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Por eso, a pesar de los peligros que encierran,
porque pueden degenerar en la superficialidad y frivolidad del
“carpe diem”, el ateísmo y el agnosticismo modernos podrían ser
una etapa dolorosa, pero inevitable, de liberación respecto a
todos los conceptos de Dios que devalúan y disminuyen al
hombre. El hecho es que en no pocos casos el ateo o agnóstico
no niega o se desentiende de Dios por pura veleidad o
capricho; no han sido ni son raros, en efecto, los que
prescinden de Dios precisamente por amor a la humanidad,
porque el Dios que han conocido aparece como el rival del
hombre, el que lo somete, coartando su libertad y rebajando su
dignidad, y se convierte así en obstáculo a su realización.
Puede ser también el Dios-recurso que se apoya en la
inseguridad material o psicológica del ser humano y cuya
figura se diluye a medida que el hombre es más suficiente y
autónomo.
Otro motivo de alejamiento es el carácter mítico del
lenguaje religioso acerca de Dios, que, si pudo responder a la
mentalidad de otras épocas, es incompatible con el nuevo
desarrollo humano, caracterizado por la racionalidad. No se
trata de racionalismo; es claro que Dios no puede ser abarcado
por la razón humana y que todo hablar sobre lo divino tiene
necesariamente un componente simbólico, pero en ningún caso
lo que se afirme de Dios, aunque sobrepase a la razón, puede
oponerse a ella.
Choca también sobremanera la patente contradicción
cuando se presenta a Dios como infinitamente bueno y por otra
parte como infinitamente poderoso; el hombre moderno no
comprende cómo ese Dios que se dice bueno no interviene en la
historia, pudiendo hacerlo, para evitar tantos males como
afligen a la humanidad, especialmente a los más inocentes;
tal contradicción hace incomprensible el amor de Dios. Muchos
individuos de alto nivel humano consideran a este Dios
inaceptable, pero, por haber sido el único que les han
presentado y han conocido, al negarlo niegan la trascendencia
misma. De hecho, en muchos aspectos, la humanidad ha ido
madurando, mientras que la presentación de Dios que se le
hace e incluso la teología perpetúan el lenguaje de otras épocas.
Al madurar el hombre tiene que cambiar el lenguaje sobre Dios.
No se puede alimentar al adulto como al niño de pecho; si no
se habla de Dios de otro modo, se abre la puerta al ateísmo.
El fenómeno del ateísmo y agnosticismo modernos ha
sido también una reacción ante la conducta contradictoria de
las iglesias cristianas aliadas con los poderosos, inhibidas
ante los problemas humanos, opuestas al progreso científico
y, con la pretensión de tutelar a toda la sociedad,
manteniendo a los hombres en el infantilismo.
Según el evangelio, la relación que Dios quiere
instaurar con el hombre no es la de dependencia, sino la de
amor; no la de esclavo o siervo, sino la de hijo; no la de
temor, sino la de confianza. Dios es para el hombre la fuente
de vida siempre accesible, el amor incondicional, el
colaborador infatigable. Por su parte, no busca la subordinación
del hombre, sino la comunión con él; no la distancia, sino
la proximidad; no la obediencia, sino la sintonía, la del
amor universal que desea la plenitud para todo lo que existe.
En consecuencia, los que siguen a Jesús, el prototipo
de Hombre, deberían demostrar la presencia del Espíritu en
ellos por su profunda humanidad, su dignidad y libertad y su
intensa dedicación al bien de los otros; sólo esto dará
testimonio válido en su favor,, y con ello harán presente a
Dios en la historia (cf. Mt 5,16: «Brille así vuestra luz
ante los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a
vuestro Padre del cielo»).
Desgraciadamente, al parecer de muchos, no es ése el
espectáculo que ofrece buen número de cristianos: diciéndose
salvados viven en la angustia; afirmando gozar del amor de
Dios en Jesús llevan una vida triste; teniéndose por
perdonados no salen del temor del pecado. Su fe cristiana no
amplía su horizonte, se ocupan de nimiedades, sin pensar en
la solidaridad con su sociedad y con el mundo; su praxis se
limita a cumplir sus obligaciones «religiosas», sin
sensibilidad ni interés por los problemas de la humanidad. En
consecuencia, su desarrollo humano queda estancado: vegetan en
el adocenamiento y la mediocridad. Es el antitestimonio, que
priva de credibilidad al mensaje de Jesús y aleja del
cristianismo a los que se preocupan del bien del hombre.
De hecho, la figura de Jesús se ha propuesto casi
siempre como modelo de virtudes: misericordia, humildad,
sacrificio, sufrimiento, etc., pero no como modelo de Hombre:
no se hablaba, por ejemplo, de su libertad ni de las causas de
su enfrentamiento con el sistema judío; los dirigentes de
este pueblo se veían como «los malos», no como caso
concreto y figura de los poderes opresores; el pueblo mismo
aparecía como traidor y perverso, no como un ejemplo
particular de la masa humana que rehuye la responsabilidad
personal y prefiere la seguridad y la sumisión. La actividad
de Jesús se exponía como una sucesión de milagros y, por
tanto, inimitable y sin mensaje. Esta presentación de Jesús
podía llevar a la admiración o a la adoración, pero no al
seguimiento; hacía inmensa la distancia entre él y el
cristiano. Se le veía como un Dios de poder que deambula por
la tierra, no como el Hombre-Dios, prototipo y modelo de
Hombre.
La espiritualidad, por otra parte, tanto en Occidente
como en el Oriente cristiano, se ha centrado en el encuentro
con Dios y en las condiciones para ese encuentro. Ha
insistido, como en religiones no cristianas, en el amor entre
el alma y Dios, pero ha relegado a segundo término el amor al
prójimo y ha perdido de vista la dimensión social del
mensaje cristiano 35. Ha sido, por lo general, una
espiritualidad individualista, más teocéntrica que cristocéntrica,
que, por su falta de compromiso con la historia, llevaba a
olvidar que Jesús es el Salvador de la humanidad, no sólo a
nivel individual sino también social.
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