Volver a la portada de la Revista Virtual Portada 

  Dos caminos se cruzan ante el hombre: uno, el egoísmo, lleva a vivir para sí; el otro, la hermandad y la dedicación, a vivir para los demás. Cada opción egoísta mengua las posibilidades de altruismo; va minando la propia libertad hasta caer en la esclavitud al propio yo, que es el pecado.


Viabilidad de la plenitud humana.


La plenitud humana, a la que invita Jesús, no es una meta inalcanzable ni reservada a una elite: en la gran tarea de la maduración personal y social, que se realiza creando relaciones humanas basadas en el amor y la solidaridad, hay puestos de trabajo para todos, para cada uno según su circunstancia y su posibilidad.

Esa plenitud no se adquiere de golpe ni por medios extraordinarios; la persona, abierta y receptiva al Espíritu, va madurando en lo cotidiano, por su actitud de amor creciente y la actividad que la expresa; su vida se orienta a impulsar y promover todo lo que contribuya a la realización de la persona y a la construcción de una sociedad justa y solidaria, digna del hombre. La gama de posibilidades es ilimitada, desde la ternura y el trato fraterno hasta el acto heroico en favor de los demás. A1 desvelar el proyecto de Dios sobre el hombre, que es su plenitud humana y condición divina, Jesús orienta la actividad del seguidor y le da su sentido.

Este proceso de crecimiento personal y comunitario empieza con la recepción del Espíritu, que responde a la opción del hombre por el amor‑vida y le confiere una nueva vitalidad y capacidad de amar. Se inicia así el camino de la plenitud, que irá recorriéndose en la medida en que el individuo y la sociedad se vayan dejando impregnar cada vez más del Espíritu, y Dios vaya siéndolo todo en todos (1 Cor 15,28).

El proceso de crecimiento y la entrega del cristiano están sostenidos por la eucaristía, en la que los individuos y las comunidades van renovando y profundizando a lo largo de la vida su primer compromiso con Jesús, a lo que él responde cada vez con una nueva infusión de su Espíritu-amor, que amplía el horizonte, afianza la adhesión, sostiene el desarrollo y dilata la capacidad de amar.

 


Liberación y plenitud humana.


La liberación, cuya exigencia afortunadamente ha entrado en la teología actual, es el paso inicial indispensable ante la situación de los oprimidos, pero queda siempre referida a un estado negativo que debe desaparecer: es el punto de partida del «éxodo». Siendo indiscutiblemente necesaria y urgente, si se absolutiza haciéndola único centro de la preocupación teológica, puede perder de vista lo más importante, la «tierra prometida», es decir, el proyecto divino sobre el hombre, que le señala su meta: la plenitud humana, inseparablemente individual y social. Hace falta, por tanto, una teología de la maduración y plenitud del hombre, cuyo punto de partida sea la de la liberación.

No es suficiente, pues, una teología o un mensaje cristiano que tenga aplicación solamente entre los pueblos del Tercer Mundo ni cuyo único objetivo sea hacer salir de la miseria elemental o de la opresión tiránica. ¿Tiene algo que decir el cristianismo en las sociedades desarrolladas? A este interrogante se responde a menudo con la predicación de una ética ramplona para la que no hace falta en absoluto el mensaje de Jesús. No se sabe qué hacer con éste.

En cambio, la labor de la comunidad cristiana en las sociedades desarrolladas ha de tender siempre a elevar la calidad humana, fomentando la corresponsabilidad y la solidaridad de los individuos en su sociedad, sin pretender dominarlos ni retenerlos en su órbita. Por supuesto ha de trabajar por la igualdad entre los pueblos y esforzarse por suprimir la marginación que segrega la sociedad moderna y que genera colectivos humanos sin horizonte ni esperanza de futuro. Pero, además, debe afanarse por liberar a los individuos de cualquier nivel social de todo lo que les impide su realización personal, y estimularlos a progresar, mediante la actividad en favor de lo humano, en el camino de la plenitud que resplandece en Jesús.

