LA PERSONALIDAD DE JESÚS |
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Para comprender a fondo el mensaje de Jesús no basta conocer
lo que él dijo y lo que él hizo. Además de eso, es necesario
saber quién fue Jesús de Nazaret. Es decir, se trata de
comprender no sólo sus palabras y sus obras, sino
especialmente su personalidad. Es verdad que el misterio
profundo que se encierra en la persona de Jesús será objeto de
estudio en el capítulo 7. Pero también es cierto que ese
misterio no será debidamente entendido sino a partir de lo que
vamos a estudiar en el presente capítulo.
Muchas
personas tienen una determinada imagen de Jesús, la imagen que
mejor encaja con sus inclinaciones personales y con la propia
manera de ver la vida. Por eso unos se imaginan a Jesús como
una especie de ser celestial y divino, que poco tiene que ver
con lo que es un hombre de carne y hueso. Mientras que otros,
por el contrario, se figuran a Jesús como si hubiera sido un
revolucionario socio-político o un anarquista subversivo, que
pretendió luchar contra la dominación romana en Palestina.
Evidentemente, Jesús no pudo ser ambas cosas. Lo cual quiere
decir que por un lado o por otro se falsea la imagen de Jesús.
Pero lo más grave, en este asunto, no es que se falsifique la
imagen de Jesús. Lo más importante es que esa imagen
falsificada determina de manera decisiva la espiritualidad de
las personas y su propia comprensión fundamental del
cristianismo. Por eso hay quienes sólo piensan en el dulce
Jesús del sagrario, que les consuela en su intimidad y les
mantiene alejados de las preocupaciones del mundo. Mientras
que en el extremo opuesto están los que sólo tienen en su
cabeza al Cristo luchador y violento que golpeaba con su
látigo a los comerciantes del templo. He ahí dos
espiritualidades diametralmente opuestas, basadas en dos
cristologías también diametralmente contrarias.
Por otra parte, esta diversidad de imágenes de Jesús nos da
idea de un hecho: la figura de Jesús, precisamente por su
extraordinaria riqueza, se presta a toda clase de
imaginaciones y hasta de manipulaciones. De ahí la necesidad
que tenemos de estudiar a fondo quién y cómo fue Jesús de
Nazaret. Es verdad que, a tantos años de distancia, nadie
podrá decir, con absoluta objetividad, que él posee la imagen
exacta de Jesús. Pero también es cierto que, analizando los
evangelios, en ellos se pueden descubrir, con suficiente
claridad, los rasgos más característicos de la personalidad de
Jesús. Ahora bien, yo creo que esos rasgos son
fundamentalmente tres: en primer lugar, su libertad; en
segundo lugar, su cercanía a los marginados, y en tercer
lugar, su fidelidad al Padre del cielo. El análisis de estos
tres puntos será el contenido del presente capítulo. |
Hombre libre
En
el capítulo 5 vamos a estudiar detenidamente por qué mataron a
Jesús. Pero ya desde ahora hay que decir algo que es enteramente
fundamental: con relativa frecuencia, los cristianos tenemos el
peligro de dar una respuesta demasiado simplista a la pregunta de
por qué mataron a Jesús. Lo mataron -se suele decir a veces- porque
tenía que morir, ya que ése era el designio y la voluntad del Padre
del cielo. A mí me parece que eso es una respuesta demasiado
simplista, porque aquello tuvo una historia y en aquella historia
hubo unas razones, unos hechos, unas causas y unas consecuencias.
Para decirlo brevemente: a Jesús lo mataron porque él se porto de
tal manera, habló y actuó de tal forma, que en realidad terminó como
tenía que terminar una persona que actuaba como actuó Jesús en
aquella sociedad. Quiero decir, el comportamiento de Jesús fue de
tal manera provocativo, desde el punto de vista de la libertad, que
aquello terminó como tenía que terminar en aquel pueblo y en aquella
cultura.
