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NO PARA TODO ERES LIBRE 
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Podemos decir que el hombre es libre, pero con
ello no se afirma que en cualquier cosa lo sea. Concretamente, no
cabe al hombre la. posibilidad de elegir existir o no existir,
llegar a morir o no. Tampoco un hombre es libre para meterse a su
antojo en los asuntos de los demás. Ni podemos, por muchas razones,
modificar las condiciones sociopolíticas injustas de los pueblos, o
transformar las condiciones culturales que nos rodean...; son tareas
que nos desbordan.
Y es que entre los elementos específicos de una
persona humana hay dos experiencias fundamentales: nos percibimos
libres, y a la vez sometidos a muchas condiciones. En tal caso, ¿qué
puede significar ser libres?
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LA LIBERTAD, UN DESAFÍO MUY REALISTA

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Ser libre no se refiere a lo cuantitativo del
actuar humano, sino a lo cualitativo. De otro modo: La libertad no
es un capítulo acerca de cuántas cosas puede o no puede realizar físicamente
un hombre, sino acerca de qué sentido puede dar a su vida; qué
orientación, qué móvil es el que soporta sus acciones y las pone
en marcha. Por lo tanto, el hombre libre cae en la cuenta de que está
en su mano y lo está de una forma ineludible‑ el adoptar una
postura, tomar una orientación, aquella que considere en el fondo
de su propio corazón como la mejor para él.
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EMPUJADOS A «HACERNOS» LIBRES

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Desarrollemos un poco la idea anterior: Un hombre
cristiano y maduro, acepta que en él hay algo simplemente dado, a
partir de lo cual él tiene que optar e intentar su más personal
realización. Es decir, halla en sí mismo una contextura
fundamental ya dada, y a la vez comprende que aún tiene que
conquistar ser eso mismo que ya es (libre). Acepta que está hecho
de una, manera muy peculiar que es la siguiente: se siente inclinado
siempre a buscar lo que él considera el bien, la felicidad. Constata que este bien está siempre más allá:
después de conseguido algo, se vuelve a desear su retención o su
repetición u otro bien; en definitiva, se está deseando un bien
total y permanente. Y a la vez, este bien total que en el fondo se
desea, se ve concretado, delimitado a, bienes particulares, y así
aquel bien total es objeto de una elección libre y concreta en cada
momento. El hombre acepta que en él se da, como un hecho, este
llamamiento de infinito y esta limitación concreta, es decir, cae
en la cuenta de que el bien para él pasa siempre por el camino de
las cosas y de los demás.
Pues bien, consciente de esta dotación, que yo
no he elegido, hacer coincidir mi opción libre, con lo que es mi.
vocación fundamental, a saber: una persona‑en‑relación
no egoísta, sino fiel, eso es el llamamiento de la libertad. Llegar
a ser uno mismo de verdad aquello que ya somos (como personas que
nos encontramos constituidos antes de elegir nosotros cómo ser). |
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CAER EN ACCIÓN DE GRACIAS 
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Pero el estar así constituidos, el vernos
‑digamos‑ constreñidos a tener que ser libres de esta
única manera, el vernos delimitados por lo dado se percibe y se
interpreta por parte del hombre como un DON, un don de Dios: el
hombre es así para que libremente entre en diálogo con Dios, y un
Dios cuyo único acceso es mi propio interior y las opciones libres
en torno a las cosas y a los demás, liberando y transformando
constantemente nuestra Historia humana. Paradójicamente, pues, el
hombre percibe su llamamiento a la libertad, a partir de su propia
constitución que él no se ha diseñado. Pero, claro está,
libertad significa algo muy distinto de decidir lo que se quiere,
significa alcanzar su propia posibilidad.
La exigencia interior que hemos descrito no es ni
se percibe como un sometimiento, sino como fidelidad consecuente con
lo único que el hombre es: Un ser que cae en la cuenta de su
impotencia, de que no se ha hecho a sí mismo, ni está en sus manos
su futuro, y que cae en una total acción de gracias al encontrarse
con que ha sido configurado para el diálogo, la relación, el amor
(con Dios y con los demás), y se le brinda además, con todo
respeto y elegancia, llegar a ello libremente. De lo contrario, se
preguntan los filósofos:
¿de
qué otra manera podría uno elegir nada acerca de sí mismo si no
hubiese sido puesto en existencia ya?;
¿qué
significado podría tener el decidir no existir, habiendo conocido
ya toda la densidad de la existencia?
