Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                            TEXTO. José Mª Castillo  sj


   
VOLVER

El origen de nuestra fe en Jesucristo

El origen de nuestra fe en Jesucristo se encuentra en los escritos del Nuevo Testamento. Más concretamente, en las abundantes confesiones de fe que aparecen en los varios autores y tradiciones del Nuevo Testamento. En efecto, leyendo los escritos del Nuevo Testamento, se encuentran con frecuencia afirmaciones fundamentales de la fe cristiana, afirmaciones que se refieren a Jesucristo, y que de forma condensada y breve nos presentan el núcleo central y esencial de la fe. Estas confesiones de fe se pueden dividir en dos grandes bloques: por una parte están las confesiones que afirman que Jesús es el exaltado a la gloria; por otra parte están las confesiones que representan determinados desarrollos de las anteriores confesiones de fe. En el primer bloque hay hasta 50 confesiones de fe; en el segundo bloque se encuentran 20 afirmaciones de la misma fe. Se trata, pues, de material abundante, que en su conjunto expresa un hecho incuestionable, a saber: la fe en Jesús como Dios y como hombre es el constitutivo central y esencial de la fe cristiana.

Pero todavía sobre estas confesiones de fe hay que hacer algunas indicaciones importantes.

En primer lugar, se trata de frases predicativas, en las que se afirman de Jesús tres predicados: Jesús es el Señor (Hch 2,36; Rom 4,24; 10,9; 1Cor 6,14; 8,6; 12,3; Ef 4,5; Flp 2,11; Heb 13,20), Jesús es el Mesías (Mt 16,16.20; Mc 1,1; Jn 7,41; 9,22; 11,27; 20,31; Hch 2,36; 4,10; 5,42; 9,22; Rom 8,11.34; Gál 1,1; Ef 1,20; Flp 1,11; 1Tim 2,5; 2Tim 2,8; 1Jn 2,22; 3,23; 4,2; 5,1; 2Jn 7), Jesús es el Hijo de Dios (Mt 16,16; Mc 1,1; 3,11; 15,39; Lc 4,41; Jn 1,49; 10,36; 11,27; 20,31; Hch 9,20; 13,33; Rom 6,4; 1Tes 1,10; 1Jn 2,23; 3,23; 4,15; 5,5).

En segundo lugar, esos tres títulos se refieren a Jesús. Lo cual quiere decir lo siguiente: había y hay ideas falsas sobre mesianismo, sobre señorío y sobre filiación divina. Pues bien, para corregir tales ideas falsas hay que remitirse a Jesús, es decir, el conocimiento de Jesús de Nazaret es el criterio para la fe. Esto tiene una importancia decisiva para lo que vamos a decir más adelante.

En tercer lugar, esos tres títulos conectan con la resurrección de Jesús, es decir, Jesús es el Señor, es el Mesías y es el Hijo de Dios por su exaltación en la resurrección. Y éste es el sentido más original y primitivo de la fe. De tal manera que esos tres títulos, en su estadio más original y primitivo, se refieren al resucitado.

Esta mención del resucitado se hace especialmente en las confesiones del segundo bloque, es decir, en las que representan determinados desarrollos de las anteriores confesiones de fe (Jn 3,16-17; Rom 1,3-4; 4,25; 6,5; 8,3,34; 14,9; 1Cor 15,3-5; 2Cor 5,15; Gál 4,4; Flp 2,6-11; Col 1,15-20; 1Tim 3,16; 2Tim 2,8; Heb 1,3; 1Pe 1,20; 3,18; 1Jn 4,9). Sólo más tarde, en un estadio posterior de la fe cristiana, se aplican esos títulos al Jesús terreno, es decir, a Jesús en su vida antes de la muerte y resurrección (por ejemplo: Mt 16,16.20; Mc 1,1; 3,11; Lc 4,41, etc.). Por último, en algunas confesiones de fe, que habría que situar más bien en el segundo bloque, aparecen afirmaciones que conectan con la encarnación y en ellas se dice que Jesús, el que se encarnó y se hizo hombre, es preexistente a su encarnación misma (por ejemplo, Gál 4,4; Rom 8,3; Jn 3,13; 5,23.37; 6,38.44; 7,28.33; 8,42; 16,27 y también Flp 2,6-7).