CONCLUSIÓN

La denominación el Hijo del hombre, que designa al Hombre-Dios cuyo prototipo es Jesús, muestra que el interés primordial de Dios Padre es el ser humano, y que su proyecto consiste en hacer de él un «hijo» suyo, en la línea de Jesús, es decir, en que desarrolle al máximo sus posibilidades en la vida terrena, y alcance la total plenitud tras la muerte. Todo lo demás es secundario y ha de estar en función de ese proyecto.

Textos de J. Mateos y de  F. Camacho (El Hijo del Hombre)

El único interés de Dios es el desarrollo del hombre.

La salvación y el Salvador.

El único verdadero Dios es aquel que por amor al ser humano quiere comunicarle su propia vida: de ahí el apelativo «Padre». Su designio es que todos los hombres posean esa vida y así se salven (1 Tim 2,4).

Porque «salvación» significa vida: plenitud de vida individual y social en este mundo, que continúa sin fin, con excelencia incomparable, más allá de la muerte física. La felicidad en una vida sin término constituye desde siempre la suprema aspiración de la humanidad.

De hecho, aunque el hombre alcance en este mundo una gran realización personal, la muerte la anula, porque marca el fin de todo proyecto humano. Sólo si el hombre supera la muerte podrá lograr su éxito pleno, y esto no le es posible más que si participa de la vida de Dios mismo, el único que posee la inmortalidad (1 Tim 6,16).

  De ahí que Salvador será solamente aquel que pueda capacitar al hombre para alcanzar su realización en este mundo y vida plena más allá de su existencia terrena.

  En Jesús, el Hijo del hombre, reside la plenitud del Espíritu, la fuerza de amor y vida de Dios Padre: en él, el Hombre‑Dios, se funde lo humano con lo divino. Sólo él, prototipo de Hombre y cabal expresión de Dios, es capaz de ofrecer vida plena y definitiva a la humanidad: él es el único Salvador (Hch 4,12).

  Se deduce que no es lícito relegar la salvación a la vida futura, pues esto equivaldría a aceptar el fracaso del plan de Dios en este mundo. La salvación empieza en esta tierra, para verse coronada, por encima de toda expectativa, en el mundo futuro.

El cristiano vive así en un equilibrio entre la vida presente y la futura. Ni la vida presente es un mero noviciado o entrenamiento para la futura, ni la futura puede ser un pretexto para no comprometerse con la, presente, la única que está en nuestra mano y de la que somos responsables. El hombre ha de estimar y aprovechar lo más posible cada etapa de su existencia en este mundo, procurando realizarse en cada una según la posibilidad que ella le ofrece, pero sin excluir en ninguna de ellas un desarrollo ulterior.

  El camino de la salvación para el individuo y la humanidad está, pues, según el modelo que aparece en Jesús, en la plena realización personal, basada en el ejercicio de una actividad que integra todas las dimensiones del ser humano y que busca comunicar vida. El progreso y la maduración de la humanidad, su salvación en este mundo, no cae del cielo ni es obra solamente del Salvador: exige la corresponsabilidad y el compromiso de los hombres, libres y autónomos.

No parece posible vivir a fondo la propia existencia ni dedicarse a los demás teniendo la persuasión íntima de que todo acabará en la nada. Lo que da sentido a la existencia y solidez a la dedicación es saber que ningún horizonte está cerrado. Es difícil tomar en serio la vida propia y la de los demás, si al final lo que triunfa es la muerte. Una vida que acabase en la negación de la vida, perdería todo objetivo. Llevar una vida dedicada a los demás sin esperanza alguna puede resultar de un admirable estoicismo, pero no podrá evitar la amarga sonrisa del fracaso conocido de antemano, ni que la aceche el sentimiento de la inutilidad y el absurdo. En cambio, la certeza de un horizonte ilimitado permite vivir intensamente el presente, que estará siempre iluminado por ella, sabiendo además que cada paso condiciona el siguiente. Esto significa vivir en la tierra como ciudadanos del cielo, símbolo de los valores inalienables del hombre, punto de origen de la nueva realidad humana y meta de su aspiración y realización, en la condición definitiva.

