|
Fiel al Padre
La libertad de Jesús y su postura ante los marginados
tienen una raíz, un origen: la profunda religiosidad del
propio Jesús. Con lo cual venimos a tocar lo más hondo
de la personalidad de Jesús. Si él se comportó tan
soberanamente libre frente a las instituciones, y si,
por otra parte, se comprometió en la más total
solidaridad con los marginados, todo eso tenía su
explicación en la profunda experiencia de Dios que vivió
Jesús. Para él Dios era el único absoluto. Por lo tanto,
todo lo demás es relativo. He ahí el sentido de su
libertad. Además, Jesús vivió a Dios como Padre de
todos. De ahí su solidaridad con los marginados.
Pero vengamos al asunto: ¿cómo fue la relación de Jesús
con Dios?
Tenemos un dato seguro: la cercanía, la familiaridad y
hasta la intimidad de Jesús con Dios ha quedado
reflejada en su forma de orar. Jesús tenía por costumbre
llamar a Dios Abbá (Mc 14,36; cf. Gál 4,6; Rom 8,15), de
tal manera que esta palabra aramea era la invocación
usual en labios de Jesús al dirigirse al Padre (Mt
11,25-26; 26,39.42; Lc 10,21; 11,2; 22,42; 23,34-46).
Además, en doce textos de los evangelios (sin contar los
paralelos) se dice que Jesús, al orar, se dirigía "al
Padre": en la acción de gracias por la revelación de
Dios a la gente sencilla (Mt 11,25-26; Lc 10,21; cf. Jn
11,41); en Getsemaní (Mc 14,36; Mt 26,39.42; Lc 22,42),
en la cruz (Lc 23,34.46); en la oración sacerdotal (Jn
17, 1.5.11.21.24.25). Se trata, por tanto, de un
material muy abundante, que expresa un hecho
prácticamente cotidiano en la experiencia de Jesús.
Ahora bien, sabemos que la palabra Abbá era la expresión
familiar de mayor intimidad entre el hijo y su padre. En
tiempos de Jesús, esta palabra era utilizado por todos
los hijos, fueran niños o adultos. Pero su origen
provenía del lenguaje balbuciente de los niños pequeños
cuando empiezan a hablar. Equivalía a "papá" o "mamá" en
castellano. De ahí que a un judío jamás se le hubiera
ocurrido utilizar esa palabra para dirigirse a Dios,
porque eso sería, en la mentalidad de ellos, una falta
de respeto. Sin embargo, ésa era la palabra con que
Jesús se dirigía al Padre del cielo. La intimidad entre
Jesús y el Padre era total.
Pero esta intimidad no era mero sentimiento. Era una
intimidad efectiva, que se traducía en hechos.
Concretamente esta intimidad se traducía en la fidelidad
más absoluta. Jesús educó a sus discípulos en esta
fidelidad: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en
el cielo" (Mt 6,10 par). Porque era la actitud constante
que mantuvo Jesús durante toda su vida, como ha quedado
reflejado en numerosos textos evangélicos: "Mi comida es
hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4,34);
"aquí estoy yo para hacer la voluntad" (Heb 10,9); "no
busco mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha
enviado" (Jn 5,30); "no he venido para hacer mi
voluntad, sino la de aquel que me ha enviado" (Jn 6,38).
Pero, sobre todo, está la oración que Jesús dirigió al
Padre en Getsemaní: "No se haga mi voluntad, sino la
tuya, Padre" (Lc 22,42; Mt 26,42).
Por eso Jesús habló como habló y actuó como sabemos que
actuó. Porque en eso él veía el designio del Padre del
cielo. Y aunque él vio claramente que todo aquello le
llevaba a la muerte y al fracaso, sin embargo no
retrocedió ni vaciló un instante. Así hasta soportar la
persecución, la tortura y la muerte. En el capítulo
siguiente podremos comprender el heroísmo y la fidelidad
que todo esto supuso. |
|

LA PERSONALIDAD DE JESÚS |
|
Si
ahora hacemos un balance de todo lo dicho en este capítulo, el
resultado es ver con claridad la sorprendente personalidad de
Jesús. Esta personalidad está marcada por tres
características: su originalidad, su radicalidad y su
coherencia.
