¿Qué puede significar ser libres?

 

A la portada de nuestra Revista

 

..

 

 

..

 

 

.

 

.

 

.

.

..

 

 

.

 

.

 

.

.

 

.

 

 

NO PARA TODO ERES LIBRE

Podemos decir que el hombre es libre, pero con ello no se afirma que en cualquier cosa lo sea. Concretamente, no cabe al hombre la. posibilidad de elegir existir o no existir, llegar a morir o no. Tampoco un hombre es libre para meterse a su antojo en los asuntos de los demás. Ni podemos, por muchas razones, modificar las condiciones sociopolíticas injustas de los pueblos, o transformar las condiciones culturales que nos rodean...; son tareas que nos desbordan.

Y es que entre los elementos específicos de una persona humana hay dos experiencias fundamentales: nos percibimos libres, y a la vez sometidos a muchas condiciones. En tal caso, ¿qué puede significar ser libres?

LA LIBERTAD, UN DESAFÍO MUY REALISTA

  Ser libre no se refiere a lo cuantitativo del actuar humano, sino a lo cualitativo. De otro modo: La libertad no es un capítulo acerca de cuántas cosas puede o no puede realizar físicamente un hombre, sino acerca de qué sentido puede dar a su vida; qué orientación, qué móvil es el que soporta sus acciones y las pone en marcha. Por lo tanto, el hombre libre cae en la cuenta de que está en su mano y lo está de una forma ineludible‑ el adoptar una postura, tomar una orientación, aquella que considere en el fondo de su propio corazón como la mejor para él.

EMPUJADOS A «HACERNOS» LIBRES

   Desarrollemos un poco la idea anterior: Un hombre cristiano y maduro, acepta que en él hay algo simplemente dado, a partir de lo cual él tiene que optar e intentar su más personal realización. Es decir, halla en sí mismo una contextura fundamental ya dada, y a la vez comprende que aún tiene que conquistar ser eso mismo que ya es (libre). Acepta que está hecho de una, manera muy peculiar que es la siguiente: se siente inclinado siempre a buscar lo que él considera el bien, la felicidad. Constata que este bien está siempre más allá: después de conseguido algo, se vuelve a desear su retención o su repetición u otro bien; en definitiva, se está deseando un bien total y permanente. Y a la vez, este bien total que en el fondo se desea, se ve concretado, delimitado a, bienes particulares, y así aquel bien total es objeto de una elección libre y concreta en cada momento. El hombre acepta que en él se da, como un hecho, este llamamiento de infinito y esta limitación concreta, es decir, cae en la cuenta de que el bien para él pasa siempre por el camino de las cosas y de los demás.

Pues bien, consciente de esta dotación, que yo no he elegido, hacer coincidir mi opción libre, con lo que es mi. vocación fundamental, a saber: una persona‑en‑relación no egoísta, sino fiel, eso es el llamamiento de la libertad. Llegar a ser uno mismo de verdad aquello que ya somos (como personas que nos encontramos constituidos antes de elegir nosotros cómo ser).

CAER EN ACCIÓN DE GRACIAS 

 Pero el estar así constituidos, el vernos ‑digamos‑ constreñidos a tener que ser libres de esta única manera, el vernos delimitados por lo dado se percibe y se interpreta por parte del hombre como un DON, un don de Dios: el hombre es así para que libremente entre en diálogo con Dios, y un Dios cuyo único acceso es mi propio interior y las opciones libres en torno a las cosas y a los demás, liberando y transformando constantemente nuestra Historia humana. Paradójicamente, pues, el hombre percibe su llamamiento a la libertad, a partir de su propia constitución que él no se ha diseñado. Pero, claro está, libertad significa algo muy distinto de decidir lo que se quiere, significa alcanzar su propia posibilidad.

La exigencia interior que hemos descrito no es ni se percibe como un sometimiento, sino como fidelidad consecuente con lo único que el hombre es: Un ser que cae en la cuenta de su impotencia, de que no se ha hecho a sí mismo, ni está en sus manos su futuro, y que cae en una total acción de gracias al encontrarse con que ha sido configurado para el diálogo, la relación, el amor (con Dios y con los demás), y se le brinda además, con todo respeto y elegancia, llegar a ello libremente. De lo contrario, se preguntan los filósofos:

 ¿de qué otra manera podría uno elegir nada acerca de sí mismo si no hubiese sido puesto en existencia ya?;

 ¿qué significado podría tener el decidir no existir, habiendo conocido ya toda la densidad de la existencia?  

