Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                       Texto: José Mª Castillo sj


   
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Teología de los marginados

¿Por qué actúa Jesús de esta manera con los marginados? Hay una primera respuesta, que es muy clara: la nueva sociedad, que proclama el mensaje del reino de Dios, es una sociedad basada en la igualdad, la fraternidad y la solidaridad. Por consiguiente, en el reino de Dios no se toleran marginados de ningún tipo. Por eso no está de acuerdo con el mensaje del reino de Dios, ni una religión que margina a la gente, ni una sociedad que tolera tales marginaciones. Por el contrario, la sociedad que Jesús quiere instaurar es de tal manera solidaria y fraterna que en ella el que quiera ser el primero debe ponerse el último (Mc 9,35 par; Mt 19,30-20,16; Lc 13,30). Y por eso en esa sociedad los preferidos son los más despreciados. De esta manera, Jesús pone el mundo al revés, trastorna las situaciones establecidas y proclama la excelsa dignidad de todos los que el orden presente margina y desprecia.

Pero, en todo esto, hay algo más profundo. Porque la actuación de Jesús con los marginados entraña una profunda teo-logía (palabra sobre Dios). En efecto, con estas acciones salvíficas en favor de los marginados, Jesús revela cómo actúa Dios y cómo es Dios. _l es el Padre de todos los hombres. Y de sobra sabemos que un buen padre no quiere ni soporta marginaciones entre sus hijos. Es más, para un buen padre, si alguien es privilegiado, ése debe ser el más infeliz, el más despreciado por la razón que sea. De ahí que, según los evangelios, el hecho de sentarse a la mesa con los pecadores o curar a los enfermos tiene el valor de una nueva revelación de Dios (cf. Mt 11,19.25; 20,1-16; Lc 15,1-32).

Este aspecto teológico se pone de relieve cuando se trata de los marginadores, es decir, los ricos. El dinero es el competidor de Dios, porque exige servicio total y exclusivo; es como un ídolo, el ídolo "Mammón" (que significa riqueza privada) y que tiene sus fieles seguidores (cf. Mt 6,24 par; Lc 16,9.11).

En definitiva, todo esto quiere decir que, en el asunto de los marginados, nos jugamos nuestro conocimiento de Dios. Aquí la ortodoxia se hace ortopraxis, es decir, el verdadero conocimiento de Dios depende del grado de solidaridad con los pobres y marginados. No conoce mejor a Dios el que más lo estudia y el que mejor se ajusta a determinadas fórmulas teóricas, sino el que vive la cercanía solidaria con los hombres y mujeres que la sociedad más desprecia. He ahí el secreto del verdadero conocimiento de Dios.

LA PERSONALIDAD DE JESÚS

CERCANO A LOS MARGINADOS

 

Marginados propiamente tales

En la sociedad y en el tiempo de Jesús, marginados propiamente tales eran los marginados por causa de la religión. A esta categoría de personas pertenecían muchos ciudadanos de Israel: los que no tenían un origen legítimo, como eran los hijos ilegítimos de sacerdotes, los prosélitos (paganos convertidos al judaísmo), los esclavos emancipados, los bastardos, los esclavos del templo, los hijos de padre desconocido, los expósitos; los que ejercían oficios despreciados, como eran los arrieros de asnos, los que cuidaban de los camellos, los cocheros, los pastores, los tenderos, los carniceros, los basureros, los fundidores de cobre, los curtidores, los recaudadores de contribuciones, etc. Pero especialmente se consideraban como impuros, y por tanto eran marginados, los "pecadores", prostitutas y publicanos, y los que padecían ciertas enfermedades, sobre todo los leprosos. Además eran también fuertemente marginados los samaritanos y los paganos en general. Como se ve, mucha gente, gran cantidad del pueblo estaba "manchada" de ilegitimidad por una razón o por otra.

Estas divisiones no eran meramente teóricas. Por supuesto, afectaban al honor de las personas. Pero la cosa era más grave. Porque todas las dignidades, todos los puestos de confianza y todos los cargos públicos importantes estaban reservados a los israelitas de pleno derecho. Los demás eran ciudadanos de segunda clase o incluso de tercera, como era el caso de los pecadores, los publicanos, los leprosos y los samaritanos. Se comprenden fácilmente las divisiones, tensiones y enfrentamientos que todo esto llevaba consigo, sobre todo si tenemos en cuenta que había de por medio grandes intereses de clase y enormes privilegios, que eran defendidos con uñas y dientes por los bien situados.

Pues bien, estando así las cosas, ¿cómo se comportó Jesús ante semejante situación?

