|

Teología de los marginados
¿Por qué actúa Jesús de esta manera con los marginados?
Hay una primera respuesta, que es muy clara: la nueva
sociedad, que proclama el mensaje del reino de Dios, es
una sociedad basada en la igualdad, la fraternidad y la
solidaridad. Por consiguiente, en el reino de Dios no se
toleran marginados de ningún tipo. Por eso no está de
acuerdo con el mensaje del reino de Dios, ni una
religión que margina a la gente, ni una sociedad que
tolera tales marginaciones. Por el contrario, la
sociedad que Jesús quiere instaurar es de tal manera
solidaria y fraterna que en ella el que quiera ser el
primero debe ponerse el último (Mc 9,35 par; Mt
19,30-20,16; Lc 13,30). Y por eso en esa sociedad los
preferidos son los más despreciados. De esta manera,
Jesús pone el mundo al revés, trastorna las situaciones
establecidas y proclama la excelsa dignidad de todos los
que el orden presente margina y desprecia.
Pero, en todo esto, hay algo más profundo. Porque la
actuación de Jesús con los marginados entraña una
profunda teo-logía (palabra sobre Dios). En efecto, con
estas acciones salvíficas en favor de los marginados,
Jesús revela cómo actúa Dios y cómo es Dios. _l es el
Padre de todos los hombres. Y de sobra sabemos que un
buen padre no quiere ni soporta marginaciones entre sus
hijos. Es más, para un buen padre, si alguien es
privilegiado, ése debe ser el más infeliz, el más
despreciado por la razón que sea. De ahí que, según los
evangelios, el hecho de sentarse a la mesa con los
pecadores o curar a los enfermos tiene el valor de una
nueva revelación de Dios (cf. Mt 11,19.25; 20,1-16; Lc
15,1-32).
Este aspecto teológico se pone de relieve cuando se
trata de los marginadores, es decir, los ricos. El
dinero es el competidor de Dios, porque exige servicio
total y exclusivo; es como un ídolo, el ídolo "Mammón"
(que significa riqueza privada) y que tiene sus fieles
seguidores (cf. Mt 6,24 par; Lc 16,9.11).
En definitiva, todo esto quiere decir que, en el asunto
de los marginados, nos jugamos nuestro conocimiento de
Dios. Aquí la ortodoxia se hace ortopraxis, es decir, el
verdadero conocimiento de Dios depende del grado de
solidaridad con los pobres y marginados. No conoce mejor
a Dios el que más lo estudia y el que mejor se ajusta a
determinadas fórmulas teóricas, sino el que vive la
cercanía solidaria con los hombres y mujeres que la
sociedad más desprecia. He ahí el secreto del verdadero
conocimiento de Dios. |
|
|
|
LA PERSONALIDAD DE JESÚS
CERCANO A LOS
MARGINADOS |
|
Marginados propiamente tales
En
la sociedad y en el tiempo de Jesús, marginados propiamente
tales eran los marginados por causa de la religión. A esta
categoría de personas pertenecían muchos ciudadanos de Israel:
los que no tenían un origen legítimo, como eran los hijos
ilegítimos de sacerdotes, los prosélitos (paganos convertidos
al judaísmo), los esclavos emancipados, los bastardos, los
esclavos del templo, los hijos de padre desconocido, los
expósitos; los que ejercían oficios despreciados, como eran
los arrieros de asnos, los que cuidaban de los camellos, los
cocheros, los pastores, los tenderos, los carniceros, los
basureros, los fundidores de cobre, los curtidores, los
recaudadores de contribuciones, etc. Pero especialmente se
consideraban como impuros, y por tanto eran marginados, los
"pecadores", prostitutas y publicanos, y los que padecían
ciertas enfermedades, sobre todo los leprosos. Además eran
también fuertemente marginados los samaritanos y los paganos
en general. Como se ve, mucha gente, gran cantidad del pueblo
estaba "manchada" de ilegitimidad por una razón o por otra.
Estas divisiones no eran meramente teóricas. Por supuesto,
afectaban al honor de las personas. Pero la cosa era más
grave. Porque todas las dignidades, todos los puestos de
confianza y todos los cargos públicos importantes estaban
reservados a los israelitas de pleno derecho. Los demás eran
ciudadanos de segunda clase o incluso de tercera, como era el
caso de los pecadores, los publicanos, los leprosos y los
samaritanos. Se comprenden fácilmente las divisiones,
tensiones y enfrentamientos que todo esto llevaba consigo,
sobre todo si tenemos en cuenta que había de por medio grandes
intereses de clase y enormes privilegios, que eran defendidos
con uñas y dientes por los bien situados.
Pues bien, estando así las cosas, ¿cómo se comportó Jesús ante
semejante situación?
Otra
vez aquí el comportamiento de Jesús tuvo que resultar, en
aquella sociedad, sorprendente, provocativo y escandaloso. Los
evangelios nos informan abundantemente en este sentido. Cuando
le preguntan a Jesús si era él el que tenía que venir (Mt 11,3
par), ofrece la siguiente respuesta: "Los ciegos ven y los
cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen,
los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena
noticia" (Mt 11,5 par). Aquí se debe destacar la acción sobre
los leprosos, porque ellos eran los más marginados entre los
marginados, hasta el punto de que no podían ni tratar con el
resto de la gente, ni siquiera vivir en las ciudades, de tal
manera que tenían que pasar la vida a la intemperie. Pues
bien, sabemos que Jesús curó a varios leprosos (Mc 1,40-45; Lc
5,12-16; 17;11-19), es decir, reintegró a la convivencia
social a los que se tenían por marginados. Es más, sabemos
también que dio a sus discípulos la orden de curar leprosos (Mt
10,8). Y él no tuvo el menor inconveniente de alojarse en casa
de uno que había sido leproso (Mt 26,6 par). La intención de
Jesús es clara: para él no existe marginación alguna, ni
tolera en modo alguno la marginación. Por eso él actuó en
consecuencia con este planteamiento.
Esto se ve, sobre todo, en el comportamiento de Jesús con los
pecadores, las prostitutas, los samaritanos, los publicanos y
demás gente de mala fama. El evangelio cuenta que Jesús y sus
discípulos solían comer con pecadores y gente de mala
reputación (Mt 9,10-13 par; Lc 15,1s.). Este hecho es muy
significativo. Porque, según la mentalidad judía, comer con
alguien era tanto como solidarizarse con él. De ahí el
escándalo que produjeron estas comidas de Jesús con gente de
mala fama (Mt 9,11 par). Es más, Jesús llegó a decirles a los
dirigentes judío que los recaudadores y las prostitutas
estaban antes que ellos en el reino de Dios (Mt 21,31). Lo
cual era lo mismo que decir que el reino de Dios no sólo no
tolera marginaciones, sino además que los marginados por los
hombres son los primeros en el Reino.
Mención
especial merece el comportamiento de Jesús con los
samaritanos. Esta gente era considerada como hereje y
despreciable por los judíos. Y las tensiones entre unos y
otros eran tan fuertes, que con frecuencia se llegaba a
enfrentamientos sangrientos. Cuando Jesús atraviesa Samaría,
no encuentra acogida (Lc 9,52-53) y hasta se le niega el agua
de beber (Jn 4,9). Pero, a pesar de todo eso, Jesús pone al
samaritano como ejemplo a imitar, por encima del sacerdote y
del levita (Lc 10,30-37), elogia especialmente al leproso
samaritano (Lc 17,11) y se queda a pasar dos días en un pueblo
de samaritanos (Jn 4,39-42). Por eso no tiene nada de
particular cuando insultan a Jesús llamándole samaritano (Jn
8,48). Por su cercanía a los marginados, Jesús llegó a ser él
mismo un marginado.
Aquí será importante hacer la aplicación de todo este
planteamiento a nuestra situación actual. Porque también hoy
entre nosotros existen marginados. Piénsese en los indígenas,
los negros, los homosexuales, las madres solteras, etc. Como
se ha dicho muy bien, el comportamiento de Jesús frente a los
marginados debe interpelarnos seriamente. Pienso que lo que de
verdad nos acusa a los cristianos de hoy no son los ritos
vacíos, ni nuestra diversidad de opiniones en materias
dogmáticas -el así llamado pluralismo teológico-, ni nuestra
tardía incorporación, más o menos selectiva, al proceso de la
modernidad. La acusación realmente sustantiva contra nosotros
la constituye el aspecto que ofrece el mundo, ese mundo en el
que tenemos la misión de ser sal y luz, fermento poderoso de
transformación integral en una línea de justicia, misericordia
y fraternidad. ¿Lo somos? |
|
|
Los
pobres y otras gentes
|
|
Los pobres no eran marginados religiosos. Pero sí lo eran
desde el punto de vista social, como ha ocurrido y ocurre
en todos los pueblos y sociedades. Se sabe que en
Jerusalén abundaban los mendigos. Y junto a los mendigos,
los tullidos, lisiados, vagabundos y otras gentes de
ínfima condición.

