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LA RESURRECCIÓN
DE JESÚS
La
resurrección de Jesús es el hecho más importante de toda la historia
de la salvación. Es, por eso, el hecho central de esa historia.
Porque es el acontecimiento decisivo en la existencia de Jesús; y en
la vida y en la fe de los cristianos. Tan decisivo, que sin
resurrección, ni la existencia de Jesús tendría sentido, ni la fe de
los cristianos su más elemental consistencia.
¿Por qué digo estas cosas? Jesús se presentó como enviado de Dios
para anunciar la salvación de todos los hombres. Pero, en contra de
lo que se podía esperar de él (Lc 24,21), murió en una cruz,
abandonado por todos y con ese grito en la boca: "¡Dios mío, Dios
mío!, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,34). De esta manera, la
muerte de Jesús vino a enterrar todas las esperanzas que se habían
puesto en él. La fuga de los apóstoles (Mc 15,50), la decepción de
los discípulos de Emaús (Lc 24,21) y el miedo a los judío (Jn 20,19)
nos sugieren con claridad la sensación de fracaso que invadió a los
primeros creyentes.
Sin duda alguna, aquellos hombres se sintieron decepcionados, porque
pensaban que Jesús había fracasado totalmente. Esto indica
claramente que si no llega a acontecer la resurrección, el fracaso
de Jesús se habría confirmado plenamente. Y con el fracaso de Jesús
habría fracasado también su proyecto y el incipiente movimiento que
él originó. Como dice el apóstol Pablo, si Cristo no ha resucitado,
entonces nuestra predicación no tiene contenido, ni la fe de ustedes
tampoco (1Cor 15,14). Es más, si no hay resurrección, "somos los más
desgraciados de los hombres" (1Cor 15,19), porque habríamos puesto
nuestras esperanzas en un pobre fracasado, que terminó en la muerte
como todos los mortales y además de la peor manera.
Por consiguiente, es claro que el hecho de la resurrección es
decisivo para la causa de Jesús; y para la causa también de todos
los que hemos puesto nuestra fe y nuestras esperanzas en Jesús.
Hablar, por tanto, de la resurrección es hablar de la cuestión
decisiva para nosotros. Porque es la cuestión decisiva que afecta al
mismo Jesús. Pero resulta que la fe en la resurrección ha sido
discutida desde los tiempos de los apóstoles hasta nuestros días. La
certeza que la Iglesia tiene es un certeza de fe. Hay una constante
en los relatos sobre la resurrección: el sepulcro vacío y las
apariciones no son de tal naturaleza que excluyan la duda. Por eso
en los últimos años se ha levantado toda una polémica, tanto en la
teología protestante como en la católica, acerca del sentido, la
significación y hasta la certeza que podemos y debemos tener en
cuanto se refiere a la resurrección de Jesús. Por ello interesa
sumamente analizar los diversos argumentos y las cuestiones que se
han planteado acerca del hecho de la resurrección. Es lo que vamos a
hacer en este capítulo.

