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El sufrimiento como modo de ser de Dios | ||
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Hoy
en día, subidos a las nubes rosadas de las teorías abstractas, hemos
perdido la capacidad del asombro. Nos parece normal la visión de la imagen
del Crucificado, y afirmamos con toda tranquilidad que ese crucificado es
Dios que "murió por nuestros pecados". Necesitamos redescubrir la
vivencia de la admiración y el asombro ante la verdad histórica de la
muerte horrenda del Hijo de Dios a manos de los que se decían creer en
Dios. Pero
en la Biblia se presenta Dios de una manera muy diferente. El núcleo del
mensaje cristiano es la pasión y muerte de Jesús, y sabemos por la fe que
el Crucificado es Dios. Además, el sacrificio del Hijo de Dios por la
reconciliación del mundo se renueva cada día en la Eucaristía. La
conmemoración de la pasión-resurrección de Cristo por la palabra y
sacramento ha alimentado siempre la fe cristiana en Dios. Pero,
¿de qué modo Dios está comprometido en la historia de la pasión de
Cristo? ¿Cómo es posible que la fe cristiana considere la pasión de
Cristo como revelación de Dios, si la divinidad no puede padecer? ¿Dios
hace sufrir al hombre Jesús por nosotros o es que Dios mismo sufre en
Cristo por nosotros? Si
Dios fuera incapaz de padecer, la pasión de Jesús sería meramente una
tragedia humana. Es más, el que sólo vea en la pasión el sufrimiento de
un buen hombre, llamado Jesús de Nazaret, corre el peligro de considerar a
Dios como un poder celestial frío, antipático y cruel. Ello sería
destruir la fe cristiana. Por
eso muchos teólogos actuales se ven obligados a implicar a Dios en la pasión
de Cristo y a descubrir esta pasión en el seno mismo de Dios. La misma
piedad cristiana tradicional siempre ha adorado al Crucificado como Dios y
ha hablado sin problemas de la "pasión de Dios". Hagamos
algunas distinciones. Dios ciertamente no puede sufrir al estilo de los
humanos. A él no le puede venir ningún sufrimiento inesperado, como
fatalidad o castigo. El no está sujeto al dolor al modo de la criatura
limitada y perecedera. Pero
esto no quiere decir que Dios no pueda padecer de ninguna manera. Si Dios
fuera impasible en absoluto, seguramente sería incapaz de amar. Sería
capaz de amarse a sí mismo, pero no a sus criaturas. Pero si Dios es capaz
de amar a otros, está expuesto a los sufrimientos que le acarreará este
amor; aunque el mismo amor no le permite sucumbir al dolor. Dios no sufre,
como la criatura, por faltarle algo. En ese sentido él es impasible. Dios
padece por efecto de su amor, que es el desbordamiento de su ser. En este
sentido Dios parece estar sujeto al sufrimiento. Los
judíos en el Antiguo Testamento se tomaron en serio el tema del sufrimiento
divino. Dios es libre y no está sometido al destino. Pero, movido por el
amor, se comprometió en una Alianza. El es "Dios de los dioses" y
al mismo tiempo es el Dios aliado del pequeño pueblo de Israel. Reina en el
cielo y vive a la vez entre los seres inferiores y humillados. En la Alianza
Dios se vuelve vulnerable: vive las experiencias de Israel, sus triunfos,
sus pecados, sus sufrimientos. Su existencia y la historia del pueblo están
estrechamente ligadas. Dios tiene una relación libre y apasionada con sus
criaturas. El
Eterno toma en serio a los hombres, hasta el punto de sufrir con ellos en
sus luchas y de sentirse herido por sus pecados. Según cuentan los
profetas, Dios siente amor por su pueblo como un amigo, como un padre (Os
11,1-9; Mal 3,17; Sal 102,13), o una madre (Is 49,15-16; 66,13), y hasta
como un amante decepcionado (Ez 16; Is 54,4-10; Os 2,6-7). El Dios del
universo se comporta como padre "paciente y misericordioso"
(Sal 102,8), que sabe sufrir a su modo. El sabe lo que es padecer el
sufrimiento del amor: "Cada vez que le reprendo... se me conmueven
las entrañas y cedo a la compasión" (Jer 31,20). "Me da
un vuelco el corazón y se me revuelven todas las entrañas" (Os
11,8), hacen decir los profetas al mismo Dios. Decir
que Dios es amor es decir que es vulnerable. Dios ama y, por tanto, puede
ser correspondido o puede ser rechazado. Y la historia muestra duramente la
gran capacidad del hombre para rechazar el amor. Eso no le es indiferente a
Dios. El sufre por el rechazo del amor. Sin
embargo, el amor no quiere el sufrimiento. El amor quiere la felicidad del
otro y sigue amándolo aunque él se niegue a amar. Asume su dolor porque lo
ama y quiere compartirlo con él. Tal es el sufrimiento de Dios, fruto del
amor y de su infinita capacidad de solidaridad. Centrémonos
en el próximo apartado y en los siguientes en el misterio de amor que es la
cruz de Cristo. Texto de José L. Caravias sj (El Dios de Jesús) |
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