EL  PROBLEMA VIENE DESPUÉS, EN LA VIDA

Después de constatar el hombre cómo está hecho, y después de interpretarlo y aceptarlo, viene lo más difícil: la acción. La libertad se refiere al campo de la propia acción, la cual es responsable a partir de mi interior. Toda persona madura tiene que adoptar decisiones, realizarse en acciones exteriores que recaen sobre el prójimo y sobre las cosas. Ahora bien, si el que actúa es consecuente con la descripción que antes hicimos de la forma de ser el hombre, no podrá menos de tender en sus relaciones exteriores hacia la transformación continua de la Historia humana. Los mandamientos no le son ninguna añadidura venida del exterior, sino la lectura que el hombre hace de su propia esencia; más aún, la formulación negativa ("no matarás...") no es la característica del hombre plenamente humano, sino la positiva ("amaos..., permaneced en el amor..., sed perfectos...").

En este campo de la acción sobrevienen las auténticas dificultades: El hombre, hemos dicho, experimenta una irresistible tendencia a lo que él percibe como el bien,

 - pero el bien muchas veces resulta confuso para su inteligencia (debido a motivos personales o religiosos o culturales); ¿qué tipo de bien?;

 - el hombre siente además menguada muchas veces su propia libertad por motivos fisiológicos (constitución) o psíquicos o ambientales o por la propia debilidad del egoísmo;

  - y aun así el hombre es libre en su optar y decidir.

 Quizá sean éstos los tres términos más dramáticos que juegan en la Historia humana perennemente: esos mismos niños balbucientes que ahora vemos llenos de ingenuidad y simpatía serán los que sigan alimentando el mundo del lucro, la explotación o la injusticia como consecuencia de su obrar libre, tras el bien. Resulta estremecedor contemplar las consecuencias del libre actuar humano: nos hallamos ante el gravísimo problema del mal en el mundo (el mal que el hombre provoca o no decide eliminar). Incluso hay quien defiende que el hombre no es libre en modo alguno, debido a los motivos que acabamos de indicar: constitución orgánica psicofísica, presupuestos creados por las acciones de otros, falsas concepciones antropológicas y culturales, excesivos e injustísimos temores provenientes del concepto religioso... A pesar de toda esta plataforma realísima, nosotros pensamos que normalmente subsiste en la persona adulta el llamamiento a recomenzar, en cuanto de él depende, toda la justicia y fraternidad posibles en la parcela de Historia de que a él le toca responder.

 LA RESPONSABILIDAD SOLO DIOS LA MIDE

 No siempre es igual libertad y responsabilidad. En la responsabilidad sólo Dios tendrá la última palabra. La sociedad humana, o la Comunidad creyente (= Iglesia), podrá enjuiciar qué comportamientos considera inaceptables en su seno, pero en el nivel de la conciencia nunca podrán dar un dictamen final. Por eso no siempre acción mala, incluso sumamente mala, es equivalente a lo que en términos religiosos se llamaría digna de condenación. Eso es algo muy distinto, que se estudiará en otra ocasión.

Es preciso dejar esto bien claro para que nunca se confunda lo que desde luego es rechazable porque produce injusticia en otros, y lo que es auténtico pecado de muerte, porque es puesto por el hombre con total libertad y clarividencia no sólo mental, sino existencial y valorativa.

En este sentido, las mismas frases de la Escritura, cuando rechazan al hombre que ha cometido algún delito, hay que leerlas sabiendo que se trata de formulaciones de cara al acto tal como lo hemos visto los demás e interpretado como realizado con plenitud personal. Pero esto último sólo Dios lo puede juzgar.

Más aún, el propio Jesús, desde la otra perspectiva, la del amor, se atreve a interpretar que los que le matan, propiamente, en su más profunda realidad, no saben lo que hacen. De esto se trata en el tema de la Redención.

 UN RESUMEN

 En este recorrido, desde lo interior del ser humano, hasta su acción exterior, la libertad se nos ha declarado como un desafío que el hombre experimenta sobre su propio destino: la disposición de sí frente a lo Definitivo, a cuyo amor se ve, de hecho, convocado;

 - como una responsabilidad: no puede eludir el liberar a los demás de toda injusticia o falta de amor en el recorrido de la Historia;

 - como una audacia de fe y de esperanza, al orientar el modo de ver y de actuar pensando en que tiene sentido la transformación del mundo y de la Historia, y ese sentido es Dios;

 - como una versión del amor: E1 que Jesús apareciera como un esclavo se debió a su aren libertad interior y fidelidad a la justicia;

 - como un "don": Se nos da la facilidad de llevar a término lo que nuestra cabeza, laboriosa, oscura, pero certeramente logra ver que somos.

 Gal. 4,4: Hemos recibido un espíritu de adopción que nos hace gritar: «Padre.»

Gal. 13-14: A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad; lo único que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. A1 contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás, porque la Ley entera queda cumplida con un solo mandamiento, el de «amarás a tu prójimo como a ti mismo».