Por consiguiente, el origen de nuestra fe en Jesús como Dios y como hombre está en las abundantes confesiones de fe que nos presenta el Nuevo Testamento. Pero aquí se vuelve a plantear la segunda pregunta que ya he formulado antes: ¿Cómo debemos entender esa afirmación esencial de la fe?

 

NUESTRA FE EN JESUCRISTO

 Este capítulo nos enfrenta al problema central de nuestra fe: la fe en Jesucristo como verdadero Dios y como verdadero hombre. Los cristianos afirmamos esta fe con una cierta connaturalidad: es algo que se nos ha dado, se nos ha transmitido; y algo también que nosotros repetimos como la cosa más natural del mundo. Es más, con frecuencia afirmamos esa fe como algo absolutamente intocable, es decir, como algo en lo que ni aun siquiera debemos pensar demasiado, para no inquietarnos o para no incurrir en posibles desviaciones que nos apartarían de la verdadera fe. Ahora bien, al proceder de esta manera corremos un doble peligro: primero, el peligro de ignorar cuál es el verdadero origen de esa fe; segundo, el peligro de no comprender el verdadero sentido y las consecuencias que entraña esa fe. Todo esto, en la medida en que se da así, representa un desconocimiento de quién es Jesús para nosotros. Y sobre todo, de quién y cómo es el Dios en el que creemos.

Por eso, aun a riesgo de inquietar a algunas personas, voy a intentar responder, en este capítulo, a dos preguntas esenciales. Primera pregunta: ¿Cuál es el origen de nuestra fe en Jesucristo como verdadero Dios y como verdadero hombre? Segunda pregunta: ¿Cómo podemos entender esa afirmación esencial de la fe? Pero antes debemos tomar conciencia del problema que todo esto representa. Por lo tanto, voy a dividir este capítulo en tres partes: en la primera presentaré brevemente el problema que representa la Cristología para nosotros; en la segunda expondré cuál es y dónde está el origen de nuestra fe en Jesucristo; en la tercera, por fin, quiero explicar cómo podemos entender esa afirmación esencial de nuestra fe.

  El problema

La doctrina oficial de la Iglesia católica sobre Jesucristo se basa en una afirmación esencial: Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Esta afirmación tiene su fundamento en numerosos datos del Nuevo Testamento y en la definición del concilio de Calcedonia (año 451). Tanto en esos datos como en esa definición aparece, por una parte, que Jesús de Nazaret fue un hombre de verdad; pero, por otra parte, aparece también que Jesús, el Cristo, fue verdadero Hijo de Dios y, por eso, Dios como el Padre del cielo.

Más concretamente, según la definición de Calcedonia, Jesucristo, Logos (Verbo, Palabra) de Dios hecho hombre, es una persona en dos naturalezas, que se dan en esa persona de manera inconfusa, inmutable, indivisa e inseparable. Es decir, en Jesucristo existe una sola persona y dos naturalezas, la naturaleza humana (propia del hombre) y la naturaleza divina (propia de Dios). En esto consiste, dicho en pocas palabras, el dogma central de nuestra Cristología.

Pero es claro que esta doctrina, a poco que se piense en ella, entraña una dificultad enorme: ¿Cómo es posible que un mismo ser personal sea, a un tiempo y esencialmente, verdadero Dios y verdadero hombre? Esta dificultad es, ante todo, teórica, porque lógicamente resulta muy difícil conciliar en la unidad de un ser personal dos realidades tan infinitamente distintas y distantes como son Dios y el hombre. Pero además es una dificultad práctica, porque ¿cómo puede ser modelo para el hombre otro hombre que tiene la sabiduría de Dios, la impecabilidad de Dios, la seguridad de Dios y el poder de Dios? Un hombre así sería objeto de admiración, pero no de imitación. Y, sin embargo, los cristianos sabemos que en Jesucristo tenemos el modelo perfecto al que debemos seguir (Mt 8,22; 9,9 par; Mc 2,14; Lc 5,27; Mt 19,21 par; Mc 10,21; Lc 18,22; Jn 1,43; 21,19) y hasta incluso imitar (1Cor 11,1; 1Tes 1,6). ¿Cómo se resuelve esta dificultad?

