|
.

.

.

.

.

.

.
.

.
.

.

..

.

.

.

..

.

.

.
|
|
PERDÓN,
SEÑOR 
|
|
1.
osotros miramos las apariencias, pero tú, Señor, miras el
corazón (1Sam
16,7). Conoces el interior de todos (1Re
8,39) y sabes lo que hay dentro de cada
uno (Jn 2,23s). Por eso siento vergüenza ante
ti, Jesús, justamente porque no permanezco en ti (1Jn
2,18).
2.
Tú sabes que muchas veces intento suplantarte, Señor (Gn
3,5). No te quiero aceptar como dueño
absoluto de mi vida, sino que me vendo al poder, al dinero y al
placer, ostentando superioridad y codiciando sin fin (1Jn
2,16).
3.
¡Mi vida está llena de ingratitudes (Os
11) e infidelidades a tu amor, Señor! (Ez
16). ¡Temo que, a la hora de la verdad,
mi obra quede en nada, cuando mi paja sea consumida por el fuego…!
(1Cor 3,12-15).
4.
Deseo, pues, confesarte mis pecados, confiado en que eres
fiel y justo y me limpiarás de toda maldad (1Jn
1,8s). Empecatado de pies a cabeza (Jn
9,34), acudo a ti, que has sido enviado
por el Padre para salvarnos (1Jn
4,14).
5.
Ten piedad de mí, oh Dios, en tu bondad; por tu gran corazón,
borra mis faltas (Sal 51,3). Tú, que eres nuestro Abogado
ante el Padre (1Jn
2,1), purifícanos con tu sangre de toda
maldad (1Jn 1,7).
6.
Tenemos presentes nuestras costumbres perversas y nuestros
malos afectos, y miramos con amargura nuestras maldades (Ez
36,31). Reconocemos la perversidad de
nuestros padres y que también nosotros hemos pecado contra ti (Jer
14, 20).
7.
No nos llames a juicio, pues ningún mortal es inocente
frente a ti (Sal
143,2). Si llevas cuenta de los delitos,
Señor, ¿quién podrá resistir? (Sal
130,3).
8.
Nos gusta aparentar que somos personas muy correctas, pero
reconocemos que en nuestro interior estamos llenos de falsedad y de
maldad (Mt
23,28).
9.
Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras buenas
obras como trapo de inmundicia. Caemos todos nosotros como la hoja y
nuestras maldades nos arrastran como el viento (Is
64,5).
10.
Pero a pesar de nuestros pecados, Señor, tú eres nuestro
Padre. Nosotros somos el barro y tú el alfarero. Todos nosotros
fuimos hechos por tus manos. No te enojes, Señor, demasiado, ni
recuerdes para siempre nuestras faltas (Is
64,7s).
11.
Crea en nosotros un corazón puro; renuévanos por dentro con
espíritu firme (Sal
51,12) Devuélvenos la alegría de tu
salvación (Sal
51,14). Un corazón quebrantado y
humillado tú no lo desprecias (Sal
51,19).
12.
Porque eres bueno y compasivo, Señor, lento para enojarte,
rico en bondad y leal, vuelve hacia nosotros tu rostro y apiádate (Sal
86,15s). Trátanos de acuerdo a tu
bondad y según la abundancia de tu misericordia (Dan
3,42), pues tu ternura y tu misericordia
son eternas (Sal
25,6).
13.
Tú eres nuestro Padre: el héroe de nuestra salud; no nos
abandones en el día de la prueba (Eclo
51,14).
14.
Tú sabes, Señor, que el camino del hombre escapa a su
poder, y que no depende del hombre que camina enderezar sus pasos.
Corrígenos, pues, pero con prudencia; sin enojarte, para que no
desaparezcamos todos (Jer
10,23s).
15.
Delante de ti todo el mundo es como un granito en la balanza
y como una gota de rocío que por la mañana baja sobre la tierra.
Pero tú tienes compasión de todos porque todo lo puedes, y
disimulas nuestros pecados para que hagamos penitencia. Amas todo
