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El
anuncio del Evangelio en la actual cultura informática
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Lejos de
insinuar que la Iglesia tendría que quedarse al margen o intentar
aislarse de la riada de esos acontecimientos, los Padres del
Concilio vieron que la Iglesia tenía que estar dentro del mismo
progreso humano, compartiendo las experiencias de la humanidad e
intentando entenderlas e interpretarlas a la luz de la fe. Era a los
fieles de Dios a quienes correspondía hacer un uso creativo de los
descubrimientos y nuevas tecnologías en beneficio de la humanidad y
en cumplimiento del plan de Dios sobre el mundo.
Ese
reconocimiento de la rapidez de los cambios y esa disponibilidad
ante los nuevos desarrollos resultaron muy acertados en el curso de
los años siguientes, ya que continuó la aceleración del ritmo de
los cambios y del desarrollo. Hoy en día, por ejemplo, ya a nadie
se le ocurriría pensar en la comunicaciones sociales o hablar de
las mismas como de simples instrumentos o tecnologías. Más bien,
ahora las consideran como parte integrante de una cultura aún
inacabada cuyas plenas implicaciones todavía no se entienden
perfectamente y cuyas potencialidades por el momento se han
explotado sólo parcialmente.

Aquí,
pues, encontramos las bases de nuestra reflexión para esta XXIV
Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales. Cada día que pasa
va cobrando mayor realidad la visión de años anteriores, aquella
visión que anticipó la posibilidad de un diálogo real entre
pueblos muy alejados los unos de los otros, de una repartición a
escala mundial de ideas y aspiraciones, de un crecimiento en la
comprensión y el conocimiento mutuos, de un robustecimiento de la
hermandad más allá de barreras hasta ahora insuperables (cf. Communio
et progressio, 181-182).
Con
la llegada de las telecomunicaciones informáticas y de los sistemas
de participación informática, a la Iglesia se le ofrecen nuevos
medios para llevar a cabo su misión. Métodos para facilitar la
comunicación y el diálogo entre sus propios miembros pueden
fortalecer los vínculos de unidad entre los mismos. El acceso
inmediato a la información le da a la Iglesia la posibilidad de
ahondar en su diálogo con el mundo contemporáneo. En el marco de
la nueva "cultura informática", la Iglesia tiene más
facilidades para informar al mundo acerca de sus creencias y
explicar los motivos de sus posturas sobre cualquier problema o
acontecimiento concretos. También puede escuchar con más claridad
la voz de la opinión pública y estar en el centro de una discusión
continua con el mundo, comprometiéndose así a sí misma más
inmediatamente en la búsqueda común por resolver los problemas más
urgentes de la humanidad (cf. Communio et progressio, 144 ss.).

Está
claro que la Iglesia tiene que utilizar los nuevos recursos
facilitados por la investigación humana en la tecnología de
computadoras y satélites para su cada vez más urgente tarea de
evangelización. Su mensaje más vital y urgente se refiere al
conocimiento de Cristo y al camino de salvación que Él propone.
Eso es algo que la Iglesia tiene que poner a disposición de las
personas de cualquier edad, invitándolas a abrazar el Evangelio por
amor, y ello sin olvidar que "la verdad no se impone de otra
manera que por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y a
la vez fuertemente en las almas" (Dignitatis humanae,
1).
La
sabiduría y perspicacia del pasado nos enseñan que Dios "habló
según los tipos de cultura propios de cada época. De igual manera,
la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en
variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las
diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en
su predicación" (Gaudium et spes, 58). "El primer
anuncio, la catequesis o el ulterior ahondamiento de la fe, no
pueden prescindir de (los) medios (de comunicación social)... La
Iglesia se sentiría culpable ante Dios si no empleara esos
poderosos medios, que la inteligencia humana perfecciona cada vez más.
Con ellos la Iglesia 'pregona desde los terrados' (cf. Mt
10,27; Lc 12,3) el mensaje del que es depositaria" (Evangelii
nuntiandi, 45).
Sin
duda, tenemos que estar agradecidos por la nueva tecnología que nos
permite almacenar información en amplias memorias artificiales
creadas por el hombre, facilitándonos así un acceso extenso e
instantáneo al conocimiento que es nuestra herencia humana, a la
enseñanza y tradición de la Iglesia, a las palabras de la Sagrada
Escritura, a los consejos de los grandes maestros de espiritualidad,
a la historia y tradiciones de las Iglesias locales, órdenes
religiosas e institutos seculares, así como a las ideas y
experiencias de los precursores e innovadores cuya intuición lleva
un testimonio constante de la fiel presencia en nuestro medio de un
Padre amoroso que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo (cf. Mt
13,52).
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Los jóvenes,
muy especialmente, se adaptan de buen grado a la cultura
informática y a su "lenguaje". Y ello es, desde
luego, un motivo de satisfacción. Tenemos que fiarnos de los
jóvenes (cf. Communio et progressio, 70). Han tenido
la ventaja de crecer junto con los nuevos desarrollos, y les
corresponderá a ellos utilizar esos nuevos instrumentos para
un diálogo más amplio e intenso entre todas las diversas
razas y categorías que comparten este planeta, "cada vez
más pequeño". También será suya la tarea de buscar
modos de utilizar los nuevos sistemas de conservación e
intercambio de datos para contribuir a la promoción de una
mayor justicia universal, de un mayor respeto a los derechos
humanos, de un sano desarrollo para todos los individuos y
pueblos, y de las libertades que son esenciales para una vida
plenamente humana.
Sea
cual sea nuestra edad, tenemos que afrontar el desafío de los
descubrimientos y nuevas tecnologías, aplicándoles una visión
moral basada en nuestra fe, en nuestro respeto a la persona
humana y en nuestro empeño por transformar el mundo según el
plan de Dios. En esta Jornada mundial de las Comunicaciones
Sociales, oremos por ver una utilización sabia de las
potencialidades de esta "edad informática", con el
fin de servir a la vocación humana y trascendente de cada ser
humano, y así glorificar al Padre de quien viene todo bien.
Vaticano,
24 de enero de 1990. |
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