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El decir de la Iglesia

El decir de la Iglesia se ejercita en cuatro momentos: anuncio, diálogo, explicación y denuncia. Nos referimos siempre al intercambio del grupo cristiano con la sociedad que lo rodea.




El diálogo

 ¿Es posible un diálogo entre la Iglesia y el mundo?

Negarlo significaría desestimar la acción de Cristo en la humanidad entera. Hemos descrito anteriormente, sin usar medias tintas, la oposición irreductible entre Cristo, que es la paz (Ef 2,14), y el mundo de rivalidades y ambiciones. Tomar conciencia de esa oposición es imprescindible para entender el designio de Dios y el llamamiento cristiano. Pero en varias ocasiones hemos insistido también en que la acción de Cristo no se concentra en la Iglesia, sino que se extiende al mundo entero; la Iglesia es su resultado más visible, las primicias del reino que se incuba en la humanidad, selladas con la marca de Dios.

Por los caminos del mundo va Cristo de chaqueta. Como uno de tantos, habla y escucha, se mezcla con grupos y se asocia a los que van por la carretera. ¿En cuántos deja huella su palabra? Aunque no le pregunten el nombre, su perfil queda impreso, asociado a un anhelo de justicia y a una esperanza de lo que parecía imposible. Esos que lo encuentran sin saberlo son los primeros interlocutores de la Iglesia: «Todo lo que sea verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo limpio, todo lo estimable, todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso tenedlo por vuestro» (Flp 4,8). Quien busca sinceramente ayudar a los demás es camarada.

Esos hermanos que no viven en casa no entienden los modismos cristianos ni se interesan por nuestros recuerdos de familia. Acostumbrados al tecleo de las máquinas o al vocerío de las manifestaciones, no tienen oídos para vocabularios extraños ni para relatos del pasado; piden a todos que hablen su lengua franca, cuyo término clave es el hombre.

El cristiano ha de traducirles los hechos pasados que le dan identidad y la palabra que le revela a Dios. No les hablará de «imagen de Dios», sino de «dignidad humana»; no de «unidad en Cristo», sino de «solidaridad»; no de «Espíritu», sino de «dinamismo», muy consciente, sin embargo, del trasfondo de su nuevo lenguaje.

El habla de la fe tiene sentido para el que cree, es inútil dificultar la tarea haciéndose ininteligible. Si la Iglesia existe para el mundo, a ella le toca el esfuerzo por comunicar; es parte de su misión y aspecto de su humildad; ella busca el diálogo porque el amor de Cristo la aguijonea (2 Cor 5,14) a la ayuda, no por deseo de ostentar superioridades o insinuar esoterismo. Según convenga, su lenguaje será pragmático o idealista, pero siempre para ser comprensible, centrado en el bien o el mal del hombre. Los otros vocablos que contiene su diccionario, tan vívidos en su memoria, tendrán su momento. ,

LA IGLESIA

Esta realidad luminosa y compleja, la unión de los hombres gracias a Cristo, el mundo de hermanos hijos de un mismo Padre, se llama en los evangelios el reino de Dios, proclamado e inaugurado por Jesucristo, que es su polo magnético: «Cuando me levanten sobre la tierra, tiraré de todos hacia mí» (Jn 12,32).

Síntomas del reino de Dios son «la salvación, la paz y la alegría que da el Espíritu Santo» (Rom 14,17), y si hay en el mundo un cuerpo privilegiado que deba manifestarlos, es la Iglesia.

La Iglesia es el grupo de hombres, reconciliados entre sí y con Dios, que creen en Jesús el Mesías (1 Jn 5,1), el Hijo de Dios (ibíd. 5,5), e impulsados por el Espíritu quieren acompañarlo en su labor salvadora, en la realización del reino de Dios en la tierra. Es el grupo de colaboradores de Dios (1 Tes 3,2; 1 Cor 3,9), que llevan el mensaje de la reconciliación (2 Cor 5,19), embajadores de Cristo por medio de los cuales Dios exhorta (ibíd. 20) al mundo a dejarse reconciliar.

Lo mismo que Cristo no vivió para sí, sino para todos los hombres, tampoco la Iglesia vive para sí misma, sino para el resto de la humanidad. Tres aspectos debemos considerar en la Iglesia: su ser, su quehacer, su decir.

Textos de Juan Mateos (Cristianos en fiesta)

La Iglesia y la sociedad que la rodea.

El anuncio

 Cuando el grupo cristiano no existe aún, es necesaria una proclamación para formarlo: «¿Cómo creer sin oír hablar de él?, ¿y cómo oír hablar si nadie lo anuncia?» (Rom 10,14). El pregón no intenta convertir a todos, sino dar ocasión a la acción de Dios, que elige testigos y colaboradores dándoles su conocimiento y revelándoles a Jesucristo.