Es posible que a más de uno le parezca demasiado fuerte este juicio.
Sin embargo, enseguida se comprenderán las razones que tengo para
hablar de esta manera. Por eso vamos a analizar el comportamiento de
Jesús en relación a las grandes instituciones de su tiempo. Tales
instituciones eran cuatro: la ley, la familia, el templo y el
sacerdocio. Pues bien, vamos a estudiar la conducta de Jesús ante
tales instituciones.
Jesús y la ley
Ante todo, la libertad en relación a la ley. Sabemos que la ley
religiosa era la institución fundamental del pueblo judío. Este
pueblo era, en efecto, el pueblo de la ley. Y su religión, la
religión de la ley. De tal manera que la observancia de dicha ley se
consideraba como la mediación esencial en la relación del hombre con
Dios. Por eso violar la ley era la cosa más grave que podía hacer un
judío. Hasta el punto de que una violación importante de la ley
llevaba consigo la pena de muerte.
Pues bien, estando así las cosas, el comportamiento de Jesús con
relación a la ley se puede resumir en los siguientes cuatro puntos:
1) Jesús quebrantó la ley religiosa de su pueblo repetidas veces: al
tocar a los leprosos (Mc 1,41 par), al curar intencionadamente en
sábado (Mc 3,1-5 par; Lc 13,10-17; 14,1-6), al tocar los cadáveres (Mc
5,41 par; Lc 7,14).
2) Jesús permitió que su comunidad de discípulos quebrantase la ley
religiosa y defendió a sus discípulos cuando se comportaron de esa
manera: al comer con pecadores y descreídos (Mc 2,15 par), al no
practicar el ayuno en los días fijados en la ley (Mc 2,18 par), al
hacer lo que estaba expresamente prohibido en sábado (Mc 2,23 par),
al no observar las leyes sobre la pureza ritual (Mc 7,11-23 par).
3)
Jesús anuló la ley religiosa, es decir, la dejó sin efecto y, lo que
es más importante, hizo que la violación de la ley produjera el
efecto contrario, por ejemplo al tocar a los leprosos, enfermos y
cadáveres. Es llamativo, en este sentido, la utilización del verbo
"tocar" en los evangelios (Mc 1,41 par; Mt 8,15; 14,36; Mc 3,10;
6,56; Lc 6,19; Mt 20,34; Mc 8,22; 7,33; 5,27.28.30.32 par; Lc 8,
47). Las curaciones que hace Jesús se producen "tocando". Ahora
bien, en todos estos casos, en lugar de producirse la impureza que
preveía la ley (cf. Lev 13,15; 2Re 7,3; Núm 19,11-14; 2Re 23,11s),
lo que sucede es que el contacto con Jesús produce salud, vida y
salvación.
4) Jesús corrigió la ley e incluso se pronunció expresamente en
contra de ella en más de una ocasión: al declarar puros todos los
alimentos (Mc 7,19) y cuando anuló de manera terminante la
legislación de Moisés sobre el privilegio que tenía el varón para
separarse de la mujer (Mc 10,9 par).
Como se ve, la lista de hechos contra la ley resulta impresionante.
Pero todavía, sobre estos hechos, hay que advertir dos cosas. En
primer lugar, en la religión judía del tiempo de Jesús había dos
clases de ley: por una parte estaba la torá, que era la ley escrita,
es decir, la ley que propiamente había sido dada por Dios; por otra
parte, estaba la hallachach, que era la interpretación oral que los
letrados (escribas y teólogos de aquel tiempo) daban de la torá.
Pues bien, estando así las cosas, es importante saber que Jesús no
sólo quebrantó la hallachach, sino incluso la misma torá, es decir,
la ley religiosa en su sentido más fuerte, la ley dada por Dios.