cuanto tiene ser y no aborreces nada de lo que has hecho. Tú tienes
misericordia de todos, porque tuyas son todas las cosas, Señor, que
amas la vida (Sab
11,22-26).
16.
En todas las cosas está tu espíritu inmortal. Por eso a los
que se dejan caer, tú los castigas poco a poco y los reprendes de
manera que descubran en qué pecaron, para que se arrepientan de su
maldad y crean, Señor, en ti (Sab
12,1s).
17.
Haz, pues, que volvamos a ti, Señor, y volveremos (Lam
5,21), como la esposa infiel de Oseas (Os
2, 10), como el hijo desagradecido de
aquel padre bueno (Lc
15,17) o como Pedro después de negarte
(Mt 26,75). Tú eres capaz de convertir
un gusano (Is
41,14) en águila (Is
40,31) o de lograr que una prostituta
acabe siendo una amorosa y fiel esposa (Os
2,22).
18.
Sabemos, Jesús, que tú no has venido para condenar al
mundo, sino para salvarlo (Jn
12,47); no vienes para llamar a los
buenos, sino para invitar a los pecadores a conversión (Lc
5,32). Das tu vida como rescate por
todos nosotros (Mc
10,44) para que podamos llegar a tener
vida en abundancia (Jn
10,10).
19.
Creemos que en el cielo hay más alegría por un solo pecador
que vuelve al Padre que por noventa y nueve justos que no tienen
necesidad de convertirse (Lc
15,7).
20.
Tu corazón, Papá, hace una gran fiesta y se alegra
inmensamente cuando recuperas a un hijo muerto, que vuelve a la vida
(Lc 15,32).
¡Bendito seas, Abbá, por ser así de bueno! (Lc
10,21).
|
|
HUMILDAD
RADICAL 
|
1.
eñor Dios, ante ti y tus cosas, somos pequeños, frágiles,
torpes, sucios…: ¡Ingratos e infieles! Y, además, engreídos y
orgullosos...
2.
Pero, siendo así como somos, tú nos comprendes, nos llamas,
nos quieres, nos limpias, nos haces crecer, nos fortaleces y nos
embelleces (Ez
16,9-14); nos adoptas como hijos legítimos,
a semejanza del Hijo, y nos haces tus herederos (Rm
8,15-17), constructores de tu Reino.
3.
Ayúdanos a aceptar estas dos realidades tan terriblemente
dispares, sin negar ni la una ni la otra. Como María, quiero
reconocer mi pequeñez, pero sin dejar de aceptar, agradecido, las
maravillas que realizas en mí (Lc
1,49).
4.
Ciertamente soy pobre, ciego y desnudo (Ap
3,17). Reconozco mi miseria, la siento y
me humillo delante de ti, Señor, sabiendo que sólo tú me puedes
levantar (Sant
4,9s).
5.
Me reconozco pecador perdonado,
como Pedro en la barca (Lc 5,8), como el capitán romano (Lc
7,6s), como el publicano en el templo (Lc
18,13)...
6.
Siento que mi carne no se conforma a tu querer, Señor (Rm
8,7). Para que no me ponga orgulloso, su
aguijón me abofetea de continuo (2Cor
12,7). Pero sé que me basta tu gracia (2Cor
12,9).
7.
Llevo tu tesoro en vasija de barro, para que todos reconozcan
tu fuerza soberana, y no parezca cosa mía (2Cor 4,7). Enséñame, pues, a alegrarme
cuando me tocan enfermedades, persecuciones y angustias, pues cuando
me siento débil, entonces es cuando puedo ser fuerte en ti (2Cor
12,10).
8.
Quisiera no alabarme sino de mis debilidades (2Cor
12,5). Tu fuerza se pone de manifiesto
en lo que es débil (2Cor
12,9). Por eso sólo debería presumir
de lo que descubre mi debilidad (2Cor
11,30). Pues tú sabes compadecerte de
nuestras debilidades (Heb
4,15). Más aún, has tomado sobre ti
nuestras propias debilidades (Mt
8,17) para comprendernos, así, mejor y
podernos ayudar más de cerca (Heb
2,18).
9.