Jesús, modelo de hombre

  La persona de Jesús, el Hombre-Dios, representa el modelo y la meta de la plenitud humana. La adhesión a él, que pone al hombre en sintonía con el Padre, obtiene la comunicación de su Espíritu, que potencia al ser humano y lo capacita para una realización personal que rebasa la propia posibilidad.

  El ser del cristiano, como el de Jesús, es una síntesis de lo humano con lo divino, del hombre con el Espíritu de Dios. Ahí están la base de la interioridad y el fundamento de la acción, que puede desplegarse de mil formas según los individuos y las circunstancias, dando frutos de plenitud humana en cada uno.

  La realidad del cristiano está, por tanto, en la unión con el Padre y con Jesús que efectúa el Espíritu. Su identidad, en la conciencia vivida de esa unión. Completado y estimulado por el Espíritu, irá creciendo en calidad humana y madurando en la línea del amor, pareciéndose cada vez más a su modelo, Jesús. Esta unión, que abre hasta el infinito el horizonte del hombre y le hace ver el mundo con ojos nuevos, calma sus angustias, asegura su paz interior, sostiene su esperanza y anima su actividad.

  De su realidad y vivencia interior dimana la actividad del cristiano, cuyo propósito es fomentar la vida en la humanidad, que los seres humanos crezcan en calidad y plenitud, por la práctica del amor. Entra en el ámbito de su misión todo lo que contribuye al desarrollo del hombre y al logro de una sociedad libre, fraterna y creativa.

Espiritualidad y acción

  En el Hijo del hombre, prototipo de ser humano, del que Jesús aparece como pionero, se realiza una síntesis entre el mundo interior y el exterior, entre espiritualidad y acción, pues la presencia del Espíritu en Jesús define, por una parte, su ser y, por otra, inseparablemente, su misión. El ser del Hijo del hombre se expresa en su actividad, que busca comunicar plenitud de amor y vida; y viceversa, esa actividad revela su ser más profundo.

En paralelo con Jesús, la presencia del Espíritu, que transforma el ser y configura la acción, es el fundamento de la vida y el compromiso cristianos. Da al hombre la experiencia del amor incondicional de Dios Padre y lo encamina e impulsa hacia su plena realización, desarrollando su capacidad de amor y estimulándolo a su práctica. La presencia y la fuerza del Espíritu fundan la espiritualidad cristiana, pero sin imponer una pauta determinada ni rígida.

  El Dios de Jesús no es un agujero negro que absorbe y sumerge todo lo que se le acerca; al contrario, quiere colmar al hombre de su amor para que él lo irradie en los demás. El cristiano, por su adhesión a Jesús, es, por una parte, receptor y, por otra, comunicados de la vida de Dios, mediante la expresión de un amor que refleja el del Padre.

De este modo, la denominación «el Hijo del hombre» especifica el significado de la perfección, que está en la plena expansión de las potencialidades del hombre, bajo el impulso del Espíritu, hasta alcanzar la condición divina.

  La espiritualidad cristiana no consiste, pues, en el esfuerzo por adquirir la perfección moral mediante un acopio de virtudes. Esa tarea absorbería al cristiano haciéndolo vivir pendiente de sí mismo, sin tiempo para amar a los demás. Una espiritualidad de este tipo llevaría al egocentrismo. El cristiano está centrado en el Espíritu, pero éste es un centro que irradia y hace irradiar.

  De hecho, Jesús nunca exhorta a que el hombre viva concentrado en sí mismo escrutando su propia interioridad; evita así una espiritualidad ensimismada o narcisista. Esto no excluye, sin embargo, una reflexión sobre la propia experiencia y sobre la autenticidad de la propia conducta y actividad.

El cristiano no debe centrarse en el pasado, ni vivir obsesionado por el recuerdo de sus pecados o fallos, ya olvidados por Dios (Heb 10,17). Ha de ir adelante con la mirada puesta en el ideal que Jesús le propone.