La simultaneidad entre anuncio y acción divina queda ilustrada por el relato de la predicación de Pablo y Bernabé en Filipos. Un sábado salieron los apóstoles de la ciudad y fueron por la orilla del río hasta un sitio donde pensaban que se reunía gente para orar. Encontraren a algunas mujeres y se sentaron a hablar

con ellas. Pablo les exponía el mensaje cristiano. Una de ellas, Lidia, que por influjo judío creía ya en el verdadero Dios, lo estaba escuchando y «el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo». Se bautizó con toda su familia e invitó a los apóstoles a hospedarse en su casa (Hch 16,13-15).

Aparece muy claro el llamamiento divino; el texto insinúa que del grupo de mujeres piadosas solamente Lidia se convirtió. Confirma así lo expuesto anteriormente: a menos de admitir una contradicción palmaria entre el propósito divino de salvar al mundo entero y la acción concreta de Dios, hay que reconocer que el llamamiento a ser cristiano no invita exclusivamente a la salvación propia, sino ante todo al testimonio ante el mundo.

Sólo con esta manera de ver se explica el comportamiento de Pablo en su labor misionera: «De ese modo, dando la vuelta desde Jerusalén hasta la Iliría, he completado el anuncio de la buena noticia de Cristo... Las más de las veces ha sido eso precisamente lo que me ha impedido ir a visitares; ahora, en cambio, no tengo ya campo de acción en estas regiones» (Rom 15,19.22-23).

Es más que evidente que el porcentaje de cristianos era aún muy escaso en Siria, Asia Menor y Grecia; sin embargo, Pablo, establecido el testimonio, siente que su misión allí ha terminado y que le toca implantarlo en otros territorios.

La obra se continúa por la presencia y la actividad de las comunidades; una vez que existe el polo de atracción, los nuevos llamados sentirán su magnetismo y encontrarán la puerta.

La conversión de Lidia, narrada hace un momento, da pretexto para otra consideración. Era una vendedora de púrpura, ni aristócrata, ni culta, ni influyente. ¿Qué colaboradores se elige Dios? Otro pasaje, esta vez de san Pablo, propone el mismo problema. Se dirige a los corintios y observa: «Y si no, hermanos, fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos intelectuales ni a muchos poderosos ni a muchos de buena familia; todo lo contrario» (1 Cor 1,26-27). La presencia en la Iglesia de gente modesta y mediocre ha irritado y escandalizado a algunos. Y, sin embargo, es una gran lección que Dios da: lo único que salva es el amor, no la ciencia, el poder o la influencia; y capaces de amar son todos. Al escoger lo que no cuenta, o en frase algo despechada de san Pablo «lo necio, lo débil, lo plebeyo, lo despreciado, lo que no existe» (ibíd. 27-28), Dios anula todo pretexto para blindar el corazón, humilla toda pretensión de obtener vida sin amar.

Si la salvación es para todo hombre, tiene que estar al alcance de todos y en toda época; no puede consistir, por tanto, en ciencia, linaje o poder. Consiste en amar, y eso pueden enseñarlo los humildes de la Iglesia. Por eso el mensaje no consiste en milagros o en saber, sino en Cristo crucificado (1 Cor 1,22-23 ), expresión suprema de amor a Dios y al hombre.

Ciencia y posición pueden ser mediadoras de amor; a los ojos de Dios, tanto valdrán cuanto lo sean. Pero para mostrar la vocación cristiana en su estado puro eligió Dios a los que no podían más 'que amar; así se evitaban equívocos. Como además el amor es don suyo, «ningún mortal podrá engallarse ante Dios» (1 Cor 1, 29).

Cambian los tiempos, mas la lección, perdura. Bajo las mil fisonomías de los grupos cristianos y las mil formas de sus actividades debe irradiar el mismo calor; en todos los ojos tiene que brillar el mismo vino (Ef 5, 18).

 

La denuncia

 La misión de los cristianos, como la de Cristo, no consiste solamente en dar ejemplo, sino también en denunciar la maldad del mundo. Recordemos un pasaje evangélico. Era el tiempo de la peregrinación nacional a Jerusalén con motivo de la fiesta de las Chozas. Los parientes de Jesús lo incitaban a subir a la capital y aprovechar la circunstancia para hacer milagros ante la multitud y obtener fama. No comprendían que se quedara en la provincia, desperdiciando ocasión tan propicia para hacerse popular. Jesús rechaza la invitación, para él no es el momento; para ellos lo mismo daba un momento u otro. El se está enfrentando con el mundo y la tensión aumenta; a ellos el mundo no los molesta porque son suyos, a Cristo, en cambio, lo aborrece, porque pone en evidencia que sus acciones son malas (Jn 7,3-7 ).