El hecho de
la resurrección
Un hecho incuestionable
Algunos días después de la muerte de Jesús resonó en Jerusalén una
noticia asombrosa: Dios ha resucitado al que fue crucificado (Hch
2,23; 3,15; 4,10; 10,39-40). Nadie había visto el hecho mismo de la
resurrección, pero la cosa se presentaba como incuestionable. Los
seguidores de Jesús afirmaban que está vivo, porque ellos lo habían
visto, se les había aparecido. En este sentido, llama la atención la
cantidad de testimonios que se acumulan todos en torno al mismo
hecho (Mc 16,1-8; Mt 28,1-10; Lc 24,1-12; Mt 28,16-20; Lc 24,36-50;
Jn 20,11-18.19-23.24-49; 21,1-23; 1Cor 15,3-8). Por otra parte, es
significativo que nadie pudo rebatir ese hecho. Y menos aún
demostrar su falsedad.
Es verdad que el relato de Mateo da a entender una cierta polémica
en torno al hecho: el sepulcro está vigilando por soldados (Mt
27,62-66), los cuales son sobornados por las autoridades judías,
para que propalen el rumor de que los discípulos de Jesús han robado
el cadáver (Mt 28,11-15). Además, la custodia oficial del sepulcro
debía durar tres días (Mt 27,63-64), y se puso un sello al mismo
sepulcro (Mt 27,65-66). Pero también es cierto que nada de esto pudo
impedir la constatación de que el sepulcro estaba vacío (Mt 28,15;
ver Jn 20,15). Y si las autoridades no denunciaron y castigaron el
presunto robo del cadáver, es que evidentemente reconocieron el
hecho incuestionable: allí había algo que humanamente no tenía
explicación.
Ahora bien, a partir de este hecho se plantea una pregunta
elemental: ¿En qué argumentos se basa la certeza de este hecho? Los
argumentos, como enseguida vamos a ver, son fundamentalmente dos: el
sepulcro vacío y las apariciones del resucitado. Pero antes de
entrar en esos argumentos debo hacer una observación importante. La
predicación de la Iglesia primitiva sobre la resurrección expresa
tal claridad y contundencia, que indica un hecho que se impuso a los
primeros creyentes con plena objetividad. En este sentido hay que
recordar las fórmulas de fe que aparecen en 1Cor 15,3-5 y en los
capítulos 2 al 5 de los Hechos de los Apóstoles. La estructura
formal de estas afirmaciones de la fe es siempre la misma: a) Cristo
murió, fue sepultado; b) fue resucitado (o Dios lo resucitó: Hch
2,4); c) según las Escrituras; d) se apareció a Pedro y después a
los doce ("y de eso nosotros somos testigos": Hch 2,32). Como se ha
dicho muy bien, las fórmulas de 1Cor 15 y de Hch 2,5 dejan entrever,
por su rígida formulación, que la resurrección no es un producto de
la fe de la comunidad primitiva, sino el testimonio de un impacto
que se les impuso.
El
sepulcro vacío
Se ha dicho muchas veces que el primer argumento para afirmar la
resurrección de Jesús es el hecho del sepulcro vacío. Sin embargo,
si nos fijamos más de cerca veremos enseguida que ningún evangelista
aporta, como prueba de la resurrección, el hecho del sepulcro vacío.
Porque este hecho, en vez de provocar la fe, causa miedo y espanto,
hasta el punto de que "las mujeres salieron huyendo del sepulcro" (Mc
16,8; Mt 28,8; Lc 24,4). Por su parte, María Magdalena interpreta
este hecho como robo del cuerpo del Señor (Jn 20,2.13.15). Y para
los discípulos la cosa no pasa de ser un chismorreo de mujeres (Lc
24,11.22-24.34).
Sin embargo, aquí conviene hacer dos observaciones. La primera es
que la repetida proclamación del sepulcro vacío no tendría sentido
si quienes hacían esa proclamación no tuviera la certeza de la
resurrección. Porque, en caso contrario, cualquiera podría haber
demostrado su falsedad, si es que el cuerpo estaba en alguna parte.
Por lo tanto, desde este punto de vista, las afirmaciones sobre el
sepulcro eran, en el fondo, afirmaciones de la fe en la
resurrección.
Por otra parte -ésta es la segunda observación-, parece que las
afirmaciones sobre el sepulcro vacío estaban asociadas con una
práctica, en la primitiva Iglesia, de peregrinación y culto al santo
sepulcro. Los cristianos recorrían los diversos lugares de Jerusalén
que les recordaban el viacrucis de Jesús. Como final de esta piadosa
peregrinación visitaban también el santo sepulcro. Su veneración
religiosa alcanzaría su punto culminante cuando, llegados al lugar,
el guía pronunciara estas palabras. "Y éste es el sitio donde lo
depositaron" (Mc 16,6).
Todo esto quiere decir que la tradición del sepulcro vacío expresa,
de manera indirecta, una fe sólida y profunda en la resurrección. De
todas maneras, hay que afirmar con toda claridad que la fe en la
resurrección no tuvo su origen en el descubrimiento del sepulcro
vacío ni en el testimonio de las mujeres, sino en las apariciones a
los apóstoles. De ahí la preocupación de Mc 16,7 en que las mujeres
vayan a Pedro y a los discípulos y les comuniquen el mensaje del
ángel. Sin duda alguna, el argumento decisivo, para afirmar la
resurrección de Jesús, es el hecho de las apariciones a los
discípulos. Lo del sepulcro vacío no pasa de ser un signo de una fe
previa en el hecho de la resurrección.