En este capítulo se trata de responder a esta cuestión. Pero antes debo hacer mención de algo que me parece importante. La dificultad (teórica y práctica) que acabo de indicar ha desencadenado dos corrientes de pensamiento: Por una parte, la corriente de los que han acentuado la divinidad, con el consiguiente detrimento de la humanidad, por ejemplo los docetas y, sobre todo, el monofisismo (Cristo es Dios con apariencia de hombre). Por otra parte, la corriente de pensamiento de los que han puesto el acento en la humanidad, con el consiguiente detrimento de la divinidad, por ejemplo, el adopcionismo (Cristo fue un hombre adoptado por Dios, pero no era Dios).

Estas dos corrientes se dan en nuestros días entre los católicos. No en forma de doctrinas teóricas, sino más bien bajo la forma de comportamientos determinantes de la vida cristiana en su totalidad. Y así tenemos, de una parte, los que podemos llamar el monofisismo práctico y, de otra parte, lo que podemos llamar el cristianismo ateo. Voy a explicar brevemente lo que significa todo esto.

El monofisismo como doctrina teológica fue condenado en el concilio de Calcedonia. Pero como tentación práctica ha pervivido y pervive en muchos cristianos. Por la sencilla razón de que son muchos los sacerdotes y los fieles que hablan de tal manera de Cristo, que tienen muy buen cuidado en no decir nada que atente contra la divinidad, pero resulta que, al mismo tiempo, se dicen cosas que son difícilmente conciliables con lo que es la condición humana, la condición de un hombre como los demás. Lo cual es perfectamente comprensible. Porque, según la definición de Calcedonia, en Cristo hay una sola persona, que los teólogos han interpretado como la persona divina. Ahora bien, esto les puede hacer pensar a algunas personas en dos cosas: 1) que Cristo fue Dios antes que hombre (de ahí las fórmulas del Nuevo Testamento que hablan de la preexistencia del sujeto que actúa en Cristo); 2) que Cristo fue más Dios que hombre, ya que en Cristo no hay persona humana (como la hay en todos lo hombres), mientras que sí hay persona divina (cosa que no se da en ningún hombre).

Por supuesto, esta manera de hablar comporta una mala inteligencia del dogma de Calcedonia. Pero el hecho es que en la mentalidad de muchos cristianos se infiltra de algún modo esta manera de pensar. Además, si tenemos en cuenta que, en definitiva, Dios es Dios y el hombre es el hombre, es decir, Dios es infinitamente superior al hombre, no nos debe extrañar que, en el caso singular de Cristo, la divinidad predomine sobre la humanidad y finalmente termine por absorberla.

Ahora bien, desde el momento en que muchos cristianos conciben así a Cristo (de una manera más o menos confusa), se comprende fácilmente que toda la inteligencia del cristianismo se vea orientada en la línea de una profunda divinización, con detrimento de lo humano: interesan más los derechos de Dios que los derechos del hombre, preocupa más la religión que la justicia, se insiste más en el poder y la gloria que en la solidaridad y el compromiso, se pone más el acento en salvaguardar dogmas que en liberar personas, y así sucesivamente.

El talante de la predicación y de la pastoral se ven con frecuencia profundamente marcados por esta manera fundamental de ver a Cristo. Y de ahí toda una Eclesiología que se preocupa mucho por Dios y por la eterna salvación de las almas, pero que se desentiende, quizás escandalosamente, de los asuntos de este mundo, bajo el pretexto de que su misión es pura continuación de la de su divino redentor. Los movimientos sociales del siglo pasado nos han enseñado que debajo de todo ese modo de pensar se oculta la ideología de las clases dominantes y el "opio del pueblo". Pero el hecho es que así ha sucedido. Y así sigue sucediendo en no pocos casos. Las preocupaciones de ortodoxia y de cultualismo que caracterizan a bastantes clérigos tienen también su fundamento en esa manera de entender a Cristo y de leer su evangelio.