¿Cómo se comporta Jesús con estas personas?
Cuando Jesús anuncia su programa (Mt 11,5; Lc 4,18),
indica que su ministerio y su tarea se dirige a los
ciegos, sordos, rengos, leprosos, pobres, cautivos y
oprimidos. Lo que Jesús hace con estas gentes no es una
simple labor de beneficencia. Es verdad que Jesús exige, a
los que le van a seguir, que den sus bienes a los pobres (Mc
10,21 par; Mt 9,20.22; Lc 5,11.18; 18,28; Mt 19,27); y se
sabe que en la comunidad de Jesús existía esta práctica (Mc
14,5.7; Jn 13,29; cf. Lc 19,8). Pero la acción de Jesús va
mucho más lejos: se trata de que los pobres y despreciados
de la tierra son los privilegiados en el Reino. Teniendo
en cuenta que, en todos estos casos, no se trata de pobres
"de espíritu" (ricos con el corazón despegado de los
bienes), sino de pobres reales, las gentes más
desgraciadas de la sociedad. En el banquete del reino de
Dios entran "los pobres, los lisiados, los ciegos y los
rengos", no además de los que tienen campos y yuntas de
bueyes, sino en lugar de ésos (Lc 14,15-24). Y Jesús
recomienda que cuando se dé un banquete, se invite
precisamente a los pobres (Lc 14,12-12), es decir, con
ellos es con quienes debe estar nuestra solidaridad.

Por lo demás, sabemos que Jesús proclama dichosos a los
pobres (Mt 5,3; Lc 6,20). Pero en este caso se trata de
los discípulos que toman la opción de compartir con los
demás.
| |
|
|
|
|