Así cuando Jesús toca al leproso, se opone directamente a lo mandado
por Dios en la ley de Moisés (Lev 5,3; 13,45-46); cuando permite que
sus discípulos arranquen espigas en sábado y justifica esa conducta,
se opone igualmente a la ley mosaica (Ex 31, 12-17); 34,21; 35,2).
Lo mismo hay que decir cuando vemos que toca a los enfermos (contra
Lev 13,15) y sobre todo a los cadáveres (contra Núm 19, 11-14); más
claramente aún cuando declara puros todos los alimentos (contra Lev
11, 25-47; Dt 14,1-21) y expresamente contradice a Moisés cuando
anula la legislación sobre el divorcio (Dt 24,1). En todos estos
casos, Jesús se pronuncia y actúa contra la ley en su sentido más
fuerte, llegando a afirmar algo que para la mentalidad judía era
asombroso y escandaloso: que no es el hombre para la ley, sino que
la ley está sometida al hombre, porque "el sábado se hizo para el
hombre y no el hombre para el sábado: así que el hombre es señor
también del sábado" (Mc 2,28 par).
Por otra parte, en todo este asunto hay que tener en cuenta que
estos actos contra la ley llevaban consigo, muchas veces, la pena de
muerte. El caso más claro, en este sentido, es la violación del
sábado. El evangelio de Marcos nos cuenta, a este respecto, cómo la
primera violación se produce al arrancar espigas en sábado (Mc
2,23-28). Y entonces Jesús es advertido públicamente de su delito (Mc
2,24). Pues bien, a renglón seguido, Jesús vuelve a reincidir y de
manera pública y provocadora, en la misma sinagoga, al curar al
hombre de brazo atrofiado (Mc 3,1-6 par). De ahí que el evangelio
termina el relato diciendo: "Nada más salir de la sinagoga, los
fariseos se pusieron a planear con los herodianos el modo de acabar
con Jesús" (Mc 3,6).
Jesús ya estaba sentenciando a muerte. Es decir, Jesús ya se había
jugado la vida, precisamente por mostrarse soberanamente libre
frente a la ley. Además, por si todo esto fuera poco, hay que tener
en cuenta que Jesús curaba a la gente preferentemente en sábado. Así
se desprende claramente del relato del evangelio de Lucas. Cuando
Jesús cura en sábado a una mujer encorvada, el jefe de la sinagoga,
indignado por aquella violencia de la ley, le dijo a la gente: "Hay
seis días de trabajo; vengan esos días para que los curen, y no los
sábados" (Lc 13,14). Esto quiere decir que la gente acudía a ser
curada por Jesús precisamente los sábados, cuando eso esta
estrictamente prohibido. Su comportamiento, en este sentido, es
claramente provocador. Y lo hace así por una razón muy sencilla:
porque de esa manera demuestra su absoluta libertad frente a una ley
que era esclavizante para el hombre, en cuanto que recortaba su
libertad en muchos aspectos.
La libertad de Jesús frente a la ley contiene para nosotros una
enseñanza fundamental: el bien del hombre está antes que toda ley
positiva. De tal manera que ese bien del hombre tiene que ser la
medida de nuestra libertad. Así fue para Jesús. Y así tiene que ser
también para todos los que creemos en él
Jesús y el sacerdocio
Aquí la cosa resulta más llamativa, si cabe, que en los apartados
anteriores. Por una parte, está claro que los sacerdotes de la
religión judía gozaban de la máxima santidad y veneración en Israel.
Por otra parte, siempre que aparecen los sacerdotes en los
evangelios es en contextos polémicos y normalmente en contextos de
enfrentamiento entre Jesús y aquellos sacerdotes. Eso hace que el
mensaje global de los evangelios sobre el sacerdocio judío sea un
mensaje crítico, incluso provocador. Pero veamos las cosas más de
cerca.
