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La eucaristía y el Hijo del hombre


Los evangelios sinópticos mencionan al Hijo del hombre en el contexto de la Cena, cuando Jesús predice la traición (Mc 14,21; Mt 26,24; Lc 22,22), pero es Jn quien lo relaciona más explícitamente con la eucaristía: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida definitiva» (Jn 6,53-54). El comer y beber, símbolo ya usado en la tradición judía para el estudio de la Ley 29, significa en este caso un asimilarse, un compenetrarse con la persona, actividad y entrega de Jesús. La eucaristía presenta así dos aspectos, el del ser y la actividad (carne = hombre mortal, en el que se realiza el proyecto divino) y el de la entrega (sangre = don de la vida). «Comer la carne» significa, por tanto, identificarse con Jesús en su etapa histórica, ser como él fue: en suma, la identidad cristiana y el crecimiento personal mediante una actividad liberadora y vivificante como la suya. «Beber la sangre» simboliza la identificación con su entrega hasta el fin, expresión del amor que nunca se desdice.

 La eucaristía es así la renovación y profundización del compromiso cristiano, de la adhesión a Jesús; quien la recibe reafirma su deseo de seguirlo en el camino de la plenitud humana y de entregarse sin reservas a una actividad que, como la suya, contribuya a dar vida a la humanidad. El fruto es una nueva infusión del Espíritu, que va identificando al cristiano con Jesús, ampliando su capacidad de amar y potenciándolo para la entrega.


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Importancia de lo humano.

 

La denominación «el Hijo del hombre», preferida por los evangelistas, indica que no es posible exagerar la importancia de lo humano: tanto más realizará él cristiano en sí mismo la calidad de hijo de Dios cuanto más plenamente sea hombre. No es digno de Dios tener hijos enclenques; por eso, el desarrollo humano es condicionante para la plena filiación. Lo que impide obrar al Espíritu es el resignarse a vivir en la mediocridad. En palabras de M. Buber: «El hombre no puede acercarse a Dios saltándose lo humano; no puede hacerlo más que haciéndose hombre, ese hombre único que está destinado a ser en virtud de su creación» 30.

 De hecho, un rasgo de la teología de los evangelistas es la centralidad del hombre. A Dios se le encuentra en Jesús, el Hombre-Dios; es Jesús el que asume el papel de Esposo (Mc 2,19 parr.), que el AT atribuía a Yahvé (ls 1,21-23; 49,14-26; 54; Ez 16; Os 2,4.1618), o, en otra formulación, es él quien establece la nueva alianza, ahora con la humanidad entera (Mc 14,24: «esta es la sangre de la alianza mía, que se derrama por vosotros y por todos»). Es, por tanto, Jesús quien funda el nuevo pueblo o, mejor, la nueva comunidad humana universal; son su persona y su entrega por los hombres el código de la alianza que sustituye a la antigua Ley (Mc 14,22.24 parr.).

 La riqueza del hombre está en su ser, no en su tener. Puede decirse que el nivel de una comunidad cristiana se mide por la calidad humana que produce, manifestada en el grado de libertad, responsabilidad y amor de sus miembros, o, lo que es lo mismo, en su madurez personal y su entrega. Y, siendo la actividad el despliegue de la realidad interior, si un cristiano es humanamente raquítico su influjo hará raquíticos; cuanto más pleno sea, más podrá contribuir a la plenitud de los otros.

 Además, cuanto más desarrollado y maduro, es decir, libre, solidario y noble sea el cristiano, tanto más se acerca a Dios que es la pura perfección. Pero la madurez no es una idea, sino una realidad vivida, demostrada en el modo de ser y de hacer. El ser del cristiano no se define tanto por su recto pensar (ortodoxia), como por su recto vivir (ortopraxis) (Jn 13,34: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os tenéis amor entre vosotros"). El cristianismo no es una mera ideología; su expresión conceptual se basa en algo más profundo, una experiencia. La adhesión a Jesús no es solamente intelectual, sino vital: cercanía, presencia, contacto, amistad.