Las apariciones a los discípulos
El argumento definitivo para afirmar la resurrección de Jesús se
basa en las apariciones del mismo Jesús a su comunidad de
discípulos. Como ya he indicado antes, las fórmulas más antiguas
sobre las apariciones (1Cor 15,5; Hch 2,32; 3,15; 4,10; 5,32)
indican, por su formulación estricta y desapasionada, que estas
apariciones no fueron visiones subjetivas, sino hechos objetivos,
que se podían afirmar con toda seguridad.
¿Cuántas fueron las apariciones? Resulta muy difícil responder a
esta pregunta. Porque los datos que poseemos son inevitablemente
fragmentarios e incompletos. Pablo nos da cuenta de cinco
apariciones del Señor vivo (1Cor 15,3-8). Marcos no conoce ninguna
aparición (Mc 16,1-8), aunque indica que Jesús se dejará ver en
Galilea (Mc 16,7). Mateo conoce una sola aparición a los once (Mt
28,16-20). Lucas refiere dos apariciones (Lc 24,13-53). Juan relata
tres manifestaciones del Señor (Jn 20,11-18.19-23.24.29), a lo que
hay que añadir la aparición en Galilea de Jn 21. Pero a esta lista
hay que sumar otras apariciones, como, por ejemplo, la que tuvo
Esteban mientras era martirizado (Hch 7,56). Si a esto unimos la
aparición a Pablo (Hch 9,4-6; ver 1Cor 15,8), se puede decir con
seguridad que las apariciones de Jesús a los suyos duraron varios
años.
En cuanto al modo, las apariciones son descritas como una presencia
real y hasta carnal de Jesús. Come, camina con los suyos, se deja
tocar, dialoga con ellos. Su presencia es tan real que puede ser
confundido con un caminante (Lc 24,14-46), un jardinero (Jn 20,15) o
un pescador (Jn 21,4-6). El hecho es que los discípulos que lo
vieron tenían la seguridad de que no era un "espíritu" (Lc 24,39) ni
un "ángel" (Hch 23,8-9). El que murió y fue sepultado era el mismo
que resucitó (1Cor 15,3-5). De ahí la preocupación por acentuar el
hecho de las llagas (Lc 24,39; Jn 20,20.25-29), de que él comió y
bebió con sus discípulos (Hch 10,41) o de que comió delante de ellos
(Lc 24,42).
Por lo demás, en los relatos de las apariciones se nota una
evolución: de una representación más espiritualizante como es la de
1Cor 15,5-8; Hch 3,15; 9,3; 26,16; Gál 1,15; Mt 28, se pasa a una
materialización cada vez más marcada, como ocurre en los relatos de
Lucas y Juan; y mucho más en los evangelios apócrifos de Pedro y los
Hebreos.
Como conclusión de los relatos de apariciones se puede decir que
tales relatos constituyen una base sólida de la fe en la
resurrección. Efectivamente, Jesús fue visto por los suyos, que
convivieron con él y aseguraron con toda firmeza el hecho de la
resurrección como incuestionable y seguro.