En los tratados de espiritualidad suele afirmarse que todos los seres humanos están llamados a la santidad, pero al hablar de ella parece dejarse en la sombra la realidad humana para concentrar la atención sobre lo “sobrenatural” y sus virtudes, con una visión parcial e incompleta de la plenitud humana. Jesús, en cambio, no exhorta a la santidad ni utiliza la palabra; su idea del hombre, contenida en la denominación «el Hijo del hombre», es mucho más amplia: el plan de Dios incluye la total realización de su criatura, que culminará en la plena condición de hijo suyo. Esto supone la actualización y ensanchamiento de las capacidades del individuo, hasta el pleno florecimiento de su condición humana; no hay verdadera santidad para el hombre, es decir, semejanza con Dios, su Padre, si humanamente permanece subdesarrollado, si no adquiere la autonomía y madurez propias del adulto, si no ejerce su capacidad de entrega dentro de sus posibilidades. Cuanto más plenamente humano sea el hombre más honra a Dios.

  De ahí la importancia de lo humano: no se puede aspirar a la perfección dejándolo de lado. El raquitismo, el resignarse a una mediocridad sin calidad humana, cierra el camino del hombre hacia la plenitud y frustra el proyecto divino sobre él.

  «El pecado», la opción contraria al designio de Dios sobre la humanidad, es la traición del hombre a sí mismo, que lo separa del Padre y lo lleva al fracaso. Por él renuncia el hombre a la plenitud de vida a la que Dios lo ha destinado o la impide en sí y en otros. Se comete, en concreto, por la aceptación voluntaria de una ideología mutiladora, por la adhesión a los principios de un orden injusto, en el que el hombre se priva y priva a otros de la libertad, ejerce o acepta la opresión y se hace cómplice de la injusticia. Esta traición fundamental lo llevará a cometer otras muchas («los pecados»), que lo arrastrarán a la pérdida definitiva de la vida.


Humanismo cristiano

Desde el punto de vista de la teología del Hijo del hombre, el cristianismo resulta ser un humanismo pleno; de hecho, el único que propone como meta la divinización del ser humano. Es un humanismo trascendente que, no conforme con impulsar al hombre a su realización individual y social en esta tierra, le asegura la continuidad y la floración de la vida más allá de la muerte, en una condición divina libre de toda limitación.

Este humanismo es la máxima dignificación del hombre: su camino, su destino y su meta se han mostrado en Jesús.

Esperanza para el mundo

 En un mundo atormentado por los conflictos entre naciones y entre grupos sociales, desilusionado por los abusos y corrupciones, erizado por el individualismo y la búsqueda del interés personal, crispado por el partidismo y la agresividad, dividido por el antagonismo y los prejuicios ideológicos, los cristianos han de mantener viva la esperanza, sabiendo que lo humano irá triunfando paulatinamente sobre lo inhumano. Su mirada sabrá descubrir el bien que existe y su solicitud ayudar a crecer el bien que despunta y nace. A pesar de todas las voces en contra, tendrá fe en el ser humano, creyendo que el instinto de vida y la capacidad de amar que Dios ha puesto en él, aunque estén de momento reprimidos, pugnan por salir a la luz y transformar al individuo y la sociedad. La tarea de los cristianos ha de propiciar esos cambios, conscientes de que así secundan el designio de Dios.  




Labor ecuménica.


El enfoque del mensaje cristiano desde el punto de vista del Hijo del hombre, es decir del ideal de Hombre, puede ser una excelente plataforma para la labor ecuménica, no sólo entre confesiones cristianas, sino sobre todo entre las diferentes religiones. En lugar de comenzar el diálogo o el debate entre ellas por la discusión abstracta de la idea de Dios, en la que no parece que haya acuerdo posible, sería probablemente mucho más fructífero tratar en concreto sobre la idea de realización humana que cada religión o filosofía propone.

