Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                              Texto: José Mª Castillo  sj


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Jesús anuncia su muerte

Los evangelios sinópticos dicen que Jesús anunció tres veces lo que le iba a pasar al final de su vida (Mc 8,31 par; 9,31 par; 10,33s par). Por lo tanto, según los evangelios, Jesús sabía de antemano lo que le iba a suceder. Ahora bien, aquí se plantea un problema: ¿Sabía Jesús efectivamente todo eso de antemano y con tanto detalle? ¿O no será, más bien, que los cristianos, al saber todo lo que había pasado, después de la muerte y resurrección de Jesús, pusieron en boca del propio Jesús todo lo que iba a pasar, para ensalzar la figura del maestro?

En principio, no hay que extrañarse de estas preguntas. En el capítulo 7 vamos a ver hasta qué punto Jesús era un hombre como los demás. En todo igual a los demás hombres, menos en el pecado. Por lo tanto, Jesús tenía las limitaciones propias de la condición humana. Y una de esas limitaciones es no saber de antemano lo que nos va a suceder en el futuro. Por consiguiente, tiene pleno sentido la pregunta que antes he planteado: ¿Sabía Jesús realmente el final que le esperaba?

Leyendo los evangelios, se advierte una cosa que en ellos queda muy clara: el curso exterior de su ministerio tuvo que obligar a Jesús a contar con una muerte violenta. Es decir, tal como fueron ocurriendo las cosas, Jesús se tuvo que dar cuenta de que su vida terminaba mal. Hubiera sido un ingenuo si no advierte que esto, más que una probabilidad, era un final irremediable. Como se ha dicho muy bien, no hacía falta que Jesús fuera el Hijo de Dios para que pudiera tener conciencia de la inevitabilidad de su muerte. En realidad, si Cristo era un hombre medianamente inteligente y sensible, podía prever con bastante seguridad la posibilidad de su muerte violenta. Todos los datos coincidían en la predicción: por un lado, el testimonio de los profetas del Antiguo Testamento, la misma muerte de Juan Bautista, la creciente violencia de las autoridades con las que se enfrenta y que en repetidas ocasiones quieren atacarle y capturarle, la reflexión del Antiguo Testamento sobre el justo oprimido y el siervo sufriente, que tan viva estaba en el pueblo desde el exilio (sobre todo desde el tiempo de los Macabeos). Todo esto eran datos coincidentes que venían a confirmar el destino de muerte que le aguardaba a Jesús.

Pero veamos las cosas más de cerca. Me refiero a que la conducta de Jesús fue de tal manera provocativa, que en repetidas ocasiones se puso al margen de la ley, y por cierto de una ley cuya violación se sancionaba con la pena de muerte. Cuando a Jesús se le hace el reproche de que con ayuda de Beelsebul expulsa los demonios (Mt 12,42 par), quiere decir que está practicando la magia y que ha merecido morir a pedradas. Cuando se le acusa de que está blasfemando contra Dios (Mc 2,7), de que es falso profeta (Mc 14,65 par), de que es un hijo rebelde (Mt 11,19 par; véase Dt 21,20s), de que deliberadamente quebranta el sábado, cada uno de estos reproches está mencionando un delito que era castigado con la pena de muerte.

Merece aquí especial atención la violación del sábado. Ya hemos hablado de este asunto en el capítulo anterior. Pero hay algo más concreto que debe retener nuestra atención. Tenemos numerosos ejemplos de que Jesús quebrantó el sábado (Mc 2,23-28 par; Lc 13,10-17; 14,1-6; Jn 5,1-18; 9,1-41; ver Lc 6,5). Para comprender la situación hay que tener en cuenta que un crimen capital no llegaba a ser objeto de juicio sino después que el autor había sido advertido notoriamente ante testigos. Y entonces, si reincidía, era condenado a muerte. Bueno, pues esto justamente es lo que se cuenta ya en los primeros capítulos del evangelio de Marcos. Cuando los discípulos arrancan espigas en sábado, Jesús es advertido públicamente de la falta (Mc 2,24; ver Jn 5,10), a lo que Jesús respondió que lo hacía por convicción (Mc 2,15-28). Pero, casi a renglón seguido, Jesús vuelve a quebrantar el sábado cuando cura, en plena sinagoga, al hombre del brazo seco (Mc 3,1-6). Por eso se dice que los dirigentes, que estaban al acecho (Mc 3,2), enseguida decretaron su muerte (Mc 3,6). Además, hay que tener en cuenta que esto ocurrió en Galilea, donde el rey Herodes podía ejecutar sentencias de muerte, como se ve por el asesinato de Juan el Bautista (Mt 14,9-11 par). Por consiguiente, hay que tomar muy en serio la advertencia que le hacen a Jesús: "Herodes quiere matarte" (Lc 13,31).

Estando así las cosas, merece especial atención el gesto de Jesús cuando expulsó a los comerciantes del templo (Mc 11,15-16 par). Sin duda alguna, este hecho fue visto como lo más grave que Jesús realizó contra las instituciones judías. De hecho a eso se redujo la acusación definitiva que aportaron contra él en el juicio (Mc 14,58 par), así como las cosas que le echan en cara cuando estaba en la cruz (Mc 15,29-30 par). Es evidente que Jesús, al realizar el gesto simbólico del templo, se estaba jugando la vida.

Por lo tanto, la cosa está clara: Jesús había perdido, por muchos conceptos, el derecho a la vida; se veía constantemente amenazado, de tal manera que sin cesar debía tener presente que su muerte habría de ser una muerte violenta. Hasta eso llegó la conducta de Jesús. De ahí el riesgo en que puso su vida. La libertad de Jesús fue provocada. Y así terminó. Como tenía que terminar un hombre que se comportaba de aquella manera.