Ante ti no sirven para nada mi sabiduría ni mis prudencias (Mt
11,25). Los “necios” según el mundo
me superan en valor a tus ojos. Tú eliges a la gente común y
despreciada, a lo que es nada, para rebajar a lo que es (1Cor
1,28s). Por eso, si desprecio, aunque
sea en lo íntimo del corazón, a uno solo de mis hermanos, no estoy
en tu gracia (Lc 18,14).
10.
No soy capaz de confesarte como Señor, si no es guiado por
el Espíritu Santo (1Cor
12,3). No puedo ni siquiera acercarme a
ti, si es que no me arrastra el Padre (Jn
6,44).
11.
Ni lo que planto, ni lo que riego sirve para nada, si tú
no obras el crecimiento (1Cor
3,7). Tú eres el que elige y el que
hace crecer. El camino, y la vida para caminar (Jn
14,6).
12.
Reconozco y acepto, pues, con sinceridad de corazón, que
todo lo bueno que tengo lo he recibido de ti, sin mérito alguno por
mi parte (1Cor
4,7). No tengo derecho a vanagloriarme
de mis buenas obras, pues no soy yo el que sostiene la raíz, sino
la raíz es la que me sostiene a mí (Rm
11,18). ¡Tu Reino no depende de los méritos
de nadie! (Rm
9,12).
13.
La salvación no proviene de mí. Tú la concedes como un
regalo y no como premio de las buenas obras. No puedo, por
consiguiente, alabarme en nada. Lo que soy es obra tuya, Señor, que
me has creado en Jesús para que haga buenas obras (Ef
2,8-10).
14.
Haga lo que haga, aunque sea el apostolado más eficaz,
siempre he de afirmar: ‘Sólo soy un servidor, que no hacía
falta; sólo hice lo que debía hacer’ (Lc
17,10).
15. Sólo por
tu gracia, Señor, soy lo que soy (1Cor
15,10). Por eso mi orgullosa vanidad es
tan absurda.
16.
Sólo de ti podemos estar orgullosos (1Cor
1,31). Sólo en ti podemos gloriarnos (2Cor
10,17). Sólo en tu nombre podemos echar
las redes con esperanza (Lc
5,5).
17.
Enséñame, Jesús, a cargar tu yugo, de forma que aprenda a
ser, como tú, sencillo y humilde de corazón (Mt
11,29). Ayúdame a vivir esa actitud
fundamental de tus seguidores que son las bienaventuranzas (Mt
5,3). Concédeme un corazón con los
mismos sentimientos que los tuyos (Flp
2,5).
18.
Introdúceme en la caravana de los “anawin”,
que confían sólo en ti, sin apoyarse nunca en sí mismos ni
en nada creado (Sof
3,12). Concédeme la capacidad de
recepción que tienen los niños, consciente de que quien no recibe
el Reino de Dios como un niño, no puede entrar en él (Mc
10,15).
19.
Y aléjame de la levadura de los fariseos (Mt
16,6), que se creen artífices de su
propia salvación. Nadie puede construir por sí mismo su santidad
personal (Lc 18,
9).
|
|
QUE
ACTÚE TU FUERZA DESDE MI DEBILIDAD 
|
1.
s necesario que tú crezcas, Señor, y que yo disminuya (Jn
3,30).
2.
Pues nosotros somos la arcilla y tú el alfarero (Is
64,7). Como el barro en la mano del
artesano, así soy yo en tus manos, Señor (Jer
18,6). Tú decides lo que quieres hacer
de mí (Sab 15,7), pues eres el dueño de mi arcilla
(Rm 9,20s).
3.
No he sido yo el que te he elegido a ti, sino que eres tú,
mi Señor, el que me has llamado (Jn
15,16). La iniciativa ha partido de ti (Rm
5,8).
4.
Yo solo no puedo ir a ti; debo dejarme atraer por ti (Jn
6,44). Mi misión no es conquistarte,
sino dejarme seducir por ti (Os
2,16).
5.
No soy sino un siervo inútil y sin provecho (Lc
17,10). ¡Un profeta torpe que se empeña
en seguir sus propias luces! (Ez
13,3). ¡Torpe y ciego! (Mt
23,17).
6.
