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La denominación «el Hijo del hombre»,
preferida por los evangelistas, indica que no es posible
exagerar la importancia de lo humano: tanto más realizará él
cristiano en sí mismo la calidad de hijo de Dios cuanto más
plenamente sea hombre. No es digno de Dios tener hijos
enclenques; por eso, el desarrollo humano es condicionante
para la plena filiación. Lo que impide obrar al Espíritu es
el resignarse a vivir en la mediocridad. En palabras de M.
Buber: «El hombre no puede acercarse a Dios saltándose lo
humano; no puede hacerlo más que haciéndose hombre, ese
hombre único que está destinado a ser en virtud de su creación»
30.
De hecho, un rasgo de la teología de los evangelistas
es la centralidad del hombre. A Dios se le encuentra en Jesús,
el Hombre-Dios; es Jesús el que asume el papel de Esposo (Mc
2,19 parr.), que el AT atribuía a Yahvé (ls 1,21-23; 49,14-26;
54; Ez 16; Os 2,4.1618), o, en otra formulación, es él quien
establece la nueva alianza, ahora con la humanidad entera (Mc
14,24: «esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama
por vosotros y por todos»). Es, por tanto, Jesús quien funda
el nuevo pueblo o, mejor, la nueva comunidad humana universal;
son su persona y su entrega por los hombres el código de la
alianza que sustituye a la antigua Ley (Mc 14,22.24 parr.).
La
riqueza del hombre está en su ser, no en su tener. Puede
decirse que el nivel de una comunidad cristiana se mide por la
calidad humana que produce, manifestada en el grado de
libertad, responsabilidad y amor de sus miembros, o, lo que es
lo mismo, en su madurez personal y su entrega. Y, siendo la
actividad el despliegue de la realidad interior, si un
cristiano es humanamente raquítico su influjo hará raquíticos;
cuanto más pleno sea, más podrá contribuir a la plenitud de
los otros.
Además, cuanto más desarrollado y maduro, es decir,
libre, solidario y noble sea el cristiano, tanto más se
acerca a Dios que es la pura perfección. Pero la madurez no
es una idea, sino una realidad vivida, demostrada en el modo
de ser y de hacer. El ser del cristiano no se define tanto por
su recto pensar (ortodoxia), como por su recto vivir (ortopraxis)
(Jn 13,34: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos,
en que os tenéis amor entre vosotros"). El cristianismo
no es una mera ideología; su expresión conceptual se basa en
algo más profundo, una experiencia. La adhesión a Jesús no
es solamente intelectual, sino vital: cercanía, presencia,
contacto, amistad.
Es verdad que la ideología o sistema de ideas que
adopte o elabore un cristiano rebasa la formulación de su
experiencia, pues, por una parte, necesita reflexionar sobre
el significado de su fe y elaborar un sistema coherente de
pensamiento; por otra, se basa en el análisis de situaciones
históricas que se dan en su sociedad y en el mundo. Pero
nunca puede perder de vista la experiencia básica, sino que
debe aplicarla o usarla como criterio último en los diversos
campos que examine. La ideología no puede contradecir a esa
experiencia. También la doctrina social ha de estar iluminada
por el amor de Dios, que busca el desarrollo integral del
hombre. La eficacia de la idea está en función de la calidad
de la experiencia que la anima.
La obra de Jesús es así un impulso a la plena
hominización. Él muestra el modelo y capacita al hombre para
alcanzarlo. Cada individuo es un proyecto en realización,
pues no todo está dado desde el principio; ha de ir haciéndose
hijo de Dios (Jn 1,12), creciendo hacia su plenitud: la
condición divina, que rompe todo límite y a la que está
llamado todo hombre. En el camino habrá tropiezos,
retrocesos, fallos, debilidades, pero lo importante es
mantenerse en la opción. Los tropiezos retrasan la maduración,
pero no la impiden. Para que esto sucediera, el individuo o la
comunidad tendrían que desdecirse de su adhesión a Jesús,
traicionando su opción.
Según los evangelios, la total plenitud, la condición
divina del hombre, es la cumbre de la realización humana.
Pero el individuo no debe desanimarse por la lejanía de ese
ideal. A lo largo de su existencia, el hombre va caminando de
plenitud en plenitud, cada vez conforme a su grado de
desarrollo y madurez humana. Plenitud significa llenar del
todo una capacidad existente; por eso puede decirse que cada
grado de plenitud es el máximo posible para un ser humano en
un momento determinado. En la medida de su capacidad en cada
época de su vida, el hombre va experimentando sucesivas
plenitudes. No vive en función de un ideal lejano y
angustioso, sino que progresivamente va alcanzando metas que
satisfacen plenamente su anhelo en ese momento. Es lo que
afirma Jesús a propósito del Espíritu, en Jn 4,14: «El que
bebe agua de ésta no tendrá nunca sed».
Para el seguidor de Jesús, la denominación «el Hijo
del hombre», que señala su meta final subrayando su raíz
humana, estimula la fe en sí mismo. Al ser cancelados sus
pecados, se ve desligado de la mezquindad de su historia
anterior y puede vivir para el presente y el futuro, pero no
ya con la obsesión del pecado, sino animado por el Espíritu
en el seguimiento de Jesús y aspirando a lo más elevado que
sepa ansiar. No ha de vivir en actitud defensiva y atemorizada
por causa de su pasado, contentándose con no pecar; las
antiguas culpas están canceladas (Mc 2,5 parr.),
definitivamente olvidadas (Heb 8,12; 10,17; cf. Jr 31,34); su
proceso de crecimiento debe desarrollarse en una orientación
positiva de la vida y en una serena superación, atraído y
fascinado por ese ideal concreto y presente que es Jesús.
De hecho, el Hijo del hombre es señal para cada
generación humana (Lc 11,29-30): su figura pone ante los ojos
el ideal de Hombre y debe ser estímulo para el desarrollo
personal. A los seres humanos sumergidos en la mediocridad, en
el mezquino egoísmo, divididos por ruines intereses u
orgullos, Jesús, el Hijo del hombre, abre el horizonte del
amor y solidaridad universal, de las ilimitadas posibilidades
del ser humano. Puede decirse que, para cada individuo, la
opción por el modelo de Hombre o el rechazo o la indiferencia
ante él decide el éxito o el fracaso de su existencia, es
decir, su plena realización o su insuficiencia como persona.
Jesús invita a cada uno a ser él mismo y a realizar
plenamente su potencialidad, es decir, a ser libre y autónomo,
a actuar en la fidelidad a su condición humana, obra de Dios,
a desplegar su creatividad en la solidaridad hacia los demás. |