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Amor universal


La opción por un amor universal va incluida en la adhesión a Jesús; la respuesta divina a esa opción, teológicamente formulada como la infusión del Espíritu, produce en el hombre una experiencia interior 26, puntual o gradual, que cambia su visión respecto a Dios, a la humanidad y al mundo: el cristiano descubre que Dios es amor dador de vida sin límite ni reservas y que él es objeto de ese amor, lo que lo lleva a la aceptación de sí mismo y le garantiza el éxito de su proyecto vital; la nueva vida que experimenta le hace comprender que la humanidad y el mundo han de ser objeto de su amor activo, como lo son para Dios.

 Es decir, la infusión del Espíritu no sólo confirma y da estabilidad a la opción del cristiano, sino que eleva su objetivo porque le hace descubrir el proyecto de Dios sobre la humanidad: comunicar su propia vida a los hombres. El amor de Dios se extiende a la humanidad entera y a todo el trayecto vital del individuo y, además, lo trasciende.

 Como en Jesús el Hombre-Dios, por el don del Espíritu se fusionan en el cristiano lo divino y lo humano. Tanto su ser como su actividad deben reflejar esa unión, pues el Espíritu que recibe no está en él como un elemento añadido, sino que penetra en la textura del ser y la transforma.

 Esta experiencia supone muchas veces un cambio radical de la idea de Dios: cesa definitivamente la de un Dios distante y temible, imprevisible y arbitrario, impositivo y humillador, para dar paso al Padre cercano, todo bondad y amor, incondicional del hombre. Mientras no se tenga una experiencia de ese género, habrá a lo sumo un cristianismo intelectual: Dios será un concepto, no una realidad; su existencia será un postulado, no una vivencia.

Implicaciones en la opción.

 

La opción por la plenitud tiene repercusiones inmediatas en la vida del que la hace. Jesús descubre al hombre que la raíz de la injusticia que impide el desarrollo humano es la acumulación o acaparación de riquezas, manifestación del egoísmo que prescinde del bien de los demás y se hace indiferente a la miseria de la humanidad; crea desigualdad, invierte los valores personales poniendo el tener por encima del ser; de ella se derivan la búsqueda del brillo social y el afán de dominio. No hace falta desarrollar este tema, ya tratado en otras ocasiones, pero sí hay que apuntar que la opción del cristiano incluye, en consecuencia, la de una austeridad solidaria, traducción a nuestra época del contenido de la primera bienaventuranza (Mt 5,3: «Dichosos los que eligen ser pobres, porque sobre ellos reina Dios»). Esa austeridad excluye la elevación continua e insaciable del nivel de vida, el deseo de lo superfluo y el consumismo frívolo. Y esto no por voluntarismo ascético, sino porque el horizonte universal del amor, que tiene presente la situación de muchos pueblos e incluso de ciertos grupos en la propia sociedad y se interesa por su promoción humana, hace aborrecible al cristiano esa conducta.

 El consumismo es obstáculo al desarrollo de la persona porque pone su satisfacción en lo externo, no en lo íntimo (aspecto personal) y porque olvida la solidaridad (aspecto social).

 No todo prestigio social es condenable. Al contrario, la sociedad necesita tener una «aristocracia del espíritu», ver modelos de conducta ejemplar, de elevación intelectual, de bondad y madurez humana. Pero es nocivo un prestigio basado en la ostentación y la superficialidad, en el que brillan solamente los títulos o las joyas sin corresponder a una calidad personal.

 Es en toda hipótesis inadmisible el dominio del hombre sobre el hombre. El cristiano o la comunidad, siempre por motivo de amor a sus semejantes, nunca desearán ejercerlo, conscientes de que el dominio, contrario al amor, impide el desarrollo de la propia persona, y de que la sumisión, que priva de libertad, impide el de los otros.

 La aplicación de estos principios es factible y necesaria a nivel personal y comunitario y tiende a la creación de una sociedad muy diferente de la actual. Pero para alcanzar este objetivo no basta enunciar principios ni proclamarlos; una proyección social realista requiere reflexión, conocimientos, estudio, ensayos, paciencia y tenacidad.

 

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