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Jesús desenmascara las falsas divinidades | ||
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Todo
hombre o mujer de buena voluntad busca el rostro del verdadero Dios, el Dios
viviente, que da vida. Pero la tarea no es fácil. Se trata de saber
distinguir entre el Dios verdadero y los falsos dioses, en cuyo nombre
multitud de idólatras dan muerte al hombre. Este es el problema que todos
enfrentamos: ¿cuál es el Dios de Jesús, Dios de vida?; ¿cuáles son las
falsas divinidades, en cuyo nombre se da muerte? Jesús no solamente predicó
al Dios verdadero. También combatió y desenmascaró toda imagen falsa de
Dios. Quizás nosotros muchas veces nos fijamos sólo en la primera parte,
sin prestar atención a la segunda. Con lo que corremos el riesgo de
intentar apoyarnos también nosotros en falsas divinidades. Al Dios
verdadero se le conoce también por contraste con las falsas divinidades. El
Dios en el que creyó Jesús era muy distinto al Dios de la religión
oficial de su tiempo. La experiencia de Dios que tuvo Jesús hacía saltar
los esquemas religiosos de su época, los tabúes, las normas legales y los
grupos sociales. Su revelación de Dios fue un escándalo tan grande para
muchos de sus contemporáneos, que le llevó a la muerte; ellos creían que
Jesús hablaba ignominiosamente de su Dios. Más
tarde, los primeros seguidores de Jesús no tendrían inconveniente en que
se les llamase "ateos", porque verdaderamente ellos no creían en
los dioses de la religión oficial. También en nuestros días el seguidor
de Jesús sufre un choque cuando descubre la cercanía, la fuerza, la
"debilidad", la libertad y la comprensión del Dios de Jesús,
frente a la intransigencia, la lejanía, la severidad y el castigo del Dios
de las religiones. Jesús
no habla de un nuevo Dios, sino del mismo Dios de Israel, pero entendido de
forma nueva. Su modo de concebir a Dios y las relaciones del hombre con Dios
son bien diferentes a las creencias judías de la época. El Dios que
predica Jesús es distinto y mayor que el de los fariseos. Según Jesús el
templo no es ya lugar privilegiado para encontrar a Dios; a Dios se le
encuentra en los hombres, y más concretamente, en los pobres, en los
despreciados y marginados, en los pecadores. Ellos son los auténticos
mediadores para llegarnos a Dios. Acercándose al pobre se descubre el
misterio de Dios. El
Dios de Jesús suprime mediante el amor, es decir, mediante el perdón, el
servicio y la renuncia, las fronteras naturales entre compañeros y no compañeros,
lejanos y próximos, hombres y mujeres, amigos y enemigos, buenos y malos. El
Dios de Jesús se pone de parte de los débiles, los enfermos, los no
privilegiados, los oprimidos. No es el Dios de los observantes, sino de los
pecadores; no es el Dios de los piadosos, sino el Dios de los alejados de
Dios. ¡Verdaderamente
Jesús revolucionó el concepto de Dios de una manera inaudita! Lo hemos
sopesado ya a lo largo de los capítulos anteriores. Por
eso no es de extrañar su muerte violenta. Jesús murió por ser testigo
fiel del verdadero Dios, en una situación en que los hombres no querían a
ese Dios, sino a otro. La
condena de Jesús muestra que se entendió bien la alternativa que él
presentaba: el Dios de la religión oficial, o el "Padre nuestro";
el templo o el hermano. La cruz de Jesús no es algo sucedido sin motivo,
sino el último intento de justificarse los hombres. Quienes mataron a Jesús
fueron los amantes de otro tipo de dioses, contrarios al Dios de Jesús. Aquí
está el punto central del conflicto. Jesús,
su Dios y su Reino, son signos de contradicción. En nombre de Dios, Padre
bueno de todos, Jesús pide a cada uno salir de los suyos, de sus
seguridades, de su "religión", para acercarse a los despreciados
de la sociedad. Y este proceso es en sí sumamente conflictivo, pues muchos
no están dispuestos a aceptarlo. Por ello Jesús se convierte en centro de
polémica: mientras unos ven en él a un hombre de bien, otros dicen que
engaña al pueblo (Jn 7,12-13); unos lo miran como enviado de Dios, mientras
otros juzgan que está loco y poseído del demonio (Jn 10,19-21). Ya había
dicho de él el viejo Simeón: "Mira: éste está puesto para que
todos en Israel caigan o se levanten; será una bandera discutida... Así
los hombres mostrarán claramente lo que sienten en sus corazones"
(Lc 2,34-35). Ante
Jesús no se puede ser neutral; hay que decidirse. El provoca división (Lc
12,51-53). "El que no está conmigo, está contra mí" (Mt
12,30). Por eso unos están pendientes de sus labios y otros buscan cómo
quitarlo de en medio. La actitud que cada uno toma ante Jesús se convierte
en su propio juicio. Para unos Jesús es la "piedra viva"
(1 Pe 2,4), "la piedra angular" (Ef 2,20), sobre la que
construir su vida; para otros es "piedra de obstáculo" (Rm
9,33), sobre la que "se estrellarán... y se harán pedazos"
(Lc 20,18). Jesús es "señal de contradicción" desde el
pesebre a la cruz. Ciertamente,
cuando leemos los Evangelios liberados de la imagen prefabricada del "dulce
Jesús de Nazaret", nos encontramos a cada paso con un conflicto
consciente y voluntario entre grupos perfectamente determinados, conflicto
que, lejos de disminuir, lleva al asesinato jurídico de Jesús. La
división radical que produce el mero anuncio de la proximidad del Reino, en
cuanto a algo que hará felices a los pobres y desgraciados a los ricos,
destruye por su base la más o menos habitual convivencia pacífica entre
ellos. Jesús agudiza los principales conflictos latentes en la sociedad de
Israel. De tal modo, que quienes no estaban de acuerdo con el grupo
protegido por Jesús se sentían tan amenazados como para programar
asesinarlo. Jesús
se colocó en la línea más pura del profetismo de Israel. Es un hecho que
el pueblo reconoció en él rasgos de los profetas antiguos, especialmente
de Elías (Mc 8,28; Lc 9,19) y de Jeremías (Mt 16,14). Y Jesús era
consciente de que el profetismo entra siempre en conflicto con el poder
establecido, y por ello el poder le responde con la violencia provocando la
muerte del profeta (Mt 23,29-35; Lc 6,22-23). Ciertamente
las autoridades religioso-políticas del judaísmo se sintieron amenazadas
por Jesús. Creyeron que él lesionaba sus intereses. De ahí procedió la
envidia y el miedo primero, luego la calumnia, el complot y el apresamiento,
más tarde la sentencia y, por último, la tentativa, coronada por el éxito,
de poner públicamente al procurador romano Pilato en una situación sin
salida si no accedía a sus intentos de ajusticiar a Jesús. Texto de José L. Caravias sj (El Dios de Jesús) |
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