciudad santa, donde residían las autoridades centrales, provocativamente expulsa a los comerciantes del templo y pronuncia el discurso más duro contra los dirigentes, a los que llama "raza de víboras" y "sepulcros blanqueados" (Mt 23,33.27). La suerte de Jesús estaba echada. Lo demás ya sabemos cómo se desarrolló y cómo terminó.

Evidentemente, todo esto quiere decir que Jesús fue el defensor más decidido de la libertad que jamás haya podido existir. Su postura y su actuación frente a las instituciones y los poderes de su tiempo y de su pueblo es elocuente en este sentido. Pero en todo esto hay algo mucho más importante. Porque no se trata ya solamente de que Jesús defendió la libertad frente a las instituciones y poderes de aquel tiempo. Se trata sobre todo de que, al comportarse de aquella manera, Jesús se mostró soberanamente libre frente a su propia muerte. Es decir, ante el peligro que se le venía encima, Jesús no retrocedió ni cedió absolutamente en nada. _l se mantuvo firme hasta el final, hasta la misma muerte.

Pero hay aquí una cuestión más delicada y más profunda, que no debemos olvidar. Jesús murió desamparado y abandonado de todos: de su pueblo, de sus discípulos y hasta de sus seguidores más íntimos. Sin embargo, no es eso lo más grave del asunto. El evangelio dice que Jesús murió gritando: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). Sea cual sea la explicación que se dé a esas palabras misteriosas, una cosa hay absolutamente clara: en su pasión y en su muerte, Jesús se sintió abandonado hasta del mismo Dios. Es decir, murió sin la recompensa del consuelo divino. Por consiguiente, su libertad fue total. Porque total fue su desamparo. Sin compensación de ningún tipo, su muerte fue el acto más soberanamente libre que puede poner un hombre, precisamente porque fue un acto que no tuvo recompensa alguna.

En definitiva, todo esto nos viene a decir lo siguiente: Jesús entendió que el valor supremo de la vida no es el sometimiento, sino la libertad liberadora, que pone por encima de todo el bien del hombre. Aunque eso lleve consigo el enfrentamiento con las instituciones, tanto sociales como religiosas. Y aunque eso lleve consigo el adoptar comportamientos subversivos y escandalosos para la mentalidad establecida. La libertad de Jesús es la expresión más fuerte de su extraordinaria personalidad. Pero, más que eso, es la manifestación de una nueva manera de entender la vida: una manera que consiste en poner por encima de todo el bien del hombre y su liberación integral.

 

 


Jesús y el templo


Si sorprendente fue la libertad de Jesús con respecto a la familia, más lo es su libertad con relación al templo. Para entender lo que esto significó en aquel tiempo hay que tener en cuenta que el templo de Jerusalén era el centro de la vida religiosa de Israel, como consta por las constantes alabanzas que se dedican al templo en la literatura contemporánea del tiempo. El templo era el lugar de la presencia de Dios. Y era, por eso también, el lugar del encuentro con Yavé. De ahí su inviolabilidad y su sacralidad absolutas.

 

 

Pues bien, estando así las cosas, lo primero que llama la atención es el hecho de que los evangelios nunca presentan a Jesús participando en las ceremonias religiosas del templo. Se sabe que Jesús iba con frecuencia al templo, pero iba para hablar a la gente, porque era el sitio donde el público se reunía (cf. Mt 21,23; 26,55; Mc 12,35; Lc 19,47; 20,1; Jn 7,28; 8,20; 18,20). Por la misma razón, Jesús iba a veces a las sinagogas (Mc 1,21 para; Lc 4,16; Jn 6,59, etc.). Pero para orar al Padre del cielo, Jesús se iba a los cerros (Mt 14,23; Lc 6,28-29) o al campo (Mc 1,35; Lc 5,16; 9,18), ya que eso era su costumbre (Lc 22,39).

 

 

Pero más importante que todo esto es el comportamiento y la enseñanza de Jesús en lo que se refiere directamente al templo. En este sentido, lo más importante, sin duda alguna, es el relato de la expulsión de los comerciantes del templo (Mt 21,12-13; Mc 11,15-16; Lc 19,45; Jn 2,14-15). Jesús se arroga el derecho de expulsar violentamente del lugar santo a quienes proporcionaban los elementos necesarios para los sacrificios y el culto. Y hasta llega a afirmar que aquel templo se ha convertido en una cueva de bandidos.

 

 

El gesto de Jesús resulta especialmente significativo, ya que, como señalan los evangelios, echó por tierra las mesas de los cambistas (Mt 21,12 par), con lo cual se muestra en total oposición al pago del tributo y al culto por dinero que se practicaba allí de tal manera y hasta tal punto que, como es bien sabido, el templo era la gran fuente de ingresos para el clero judío e incluso para toda la ciudad de Jerusalén. De esta manera, el gesto de Jesús vino a tocar un punto neurálgico: el sistema económico del templo, con su enorme aflujo de dinero procedente de todo el mundo conocido, desde Mesopotamia hasta el occidente del Mediterráneo. Es más, cuando le preguntan a Jesús con que autoridad hace todo aquello, él responde con una alusión a su propia persona ("destruyan este templo y yo...": Jn 2,19-21), con lo que viene a decir que el verdadero templo era él mismo.

 

 

Sin duda alguna, todo este comportamiento de Jesús produjo una impresión muy profunda en la sociedad de su tiempo, especialmente entre los dirigentes religiosos. Téngase en cuanta que, teniendo aquellos dirigentes tantas cosas contra Jesús, la acusación más fuerte que encuentran contra él, tanto en el juicio religioso como en la cruz, es precisamente el hecho del templo con las palabras que Jesús pronunció en aquella ocasión (Mc 26,61 par; 27,40 par). Y es que todo esto tuvo que resultar para aquellas gentes, tan profundamente religiosas y apegadas a su templo, un hecho absolutamente intolerable.

 

 

Por supuesto, Jesús tuvo que ser consciente de que, al actuar y hablar de aquella manera, se estaba jugando la vida. Pero entonces, ¿por qué lo hacía? Sencillamente porque el templo era el centro mismo de aquella religión. Y aquella religión era una fuente de opresión y de represión increíbles. Por eso Jesús anuncia la destrucción total del templo y de la ciudad santa (Mt 24,1-2). Porque para él todo aquello no era un espacio de libertad, sino una estructura de sometimiento, dados los abusos que en él se cometían.