Los
sacerdotes judíos se dividían en dos grupos: los simples sacerdotes
y los sumos sacerdotes. De los simples sacerdotes se ocupan poco los
evangelios. Pero, aun así, resulta significativo que, por ejemplo,
en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), los personajes que
pasan de largo, y son por eso el prototipo de la insolidaridad, son
precisamente un sacerdote y un levita. La intención de Jesús de
desprestigiar a la institución sacerdotal es muy clara. Y algo
parecido hay que decir por lo que se refiere al pasaje del leproso,
que termina con el envío del hombre curado, para que vaya a
presentarse a los sacerdotes (Mt 8,4 par). La intención del
evangelio es manifiesta. Y viene a indicar dos cosas: primero, que
Jesús está por encima de los sacerdotes; segundo, que mientras lo
propio de Jesús es el amor misericordioso que acoge al marginado
social, lo que caracteriza a los sacerdotes es el mero trámite
ritual.
Pero lo más chocante en todo este asunto es lo que los evangelios
nos cuentan de los sumos sacerdotes. De ellos se habla 122 veces en
los evangelios y en el libro de los Hechos. Y prácticamente siempre
se habla de ellos desde un doble punto de vista: el poder
autoritario y el enfrentamiento directo y mortal con Jesús. En este
sentido es significativo que la primera vez que aparecen los sumos
sacerdotes en el ministerio público de Jesús, es precisamente en el
primer anuncio de la pasión y muerte del propio Jesús (Mc 16,21
par), y ahí es Jesús mismo quien los presenta como agentes de
sufrimiento y de muerte. Enseguida vienen los enfrentamientos
constantes entre Jesús y los sumos sacerdotes (Mt 21,23-45; Mc
11,27; Lc 20,19). Y al final, la intervención decisiva de los
sacerdotes en la condena y en la ejecución de Jesús (Mt
26,3.14.47.51.57-59 par).
No hace falta insistir en todo esto, porque ya es de sobra conocido.
Lo importante aquí está en comprender por qué Jesús se comportó así
con los sacerdotes judíos, es decir, por qué se comportó así con la
institución quizá más fuerte del judaísmo. Y por qué, también hay
que decirlo, los sacerdotes se comportaron de manera tan brutal con
Jesús.
Es evidente que allí hubo un enfrentamiento mortal. Ahora bien, eso
no fue caprichoso. Si ese enfrentamiento se produjo es porque Jesús
se comportó y habló con una libertad absoluta respecto a los
sacerdotes y a lo que ellos representaban. Jesús no los venera. No
los adula. Sino que, por el contrario, los desprestigia ante el
pueblo y se enfrenta directamente con ellos. ¿Por qué? Otra vez nos
volvemos a encontrar aquí con lo mismo de siempre: Jesús se enfrenta
directamente a las instituciones de su nación y de su pueblo, que,
en vez de servir al pueblo, se enseñoreaban sobre él y lo dominaban
brutalmente.
En este sentido, sabemos que en tiempos de Jesús había en Israel dos
grupos de familias sacerdotales, las que eran legítimas y las que no
lo eran. Pero resulta que las legítimas estaban desplazadas de
Jerusalén y del templo, mientras que las ilegítimas eran las que se
habían apoderado del poder desde el año 37 antes de Cristo. Además,
estas familias ilegítimas, que acaparaban todo el poder, eran sólo
cuatro. Y su poderío se basaba en la fuerza brutal y en la intriga.
De estas familias de sumos sacerdotes dice un testigo de la época:
"Son sumos sacerdotes, sus hijos tesoreros, sus yernos guardianes
del templo y sus criados golpean al pueblo con bastones". Se
trataba, por tanto, de una fuerza de dominación y de opresión sobre
el pueblo. Y eso es lo que Jesús no tolera ni soporta. Por eso él se
rebela, toma postura frente a aquellas cosas y se manifiesta en
contra de semejantes procedimientos y actitudes. Las palabras de
Jesús a este respecto son tajantes: "Sepan que los grandes oprimen"
(Mc 10,42 par). Para Jesús, lo propio de aquellos poderes era
tiranizar y oprimir. De ahí la severa prohibición que él impone a
sus seguidores: "No ha de ser así entre ustedes". De tal manera que
"el que quiera subir, sea servidor de ustedes, y el que quiera ser
el primero, sea esclavo de todos" (Mc 10,43-44 par).