La reacción opuesta al monofisismo práctico es lo que podemos llamar la corriente de pensamiento que caracteriza al cristianismo ateo. Se trata de la manera de pensar que en Cristo ve a un hombre ejemplar, pero nada más que eso. En unos casos en forma de doctrina sistemáticamente formulada (esto es lo menos frecuente); en otros casos en forma de comportamientos concretos, que tienden a presentar a Cristo más como un revolucionario socio-político y menos como el hijo de Dios del que nos hablan los autores del Nuevo Testamento.

Por poner un ejemplo concreto en este estudio, en la novela de Pasternak el Doctor Zivago se lee lo siguientes: "He dicho que hay que ser fiel a Cristo. Voy a explicar esto enseguida. Usted no comprende que se puede ser ateo, que se puede ignorar si existe Dios o para qué sirve, y sin embargo saber que el hombre vive, no en la naturaleza, sino en la historia, y que la historia tal como se la entiende hoy ha sido instituida por Cristo, y que el evangelio es su fundamento". Seguramente muchos cristianos no llegan a hacer semejante afirmación. Pero no cabe duda de que son muchos los que se sienten fuertemente atraídos por los presupuestos que subyacen al planteamiento de Pasternak: "Primero el amor al prójimo, esa forma evolucionada de la energía vital, que llena el corazón del hombre, que exige una apertura y una donación; después, los principales elementos constitutivos del hombre moderno, esos elementos sin los cuales no se le conoce ya, a saber: la idea de la persona libre y la idea de la vida como servicio".

No cabe duda de que actualmente hay mucha gente, sobre todo entre las generaciones jóvenes, que vive intensamente estos presupuestos. Por otra parte, parece bastante claro que si hay tanta gente que vive estas cosas de esta manera, eso quiere decir que para esas personas la idea de Dios entra en conflicto con la idea del hombre, los intereses de Dios con los intereses del hombre. Además, no olvidemos que muchos ciudadanos de nuestro tiempo tienen la impresión de que la idea de Dios responde a la ideología de las clases dominantes, lo que agrava la dificultad. Por eso se comprende el atractivo que ejerce la figura de Jesús sobre muchas personas, sobre todo entre los jóvenes, mientras que todo lo que se refiere a Dios (la religión, el culto, la Iglesia) se va quedando como cosas marginadas que interesan menos o incluso, a veces, nada. Por lo demás, aquí también se puede decir que esta forma fundamental de entender el evangelio inspira a muchos sacerdotes y militantes cristianos en lo que dicen y en lo que hacen.

 

Para entender la afirmación de la fe

Seguramente la Cristología es la rama de la teología que más ha progresado en los últimos veinte años. Prueba de ello es la abundante producción teológica que circula sobre este asunto. Por supuesto, no se trata aquí de hacer una exposición de todas las orientaciones que de hecho se dan en este importante ámbito del saber teológico. Se trata, más bien, de ir directamente al centro de la cuestión, para ver, en la medida de lo posible, cuáles son las corrientes fundamentales. Ahora bien, desde este punto de vista se puede afirmar que existen dos corrientes contrapuestas, que marcan las dos orientaciones clave de la Cristología. Se trata de la Cristología descendente o "desde arriba", por una parte, y de la Cristología ascendente o "desde abajo", por otra parte.

La Cristología descendente parte de Dios, es decir, es una Cristología que parte "desde arriba". Dios desciende al mundo y se hace hombre, es decir, asume una naturaleza humana, mediante el misterio que se llama de la "unión hipostática". En consecuencia, el momento clave de esta Cristología es la encarnación, de tal manera que el resto de la vida de Jesús no añade nada esencial a su ser y a su obra. De donde se deduce lógicamente que la Cristología (doctrina sobre Cristo) y la Soteriología (doctrina sobre la salvación) están desvinculadas y hasta pueden estar perfectamente separadas. Como se comprende fácilmente, esta Cristología es la tradicional. Y como tal, da perfectamente cuenta del misterio de la divinidad de Cristo y de los textos que en el Nuevo Testamento hablan de la preexistencia del Logos (el Verbo, el Hijo de Dios).