Soy tan necio que muchas veces te abandono a ti, que eres
manantial de aguas vivas, y me mato cavando algibes secos y
agrietados, que no retendrán jamás el agua (Jer
2,13).
7.
Te doy la espalda, en vez de mostrarte la cara (Jer
2,27); y me tapo con frecuencia los oídos
para no escucharte
(Zac
7,11).
8.
Por mucho que miro, no veo; por más que oigo, no entiendo,
ni me convierto (Mc
4,12). ¡Soy torpe y lento de corazón
para creer! (Lc
24,25). No entiendo bien las Escrituras,
ni lo que es tu poder (Mc
12,24).
9.
Presumo de que te busco; pero en realidad eres tú el que
tienes la cabeza llena del rocío de la noche (Cant 5,2), de tanto como llevas llamando a
mi puerta (Ap
3,20).
10.
Inútilmente me excuso en que debo limpiar primero mi casa
para poderte recibir dignamente. Pero lo único que tengo que hacer
es abrirte por fin la puerta de mi pieza cochambrosa, tal como está,
para que tu presencia la purifique (Sal
51,9).
11.
Mi esfuerzo no debe centrarse en tensar mi voluntad, sino en
dejar que actúe tu fuerza desde mi propia debilidad (2Cor
12,9). Eres tú el que produce en mí
tanto el querer como el actuar (Flp
2,13).
12.
La fuente de toda fuerza interior está en ti y no en mí (2Cor
4,7). Todas mis
capacidades provienen de ti (2Cor
3,5). De nada sirve mi loco activismo; sólo
doy fruto si, podado por ti (Jn
15,1), dejo actuar en mí tu fuerza
maravillosa (Ef
1,19).
13.
Lo grandioso no es que yo te ame con todo el corazón y con
todas mis fuerzas (Dt
6,5), sino que tú me has amado primero (1Jn
4,10) hasta el extremo (Jn
13,1).
14.
Todo lo bueno viene de ti (Heb 2,10). La Nueva Alianza es sólo obra
tuya y no fruto de ninguna ley escrita, ni de ningún tipo de
esfuerzo humano (2Cor
3,6).
15.
Mi esperanza estriba en que el Espíritu Santo viene a
socorrer mi debilidad intercediendo por mí (Rm
8,26) y Jesús está a tu derecha,
Padre, rogando también por mí (Rm
8,34). ¡Por eso tu fuego arde ya dentro
de mis huesos de forma que no lo puedo más apagar! (Jer
20,9).
16.
No me apoyo en lo que yo te pueda querer, sino en el amor que
tú, Padre, me tienes en Cristo Jesús (Rm
8,39). Es maravilloso que pueda
buscarte, llamarte y amarte precisamente porque tú me buscas, me
llamas y me amas (1Jn
4,10).
17.
Espero en ti que llegue el momento en que pueda decir con
verdad que ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí (Gál
2,20).
18.
Pasaremos de la miseria al esplendor (1Cor
15,43). Tú mismo nos has creado para
este destino, y como garantía nos has dado tu Espíritu (2Cor
5,5).
19.
A ti, Señor, que, desplegando tu poder sobre nosotros, eres
capaz de realizar todas las cosas incomparablemente mejor de cuanto
pensamos o pedimos, a ti la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús,
por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén (Ef
3,20s).
|
|
DÉBILES,
PERO FUERTES 
|
|
1.
on frecuencia desconocemos tu fuerza salvadora, Señor, y
pretendemos hacer valer sólo la nuestra (Rm
10,3). No tenemos ni idea de lo que
puede realizar tu poder (Mt
22,29), y por eso apagamos con
frecuencia la energía de tu Espíritu (1Tes
5,19).
2.
Aun después de que hemos experimentado tu conocimiento
amoroso, volvemos a dejarnos esclavizar de nuevo por realidades
terrenas sin valor (Gál
4,9). Es que somos personas débiles, y
no alcanzamos a comprender con claridad tu justicia (Sab