Otra vez aquí el comportamiento de Jesús tuvo que resultar, en aquella sociedad, sorprendente, provocativo y escandaloso. Los evangelios nos informan abundantemente en este sentido. Cuando le preguntan a Jesús si era él el que tenía que venir (Mt 11,3 par), ofrece la siguiente respuesta: "Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia" (Mt 11,5 par). Aquí se debe destacar la acción sobre los leprosos, porque ellos eran los más marginados entre los marginados, hasta el punto de que no podían ni tratar con el resto de la gente, ni siquiera vivir en las ciudades, de tal manera que tenían que pasar la vida a la intemperie. Pues bien, sabemos que Jesús curó a varios leprosos (Mc 1,40-45; Lc 5,12-16; 17;11-19), es decir, reintegró a la convivencia social a los que se tenían por marginados. Es más, sabemos también que dio a sus discípulos la orden de curar leprosos (Mt 10,8). Y él no tuvo el menor inconveniente de alojarse en casa de uno que había sido leproso (Mt 26,6 par). La intención de Jesús es clara: para él no existe marginación alguna, ni tolera en modo alguno la marginación. Por eso él actuó en consecuencia con este planteamiento.

Esto se ve, sobre todo, en el comportamiento de Jesús con los pecadores, las prostitutas, los samaritanos, los publicanos y demás gente de mala fama. El evangelio cuenta que Jesús y sus discípulos solían comer con pecadores y gente de mala reputación (Mt 9,10-13 par; Lc 15,1s.). Este hecho es muy significativo. Porque, según la mentalidad judía, comer con alguien era tanto como solidarizarse con él. De ahí el escándalo que produjeron estas comidas de Jesús con gente de mala fama (Mt 9,11 par). Es más, Jesús llegó a decirles a los dirigentes judío que los recaudadores y las prostitutas estaban antes que ellos en el reino de Dios (Mt 21,31). Lo cual era lo mismo que decir que el reino de Dios no sólo no tolera marginaciones, sino además que los marginados por los hombres son los primeros en el Reino.

Mención especial merece el comportamiento de Jesús con los samaritanos. Esta gente era considerada como hereje y despreciable por los judíos. Y las tensiones entre unos y otros eran tan fuertes, que con frecuencia se llegaba a enfrentamientos sangrientos. Cuando Jesús atraviesa Samaría, no encuentra acogida (Lc 9,52-53) y hasta se le niega el agua de beber (Jn 4,9). Pero, a pesar de todo eso, Jesús pone al samaritano como ejemplo a imitar, por encima del sacerdote y del levita (Lc 10,30-37), elogia especialmente al leproso samaritano (Lc 17,11) y se queda a pasar dos días en un pueblo de samaritanos (Jn 4,39-42). Por eso no tiene nada de particular cuando insultan a Jesús llamándole samaritano (Jn 8,48). Por su cercanía a los marginados, Jesús llegó a ser él mismo un marginado.

Aquí será importante hacer la aplicación de todo este planteamiento a nuestra situación actual. Porque también hoy entre nosotros existen marginados. Piénsese en los indígenas, los negros, los homosexuales, las madres solteras, etc. Como se ha dicho muy bien, el comportamiento de Jesús frente a los marginados debe interpelarnos seriamente. Pienso que lo que de verdad nos acusa a los cristianos de hoy no son los ritos vacíos, ni nuestra diversidad de opiniones en materias dogmáticas -el así llamado pluralismo teológico-, ni nuestra tardía incorporación, más o menos selectiva, al proceso de la modernidad. La acusación realmente sustantiva contra nosotros la constituye el aspecto que ofrece el mundo, ese mundo en el que tenemos la misión de ser sal y luz, fermento poderoso de transformación integral en una línea de justicia, misericordia y fraternidad. ¿Lo somos?

 


Los pobres y otras gentes


Los pobres no eran marginados religiosos. Pero sí lo eran desde el punto de vista social, como ha ocurrido y ocurre en todos los pueblos y sociedades. Se sabe que en Jerusalén abundaban los mendigos. Y junto a los mendigos, los tullidos, lisiados, vagabundos y otras gentes de ínfima condición.

¿Cómo se comporta Jesús con estas personas?

Cuando Jesús anuncia su programa (Mt 11,5; Lc 4,18), indica que su ministerio y su tarea se dirige a los ciegos, sordos, rengos, leprosos, pobres, cautivos y oprimidos. Lo que Jesús hace con estas gentes no es una simple labor de beneficencia. Es verdad que Jesús exige, a los que le van a seguir, que den sus bienes a los pobres (Mc 10,21 par; Mt 9,20.22; Lc 5,11.18; 18,28; Mt 19,27); y se sabe que en la comunidad de Jesús existía esta práctica (Mc 14,5.7; Jn 13,29; cf. Lc 19,8). Pero la acción de Jesús va mucho más lejos: se trata de que los pobres y despreciados de la tierra son los privilegiados en el Reino. Teniendo en cuenta que, en todos estos casos, no se trata de pobres "de espíritu" (ricos con el corazón despegado de los bienes), sino de pobres reales, las gentes más desgraciadas de la sociedad. En el banquete del reino de Dios entran "los pobres, los lisiados, los ciegos y los rengos", no además de los que tienen campos y yuntas de bueyes, sino en lugar de ésos (Lc 14,15-24). Y Jesús recomienda que cuando se dé un banquete, se invite precisamente a los pobres (Lc 14,12-12), es decir, con ellos es con quienes debe estar nuestra solidaridad.

Por lo demás, sabemos que Jesús proclama dichosos a los pobres (Mt 5,3; Lc 6,20). Pero en este caso se trata de los discípulos que toman la opción de compartir con los demás.