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DESCUBRIMOS EL PROYECTO DE DIOS... |
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AL PRINCIPIO EXISTÍA LA PALABRA Comentario al Prólogo del Evangelio de Juan
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| Introducción (1,1-2) |
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1-2 Al principio ya existía la Palabra, y la Palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios. Ella al principio se dirigía a Dios. |
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Teniendo, pues, en cuenta el doble sentido de la palabra griega logos, el v. 1a puede traducirse: Al principio ya existía el Proyecto. Es decir, ya antes de que Dios creara el mundo con su Palabra, existía el Proyecto divino que había de guiar la obra creadora. De los tres casos en que aparece en estos vv. el término "Dios", la primera y la tercera lleva artículo determinado (el Dios); la segunda, no lo lleva (un Dios, un ser divino). El contenido del Proyecto divino está expresado en 1c, que, ateniéndonos al significado del logos en este pasaje y a la forma sin artículo de "Dios", puede traducirse: un ser divino era el Proyecto. Éste consistía, por tanto, en que el hombre tuviese la condición divina. La traducción del v. 1 puede, por tanto, hacerse así: Al principio ya existía el Proyecto, y el proyecto se dirigía / interpelaba a Dios, y un ser divino era el Proyecto. El Proyecto formulado es la Palabra divina absoluta y relativiza todas las demás palabras, en particular, las de la antigua Ley: a las diez palabras (los diez mandamientos, el decálogo) se opone la única palabra que las sustituye. Paralelamente, todos los ideales humanos propuestos en la antigua alianza quedan superados al conocerse el verdadero proyecto de Dios sobre el hombre, el Hombre-Dios, realizado en Jesús. Como se hacía en el AT con la sabiduría divina (Prov 8,22-31), el evangelista personifica el Proyecto, concebido en la mente divina, y lo presenta como el interlocutor de Dios. Expresa con esta especie de soliloquio divino una urgencia: la del amor de Dios por realizarlo. Y el evangelista repite esa idea en el vers. siguiente: Él (el logos-Proyecto) al principio se dirigía / interpelaba a Dios.
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La antigua humanidad |
El rechazo del proyecto de Dios (1,3-10) |
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3-5 Mediante ella existió todo; sin ella no existió cosa alguna de lo que existe. Ella contenía vida, y la vida era la luz de los hombres: esa luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la ha extinguido. |
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Pero la actividad creadora se traduce especialmente en la voluntad de comunicar a los hombres la vida que contiene. Esta vida (= la plenitud de vida), se opone a la existencia mediocre y sometida que impera en el género humano y que no merece el nombre de vida. Pero, además, la vida plena es para los hombres la luz, la verdad. De esta última afirmación se deduce una importante consecuencia: no existe una verdad anterior a la vida ni independiente de ella: no hay más verdad que el esplendor (la luz) de la vida misma; es la aspiración a la vida plena la que orienta y guía al hombre, y la experiencia de ella le va descubriendo la verdad. Es decir, la verdad es la vida misma en cuanto se puede conocer, experimentar y formular. Donde hay vida, hay verdad; donde no hay vida, no puede haber verdad. Pero la luz-vida tiene un enemigo, la tiniebla: a la luz-vida se opone la tiniebla-muerte. Aparece el mal: la tiniebla es una entidad activa y maléfica que pretende extinguir la luz. No existe antes que la luz, como se decía en el relato de la creación (Gn 1), sino que aparece después de la luz, está causada por hombres. En el ser humano, lo primario es la aspiración a la vida, que es componente de su ser, pues es la vida plena el contenido del proyecto creador del que el hombre es resultado. La tiniebla, por su parte, no se opone a la vida en sí misma, sino a la luz-verdad, a la vida en cuanto puede ser conocida. Es, por tanto, una antiverdad, una falsa ideología (8,44: la mentira) que, al ser aceptada, ciega al hombre, impidiéndole ver la luz, es decir, impidiéndole conocer el proyecto creador, expresión del amor de Dios por el hombre, y sofocando su aspiración a la plenitud. Los dominados por la tiniebla son muertos en vida. Así, toda ideología que se oponga a la plenitud humana o la impida, es tiniebla: la que inculca la sumisión en vez de la libertad, la que priva al hombre de la capacidad de pensar o de la capacidad de decidir y actuar en su vida. La peor, sin embargo, es la que persuade al hombre a venerar y amar lo que lo oprime e impide su crecimiento. A pesar del esfuerzo de la tiniebla por extinguirla, la vida-luz, la aspiración a la vida plena, sigue brillando y sirve de orientación y de meta a la humanidad: los hombres pueden aún comprender qué significa una vida plenamente humana y aspirar a ella, aun cuando por culpa de otros no lleguen a conocerla y tengan que vivir sometidos a una condición infrahumana. |
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6-8 Apareció un hombre enviado de parte de Dios, su nombre era Juan; éste vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, de modo que, por él, todos llegasen a creer. No era él la luz, vino sólo para dar testimonio de la luz. |
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9-10 Era ella la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre llegando al mundo. En el mundo estaba y, aunque el mundo existió mediante ella, el mundo no la reconoció |