9,5).
3.
Nuestro brazo no tiene fuerza como el tuyo (Job
40,9). Sólo tú lo puedes todo y eres
capaz de realizar todos tus proyectos (Job
42,2).
4.
Somos de carne y hueso, vendidos como esclavos al pecado. No
realizamos las buenas obras que deseamos, pero hacemos, en cambio,
las que detestamos (Rm
7,14s). En los bajos instintos no habita
lo bueno; el querer lo mejor lo tenemos a mano, pero el realizarlo
no (Rm 7,18).
5.
Nadie puede ni siquiera exclamar: "Jesús es Señor",
si no es bajo la acción del Espíritu Santo (1Cor 12,3). Por eso nuestra salvación es
pura generosidad tuya (Ef
2,5). Sólo tú nos das la fuerza
necesaria (1Pe
4,11).
6.
Pero aunque seguimos siendo personas frágiles (2Cor
10,3), creemos, Jesús, que nuestra
antigua condición pecadora fue clavada contigo en la cruz, para que
no seamos más esclavos del pecado (Rm
6,6). Si tú vives en nosotros, aunque
el cuerpo siga sufriendo los mortíferos efectos del pecado, nuestro
espíritu vive a causa de tu fuerza salvadora (Rm
8,10).
7.
¡Tu sangre purifica nuestra conciencia de las obras de
muerte para que podamos entregarnos al servicio del Dios vivo! (Heb
9,14). Por eso nos acercamos
confiadamente a ti (Heb
4,16), que actúas poderosamente en
nosotros (Col
1,28).
8.
Nuestra capacidad proviene sólo de ti. Eres tú el que nos
haces aptos para el servicio de una alianza nueva, basada no en la
ley, sino en la fuerza de tu Espíritu (2Cor
3,5s). Sin embargo, se trata de un
tesoro que guardamos en vasos de barro, a fin de que nadie ponga en
duda que la fuente de este poder extraordinario está en ti y no en
nosotros (2Cor
4,7).
9.
Por ello deberíamos presumir de lo que pone de manifiesto
nuestra debilidad (2Cor
11,30), pues tu fuerza se realiza en lo
que es débil. Cuando nos sentimos impotentes, es cuando más
fuertes somos (2Cor
12,9s).
10.
Tú mismo dejaste patente tu fragilidad humana muriendo en la
cruz; pero ahora vives por la fuerza de Dios. Igualmente, nosotros,
que compartimos tu fragilidad humana, compartiremos también tu
poderosa vitalidad divina (2Cor
13,4).
11.
Tú nos sostienes con tu fuerza y te fías de nosotros hasta
el punto de ponernos a tu servicio (1Tim
1,12). Tu gracia llena de fortaleza
nuestros corazones (Heb
13,9) y nos hace salir victoriosos de
toda clase de pruebas (Rm
8,37).
12.
Creemos, como nuestro padre Abrahán, que tienes poder, Señor,
para cumplir todo lo que prometes (Rm
4,21). Tú, que eres digno de confianza,
nos fortaleces continuamente (2Tes
3,3).
13.
Por eso nos sobrevienen pruebas de toda clase, pero no nos
desanimamos; estamos entre problemas, pero no desesperados; somos
perseguidos, pero no eliminados; derribados, pero no fuera de
combate. Por todas partes llevamos en nuestra persona tu muerte,
para que también tu vida se manifieste en nosotros (2Cor
4,8-10).
14.
Nos imaginan tristes, y estamos llenos de alegría; parecemos
pobres, y enriquecemos a muchos; damos la impresión de no tener
nada, y lo tenemos todo (2Cor
6,10).
15.
Esperamos que tú mismo, Jesús, después de estos breves
padecimientos, nos fortalecerás y nos colocarás sobre una base
inconmovible (1Pe
5,10). Y el Padre Dios, que con su poder
te resucitó, nos resucitará también a nosotros (1Cor
6,14).
|
|
Orar la Biblia -
Inspiraciones bíblicas "V
HUMILDAD" (Jose L. Caravias SJ).
|
|