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El
anuncio
Cuando el
grupo cristiano no existe aún, es necesaria una proclamación
para formarlo: «¿Cómo creer sin oír hablar de él?, ¿y cómo
oír hablar si nadie lo anuncia?» (Rom 10,14). El pregón no
intenta convertir a todos, sino dar ocasión a la acción de
Dios, que elige testigos y colaboradores dándoles su
conocimiento y revelándoles a Jesucristo.
La
simultaneidad entre anuncio y acción divina queda ilustrada
por el relato de la predicación de Pablo y Bernabé en
Filipos. Un sábado salieron los apóstoles de la ciudad y
fueron por la orilla del río hasta un sitio donde pensaban
que se reunía gente para orar. Encontraren a algunas mujeres
y se sentaron a hablar
con ellas. Pablo les exponía el mensaje cristiano. Una de
ellas, Lidia, que por influjo judío creía ya en el verdadero
Dios, lo estaba escuchando y «el Señor le abrió el corazón
para que aceptara lo que decía Pablo». Se bautizó con toda
su familia e invitó a los apóstoles a hospedarse en su casa
(Hch 16,13-15).
Aparece
muy claro el llamamiento divino; el texto insinúa que del
grupo de mujeres piadosas solamente Lidia se convirtió.
Confirma así lo expuesto anteriormente: a menos de admitir
una contradicción palmaria entre el propósito divino de
salvar al mundo entero y la acción concreta de Dios, hay que
reconocer que el llamamiento a ser cristiano no invita
exclusivamente a la salvación propia, sino ante todo al
testimonio ante el mundo.
Sólo con
esta manera de ver se explica el comportamiento de Pablo en su
labor misionera: «De ese modo, dando la vuelta desde Jerusalén
hasta la Iliría, he completado el anuncio de la buena noticia
de Cristo... Las más de las veces ha sido eso precisamente lo
que me ha impedido ir a visitares; ahora, en cambio, no tengo
ya campo de acción en estas regiones» (Rom 15,19.22-23).
Es más
que evidente que el porcentaje de cristianos era aún muy
escaso en Siria, Asia Menor y Grecia; sin embargo, Pablo,
establecido el testimonio, siente que su misión allí ha
terminado y que le toca implantarlo en otros territorios.
La obra se continúa por la presencia y la actividad de las
comunidades; una vez que existe el polo de atracción, los
nuevos llamados sentirán su magnetismo y encontrarán la
puerta.
La
conversión de Lidia, narrada hace un momento, da pretexto
para otra consideración. Era una vendedora de púrpura, ni
aristócrata, ni culta, ni influyente. ¿Qué colaboradores se
elige Dios? Otro pasaje, esta vez de san Pablo, propone el
mismo problema. Se dirige a los corintios y observa: «Y si
no, hermanos, fijaos a quiénes os llamó Dios: no a muchos
intelectuales ni a muchos poderosos ni a muchos de buena
familia; todo lo contrario» (1 Cor 1,26-27). La presencia en
la Iglesia de gente modesta y mediocre ha irritado y
escandalizado a algunos. Y, sin embargo, es una gran lección
que Dios da: lo único que salva es el amor, no la ciencia, el
poder o la influencia; y capaces de amar son todos. Al escoger
lo que no cuenta, o en frase algo despechada de san Pablo «lo
necio, lo débil, lo plebeyo, lo despreciado, lo que no existe»
(ibíd. 27-28), Dios anula todo pretexto para blindar el corazón,
humilla toda pretensión de obtener vida sin amar.
Si la salvación es para todo hombre, tiene que estar al
alcance de todos y en toda época; no puede consistir, por
tanto, en ciencia, linaje o poder. Consiste en amar, y eso
pueden enseñarlo los humildes de la Iglesia. Por eso el
mensaje no consiste en milagros o en saber, sino en Cristo
crucificado (1 Cor 1,22-23 ), expresión suprema de amor a
Dios y al hombre.
Ciencia y posición pueden ser mediadoras de amor; a los ojos
de Dios, tanto valdrán cuanto lo sean. Pero para mostrar la
vocación cristiana en su estado puro eligió Dios a los que
no podían más 'que amar; así se evitaban equívocos. Como
además el amor es don suyo, «ningún mortal podrá
engallarse ante Dios» (1 Cor 1, 29).
Cambian los tiempos, mas la lección, perdura. Bajo las mil
fisonomías de los grupos cristianos y las mil formas de sus
actividades debe irradiar el mismo calor; en todos los ojos
tiene que brillar el mismo vino (Ef 5, 18).