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Pero la luz de la vida no sólo brilla (v. 5), sino que ilumina; llega al mundo, se hace visible a todo hombre y busca comunicarse a él. Es decir, a pesar de las tinieblas y de las falsas luces, la plenitud contenida en el proyecto creador interpelaba a los hombres, presentándose como ideal y meta, y el anhelo humano de vida y de plenitud era criterio para distinguir entre luces verdaderas y falsas. Sin embargo, aunque la luz le llegaba, la humanidad no reconoció el proyecto de Dios ni hizo caso de la interpelación (el mundo no la reconoció); aunque la luz le era connatural, la rechazó, y con ello rechazó la vida. Dominada por las ideologías contrarias a la vida (la tiniebla-muerte), se negó a responder al ideal al que estaba destinada por la creación misma. Tal era su situación hasta la llegada histórica de la Palabra-Proyecto: la ideología-tiniebla represora de la vida quitaba a los hombres hasta el deseo de la propia plenitud. |
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Centro del prólogo (1,11-13) |
El proyecto creador, realizado en la historia |
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11-13 Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron. En cambio, a cuantos la han aceptado, los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios: a esos que mantienen la adhesión a su persona; 1os que no han nacido de mera sangre derramada ni por designio de un mero mortal ni por designio de un mero varón, sino que han nacido de Dios. |
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Se afirma aquí el fracaso de la antigua alianza, que debía haber preparado a Israel para este momento. Se ha interpuesto la tiniebla; en este caso, la ideología mantenida por la institución judía, que conllevaba la absolutización de la Ley mosaica y los principios nacionalistas (12,34.40). En su nombre se condenará a Jesús (19,7). Hay, sin embargo, quienes, liberándose del dominio de la tiniebla, aceptan la palabra-luz, sobre todo fuera del pueblo judío, y para ésos se abre una nueva posibilidad. En el mundo semítico, es "hijo" el que se parece a su padre, demostrándolo con su modo de obrar (8,39; cf. 5,19-20). La capacidad de ser hijos de Dios se confiere con el "nacer de Dios"; "hacerse hijo" indica el crecimiento, el ir asemejándose a Dios, efecto de una actividad semejante a la de Dios mismo. Dios no anula al hombre, sino que lo potencia. La actividad del cristiano no es la de Dios en el hombre, sino la de Dios con el hombre. Aceptar a Jesús consiste en darle la adhesión personal en su calidad de Proyecto realizado, de Hombre-Dios, y en aceptar la vida que, por su medio, Dios comunica. No pide el evangelista la adhesión a una ideología ni a una verdad revelada, sino a la persona de Jesús, modelo y dador de vida que Dios ofrece a la humanidad. Como se ha dicho antes, la capacidad de hacerse hijos de Dios supone un nuevo nacimiento. Pero éste no es obra meramente humana; de hecho, no procede de una muerte cualquiera (“sangre derramada”); tampoco del propósito de un ser mortal cualquiera, ni del propósito generador de un varón cualquiera, sino de los de Jesús, cuya muerte y propósitos no son meros hechos humanos, sino que en ellos se expresa y despliega su actividad un ser divino ("Dios", cf. v.1), la Palabra-Proyecto realizado.
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La nueva humanidad (1,14-17) |
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14 Así que la Palabra se hizo hombre, acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre-, plenitud de amor y lealtad. |
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El Proyecto divino, la plenitud de vida, se ha realizado en un hombre sujeto a la muerte (hombre-carne). Por vez primera aparece en el mundo la meta de la creación: el Hombre-Dios. La comunidad interpreta su presencia en clave de éxodo, es decir, de liberación de toda esclavitud: acampar (plantar la tienda) hace alusión a la antigua Tienda del Encuentro, morada de Dios entre los israelitas durante su peregrinación por el desierto (Éx 33,7-10). En este nuevo éxodo, el lugar donde Dios habita es un hombre, Jesús. La gloria era el resplandor de la presencia divina, que, durante el éxodo de Israel, aparecía en particular sobre el santuario (Éx 40,34-38). Para la nueva humanidad en camino, la presencia activa de Dios resplandece en el hombre Jesús. No hay distancia entre Dios y los hombres; en Jesús, su presencia es inmediata para todos. El hijo único es el heredero universal del Padre, y todo lo que éste tiene le pertenece; el Padre le comunica su misma gloria, haciendo al Hijo igual a él. Y su gloria consiste en su plenitud de amor y lealtad (cf. Éx 34,6): amor gratuito y generoso que se traduce en don de sí, en entrega, y que no se desmiente ni falla nunca (lealtad). Como la luz es el resplandor de la vida, la gloria es el resplandor del amor fiel. Si la vida es un dinamismo, su actividad es el amor: vivir es amar, y amar es comunicar vida. La gloria de Dios no es, por tanto, su poder o su soberanía, sino su amor, el amor que no cambia, que siempre se mantiene. |
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15 Juan da testimonio de él y sigue gritando: «Este es de quien yo dije: “El que llega detrás de mí estaba ya presente antes que yo, porque existía primero que yo”». |