Conclusión
Interesa
ahora deducir la última conclusión que se desprende de todo lo
dicho. Jesús sabía perfectamente que esta manera de hablar y de
actuar contra los poderes opresores le tenía que costar muy caro. Es
más, él sabía que todo esto le llevaría hasta la muerte. Y eso es
precisamente lo más fuerte y lo más llamativo en la figura y en la
actuación de Jesús. En este sentido, sabemos que Jesús anunció tres
veces el final y la muerte que se le avecinaban (Mt 16,21 par; Mar
9,31; 10,33-34 par). Jesús era consciente del peligro que se le
venía encima. Pero él no retrocede ni un paso. Ni acepta componendas
o posturas oblicuas. Es más, cuando mayor es la tensión y el
peligro, se dirige a Jerusalén, entra en la ciudad santa, donde
residían las autoridades centrales, provocativamente expulsa a los
comerciantes del templo y pronuncia el discurso más duro contra los
dirigentes, a los que llama "raza de víboras" y "sepulcros
blanqueados" (Mt 23,33.27). La suerte de Jesús estaba echada. Lo
demás ya sabemos cómo se desarrolló y cómo terminó.
Evidentemente, todo esto quiere decir que Jesús fue el defensor más
decidido de la libertad que jamás haya podido existir. Su postura y
su actuación frente a las instituciones y los poderes de su tiempo y
de su pueblo es elocuente en este sentido. Pero en todo esto hay
algo mucho más importante. Porque no se trata ya solamente de que
Jesús defendió la libertad frente a las instituciones y poderes de
aquel tiempo. Se trata sobre todo de que, al comportarse de aquella
manera, Jesús se mostró soberanamente libre frente a su propia
muerte. Es decir, ante el peligro que se le venía encima, Jesús no
retrocedió ni cedió absolutamente en nada. _l se mantuvo firme hasta
el final, hasta la misma muerte.
Pero hay aquí una cuestión más delicada y más profunda, que no
debemos olvidar. Jesús murió desamparado y abandonado de todos: de
su pueblo, de sus discípulos y hasta de sus seguidores más íntimos.
Sin embargo, no es eso lo más grave del asunto. El evangelio dice
que Jesús murió gritando: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). Sea cual sea la explicación que
se dé a esas palabras misteriosas, una cosa hay absolutamente clara:
en su pasión y en su muerte, Jesús se sintió abandonado hasta del
mismo Dios. Es decir, murió sin la recompensa del consuelo divino.
Por consiguiente, su libertad fue total. Porque total fue su
desamparo. Sin compensación de ningún tipo, su muerte fue el acto
más soberanamente libre que puede poner un hombre, precisamente
porque fue un acto que no tuvo recompensa alguna.
En definitiva, todo esto nos viene a decir lo siguiente: Jesús
entendió que el valor supremo de la vida no es el sometimiento, sino
la libertad liberadora, que pone por encima de todo el bien del
hombre. Aunque eso lleve consigo el enfrentamiento con las
instituciones, tanto sociales como religiosas. Y aunque eso lleve
consigo el adoptar comportamientos subversivos y escandalosos para
la mentalidad establecida. La libertad de Jesús es la expresión más
fuerte de su extraordinaria personalidad. Pero, más que eso, es la
manifestación de una nueva manera de entender la vida: una manera
que consiste en poner por encima de todo el bien del hombre y su
liberación integral.
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Jesús y el templo
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Si sorprendente fue la libertad de Jesús con respecto a la
familia, más lo es su libertad con relación al templo.