LA MUERTE DE JESÚS

 Es evidente que la pasión y la muerte de Jesús ocupan un lugar importante en la vida de muchos cristianos. ¿Quién no tiene un crucifijo en su casa? ¿Quién no se ha sentido conmovido ante una procesión de semana santa con el Cristo agonizante tenuemente iluminado por los cirios que le acompañan? ¿Quién no ha experimentado una cierta emoción religiosa al pensar en las escenas de la pasión y muerte de Jesús? Todo esto es bastante conocido y nos resulta incluso familiar. Prueba evidente de que, en efecto, la pasión y la muerte de Cristo ocupan un lugar de primera importancia en la vida de los cristianos.

Sin embargo, a poco que se piense en este asunto, enseguida se comprende que aquí falla algo. ¿Cómo es posible que la pasión y la muerte de Cristo sean cosas tan importantes para mucha gente, pero luego resulta que eso no se nota en la vida de tantas personas? Veneramos el crucifijo, contemplamos con devoción la cruz en semana santa, leemos con respeto las escenas de la pasión; pero luego, a la hora de la verdad, nada de eso transforma nuestra vida y nos hace mejores. ¿Qué falla aquí?

Hay una cosa evidente: nosotros hemos sacralizado la cruz, es decir, la hemos convertido en un objeto sagrado, que merece todo nuestro respeto y nuestra mayor veneración. Sin embargo, originalmente la cruz no fue algo sagrado o religioso. La cruz era, en tiempos de Jesús, el tormento, la humillación y la vergüenza que sufrían los esclavos, los delincuentes más peligrosos, los revolucionarios y subversivos que se rebelaban contra el Estado. Cicerón dijo: "Todo lo que tenga que ver con la cruz debe mantenerse lejos de los ciudadanos romanos, no sólo de sus cuerpos, sino hasta de sus pensamientos, ojos y oídos". Por eso iba contra la buenas costumbres el hablar en presencia de gente decente de una muerte de esclavos tan repugnante. Y es que, en realidad, la cruz era "la más vergonzosa de las penas". Pero hay más, porque para los judíos no sólo se trataba de un tormento espantoso, sino que además era una maldición divina: "Maldito el que cuelga del madero" (Gál 3,13; Dt 21,23). Apartado de entre los vivos y de la comunión con Dios, el que moría en la cruz sólo podía ser un blasfemo indeseable, que merecía semejante reprobación y desprecio.

Esto era la cruz en tiempos de Jesús. Y así la sufrió él, gritando en el momento final: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). Y sin embargo, nosotros hemos convertido la cruz en una reliquia santa y sagrada, la hemos metido en los templos, la hemos colocado sobre los altares y de esa manera le hemos quitado toda su fuerza subversiva y revolucionaria. Es más, nosotros hemos hecho de la cruz un objeto de honor y prestigio, la hemos puesto coronando nuestras majestuosas catedrales, sobre el pecho de los grandes de este mundo y hasta como condecoración de dictadores y tiranos. De esta manera la cruz ha venido a perder su significado original. De un instrumento de tortura y reprobación hemos hecho un distintivo de honor, grandeza y poder.

Por eso, la cruz nos inspira respeto y veneración, pero ya no significa para nosotros lo que de hecho fue para Jesús y para los primeros cristianos. Para Jesús la cruz fue el destino de muerte y fracaso al que le llevó su forma de entender la vida y su comportamiento ante los grandes de este mundo. Para los primeros cristianos la cruz fue un escándalo y una locura (1Cor 1,18-25). Pero después, con el paso del tiempo, esa misma cruz se ha convertido en el adorno más precioso que remata la corona de los emperadores. He ahí el indicio más patente de la perversión radical que ha sufrido el cristianismo en la conciencia de muchas personas.

Pero hay más. Porque no sólo hemos sacralizado la cruz. Además de eso, la hemos manipulado en beneficio de los instalados y poderosos. Como se ha dicho muy bien, pocos temas de la teología han sido tan manipulados y tergiversados en su interpretación como el de la cruz y la muerte de Jesús. Especialmente, las clases opulentas y poderosas han utilizado el símbolo de la cruz y el hecho de la muerte redentora de Cristo para justificar la necesidad del sufrimiento y de la muerte en el horizonte de la vida humana. Así, oímos decir, piadosa y resignadamente, que cada uno debe cargar con sus cruces de cada día, que lo importante es vivir con paciencia y resignación y, lo que es más, que por la cruz llegamos a la luz y reparamos la infinita majestad de Dios, ofendida por nuestros pecados y los del mundo.

De esta manera se ha desarrollado, dentro del cristianismo, una mística de la cruz que, en definitiva, ha dado pie para considerar a la religión como "opio del pueblo". No cabe duda que esta falsa mística de la cruz ha hecho mucho daño en la Iglesia. Se ha abusado mucho de la teología de la cruz y la mística del sufrimiento por parte de la Iglesia en interés de aquellos que han causado el sufrimiento. Con demasiada frecuencia se exhortó a los campesinos, los indios y los esclavos negros a aceptar el sufrimiento como "su cruz" y a no rebelarse contra él. Por eso se comprende que Marx llegara a decir : "La religión es el gemido de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una situación carente de espíritu". Es la consecuencia inevitable de una mística de la cruz radicalmente desorientada y desorientadora.

Por eso es necesario analizar con alguna detención el sentido y el significado de la pasión y la muerte de Jesús. ¿Por qué anunció Jesús su muerte y qué es lo que eso nos quiere decir? ¿Cuáles fueron los motivos por los que Jesús llegó a terminar su vida como de hecho terminó? ¿Qué sentido tiene para los cristianos la muerte de Jesús? He aquí las cuestiones que vamos a tratar en el presente capítulo.