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Jesús
anuncia su muerte
Los
evangelios sinópticos dicen que Jesús anunció tres veces
lo que le iba a pasar al final de su vida (Mc 8,31 par;
9,31 par; 10,33s par). Por lo tanto, según los
evangelios, Jesús sabía de antemano lo que le iba a
suceder. Ahora bien, aquí se plantea un problema: ¿Sabía
Jesús efectivamente todo eso de antemano y con tanto
detalle? ¿O no será, más bien, que los cristianos, al
saber todo lo que había pasado, después de la muerte y
resurrección de Jesús, pusieron en boca del propio Jesús
todo lo que iba a pasar, para ensalzar la figura del
maestro?
En
principio, no hay que extrañarse de estas preguntas. En
el capítulo 7 vamos a ver hasta qué punto Jesús era un
hombre como los demás. En todo igual a los demás
hombres, menos en el pecado. Por lo tanto, Jesús tenía
las limitaciones propias de la condición humana. Y una
de esas limitaciones es no saber de antemano lo que nos
va a suceder en el futuro. Por consiguiente, tiene pleno
sentido la pregunta que antes he planteado: ¿Sabía Jesús
realmente el final que le esperaba?
Leyendo
los evangelios, se advierte una cosa que en ellos queda
muy clara: el curso exterior de su ministerio tuvo que
obligar a Jesús a contar con una muerte violenta. Es
decir, tal como fueron ocurriendo las cosas, Jesús se
tuvo que dar cuenta de que su vida terminaba mal.
Hubiera sido un ingenuo si no advierte que esto, más que
una probabilidad, era un final irremediable. Como se ha
dicho muy bien, no hacía falta que Jesús fuera el Hijo
de Dios para que pudiera tener conciencia de la
inevitabilidad de su muerte. En realidad, si Cristo era
un hombre medianamente inteligente y sensible, podía
prever con bastante seguridad la posibilidad de su
muerte violenta. Todos los datos coincidían en la
predicción: por un lado, el testimonio de los profetas
del Antiguo Testamento, la misma muerte de Juan
Bautista, la creciente violencia de las autoridades con
las que se enfrenta y que en repetidas ocasiones quieren
atacarle y capturarle, la reflexión del Antiguo
Testamento sobre el justo oprimido y el siervo
sufriente, que tan viva estaba en el pueblo desde el
exilio (sobre todo desde el tiempo de los Macabeos).
Todo esto eran datos coincidentes que venían a confirmar
el destino de muerte que le aguardaba a Jesús.
Pero
veamos las cosas más de cerca. Me refiero a que la
conducta de Jesús fue de tal manera provocativa, que en
repetidas ocasiones se puso al margen de la ley, y por
cierto de una ley cuya violación se sancionaba con la
pena de muerte. Cuando a Jesús se le hace el reproche de
que con ayuda de Beelsebul expulsa los demonios (Mt
12,42 par), quiere decir que está practicando la magia y
que ha merecido morir a pedradas. Cuando se le acusa de
que está blasfemando contra Dios (Mc 2,7), de que es
falso profeta (Mc 14,65 par), de que es un hijo rebelde
(Mt 11,19 par; véase Dt 21,20s), de que deliberadamente
quebranta el sábado, cada uno de estos reproches está
mencionando un delito que era castigado con la pena de
muerte.
Merece
aquí especial atención la violación del sábado. Ya hemos
hablado de este asunto en el capítulo anterior. Pero hay
algo más concreto que debe retener nuestra atención.
