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Siglo
tras siglo, la afirmación que encabeza este artículo
ha ido acumulando víctimas. Muy poco sabían sobre la
salvación los que afirmaron que ésta era patrimonio
exclusivo de la Iglesia. Se comprende que otros
retorcieran esta máxima y se preguntaran si era posible
la salvación «dentro de la Iglesia». Por supuesto: se
referían a la Iglesia como institución, a la que
Aranguren llamaba «Iglesia eclesiástica» para
distinguirla de la «Iglesia eclesial». También yo me
referiré permanentemente a la Iglesia como institución.
Fue ella la que formuló y mantuvo el aserto «fuera de
la Iglesia no hay salvación».Bajo este funesto
convencimiento se abrieron paso la coacción y la
violencia . Animada por el «oblígalos a entrar»,de
san Agustín, la Iglesia se alió con la espada y las
hogueras. Europa se convirtió en un triste escenario de
sangre y fuego. Se tiene la impresión de que se actuaba
según el lema «la salvación, con sangre entra».El
Dios de Jesús, el Dios que salva, fue recluido, como un
«pensionista» (Ch. Duquoc) en la Iglesia católica.
Manuel Fraijo (Teólogo)
Fuera del mundo no hay
salvación...
Desde
hace ya algún tiempo estamos asistiendo en los medios
de comunicación de masas a un fenómeno preocupante.
Casi todas las noticias que nos ofrecen del actual
proceso del mundo son negativas: catástrofes naturales,
accidentes provocados o fortuitos, matanzas
indiscriminadas de pueblo desarmado, hambrunas
asoladoras en vastas regiones del planeta, guerras de
exterminio y terrorismo de todos los colores, el paro
que no cesa, las corrupciones en la política y en otras
profesiones, la pulsión incontenible de la inmigración
y el naufragio de las pateras, Maastricht ... Para qué
seguir. Más que de transmisores de buenas noticias, los
medios de comunicación nos están ofreciendo, a veces
sin escrúpulo, un «reality
show» que no es, evidentemente, el único rostro del
mundo actual. Acercarte a estos medios cada mañana
supone un buen ejercicio de masoquismo o, en el peor de
los casos, de cinismo. Sus informaciones casi siempre
nos dejan tristes, preocupados, alarmados, a veces
indiferentes, casi siempre sin esperanza... Xosé
Chao Rego (Teólogo)
La Iglesia en la sociedad
española...
La
presencia de la iglesia en la sociedad y el modo de
llevar a cabo esa presencia fue uno de los temas
fundamentales del concilio Vaticano II. Han pasado más
de 30 años y, no en vano, el concilio consagró como
categoría de una nueva concepción eclesial la de «Pueblo
de Dios». Aún sin muchos preverlo, quedaba
deslegitimada la hegemonía de la iglesia clerical,
teóricamente por lo menos. Es posible que, todavía
hoy, lo de «Iglesia popular» suene a algunos eclesiásticos
a herejía, pero el hecho cierto es que se va evitando
identificar a la iglesia con la jerarquía o el aparato
institucional.
No
se trata, por tanto, de una iglesia monolítica,
referida a la institución jerárquica, aunque no se
deje de hablar de ella por el peso que, en ocasiones,
todavía representa o ejerce en nuestra sociedad. Pero,
la conciencia de creyentes y no creyentes se orienta
cada vez más hacia el nuevo concepto de iglesia =
pueblo de Dios, más global, complejo y pluralista.
Javier
Martínez Cortés (Sociólogo)
La buena Noticia de la paz en
el Nuevo Testamento.
El
significado de la palabra hebrea shalom y su
traducción griega eirênê no se ajusta al
significado del término latino
«pax» ni al castellano «paz». El diccionario
de María Moliner define esta palabra, en primer lugar,
como «situación en la que no hay guerra o lucha»; en
segundo lugar, la considera sinónimo de «tranquilidad»,
«ese estado de ánimo en cualquier sitio o situación
cuando no hay lucha o intranquilidad de ninguna clase».
Para los orientales, sin embargo, esta palabra tiene
unas veces un significado más amplio y envolvente;
otras, más vago y difuminado; a veces, su significado
resulta difícil de precisar. No es fácil encontrar en
la Biblia un término con significado tan denso como éste.
Jesús
Peláez (Universidad de Córdoba)
El Dios creador como meta
de esperanza...
Aprender
y vivenciar que incluso cuando pensamos a Dios, es ante
todo Él quien piensa en nuestro pensamiento; igual que
Él es quien desea en nuestro deseo, quiere en nuestro
querer, ama en nuestro amor e incluso realiza en nuestra
realización. Esto, lejos de inducir un pietismo
superficial y un evasionismo pasivo, llama a la
responsabilidad sin fisuras. Pues, justo porque nos ama
con ese amor infinitamente transitivo, nos entrega
totalmente a nosotros mismos: en frase magnífica de
Bergson, “nos crea creadores”. Por eso el creyente
vive siempre en una tensión única e irrepetible, que
constituye su fuerza y marca su paradoja. Se sabe
siempre y totalmente sustentado y regalado por Dios en
cuanto es y en cuanto hace. Y, al mismo tiempo, es
consciente de que sólo en su libre acogida puede la
presencia divina hacerse realidad histórica: como sin
Dios, es decir, sin «dios tapa agujeros» ni milagros
que suplan –como los ángeles de san Isidro– su
trabajo; ni siquiera dispone de soluciones prefabricadas
para los nuevos problemas religiosos y morales.
Andrés
Torres Queiruga (Teólogo)
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