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¿SOMOS
PERSONAS O TENEMOS QUE HACERNOS? 
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En un sentido muy verdadero no somos del todo
personas por el solo hecho de tener carne y huesos y poder respirar.
Sería una lástima que se nos pasase la vida sin habernos dado bien
cuenta de lo que era ser persona. Esto de sentirse de veras persona-en-el
mundo es algo que está a caballo entre lo filosófico y lo
religioso. Han pensado sobre ello muchos filósofos, muchas
culturas, muchas religiones.
Nosotros optarnos por una explicación que nos
parece la más completa, y por eso mismo la más humanista y
religiosa a la vez. Y decimos:
- la esencia del hombre está en la relación. Es decir, el
ser humano está configurado para vivir de una forma inter-dependiente.
Se ve en todo: necesitamos del aire, de la tierra..., para poder
vivir; el hombre hace referencia a la mujer; el individuo a la
sociedad; todo lo que existe a un Soporte último que es Dios...;
- hay una relación que se arraiga y brota del corazón del
hombre. Si el hombre es fiel a su última entraña, no será una
relación de destrucción la que establezca, sino de amor. Sólo en
esa verdadera relación positiva da el hombre su medida, no allí
donde busque la utilización, la explotación egoísta;
- sólo cuando se toma el TU del otro absolutamente en serio
se comprende lo que abarcan palabras como verdad, amor, unidad,
VIDA... Parece un misterio cómo el hombre llega a ser de verdad un
YO precisamente en la relación con el TU de los demás.
LA RELACIÓN, ¿TIENE UN VACÍO INFINITO? NO
Esta cadena de relaciones desemboca -nos lo dice la fe- en
DIOS. Cuando a un hombre se le hace evidente este hallazgo (por más
que es oscuro a la vez), cuando experimenta que la última raíz de
su existir es una relación con un Dios paterno, se establece en él
una imantación definitiva por ese Dios a la vez próximo y lejano,
a la vez paterno y objeto de adoración. Experimenta entonces el
hombre una invitación a salir de la mera finitud; a no absolutizar
ni lo terreno ni a sí mismo; a convertirlo todo en relativo. No se
trata de un mero cambio intelectual de opinión, sino que es en su
interior una experiencia total, y una determinación global por ese
algo más que ha descubierto. No se trata de cumplir pequeñas
obligaciones morales particulares, determinadas, un simple
corregirse. Se trata de "entregarse". Eso es la conversión.
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ASÍ COMPRENDIÓ SU VIDA JESÚS DE NAZARET

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| Conversión, por lo tanto, se toma en este tema
en un sentido primordial, distinto del que diremos más adelante,
cuando hablemos de la segunda conversión o reconstrucción de esta
primera, después del pecado. Esta conversión primera y primaria es
la continua reacción por realizarse el hombre como
ser‑en‑relación, desembocando finalmente en Dios. En
Jesús, la conversión o entrega no quedó en lo interior, no se
concretó en lo cúltico, en la nave de una iglesia, sino que pasó
a lo exterior, al prójimo, a renovar la Historia, puesta la mira en
una culminación que está más allá de la Historia, Dios.
Hay que advertir dos cosas importantes en este
sentido:
- se denomina "pecado" a toda otra situación
indiferente o egoísta que, al lado de esta forma de vivir de
Cristo, no tiene sentido verdadero para el hombre. Y el pasar de ese
estado a la forma de vivir de Jesús se llama pasar al estado de
gracia o abandonar el estado de pecado;
- se denomina "reino de Dios" no a nada futuro (el
cielo), sino al hecho de que Dios cuenta, de que él se presenta en
medio y ofrece su amistad, y de que esto está encima. Esta urgencia
la experimentó Juan Bautista y sobre todo Jesús, porque en su
interior lo sentía con toda claridad. Jesús tomó la antorcha de
manos de Juan Bautista:
Mc.
1,14-15:
Cuando detuvieron a Juan, Jesús se fue a Galilea a pregonar de
parte de Dios la buena noticia. Decía: Se ha cumplido el plazo, el
reinado de Dios está cerca. Arrepentios y creed la buena noticia.
Pero Jesús dulcificó el Dios juez que
presentaba Juan. Para Jesús el Dios que reina (o que se presenta ya
en medio) es el Padre.