Pero esta Cristología tiene el peligro evidente de ser interpretada en categorías míticas y monofisitas. Y sobre todo, tiene el inconveniente de que no da suficiente explicación de las fórmulas del Nuevo Testamento en las que se dice que Jesús fue hecho Señor y Mesías (Hch 2,36; ver 10,36; Rom 14,9; Flp 2,11) precisamente por su vida de obediencia al Padre y concretamente por su muerte y resurrección. Es más, esta Cristología tampoco da cuenta de las abundantes confesiones de fe, en las que, como ya hemos visto, se dice que Jesús fue constituido Señor, Mesías e Hijo de Dios exactamente por su muerte y resurrección.

Por el contrario, la Cristología ascendente parte del hombre, es decir, se trata de una Cristología que parte "desde abajo"'. Según esta manera de enfocar las cosas, Jesús fue un hombre singular y único (en el sentido de irrepetible), que vivió la existencia amenazada e insegura de todo hombre, que se comprometió en la más radical obediencia a Dios para liberar al hombre, puesto que para eso había sido elegido por Dios, y después de realizar exactamente el plan trazado por Dios fue resucitado y constituido Señor.

En este planteamiento están necesariamente vinculadas la Cristología y la Soteriología, ya que la una no se puede comprender sin la otra. Además, esta manera de ver las cosas tiene la ventaja de que salva a la Cristología de todo peligro de monofisismo o de infiltraciones míticas, de la manera que sea. En esta Cristología aparece claro que Cristo fue un hombre enteramente igual a los demás hombres, menos en el pecado (Heb 4,15; ver Flp 2,7-8) . Por otra parte, en esta Cristología se explican sin dificultad toda una serie de cosas que los evangelios nos cuentan de Jesús: que aprendía (Lc 2,40.50), que se extrañaba y se sorprendía (Mt 8,10; Lc 7,9; Mc 6,6), que no sabía ciertas cosas (Mc 13,32), que tenía tentaciones (Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13; 22,28), que sufrió el miedo ante la muerte y el fracaso (Mt 26,38; Mc 14,34; Lc 22,43-45; Heb 5,7). En definitiva, Jesús aparece de esta manera como alguien a quien se puede seguir y a quien se puede imitar. Igualmente en esta interpretación Jesús aparece como un ciudadano que se da cuenta de la verdadera situación de su pueblo, y se compromete hasta el fondo para liberar a los hombres de sus múltiples cadenas y esclavitudes (morales, religiosas, humanas) por obediencia al Padre del cielo, que es el Dios liberador que se había revelado en el Antiguo Testamento.

Pero esta Cristología tiene el inconveniente de que, al menos en principio, no explica suficientemente toda una serie de afirmaciones del Nuevo Testamento en las que se habla de la preexistencia de Cristo y de la conciencia de su propia divinidad que tenía Jesús, tal como de ello se habla especialmente en el cuarto evangelio. De ello ya hemos tratado y volveremos a hacerlo más adelante.

En consecuencia, nos encontramos con el hecho siguiente: en el Nuevo Testamento aparecen claramente delineados dos cristologías, que hemos designado como Cristología descendente y Cristología ascendente. Cada una de ellas tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como he explicado hace un momento. En cuanto a las ventajas, no hay que olvidar que cada una de ellas cuenta con una serie de textos del Nuevo Testamento que la apoyan sólidamente. Y en cuanto a los inconvenientes, simplificando mucho la cuestión, se podría decir que mientras la Cristología descendente tiene el peligro de incurrir en el monofisismo práctico, la Cristología ascendente corre el riesgo de caer en el cristianismo ateo. Por lo demás, en todo este asunto es importante tener siempre en cuenta que cada una de estas cristologías desencadena una determinada forma de leer el evangelio: una forma más sobrenaturalista y espiritualista, en el caso de la Cristología descendente; y una forma más encarnada y, si se quiere, más comprometida con la realidad humana, en el caso de la Cristología ascendente. Y es que, en definitiva, se trata de dos formas fundamentales, y de alguna manera contrapuestas, de entender el mensaje de Jesús, la fe en ese mensaje y la vida cristiana en general.