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EL PROBLEMA
VIENE DESPUÉS, EN LA VIDA
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Después
de constatar el hombre cómo está hecho, y después de interpretarlo y
aceptarlo, viene lo más difícil: la acción. La libertad se refiere al
campo de la propia acción, la cual es responsable a partir de mi
interior. Toda persona madura tiene que adoptar decisiones, realizarse en
acciones exteriores que recaen sobre el prójimo y sobre las cosas. Ahora
bien, si el que actúa es consecuente con la descripción que antes
hicimos de la forma de ser el hombre, no podrá menos de tender en sus
relaciones exteriores hacia la transformación continua de la Historia
humana. Los mandamientos no le son ninguna añadidura venida del exterior,
sino la lectura que el hombre hace de su propia esencia; más aún, la
formulación negativa ("no matarás...") no es la característica
del hombre plenamente humano, sino la positiva ("amaos..., permaneced
en el amor..., sed perfectos...").
En este campo de la acción sobrevienen las auténticas
dificultades: El hombre, hemos dicho, experimenta una irresistible
tendencia a lo que él percibe como el bien,
- pero el
bien muchas veces resulta confuso para su inteligencia (debido a motivos
personales o religiosos o culturales); ¿qué tipo de bien?;
- el hombre
siente además menguada muchas veces su propia libertad por motivos fisiológicos
(constitución) o psíquicos o ambientales o por la propia debilidad del
egoísmo;
-
y aun así el hombre es libre en su optar y decidir.
Quizá sean éstos los tres términos más dramáticos que juegan en
la Historia humana perennemente: esos mismos niños balbucientes que ahora
vemos llenos de ingenuidad y simpatía serán los que sigan alimentando el
mundo del lucro, la explotación o la injusticia como consecuencia de su
obrar libre, tras el bien. Resulta estremecedor contemplar las
consecuencias del libre actuar humano: nos hallamos ante el gravísimo
problema del mal en el mundo (el mal que el hombre provoca o no decide
eliminar). Incluso hay quien defiende que el hombre no es libre en modo
alguno, debido a los motivos que acabamos de indicar: constitución orgánica
psicofísica, presupuestos creados por las acciones de otros, falsas
concepciones antropológicas y culturales, excesivos e injustísimos
temores provenientes del concepto religioso... A pesar de toda esta
plataforma realísima, nosotros pensamos que normalmente subsiste en la
persona adulta el llamamiento a recomenzar, en cuanto de él depende, toda
la justicia y fraternidad posibles en la parcela de Historia de que a él
le toca responder.
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LA RESPONSABILIDAD SOLO DIOS LA MIDE
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No siempre es igual libertad y
responsabilidad. En la responsabilidad sólo Dios tendrá la última
palabra. La sociedad humana, o la Comunidad creyente (= Iglesia), podrá
enjuiciar qué comportamientos considera inaceptables en su seno, pero en
el nivel de la conciencia nunca podrán dar un dictamen final. Por eso no
siempre acción mala, incluso sumamente mala, es equivalente a lo que en términos
religiosos se llamaría digna de condenación. Eso es algo muy distinto,
que se estudiará en otra ocasión.
Es preciso dejar esto bien claro para que nunca
se confunda lo que desde luego es rechazable porque produce injusticia en
otros, y lo que es auténtico pecado de muerte, porque es puesto por el
hombre con total libertad y clarividencia no sólo mental, sino
existencial y valorativa.
En este sentido, las mismas frases de la
Escritura, cuando rechazan al hombre que ha cometido algún delito, hay
que leerlas sabiendo que se trata de formulaciones de cara al acto tal
como lo hemos visto los demás e interpretado como realizado con plenitud
personal. Pero esto último sólo Dios lo puede juzgar.
Más aún, el propio Jesús, desde la otra
perspectiva, la del amor, se atreve a interpretar que los que le matan,
propiamente, en su más profunda realidad, no saben lo que hacen. De esto
se trata en el tema de la Redención.
UN RESUMEN
En este recorrido, desde lo interior del ser humano, hasta su acción
exterior, la libertad se nos ha declarado como un desafío que el hombre experimenta sobre
su propio destino: la disposición de sí frente a lo Definitivo, a cuyo
amor se ve, de hecho, convocado;
-
como una responsabilidad: no puede eludir el
liberar a los demás de toda injusticia o falta de amor en el recorrido de
la Historia;
- como una
audacia de fe y de esperanza, al orientar el modo de ver y de actuar
pensando en que tiene sentido la transformación del mundo y de la
Historia, y ese sentido es Dios;
- como una
versión del amor: E1 que Jesús apareciera como un esclavo se debió a su
aren libertad interior y fidelidad a la justicia;
- como un
"don": Se nos da la facilidad de llevar a término lo que
nuestra cabeza, laboriosa, oscura, pero certeramente logra ver que somos.
Gal.
4,4: Hemos recibido un espíritu de adopción que nos hace gritar: «Padre.»
Gal.
13-14:
A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad; lo único que esa
libertad no dé pie a los bajos instintos. A1 contrario, que el amor os
tenga al servicio de los demás, porque la Ley entera queda cumplida con
un solo mandamiento, el de «amarás a tu prójimo como a ti mismo».
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