 Es verdad que la ideología o sistema de ideas que adopte o elabore un cristiano rebasa la formulación de su experiencia, pues, por una parte, necesita reflexionar sobre el significado de su fe y elaborar un sistema coherente de pensamiento; por otra, se basa en el análisis de situaciones históricas que se dan en su sociedad y en el mundo. Pero nunca puede perder de vista la experiencia básica, sino que debe aplicarla o usarla como criterio último en los diversos campos que examine. La ideología no puede contradecir a esa experiencia. También la doctrina social ha de estar iluminada por el amor de Dios, que busca el desarrollo integral del hombre. La eficacia de la idea está en función de la calidad de la experiencia que la anima.

 La obra de Jesús es así un impulso a la plena hominización. Él muestra el modelo y capacita al hombre para alcanzarlo. Cada individuo es un proyecto en realización, pues no todo está dado desde el principio; ha de ir haciéndose hijo de Dios (Jn 1,12), creciendo hacia su plenitud: la condición divina, que rompe todo límite y a la que está llamado todo hombre. En el camino habrá tropiezos, retrocesos, fallos, debilidades, pero lo importante es mantenerse en la opción. Los tropiezos retrasan la maduración, pero no la impiden. Para que esto sucediera, el individuo o la comunidad tendrían que desdecirse de su adhesión a Jesús, traicionando su opción.

 Según los evangelios, la total plenitud, la condición divina del hombre, es la cumbre de la realización humana. Pero el individuo no debe desanimarse por la lejanía de ese ideal. A lo largo de su existencia, el hombre va caminando de plenitud en plenitud, cada vez conforme a su grado de desarrollo y madurez humana. Plenitud significa llenar del todo una capacidad existente; por eso puede decirse que cada grado de plenitud es el máximo posible para un ser humano en un momento determinado. En la medida de su capacidad en cada época de su vida, el hombre va experimentando sucesivas plenitudes. No vive en función de un ideal lejano y angustioso, sino que progresivamente va alcanzando metas que satisfacen plenamente su anhelo en ese momento. Es lo que afirma Jesús a propósito del Espíritu, en Jn 4,14: «El que bebe agua de ésta no tendrá nunca sed».

 Para el seguidor de Jesús, la denominación «el Hijo del hombre», que señala su meta final subrayando su raíz humana, estimula la fe en sí mismo. Al ser cancelados sus pecados, se ve desligado de la mezquindad de su historia anterior y puede vivir para el presente y el futuro, pero no ya con la obsesión del pecado, sino animado por el Espíritu en el seguimiento de Jesús y aspirando a lo más elevado que sepa ansiar. No ha de vivir en actitud defensiva y atemorizada por causa de su pasado, contentándose con no pecar; las antiguas culpas están canceladas (Mc 2,5 parr.), definitivamente olvidadas (Heb 8,12; 10,17; cf. Jr 31,34); su proceso de crecimiento debe desarrollarse en una orientación positiva de la vida y en una serena superación, atraído y fascinado por ese ideal concreto y presente que es Jesús.

 De hecho, el Hijo del hombre es señal para cada generación humana (Lc 11,29-30): su figura pone ante los ojos el ideal de Hombre y debe ser estímulo para el desarrollo personal. A los seres humanos sumergidos en la mediocridad, en el mezquino egoísmo, divididos por ruines intereses u orgullos, Jesús, el Hijo del hombre, abre el horizonte del amor y solidaridad universal, de las ilimitadas posibilidades del ser humano. Puede decirse que, para cada individuo, la opción por el modelo de Hombre o el rechazo o la indiferencia ante él decide el éxito o el fracaso de su existencia, es decir, su plena realización o su insuficiencia como persona.

 Jesús invita a cada uno a ser él mismo y a realizar plenamente su potencialidad, es decir, a ser libre y autónomo, a actuar en la fidelidad a su condición humana, obra de Dios, a desplegar su creatividad en la solidaridad hacia los demás.