ASÍ COMPRENDEN MUCHOS HOMBRES TAMBIÉN SU
VIDA
Nosotros lo hemos reconocido en Jesús. Pero también en
nuestro interior se grita el mismo mensaje; a eso se llama la
experiencia del Espíritu Santo, que no es más que la comunicación
interna de Dios que se presenta a cada hombre, ofreciéndole algo
plenario que está hecho de libertad, verdad, perdón incluso
siempre que haga falta, amor. Y fuera del ámbito de los creyentes
se da igualmente: "Dondequiera se desprende uno de sí
mismo..., ama desinteresadamente al prójimo, acepta confiadamente
su propia existencia junto con la imposibilidad de comprenderla y
regirla plenamente, y la acepta como llena de sentido en medio de su
carácter incomprensible..., dondequiera uno logra renunciar a los
ídolos que forja su angustia y hambre de vida, ahí se acepta y
experimenta el reino de Dios, a Dios mismo (como última razón de
tal acción), aun cuando se haga de manera totalmente irrefleja y,
por eso, la conversión sea implícita y anónima..." (K.
Rahner, Sacramentum Mundi, I, 979).
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ESTAMOS
TRATANDO DE LA PRIMERA CONVERSIÓN 
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La segunda conversión, de la que hablaremos
después, es en realidad volver a tomar la orientación perdida;
tiene un aspecto moral o de vuelta. Lo que importa es que se
restablezca la entrega del corazón a la verdad y al amor. La
diferencia entre ambas conversiones no es demasiada, y no hay por qué
insistir en ello; a Dios lo que le interesa es que el hombre por fin
amanezca a la comprensión de dónde está su felicidad. Jesús, en
el último instante, acoge al buen ladrón, y es lo que importa.
Pero indicamos la diferencia porque algunos ponen toda su esperanza
en la penitencia, en que Dios perdona..:, y no hacen el esfuerzo
firme de establecer unas relaciones nuevas, de vivir una actitud
positiva con Dios: aplazan, inconsecuentemente, la conversión.
Pero no pensemos que convertirse es simple mérito
del hombre. La verdad más honda es que la conversión es un don de
Dios:
Jer.
31,33: Pondré mí ley en su interior y la escribiré en su corazón,
seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
Ez.
11,19-20:
Pondré en ellos un espíritu nuevo y quitaré de su carne el corazón
de piedra y les daré un corazón de carne, a fin de que caminen
siguiendo mis preceptos, observen mas leyes, las pongan en práctica
y sean para mí un pueblo y yo sea para ellos un Dios.
Ez. 36,27: Pondré en vuestro interior mi espíritu y haré
que sigáis mis preceptos..., seréis para mí un pueblo y yo seré
para vosotros un Dios.
Por lo tanto, cuando un hombre accede a la conversión, es que
comprende que es Dios quien está tomando la iniciativa de ofrecérsele,
y que su sí está siendo tan propio y personal como, a la vez, íntimamente
alentado por el mismo Dios.
En realidad esos preceptos, esas leyes a las que
aluden los profetas hay que entenderlas a la luz del único precepto
de AMAR, el cual ni siquiera es precepto, sino el llamamiento que
tiene nuestra constitución misma, porque estamos hechos para la
relación. Dios es amor, dice San Juan; y nosotros estamos hechos a
su imagen. De suerte que, tanto Dios como el hombre no es más que
relación. "Amaos unos a otros" (Jo. 13,34) es el
mandamiento peculiar de Jesús. Las mismas citas profética las
hemos encontrado, por esto, en el tema 15 de la venida del Espíritu.
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PERSONAJES Y PARÁBOLAS 
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El. hombre, todo hombre y el mismo Jesús (tal
como lo demuestran las tentaciones) se ve colocado en la alternativa
de optar o no por ese mundo de justicia, de fidelidad, de
"reino de Dios". Jesús respondió, pero muy pocos
siguieron su llamada: enfermos, ‑pecadores, algunas mujeres,
publicanos, samaritanos, niños: gentes todas ellas que por su
situación social y religiosa eran personas marginadas. Quizá por
ello poseían una docilidad fundamental para confiar en Dios sin
reservas: no se consideran dueños de nada ni siquiera de su propia
seguridad ante Dios...:
Lc.
18,13: El recaudador (publicano), en cambio, se quedó a distancia y
no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; no hacía más que
darse golpes de pecho diciendo:
-¡Dios
mío!, ten compasión de este pecador.
Mc. 10,15: Os lo aseguro: quien no acepte el reino de Dios
como un niño, no entrará en él.
Mt. 23,12: El más grande de vosotros será servidor vuestro.
