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La
opción por la plenitud tiene repercusiones inmediatas en la
vida del que la hace. Jesús descubre al hombre que la raíz
de la injusticia que impide el desarrollo humano es la
acumulación o acaparación de riquezas, manifestación del
egoísmo que prescinde del bien de los demás y se hace
indiferente a la miseria de la humanidad; crea desigualdad,
invierte los valores personales poniendo el tener por encima
del ser; de ella se derivan la búsqueda del brillo social y
el afán de dominio. No hace falta desarrollar este tema, ya
tratado en otras ocasiones, pero sí hay que apuntar que la
opción del cristiano incluye, en consecuencia, la de una
austeridad solidaria, traducción a nuestra época del
contenido de la primera bienaventuranza (Mt 5,3: «Dichosos
los que eligen ser pobres, porque sobre ellos reina Dios»).
Esa austeridad excluye la elevación continua e insaciable del
nivel de vida, el deseo de lo superfluo y el consumismo frívolo.
Y esto no por voluntarismo ascético, sino porque el horizonte
universal del amor, que tiene presente la situación de muchos
pueblos e incluso de ciertos grupos en la propia sociedad y se
interesa por su promoción humana, hace aborrecible al
cristiano esa conducta.
El consumismo es obstáculo al desarrollo de la persona
porque pone su satisfacción en lo externo, no en lo íntimo
(aspecto personal) y porque olvida la solidaridad (aspecto
social).
No todo prestigio social es condenable. Al contrario, la
sociedad necesita tener una «aristocracia del espíritu»,
ver modelos de conducta ejemplar, de elevación intelectual,
de bondad y madurez humana. Pero es nocivo un prestigio basado
en la ostentación y la superficialidad, en el que brillan
solamente los títulos o las joyas sin corresponder a una
calidad personal.
Es en toda hipótesis inadmisible el dominio del hombre
sobre el hombre. El cristiano o la comunidad, siempre por
motivo de amor a sus semejantes, nunca desearán ejercerlo,
conscientes de que el dominio, contrario al amor, impide el
desarrollo de la propia persona, y de que la sumisión, que
priva de libertad, impide el de los otros.
La aplicación de estos principios es factible y
necesaria a nivel personal y comunitario y tiende a la creación
de una sociedad muy diferente de la actual. Pero para alcanzar
este objetivo no basta enunciar principios ni proclamarlos;
una proyección social realista requiere reflexión,
conocimientos, estudio, ensayos, paciencia y tenacidad.
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DE
LOS AMIGOS DE LA PARROQUIA VIRTUAL
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