Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                                       Texto: José Mª Castillo sj


   
Fiel al Padre

La libertad de Jesús y su postura ante los marginados tienen una raíz, un origen: la profunda religiosidad del propio Jesús. Con lo cual venimos a tocar lo más hondo de la personalidad de Jesús. Si él se comportó tan soberanamente libre frente a las instituciones, y si, por otra parte, se comprometió en la más total solidaridad con los marginados, todo eso tenía su explicación en la profunda experiencia de Dios que vivió Jesús. Para él Dios era el único absoluto. Por lo tanto, todo lo demás es relativo. He ahí el sentido de su libertad. Además, Jesús vivió a Dios como Padre de todos. De ahí su solidaridad con los marginados.

Pero vengamos al asunto: ¿cómo fue la relación de Jesús con Dios?

Tenemos un dato seguro: la cercanía, la familiaridad y hasta la intimidad de Jesús con Dios ha quedado reflejada en su forma de orar. Jesús tenía por costumbre llamar a Dios Abbá (Mc 14,36; cf. Gál 4,6; Rom 8,15), de tal manera que esta palabra aramea era la invocación usual en labios de Jesús al dirigirse al Padre (Mt 11,25-26; 26,39.42; Lc 10,21; 11,2; 22,42; 23,34-46). Además, en doce textos de los evangelios (sin contar los paralelos) se dice que Jesús, al orar, se dirigía "al Padre": en la acción de gracias por la revelación de Dios a la gente sencilla (Mt 11,25-26; Lc 10,21; cf. Jn 11,41); en Getsemaní (Mc 14,36; Mt 26,39.42; Lc 22,42), en la cruz (Lc 23,34.46); en la oración sacerdotal (Jn 17, 1.5.11.21.24.25). Se trata, por tanto, de un material muy abundante, que expresa un hecho prácticamente cotidiano en la experiencia de Jesús.

Ahora bien, sabemos que la palabra Abbá era la expresión familiar de mayor intimidad entre el hijo y su padre. En tiempos de Jesús, esta palabra era utilizado por todos los hijos, fueran niños o adultos. Pero su origen provenía del lenguaje balbuciente de los niños pequeños cuando empiezan a hablar. Equivalía a "papá" o "mamá" en castellano. De ahí que a un judío jamás se le hubiera ocurrido utilizar esa palabra para dirigirse a Dios, porque eso sería, en la mentalidad de ellos, una falta de respeto. Sin embargo, ésa era la palabra con que Jesús se dirigía al Padre del cielo. La intimidad entre Jesús y el Padre era total.

Pero esta intimidad no era mero sentimiento. Era una intimidad efectiva, que se traducía en hechos. Concretamente esta intimidad se traducía en la fidelidad más absoluta. Jesús educó a sus discípulos en esta fidelidad: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" (Mt 6,10 par). Porque era la actitud constante que mantuvo Jesús durante toda su vida, como ha quedado reflejado en numerosos textos evangélicos: "Mi comida es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4,34); "aquí estoy yo para hacer la voluntad" (Heb 10,9); "no busco mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha enviado" (Jn 5,30); "no he venido para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me ha enviado" (Jn 6,38). Pero, sobre todo, está la oración que Jesús dirigió al Padre en Getsemaní: "No se haga mi voluntad, sino la tuya, Padre" (Lc 22,42; Mt 26,42).

Por eso Jesús habló como habló y actuó como sabemos que actuó. Porque en eso él veía el designio del Padre del cielo. Y aunque él vio claramente que todo aquello le llevaba a la muerte y al fracaso, sin embargo no retrocedió ni vaciló un instante. Así hasta soportar la persecución, la tortura y la muerte. En el capítulo siguiente podremos comprender el heroísmo y la fidelidad que todo esto supuso.

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LA PERSONALIDAD DE JESÚS

  Si ahora hacemos un balance de todo lo dicho en este capítulo, el resultado es ver con claridad la sorprendente personalidad de Jesús. Esta personalidad está marcada por tres características: su originalidad, su radicalidad y su coherencia.

La originalidad de Jesús se advierte claramente si se tiene en cuenta que él no se adaptó ni se pareció a ninguno de los modelos existentes en aquella sociedad. Me refiero a los modelos establecidos de acercamiento a Dios. _l, en efecto, no fue funcionario del templo (sacerdote), ni piadoso observante de la ley (fariseo), ni asceta del desierto (esenio), ni revolucionario violento en la lucha contra la dominación romana (zelota). Jesús rompe con todos los esquemas, salta por encima de todos los convencionalismos, no se dedica a imitar a nadie. De tal manera que su personalidad es irreductible a cualquier modelo humano. Esta originalidad tiene su razón de ser en el profundo misterio de Jesús. Porque en él es Dios mismo quien se manifiesta y quien se da a conocer. "Quien me ve a mí está viendo al Padre" (Jn 14,9). Ver a Jesús es ver a Dios. Por eso, en la medida en que Dios es irreductible a cualquier modelo humano, en esa misma medida Jesús rompe todos los esquemas y está por encima de todos los modelos preestablecidos. Y ésa es la razón por la que Jesús nos sorprende constantemente y hasta nos desconcierta con demasiada frecuencia. Es más, si Jesús no nos desconcierta ni nos sorprende, seguramente es que hemos intentado adaptarlo a nuestros esquemas simplemente humanos, a nuestros sistemas de interpretación y a nuestros convencionalismos. Todo encuentro auténtico con Jesús comporta la sorpresa y hasta el desconcierto. Porque su originalidad es absolutamente irreductible a todo lo que nosotros podemos saber y manejar.

Esta originalidad se pone de manifiesto, sobre todo, en la asombrosa radicalidad de Jesús. _l, en efecto, fue absolutamente original porque fue absolutamente radical. Pero radical, ¿en qué? Solamente en una cosa: su total dedicación y entrega para buscar el bien del hombre, sobre todo el bien y la liberación de los pobres y oprimidos por el mundo, por el sistema establecido. Por eso Jesús quebrantó leyes, escandalizó a los piadosos observantes de la religión convencional, se enfrentó a los dirigentes, soportó la persecución y murió como un delincuente. En ese sentido y desde este punto de vista, la radicalidad de Jesús no tuvo límites. Porque no tuvo límites su amor y su fidelidad. Por eso Jesús no fue un fanático, sino un apasionado radical por el bien del hombre. El fanatismo consiste en anteponer ideas o proyectos a lo que es el bien del hombre. Pero Jesús no tuvo más absoluto que la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios es el bien de los hombres, sobre todo el bien y la liberación de los pobres y oprimidos.

Y por último, su coherencia. Me refiero a la coherencia con el plan de Dios. Todo en Jesús fue coherente porque todo estuvo en él determinado por su profunda experiencia de Dios, hasta el punto de que Dios mismo se reveló en Jesús, en su persona, en su vida y en sus actos. En los hombres muchas veces falla esta coherencia. Porque se entregan a Dios de tal manera que eso entra en conflicto con el bien del hombre (a veces se ha llegado a torturar y matar por fidelidad a Dios); o por el contrario, se entregan a ciertas causas humanas olvidándose de Dios y marginando a Dios. En Jesús nada de esto ocurrió: él fue absolutamente fiel al Padre y absolutamente fiel al hombre. Una fidelidad le llevó a la otra. Porque sabía muy bien que cuando una de esas dos fidelidades falla, se termina absolutizando lo relativo, lo cual es tanto como caer en el fanatismo y quizá en la barbarie.