El mundo reserva sus zarpazos para el que se atreve a contradecirlo., Su maldad hay que denunciarla primeramente con el género de vida, pero también con palabras si la coyuntura lo exige. Cristo, tan acogedor con pecadores, enfermos y niños, fue violento con los ambiciosos, hipócritas y piadosos explotadores (Mt 23; Lc 20,47) y no se recató de llamar un don nadie a Herodes el virrey (Lc 13,32).

La denuncia es parte de la misión profética de la Iglesia. Debiendo estar libre de toda ambición humana, puede y debe denunciar las fechorías de la sociedad, censurando con independencia, sobriedad y lealtad las injusticias y animando a solucionarlas. Si la Iglesia zahiriese el mal y alabase el bien sin distinción de campos y sin doblegarse ante lisonjas o amenazas, sería de verdad la conciencia del mundo y el acicate de la sinceridad humana.

Su norte es la visión del futuro prometido por Dios; cotejando las realizaciones humanas con el esplendor del reino, entrevisto en la esperanza, sabe que todas son penúltimas. Aunque este mundo vaya adelante, impulsado por Dios, nunca llegará a ser otra vez «muy bueno» (Gn 1,31) hasta que no se transforme en el nuevo cielo y la nueva tierra (Ap 21,1). Ante la sociedad que tiende siempre a consolidar el status quo, alzarán los cristianos nuevos ideales que la estimulen a avanzar.

Ni la tarea de la Iglesia ni la denuncia toca a todos los cristianos en igual medida. Según el estado social, las dotes personales y los dones que Dios dé, unos se comprometerán más y otros menos. Hay un denominador común, sin embargo: todos están obligados al perdón y a la fraternidad; también a la ayuda, según las posibilidades, «donde hay buena voluntad, Dios acepta lo que uno tenga, sin pedir imposibles» (2 Cor 8,12). La vocación cristiana no debe caer en el agobio ni en la dejadez. Cada uno, deseoso de cooperar, conducirá su tarea con entusiasmo tranquilo y eficaz. Quien vea que debe gritar, grite; el que estime más conducente callarse, que se calle. No a todos se pide lo mismo, ni todos son capaces.

Dios creó el mundo para comunicar su vida, haciendo al hombre libre y feliz en una sociedad' de hermanos en que él mismo había de habitar: el reino de Dios.

Se interpone un obstáculo a su plan, el egoísmo del hombre, el pecado, que provoca la discordia y la enemistad, la injusticia y la explotación. Las zanjas abiertas entre los hombres cavan un abismo entre el hombre y Dios. El hombre se aliena irremediablemente y corre a la ruina.

Dios ama a su criatura e interviene en la historia para . salvarla de la perdición y realizar su reino. La elección de Abrahán, el rescate de Egipto y la alianza con el pueblo son momentos cumbres de su acción, que prepara la llegada del Salvador.

Para salvar al hombre alejado, Dios se le acerca: envía a su Hijo, que se hace hombre y se liga a la humanidad con vínculos de hermano. Anuncia el reino y, para hacerlo posible, reconcilia en sí mismo con Dios a la naturaleza humana, entregándose por los hombres hasta la muerte, desarraigando así el egoísmo del pecado y anulando sus consecuencias.

Rechazado por su pueblo, pero exaltado por Dios, los que se adhieren a él forman el nuevo Israel. De esta manera se cumple la promesa hecha a Abrahán, que alcanzaba a todas las naciones. La fe en Jesús, Mesías y Señor, constituye a la Iglesia.

La Iglesia es la primicia del reino de Dios y se distingue del mundo porque en ella se verifican ya en cierto modo las notas del reino mismo. Es la unidad creada por Dios frente a la división del pecado, la comunidad de los salvados, que reconocen al Padre del cielo y a Jesucristo Señor. Su unidad en el amor fraterno es garantía para el mundo de la promesa del reino futuro. Renunciando a las ambiciones, causa de injusticia y discordia, queda libre para verificar en sí misma la igualdad entre los hombres, la solidaridad, la ayuda desinteresada, la sinceridad mutua. La libertad y alegría de la vida cristiana son el mejor testimonio del reino de Dios, ante el mundo agobiado por el dolor de la injusticia o la fiebre de la ambición.