Para entender lo que esto significó en aquel tiempo hay
que tener en cuenta que el templo de Jerusalén era el
centro de la vida religiosa de Israel, como consta por las
constantes alabanzas que se dedican al templo en la
literatura contemporánea del tiempo. El templo era el
lugar de la presencia de Dios. Y era, por eso también, el
lugar del encuentro con Yavé. De ahí su inviolabilidad y
su sacralidad absolutas.

Pues bien, estando así las cosas, lo primero que llama la
atención es el hecho de que los evangelios nunca presentan
a Jesús participando en las ceremonias religiosas del
templo. Se sabe que Jesús iba con frecuencia al templo,
pero iba para hablar a la gente, porque era el sitio donde
el público se reunía (cf. Mt 21,23; 26,55; Mc 12,35; Lc
19,47; 20,1; Jn 7,28; 8,20; 18,20). Por la misma razón,
Jesús iba a veces a las sinagogas (Mc 1,21 para; Lc 4,16;
Jn 6,59, etc.). Pero para orar al Padre del cielo, Jesús
se iba a los cerros (Mt 14,23; Lc 6,28-29) o al campo (Mc
1,35; Lc 5,16; 9,18), ya que eso era su costumbre (Lc
22,39).

Pero más importante que todo esto es el comportamiento y
la enseñanza de Jesús en lo que se refiere directamente al
templo. En este sentido, lo más importante, sin duda
alguna, es el relato de la expulsión de los comerciantes
del templo (Mt 21,12-13; Mc 11,15-16; Lc 19,45; Jn
2,14-15). Jesús se arroga el derecho de expulsar
violentamente del lugar santo a quienes proporcionaban los
elementos necesarios para los sacrificios y el culto. Y
hasta llega a afirmar que aquel templo se ha convertido en
una cueva de bandidos.

El gesto de Jesús resulta especialmente significativo, ya
que, como señalan los evangelios, echó por tierra las
mesas de los cambistas (Mt 21,12 par), con lo cual se
muestra en total oposición al pago del tributo y al culto
por dinero que se practicaba allí de tal manera y hasta
tal punto que, como es bien sabido, el templo era la gran
fuente de ingresos para el clero judío e incluso para toda
la ciudad de Jerusalén. De esta manera, el gesto de Jesús
vino a tocar un punto neurálgico: el sistema económico del
templo, con su enorme aflujo de dinero procedente de todo
el mundo conocido, desde Mesopotamia hasta el occidente
del Mediterráneo. Es más, cuando le preguntan a Jesús con
que autoridad hace todo aquello, él responde con una
alusión a su propia persona ("destruyan este templo y
yo...": Jn 2,19-21), con lo que viene a decir que el
verdadero templo era él mismo.

Sin duda alguna, todo este comportamiento de Jesús produjo
una impresión muy profunda en la sociedad de su tiempo,
especialmente entre los dirigentes religiosos. Téngase en
cuanta que, teniendo aquellos dirigentes tantas cosas
contra Jesús, la acusación más fuerte que encuentran
contra él, tanto en el juicio religioso como en la cruz,
es precisamente el hecho del templo con las palabras que
Jesús pronunció en aquella ocasión (Mc 26,61 par; 27,40
par). Y es que todo esto tuvo que resultar para aquellas
gentes, tan profundamente religiosas y apegadas a su
templo, un hecho absolutamente intolerable.

Por supuesto, Jesús tuvo que ser consciente de que, al
actuar y hablar de aquella manera, se estaba jugando la
vida. Pero entonces, ¿por qué lo hacía? Sencillamente
porque el templo era el centro mismo de aquella religión.
Y aquella religión era una fuente de opresión y de
represión increíbles. Por eso Jesús anuncia la destrucción
total del templo y de la ciudad santa (Mt 24,1-2). Porque
para él todo aquello no era un espacio de libertad, sino
una estructura de sometimiento, dados los abusos que en él
se cometían.
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