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EL ES NUESTRA PAZ... |
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El
ansia de honores
Cristo, de obra y de palabra (Jn 5,42), rechazó
los honores humanos. Su actividad no miraba a su propia gloria, sino a la
del Padre; él era enviado, representante y revelador del Padre en la
tierra. Su desinterés por el propio prestigio le enajenó las simpatías
de los fariseos; Cristo rehusaba entrar en el juego de ambiciones en que
ellos vivían, y con su distancia lo condenaba: «No me aceptáis; a otro
que venga en su propio nombre a ése sí lo aceptaréis» (Jn 5,43 ). Uno
que buscase su propio prestigio sería bienvenido, pues aprobaría su
conducta y se haría cómplice de su ambición. El mundo, esclavo de las
dignidades, odia al que está libre porque desenmascara su vileza. Los
fariseos, sintiendo amenazado su mundillo y su posición social,
rechazaron a Cristo. La estructura de honores creada y cuidadosamente
mantenida por ellos les impedía creer, pues la fe la habría puesto en
peligro: « Si vosotros os dedicáis al intercambio de honores y no buscáis
el honor que viene del único Dios, ¿cómo va a ser posible que creáis?»
(Jn 5,44).
Los pasajes del evangelio en que Cristo
ridiculiza la vanidad religiosa de los fariseos pueden hacer sonreír.
Anunciaban sus limosnas a toque de trompeta, oraban de pie en las
esquinas, se afeaban el rostro los días de ayuno. Cristo los califica de
hipócritas (Mt 6, 2.5.16), veamos de qué hipocresía se trata.
No faltaron veleidades de ambición entre los
apóstoles, pensando en los honores del futuro reino. Una vez se
atrevieron a proponer la cuestión a Jesús: « ¿Quién es más grande en
el reino de los cielos? ». El Señor cortó por lo sano: «Llamó a un niño,
lo puso en medio y les dijo: "Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis
como los niños nunca entraréis en el reino de los cielos"».
Preguntaban qué méritos acarrearían honores. Jesús descubre la ambición
solapada y la rechaza de plano: «Si no cambiáis... no entraréis».
Luego explica que ser corno los niños consiste en renunciar a la propia
importancia, para estar disponible y acudir a la llamada. Disponibilidad,
servicio de los demás es lo que hace importante en el reino de los cielos
(Mt 18,1-4).
El colofón al párrafo sobre los títulos
resume su doctrina y amonesta al ambicioso con la perspectiva del juicio:
«Al que se eleva lo abajarán, y al que se abaja lo elevarán» (Mt
23,12). El metro de Cristo está graduado en unidades de servicio y
dedicación. El don de Dios no justifica preeminencias, quien lo posee ha
de esmerarse en ser hermano, no señor. Si los cristianos no han aprendido
esta lección, no habrá sido por falta de maestro.
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