Tenemos numerosos ejemplos de que Jesús quebrantó el
sábado (Mc 2,23-28 par; Lc 13,10-17; 14,1-6; Jn 5,1-18;
9,1-41; ver Lc 6,5). Para comprender la situación hay
que tener en cuenta que un crimen capital no llegaba a
ser objeto de juicio sino después que el autor había
sido advertido notoriamente ante testigos. Y entonces,
si reincidía, era condenado a muerte. Bueno, pues esto
justamente es lo que se cuenta ya en los primeros
capítulos del evangelio de Marcos. Cuando los discípulos
arrancan espigas en sábado, Jesús es advertido
públicamente de la falta (Mc 2,24; ver Jn 5,10), a lo
que Jesús respondió que lo hacía por convicción (Mc
2,15-28). Pero, casi a renglón seguido, Jesús vuelve a
quebrantar el sábado cuando cura, en plena sinagoga, al
hombre del brazo seco (Mc 3,1-6). Por eso se dice que
los dirigentes, que estaban al acecho (Mc 3,2),
enseguida decretaron su muerte (Mc 3,6). Además, hay que
tener en cuenta que esto ocurrió en Galilea, donde el
rey Herodes podía ejecutar sentencias de muerte, como se
ve por el asesinato de Juan el Bautista (Mt 14,9-11
par). Por consiguiente, hay que tomar muy en serio la
advertencia que le hacen a Jesús: "Herodes quiere
matarte" (Lc 13,31).
Estando
así las cosas, merece especial atención el gesto de
Jesús cuando expulsó a los comerciantes del templo (Mc
11,15-16 par). Sin duda alguna, este hecho fue visto
como lo más grave que Jesús realizó contra las
instituciones judías. De hecho a eso se redujo la
acusación definitiva que aportaron contra él en el
juicio (Mc 14,58 par), así como las cosas que le echan
en cara cuando estaba en la cruz (Mc 15,29-30 par). Es
evidente que Jesús, al realizar el gesto simbólico del
templo, se estaba jugando la vida.
Por lo
tanto, la cosa está clara: Jesús había perdido, por
muchos conceptos, el derecho a la vida; se veía
constantemente amenazado, de tal manera que sin cesar
debía tener presente que su muerte habría de ser una
muerte violenta. Hasta eso llegó la conducta de Jesús.
De ahí el riesgo en que puso su vida. La libertad de
Jesús fue provocada. Y así terminó. Como tenía que
terminar un hombre que se comportaba de aquella manera. |
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LA MUERTE DE JESÚS |
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Es evidente que la pasión y la muerte de Jesús ocupan un
lugar importante en la vida de muchos cristianos. ¿Quién no
tiene un crucifijo en su casa? ¿Quién no se ha sentido
conmovido ante una procesión de semana santa con el Cristo
agonizante tenuemente iluminado por los cirios que le
acompañan? ¿Quién no ha experimentado una cierta emoción
religiosa al pensar en las escenas de la pasión y muerte de
Jesús? Todo esto es bastante conocido y nos resulta incluso
familiar. Prueba evidente de que, en efecto, la pasión y la
muerte de Cristo ocupan un lugar de primera importancia en la
vida de los cristianos.
Sin
embargo, a poco que se piense en este asunto, enseguida se
comprende que aquí falla algo. ¿Cómo es posible que la pasión
y la muerte de Cristo sean cosas tan importantes para mucha
gente, pero luego resulta que eso no se nota en la vida de
tantas personas? Veneramos el crucifijo, contemplamos con
devoción la cruz en semana santa, leemos con respeto las
escenas de la pasión; pero luego, a la hora de la verdad, nada
de eso transforma nuestra vida y nos hace mejores. ¿Qué falla
aquí?
Hay
una cosa evidente: nosotros hemos sacralizado la cruz, es
decir, la hemos convertido en un objeto sagrado, que merece
todo nuestro respeto y nuestra mayor veneración. Sin embargo,
originalmente la cruz no fue algo sagrado o religioso. La cruz
era, en tiempos de Jesús, el tormento, la humillación y la
vergüenza que sufrían los esclavos, los delincuentes más
peligrosos, los revolucionarios y subversivos que se rebelaban
contra el Estado. Cicerón dijo: "Todo lo que tenga que ver con
la cruz debe mantenerse lejos de los ciudadanos romanos, no
sólo de sus cuerpos, sino hasta de sus pensamientos, ojos y
oídos". Por eso iba contra la buenas costumbres el hablar en
presencia de gente decente de una muerte de esclavos tan
repugnante. Y es que, en realidad, la cruz era "la más
vergonzosa de las penas". Pero hay más, porque para los judíos
no sólo se trataba de un tormento espantoso, sino que además
era una maldición divina: "Maldito el que cuelga del madero" (Gál
3,13; Dt 21,23). Apartado de entre los vivos y de la comunión
con Dios, el que moría en la cruz sólo podía ser un blasfemo
indeseable, que merecía semejante reprobación y desprecio.