La acción de Dios, sin embargo, no empieza por la Iglesia ni se amuralla en ella, se despliega en el mundo entero. La Iglesia está llamada a colaborar en esa labor de reconciliación universal, ayudando a demoler las barreras separadoras y a nivelar las desigualdades injustas. Reconocerá la mano de Dios en toda empresa que tienda a la liberación del hombre y a la humanización de la sociedad; prestará su modesto apoyo al bien y unirá su voz a los que denuncian el mal. Sin pretender su propia gloria, buscará que lá sociedad madure y camine por sí misma, sabiendo `que quien ama a su prójimo es candidato al reino, aunque no lleve la marca de Dios visiblemente. Alabará a Dios porque concede al hombre su potencia, consciente de que cuanto menos necesite de ella el mundo es porque llega más hondo la acción oculta de Dios, que transfunde su vida a la humanidad. En cada paso humano hacia el bien verá la manecilla del reloj de Dios acercándose a la hora cero.  

Entonces habrá nuevo cielo y nueva tierra; aparecerá, radiante con la gloria de Dios, la ciudad de las doce puertas con calles de oro transparente, la mansión de Dios con los hombres, cuyo sol es Cristo. Allí no habrá lágrimas, duelo, grito ni dolor, porque lo de antes ha pasado (Ap 21).

Desde Córdoba (España)   






La explicación

La autenticidad y dedicación desinteresada producen sorpresa y extrañeza; ésta es la señal del testimonio. Unos las traducirán en interés, otros en oposición; de todos modos, pedirán explicaciones, y llega entonces el momento de dar razón de la fe. El pasaje que que vamos a citar combina estos aspectos:

«¿Quién podrá haceros daño si os dais con empeño a lo bueno? Pero aun suponiendo que tuvierais que sufrir por ser honrados, dichosos vosotros. No les tengais miedo ni os asustéis; en lugar de eso, en vuestro corazón reconoced a Cristo como a Señor, dispuestos siempre a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida una explicación, pero con buenos modos y respeto, y teniendo la conciencia limpia. Así, ya que os difaman, los que denigran vuestra buena conducta cristiana quedarán en mal lugar» (1 Pe 3,13-16).  

Los cristianos han de hacer impresión por su forma de vida. Luego, cuando la gente se sorprenda de su conducta insólita, darán explicaciones; obras antes que palabras. En sus respuestas, ninguna superioridad, sino

modestia y respeto. La conciencia que menciona el texto equivale a la autenticidad. Llega el momento de hablar de los motivos, de mencionar los nombres, de revelar la esperanza; no hace falta traducir, sino explicar. El discurso no se limitará al hombre; Dios, que en Cristo se nos ha entregado, es también el que merece reconocimiento y amor por sí.

Al explicar su fe, el cristiano se expone a la irrisión; no le importe, él no ha intentado imponerse, ha respondido a una pregunta. Siempre encontrará Pilatos que salgan con una evasiva escéptica, pero quizá otros aprendan el nombre de la verdad.

 

 

 El mundo, mayor de edad

 El mundo ha cumplido veintiún años y se sacude las tutelas ". Que esté maduro o no es otra cuestión, pero es innegable que la sociedad moderna se considera capaz de enfrentarse con sus problemas y tiene buenas esperanzas de resolverlos. A pesar de los hechos en contrario, el hambre, la guerra y el cáncer no parecen enemigos invencibles; el hombre maneja cromosomas para orientar la herencia, envía satélites para controlar ciclones y se promete incluso crear la vida.  

Para nada de eso pide permiso a Dios ni a la religión; es terreno suyo, se considera autónomo.

Los hijos de Dios han llegado a la edad adulta, se sienten libres y responsables de sus actos. Esta nueva atmósfera se respira en el mundo entero, incluyendo a la comunidad cristiana. La relación hijo‑Padre respecto a Dios toma nuevos matices. Dios ha conseguido que su hijo ande solo, y se alegra. Su reino no es un jardín de infancia, sino una ciudad. Ciertos aspectos de la religiosidad desaparecen, hay más píldoras que novenas, más conferencias internacionales que rogativas. No hay que imaginarse que Dios se queje; se retira, contento de que el hombre pueda acudir a él más desinteresadamente, sin verse acuciado por necesidades elementales.  

Para la Iglesia, secundar la acción de Dios consiste en promover la adultez del hombre; ahora que es mayor de edad no hay que intentar volverlo a la infancia, sino ayudarlo a madurar. Imitando al Padre, a medida que la madurez avance, la Iglesia se irá retirando, y se alegrará de no ser necesaria. Cuando el candidato al volante aprueba el examen, aunque no tenga seguro de accidentes, cesa el cometido del instructor.

Siempre quedará paño por cortar. Pero, en último caso, no es la tarea la que termina el día. Marta se afanaba y protestaba, impaciente por sentarse como su hermana. ¡Con qué alegría, acabado el trabajo, se pondrían los tres a la mesa! El fin de la jornada reserva lo mejor, la amistad.  

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