Cuándo tendrá lugar la resurrección
Según la concepción de la teología tradicional, la resurrección
tendrá lugar al final de los tiempos, cuando venga el fin del mundo
y se consume la historia. Esta concepción tiene su fundamento en
tres afirmaciones básicas: a) la muerte no es total: afecta sólo al
cuerpo del hombre; b) la resurrección tampoco es total: afecta
solamente al cuerpo; c) el hombre es fundamentalmente un compuesto
de dos sustancias incompletas, cuerpo y alma.
Ahora bien, esta concepción no tiene su fundamento en la Biblia,
sino en la filosofía griega, concretamente en el pensamiento
platónico. Porque, como ya he dicho, según el pensamiento bíblico,
el hombre entraña esencialmente corporalidad. Por lo tanto, la idea
de un hombre sin cuerpo es completamente ajena a la revelación
bíblica. ¿Qué quiere decir esto en consecuencia? Quiere decir que la
idea de un hombre gozando de Dios en el cielo, pero sin cuerpo
(aunque sólo sea por algún tiempo, hasta el fin del mundo), es una
idea que tiene su fundamento más en la filosofía platónica que en la
revelación bíblica. O, mejor dicho, tiene su fundamento simplemente
en la filosofía platónica, pero no en la revelación de la Biblia.
Entonces, ¿qué nos dice la Biblia sobre este asunto? Según el
pensamiento de San Pablo, el bautismo nos hace participar de la
muerte y la resurrección de Cristo (Rom 6,1-11; Col 2,12). Esta
participación en la resurrección se presenta como un acontecimiento
futuro, en los primeros escritos de Pablo (1Tes 4,15-17; Rom 6,5).
Pero en los escritos posteriores se llega a presentar como un
acontecimiento ya realizado (Col 2,12; Ef 2,6). Por consiguiente,
según el pensamiento de Pablo, la resurrección (que implica también
corporalidad) se ha realizado ya. Lo que llamamos la muerte es el
paso a la resurrección definitiva. En consecuencia, se puede decir,
con todo derecho, que la resurrección acontece en el mismo momento
de la muerte.
Esta idea está aún más clara en la enseñanza del evangelio de Juan.
Es verdad que en ese evangelio se afirma la resurrección para el
último día, como creían los judíos (Jn 6,39-40.44.54.11,24). Pero
también es cierto que quien cree en Jesús tiene ya la vida eterna (Jn
5,24; 6,40.47), ha pasado de la muerte a la vida y ya no muere más (Jn
5,24-25; 11,26). De ahí la lapidaria afirmación de Jesús: "Quien
haga caso de mi mensaje no sabrá nunca lo que es morir" (Jn 8,51).

Por lo tanto, lo que llamamos la muerte no es propiamente una
muerte, sino una transformación o, mejor dicho, una resurrección.
Por eso el cadáver no es ya el cuerpo de la persona. Es la materia,
el último despojo que queda de lo que fue esa persona en su
condición carnal. Téngase en cuenta que la materialidad biológica no
es lo mismo que la corporalidad. Nuestro cuerpo renueva casi todas
las células cada siete años, o sea, cambia su realidad biológica.
Pero sigue siendo el mismo cuerpo. Por eso cabe hacer la distinción,
que hemos hecho, entre materialidad y corporalidad.
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La victoria
sobre la muerte

Nuevo
horizonte para la vida
El mensaje del Nuevo Testamento sobre la resurrección se refiere no
sólo a Jesús, sino también a los cristianos. Ese mensaje nos viene a
decir lo siguiente: si Jesús ha triunfado sobre la muerte, también
nosotros los cristianos tenemos resuelto el problema de la muerte.
Porque el destino de Jesús es también nuestro destino y por eso, si
Jesús ha vencido a la muerte, nosotros también la hemos vencido. La
muerte ya no debe ser objeto de miedo, porque es simplemente un
paso, cuestión de un instante, ya que enseguida tenemos la vida que
no se acaba.