A quien se eleve, lo abajarán, y a quien se abaja, lo elevarán.
En cambio, los representantes oficiales del pueblo (entendidos
en la Ley, fariseos y sacerdotes) y los poderosos de la sociedad
(los ricos), como norma general, le rechazaron. Se consideran en el
camino recto, saben cómo agradar a Dios, y ya no están libres para
escuchar la oferta siempre nueva y exigente de Dios. El cumplimiento
de los preceptos tradicionales puede incluso servirles de pretexto;
tras ellos pueden proteger su corazón frente a Dios:
Lc.
18,11-12:
El fariseo se plantó y se puso a orar en voz baja de esta manera:
-Dios
mío, te doy gracias de no ser como los demás: ladrón, injusto o
adúltero; ni tampoco como ese recaudador. Ayuno dos veces por
semana y pago el diezmo de todo lo que gano.
Mc.
10,17-23:
... El replicó: -Maestro,
todo eso lo he cumplido desde joven. A esto, Jesús lo miró fijo,
le tomó cariño y le dijo: -Una
cosa te falta, vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres,
que tendrás un tesoro en el cielo; y, anda, vente conmigo. A estas
palabras el otro frunció el ceño y se marchó entristecido, porque
poseía una gran fortuna. Jesús... dijo: -¡Con
qué dificultad van a entrar los que tienen mucho en el reino de
Dios!
Hay que advertir que estas personas, aun siendo ya buenas, son
invitadas a lo que para ellos sería la verdadera entrega, la
conversión a Dios.
Esto mismo lo describe Jesús en una comparación, una parábola:
Mt.
13,44-45:
Se parece el reino de Dios a un tesoro escondido en el campo; si un
hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y de alegría va a vender
todo lo que tiene y compra el campo aquel.
Se
parece también el reino de Diosa un comerciante que buscaba perlas
finas; al encontrar una perla de gran valor, fue a vender todo lo
que tenía y la compró.
El pobre jornalero encuentra lo que no esperaba; el rico
comerciante, lo que venía buscando: ambos se llenan de alegría,
ambos venden todo lo que poseían.
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EN CUALQUIER TIEMPO Y EN CUALQUIER LUGAR
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En el reino de Dios no se trata de la preocupación por un futuro que
llegue después de la muerte. Es realidad ya en el momento presente:
"El reino de Dios está en medio de vosotros", dice Jesús. No
es algo para cuando acabe la vida, sino que es el conocimiento del
significado, la riqueza, la alegría que entraña el tiempo presente. No
hay por qué dejar el mundo y la historia, sino que hay que establecerse
en ella con la intuición siempre de la "única cosa necesaria"
que se le dice a Marta, o la "una cosa te falta" que se le dice
al hombre rico. Por supuesto que todo desembocará en las manos de Dios,
pero no hay que situarse en ese punto de mira para comprender ya el
"reino de Dios".
UNIDAD DE PENSAMIENTO Y DE ACTUACIÓN
La clave fundamental para entender cómo es un hombre, es la
realización que éste hace de su vida. Por eso es perfectamente
comprensible que también para Jesús la conversión incluya la acción. Y
así, la realización de la conversión, es decir, la realización de la
apertura a la acción de Dios, exige una apertura concreta al prójimo:
Mt.
25,35-36:
Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros
desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer,
fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, estuve en
la cárcel y me fuisteis a ver.
Y así lo comprendió la comunidad creyente que sigue a Jesús. Las
citas serían muchas:
Mt.
7,12: En resumen: Todo lo que querríais que hicieran los demás por
vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los
Profetas.
Cita muy realista: la norma de atender al prójimo no está sometida
a los límites que nosotros quisiéramos tal vez poner, sino que la medida
es la necesidad que un hombre padezca -siempre que su necesidad no sea
ninguna injusticia para otro-. Ahora bien, el modo de sentir de verdad esa
necesidad, es figurarte que la pasas realmente tú. Dice también San
Pablo:
1ª
Tes. 4,9: Acerca del cariño de hermanos no necesitáis que os escriba,
Dios mismo os enseña a amaros unos a otros, y ya lo practicáis con todos
los hermanos de Macedonia entera...
Hebr.
13,16: No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales
sacrificios son los que agradan a Dios.
Esta unidad de conversión interna por una parte, y acción exterior
por otra, se celebra en los sacramentos, principalmente en los de Bautismo
y Eucaristía, que son signos, símbolos de una VIDA cristiana.
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Es realidad ya en el momento presente...
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