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Juan resume aquí, en sentido inverso, las tres etapas de la Palabra-Proyecto: su existencia antes de la creación (existía primero que yo), su presencia en la humanidad (estaba ya presente antes que yo), su realización histórica en Jesús (el que llega detrás de mí). |
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16-17 La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor; porque la Ley se dio por medio de Moisés, el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías. |
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Así, la prueba palpable de la realidad y de la acción de Jesús es el amor que existe en la comunidad (un amor que responde a su amor, un amor como el suyo); y este amor se muestra en una actividad como la de Jesús, que busca realizar el designio divino trabajando por la plenitud humana. El evangelista distingue dos épocas: La primera, referida al pueblo judío, se caracterizaba por el imperio de la Ley promulgada por Moisés. La segunda afecta a toda la humanidad y se caracteriza por el amor fiel, realizado en Jesús y comunicado por él, que, como Mesías, cumple las promesas hechas al antiguo pueblo. Por tanto, la antigua relación o alianza, mediada por la Ley mosaica, ha caducado. Ahora, gracias a la obra de Jesús, puede existir en los hombres el amor fiel propio de Dios mismo (v. 14); con ello culmina la obra creadora de Dios y se establece la nueva relación o alianza con él. La Ley era exterior, el amor es interior y transforma al hombre, haciéndose constitutivo de su ser (Jr 31,31-34; Ez 36,25-28). El código externo pierde su validez y su razón de existir. Al nuevo éxodo y a la nueva alianza se invita a todos los hombres (cf. v. 9). No desembocan, por tanto, en la formación de un nuevo pueblo, sino en la de una nueva humanidad. La comunidad tiene conciencia de pertenecer a ella. |
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Colofón (1,18) |
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18 A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación. |
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La teología del hombre-imagen de Dios queda superada; el proyecto de Dios sobre el ser humano es mucho más alto: es el Hombre-Hijo, a quien el Padre comunica su propia vida-amor, y ha quedado realizado en Jesús. Únicamente un ser divino podía comprender a Dios; sólo Jesús, el Hijo único / amado, que tiene la condición divina (Dios) y goza de total intimidad con Dios (de cara), puede expresar lo que éste es: el Padre que está total e incondicionalmente en favor del hombre, el que, por amor, le comunica su propia vida. Jesús lo explica con su persona y actividad. Él es el punto de partida, el único dato de experiencia al alcance del hombre para conocer al verdadero Dios. Toda idea de Dios que no corresponda a lo que es Jesús es un invento humano sin valor. Jesús es, de modo inseparable, la verdad del hombre y la verdad de Dios: manifiesta lo que es el hombre por ser la realización plena del proyecto creador, el modelo de Hombre; manifiesta lo que es Dios haciendo presente y visible el amor incondicional del Padre, al entregar su vida para dar vida a los hombres. |
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Síntesis: |
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El proyecto de Dios se ofrece a toda la humanidad, pero no todos lo aceptan. Existen intereses humanos contrarios a él, que procuran ocultarlo, convenciendo al hombre de su incapacidad e indignidad y, en consecuencia, de la necesidad de someterse, haciéndolo temer como un peligro a su propia libertad. Sin embargo, ya existe un modelo de la condición divina del ser humano: Jesús. Él, con su obra y su palabra, hace ver qué significa el proyecto divino sobre el hombre y, con él, revela la inmensidad del amor de Dios. |

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(Jn 1,1-18) 1Al principio ya existía la Palabra y la Palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios. 2Ella al principio se dirigía a Dios. 3Mediante ella existió todo, sin ella no existió cosa alguna de lo que existe. 4Ella contenía vida y la vida era la luz de los hombres: 5esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha extinguido. 6Apareció un hombre enviado de parte de Dios, su nombre era Juan; éste vino para un testimonio, 7para dar testimonio de la luz, de modo que, por él, todos llegasen a creer. 8No era él la luz, vino sólo para dar testimonio de la luz. 9Era ella la luz verdadera. la que ilumina a todo hombre llegando al mundo. 10En el mundo estaba y, aunque el mundo existió mediante ella, el mundo no la reconoció. 11Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron. 12En cambio, a cuantos la han aceptado. los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios: a esos que mantienen la adhesión a su persona; 131os que no han nacido de mera sangre derramada ni por designio de un mero mortal ni por designio de un mero varón, sino que han nacido de Dios. 14Así que la Palabra se hizo hombre, acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria -la gloria que un hijo único recibe de su padre- plenitud de amor y lealtad. 15Juan da testimonio de él y sigue gritando: - Este es de quien yo dije: «El que llega detrás de mí estaba ya presente antes que yo, porque existía primero que yo». 16La prueba es que de su plenitud todos nosotros hemos recibido: un amor que responde a su amor. 17Porque la Ley se dio por medio de Moisés; el amor y la lealtad han existido por medio de Jesús Mesías. 18A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación.
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