La afirmación más clara, en este sentido, es del apóstol Pablo: "Si
de Cristo se predica que resucitó de la muerte, ¿cómo dicen algunos
que los muertos no resucitan? Si los muertos no resucitan, tampoco
Cristo ha resucitado; y si Cristo no ha resucitado, entonces lo que
predicamos no tiene sentido ni la fe de ustedes tampoco (1Cor
15,12-14). Por consiguiente, la gran novedad, el nuevo horizonte
para la vida está en que si Cristo resucitó, también nosotros hemos
de resucitar. Porque "todos somos vivificados en él" (1Cor 15,20-22;
Rom 8,29; Col 1,18). La resurrección de Jesús no fue un hecho
aislado, sino que afecta a toda la humanidad, porque él es el nuevo
Adán (Rom 5,14). De ahí la constante afirmación del Nuevo Testamento
según la cual si Cristo ha resucitado, nosotros también
resucitaremos (Rom 8,11; 1Cor 6,14; 15,12-17.20,32,42-44.52; 2Cor
1,9; 4,14; Ef 2,6; Col 2,12; 3,1; ver Rom 6,5; Ef 5,14; Flp 3,10-11;
1Tes 4,14).

Como se ve, la documentación del Nuevo Testamento, en este sentido,
es extraordinariamente abundante. Lo cual quiere decir que se trata
de una de las grandes convicciones del Nuevo Testamento. Por
consiguiente, la fe en la resurrección es una parte absolutamente
esencial de la fe cristiana. En consecuencia, para el hombre de fe
la muerte no es ya un problema. La muerte es simplemente el paso a
la resurrección.

El problema concreto que aquí se plantea es que esta certeza de la
resurrección solamente la poseemos en la fe. Y la fe es
esencialmente oscura, es decir, no se basa en la evidencia, ni de
ella podemos tener nunca evidencia alguna. Más bien hay que decir
que la evidencia que se nos impone es la evidencia de la muerte con
todo su poder destructor. Por eso la muerte será siempre un problema
para el creyente, el problema decisivo de la vida. Un problema que
sólo puede ser superado a través de la oscuridad de la fe, entre
tanteos, dudas e inseguridades. De todas maneras, el testimonio de
la fe es cierto. Y eso quiere decir que en la medida en que la fe
sea fuerte, en esa misma medida la certeza del creyente será capaz
de superar las dificultades y evidencias contrarias a la
resurrección.
Cómo
será la resurrección
El apóstol Pablo se hace esta pregunta: "¿Y cómo resucitan los
muertos?, ¿qué clase de cuerpo traerán?" (1Cor 15,44). Y da la
siguiente respuesta: "Se resucita con un cuerpo espiritual". Ahora
bien, ¿qué quiere decir eso del "cuerpo espiritual"?
En la teología de San Pablo, "cuerpo" designa al hombre entero,
interior y exterior, cuerpo y alma (2Cor 4,16; Rom 7,22-23; 1Cor
9,27; 13,13; Flp 1,20). Por su parte, la "carne" designa lo débil,
mortal, transitorio, lo propio humano con sus limitaciones (1Cor
5,5; 7,28; 2Cor 10,3; 11,18; Flp 3,3-4); por eso expresa también la
debilidad moral, el estrato del ser donde arraiga el pecado (Rom
7,25) y, en definitiva, la situación humana rebelde contra Dios (Rom
2,28-29). Finalmente, "espíritu" se opone, no a cuerpo, sino a
carne: "Las tendencias de la carne son la muerte, pero las del
espíritu son vida y paz" (Rom 8,6).

Todo esto quiere decir que el hombre, según el pensamiento bíblico,
no se compone de cuerpo y alma, como dos realidades separables. El
hombre entraña esencialmente corporalidad. Por tanto, la verdadera
liberación del hombre no está en el abandono del cuerpo, sino en la
orientación total de toda la persona hacia Dios. Por consiguiente,
con la expresión "cuerpo espiritual" Pablo quiere decir que, por la
resurrección, el hombre entero queda radicalmente lleno de la
realidad divina y así es liberado de todas sus alienaciones y
limitaciones, como la debilidad, el dolor, la incapacidad de amar y
comunicarse, el pecado y la muerte.

En consecuencia, el hombre resucita, no a la vida biológica, sino a
la vida eterna, ya nunca amenazada por la muerte, ni aun siquiera
por cualquier tipo de limitación. Esta certeza acaba con el carácter
dramático de la muerte. La muerte no es la última palabra sobre el
destino humano. La última palabra sobre el destino del hombre es la
vida. Y por cierto, la vida sin ningún tipo de limitación.
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