Esto era
la cruz en tiempos de Jesús. Y así la sufrió él, gritando en
el momento final: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?" (Mt 27,46; Mc 15,34). Y sin embargo, nosotros
hemos convertido la cruz en una reliquia santa y sagrada, la
hemos metido en los templos, la hemos colocado sobre los
altares y de esa manera le hemos quitado toda su fuerza
subversiva y revolucionaria. Es más, nosotros hemos hecho de
la cruz un objeto de honor y prestigio, la hemos puesto
coronando nuestras majestuosas catedrales, sobre el pecho de
los grandes de este mundo y hasta como condecoración de
dictadores y tiranos. De esta manera la cruz ha venido a
perder su significado original. De un instrumento de tortura y
reprobación hemos hecho un distintivo de honor, grandeza y
poder.
Por eso,
la cruz nos inspira respeto y veneración, pero ya no significa
para nosotros lo que de hecho fue para Jesús y para los
primeros cristianos. Para Jesús la cruz fue el destino de
muerte y fracaso al que le llevó su forma de entender la vida
y su comportamiento ante los grandes de este mundo. Para los
primeros cristianos la cruz fue un escándalo y una locura
(1Cor 1,18-25). Pero después, con el paso del tiempo, esa
misma cruz se ha convertido en el adorno más precioso que
remata la corona de los emperadores. He ahí el indicio más
patente de la perversión radical que ha sufrido el
cristianismo en la conciencia de muchas personas.
Pero
hay más. Porque no sólo hemos sacralizado la cruz. Además de
eso, la hemos manipulado en beneficio de los instalados y
poderosos. Como se ha dicho muy bien, pocos temas de la
teología han sido tan manipulados y tergiversados en su
interpretación como el de la cruz y la muerte de Jesús.
Especialmente, las clases opulentas y poderosas han utilizado
el símbolo de la cruz y el hecho de la muerte redentora de
Cristo para justificar la necesidad del sufrimiento y de la
muerte en el horizonte de la vida humana. Así, oímos decir,
piadosa y resignadamente, que cada uno debe cargar con sus
cruces de cada día, que lo importante es vivir con paciencia y
resignación y, lo que es más, que por la cruz llegamos a la
luz y reparamos la infinita majestad de Dios, ofendida por
nuestros pecados y los del mundo.
De esta
manera se ha desarrollado, dentro del cristianismo, una
mística de la cruz que, en definitiva, ha dado pie para
considerar a la religión como "opio del pueblo". No cabe duda
que esta falsa mística de la cruz ha hecho mucho daño en la
Iglesia. Se ha abusado mucho de la teología de la cruz y la
mística del sufrimiento por parte de la Iglesia en interés de
aquellos que han causado el sufrimiento. Con demasiada
frecuencia se exhortó a los campesinos, los indios y los
esclavos negros a aceptar el sufrimiento como "su cruz" y a no
rebelarse contra él. Por eso se comprende que Marx llegara a
decir : "La religión es el gemido de la criatura oprimida, el
corazón de un mundo sin corazón, así como el espíritu de una
situación carente de espíritu". Es la consecuencia inevitable
de una mística de la cruz radicalmente desorientada y
desorientadora.
Por eso
es necesario analizar con alguna detención el sentido y el
significado de la pasión y la muerte de Jesús. ¿Por qué
anunció Jesús su muerte y qué es lo que eso nos quiere decir?
¿Cuáles fueron los motivos por los que Jesús llegó a terminar
su vida como de hecho terminó? ¿Qué sentido tiene para los
cristianos la muerte de Jesús? He aquí las cuestiones que
vamos a tratar en el presente capítulo.
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