La originalidad de Jesús se advierte claramente si se tiene en
cuenta que él no se adaptó ni se pareció a ninguno de los
modelos existentes en aquella sociedad. Me refiero a los
modelos establecidos de acercamiento a Dios. _l, en efecto, no
fue funcionario del templo (sacerdote), ni piadoso observante
de la ley (fariseo), ni asceta del desierto (esenio), ni
revolucionario violento en la lucha contra la dominación
romana (zelota). Jesús rompe con todos los esquemas, salta por
encima de todos los convencionalismos, no se dedica a imitar a
nadie. De tal manera que su personalidad es irreductible a
cualquier modelo humano. Esta originalidad tiene su razón de
ser en el profundo misterio de Jesús. Porque en él es Dios
mismo quien se manifiesta y quien se da a conocer. "Quien me
ve a mí está viendo al Padre" (Jn 14,9). Ver a Jesús es ver a
Dios. Por eso, en la medida en que Dios es irreductible a
cualquier modelo humano, en esa misma medida Jesús rompe todos
los esquemas y está por encima de todos los modelos
preestablecidos. Y ésa es la razón por la que Jesús nos
sorprende constantemente y hasta nos desconcierta con
demasiada frecuencia. Es más, si Jesús no nos desconcierta ni
nos sorprende, seguramente es que hemos intentado adaptarlo a
nuestros esquemas simplemente humanos, a nuestros sistemas de
interpretación y a nuestros convencionalismos. Todo encuentro
auténtico con Jesús comporta la sorpresa y hasta el
desconcierto. Porque su originalidad es absolutamente
irreductible a todo lo que nosotros podemos saber y manejar.
Esta originalidad se pone de manifiesto, sobre todo, en la
asombrosa radicalidad de Jesús. _l, en efecto, fue
absolutamente original porque fue absolutamente radical. Pero
radical, ¿en qué? Solamente en una cosa: su total dedicación y
entrega para buscar el bien del hombre, sobre todo el bien y
la liberación de los pobres y oprimidos por el mundo, por el
sistema establecido. Por eso Jesús quebrantó leyes,
escandalizó a los piadosos observantes de la religión
convencional, se enfrentó a los dirigentes, soportó la
persecución y murió como un delincuente. En ese sentido y
desde este punto de vista, la radicalidad de Jesús no tuvo
límites. Porque no tuvo límites su amor y su fidelidad. Por
eso Jesús no fue un fanático, sino un apasionado radical por
el bien del hombre. El fanatismo consiste en anteponer ideas o
proyectos a lo que es el bien del hombre. Pero Jesús no tuvo
más absoluto que la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es
el bien de los hombres, sobre todo el bien y la liberación de
los pobres y oprimidos.
Y por último, su coherencia. Me refiero a la coherencia con el
plan de Dios. Todo en Jesús fue coherente porque todo estuvo
en él determinado por su profunda experiencia de Dios, hasta
el punto de que Dios mismo se reveló en Jesús, en su persona,
en su vida y en sus actos. En los hombres muchas veces falla
esta coherencia. Porque se entregan a Dios de tal manera que
eso entra en conflicto con el bien del hombre (a veces se ha
llegado a torturar y matar por fidelidad a Dios); o por el
contrario, se entregan a ciertas causas humanas olvidándose de
Dios y marginando a Dios. En Jesús nada de esto ocurrió: él
fue absolutamente fiel al Padre y absolutamente fiel al
hombre. Una fidelidad le llevó a la otra. Porque sabía muy
bien que cuando una de esas dos fidelidades falla, se termina
absolutizando lo relativo, lo cual es tanto como caer en el
fanatismo y quizá en la barbarie.
|
|
|