  De hecho, la figura del Hijo del hombre, tipificada en Jesús, aparece como el paradigma de todos los valores humanos, sintetizados en el amor sin límites a la humanidad, amor que produce la excelencia del ser y hace fecunda su actividad. Se revela, pues, en el Hijo del hombre toda la nobleza y dignidad del ser humano, su autonomía y libertad, su fuerza y su ternura, su amplitud de espíritu y su comprensión, su solidaridad, fraternidad y respeto para con sus semejantes, su labor infatigable por el bien de todos, su coherencia hasta el fin. El Hijo del hombre no huye del mundo ni de la realidad humana, al contrario, se implica en ella, tomando partido por los débiles y oprimidos hasta dar la vida, con un amor que nunca se desmiente, para abrir a todos el camino de la plenitud e impulsar la creación de una sociedad nueva. Es el modelo accesible a los hombres y mujeres de cualquier tiempo, raza o creencia, por estar fundado en el valor más universal, el del amor.

 

 

 

 
El ser de Jesús

La asimilación al modelo en la línea del amor, que es, al mismo tiempo, distintivo y calidad del ser y voluntad de contribuir a la plenitud de vida de la humanidad entera, tiene varias consecuencias:

En primer lugar, la identificación con Jesús no se hace a través de una ideología ni de una doctrina, sino de una sintonía, de una experiencia interior y creciente de vida plena, que acompaña y estimula el proceso de maduración personal y se expresa en un comportamiento (Jn 13,35: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que os amáis unos a otros»). Desde su entrada en la vida activa, Jesús aparece en los evangelios en plena madurez humana; sus seguidores, alentados por el Espíritu que de él reciben, comenzarán el proceso de maduración hasta llegar a su particular plenitud.

En segundo lugar, el mensaje de Jesús señala una meta utópica para toda la humanidad: la creación de una sociedad de hombres plenos y libres, una sociedad justa, fraterna, confiada y solidaria (la etapa terrena del reino de Dios). Descubre también los escollos u obstáculos que se oponen a la realización de ese ideal, pero no da instrucciones sobre cómo realizarlo; deja toda la iniciativa y toda la responsabilidad a los hombres impulsados por el Espíritu-amor. Para alcanzar esta meta, en cada época y sociedad los hombres tendrán que valerse de los medios que tienen a su alcance, desde la economía o la técnica a la psicología o el arte. De hecho, Jesús no da explicaciones globalizantes de la realidad, de la historia, del bien y del mal, de la vida y de la muerte; no expone teorías sobre nada ni construye elucubraciones metafísicas sobre Dios ni sobre el mundo. Tampoco propone una estructura social o económica determinada; eso es cosa del hombre, que, asociado a la misión mesiánica, es corresponsable de su propia salvación.  

En tercer lugar, el Espíritu no lleva a la introversión, el hombre no se desarrolla mirando hacia adentro. Estar centrado en el amor evita todo narcisismo y ensimismamiento: el Espíritu‑amor impulsa a una actividad y entrega que tiende a promover el desarrollo humano en todo su significado (Mc 2,1-13; Mt 9,1-8; 13,37; Lc 5,17-26; 19,18). La labor se extiende a toda la humanidad, donde va ampliando el ámbito del reinado de Dios; al mismo tiempo redunda en el crecimiento y la realización personal del que la desempeña.

En suma: lo que hominiza es ante todo el amor; sobre él debe edificarse todo lo demás, hasta llegar a una sociedad solidaria, amorosa, fraterna, que aliente el pleno desarrollo humano. Para ello, el amor centra y orienta: da una convicción profunda que impide el pensamiento débil, la falta de ideales, el vacío y la superficialidad. Desde su punto de vista, el mundo se le presenta como una tarea tan importante que merece la entrega de la vida.

La plenitud es un ideal; la libertad plena es un ideal; el amor universal y activo es un ideal. Pero son ideales a los que cada uno y todos juntos deben tender. La vida cristiana es así camino hacia la plenitud, la del Hijo del hombre; supone un crecimiento en libertad para ejercer cada vez con más intensidad y eficacia la actividad del amor

Desde Córdoba (España) 

© REVISTA VIRTUAL DE LOS AMIGOS DE LA PARROQUIA VIRTUAL