La
denuncia
La misión de los cristianos, como la de Cristo, no
consiste solamente en dar ejemplo, sino también en denunciar
la maldad del mundo. Recordemos un pasaje evangélico. Era el
tiempo de la peregrinación nacional a Jerusalén con motivo
de la fiesta de las Chozas. Los parientes de Jesús lo
incitaban a subir a la capital y aprovechar la circunstancia
para hacer milagros ante la multitud y obtener fama. No
comprendían que se quedara en la provincia, desperdiciando
ocasión tan propicia para hacerse popular. Jesús rechaza la
invitación, para él no es el momento; para ellos lo mismo
daba un momento u otro. El se está enfrentando con el mundo y
la tensión aumenta; a ellos el mundo no los molesta porque
son suyos, a Cristo, en cambio, lo aborrece, porque pone en
evidencia que sus acciones son malas (Jn 7,3-7 ).
El mundo reserva sus zarpazos para el que se
atreve a contradecirlo., Su maldad hay que denunciarla
primeramente con el género de vida, pero también con
palabras si la coyuntura lo exige. Cristo, tan acogedor con
pecadores, enfermos y niños, fue violento con los ambiciosos,
hipócritas y piadosos explotadores (Mt 23; Lc 20,47) y no se
recató de llamar un don nadie a Herodes el virrey (Lc 13,32).
La denuncia es parte de la misión profética de
la Iglesia. Debiendo estar libre de toda ambición humana,
puede y debe denunciar las fechorías de la sociedad,
censurando con independencia, sobriedad y lealtad las
injusticias y animando a solucionarlas. Si la Iglesia
zahiriese el mal y alabase el bien sin distinción de campos y
sin doblegarse ante lisonjas o amenazas, sería de verdad la
conciencia del mundo y el acicate de la sinceridad humana.
Su norte es la visión del futuro prometido por
Dios; cotejando las realizaciones humanas con el esplendor del
reino, entrevisto en la esperanza, sabe que todas son penúltimas.
Aunque este mundo vaya adelante, impulsado por Dios, nunca
llegará a ser otra vez «muy bueno» (Gn 1,31) hasta que no
se transforme en el nuevo cielo y la nueva tierra (Ap 21,1).
Ante la sociedad que tiende siempre a consolidar el status
quo, alzarán los cristianos nuevos ideales que la estimulen a
avanzar.
Ni la tarea de la Iglesia ni la denuncia toca a
todos los cristianos en igual medida. Según el estado social,
las dotes personales y los dones que Dios dé, unos se
comprometerán más y otros menos. Hay un denominador común,
sin embargo: todos están obligados al perdón y a la
fraternidad; también a la ayuda, según las posibilidades, «donde
hay buena voluntad, Dios acepta lo que uno tenga, sin pedir
imposibles» (2 Cor 8,12). La vocación cristiana no debe caer
en el agobio ni en la dejadez. Cada uno, deseoso de cooperar,
conducirá su tarea con entusiasmo tranquilo y eficaz. Quien
vea que debe gritar, grite; el que estime más conducente
callarse, que se calle. No a todos se pide lo mismo, ni todos
son capaces.
Dios creó el mundo para comunicar su vida,
haciendo al hombre libre y feliz en una sociedad' de hermanos
en que él mismo había de habitar: el reino de Dios.
Se interpone un obstáculo a su plan, el egoísmo
del hombre, el pecado, que provoca la discordia y la
enemistad, la injusticia y la explotación. Las zanjas
abiertas entre los hombres cavan un abismo entre el hombre y
Dios. El hombre se aliena irremediablemente y corre a la
ruina.
Dios ama a su criatura e interviene en la historia
para . salvarla de la perdición y realizar su reino. La
elección de Abrahán, el rescate de Egipto y la alianza con
el pueblo son momentos cumbres de su acción, que prepara la
llegada del Salvador.
Para salvar al hombre alejado, Dios se le acerca:
envía a su Hijo, que se hace hombre y se liga a la humanidad
con vínculos de hermano. Anuncia el reino y, para hacerlo
posible, reconcilia en sí mismo con Dios a la naturaleza
humana, entregándose por los hombres hasta la muerte,
desarraigando así el egoísmo del pecado y anulando sus
consecuencias.
Rechazado por su pueblo, pero exaltado por Dios,
los que se adhieren a él forman el nuevo Israel. De esta
manera se cumple la promesa hecha a Abrahán, que alcanzaba a
todas las naciones. La fe en Jesús, Mesías y Señor,
constituye a la Iglesia.
La Iglesia es la primicia del reino de Dios y se
distingue del mundo porque en ella se verifican ya en cierto
modo las notas del reino mismo. Es la unidad creada por Dios
frente a la división del pecado, la comunidad de los
salvados, que reconocen al Padre del cielo y a Jesucristo Señor.
Su unidad en el amor fraterno es garantía para el mundo de la
promesa del reino futuro. Renunciando a las ambiciones, causa
de injusticia y discordia, queda libre para verificar en sí
misma la igualdad entre los hombres, la solidaridad, la ayuda
desinteresada, la sinceridad mutua. La libertad y alegría de
la vida cristiana son el mejor testimonio del reino de Dios,
ante el mundo agobiado por el dolor de la injusticia o la
fiebre de la ambición.
La acción de Dios, sin embargo, no empieza por la
Iglesia ni se amuralla en ella, se despliega en el mundo
entero. La Iglesia está llamada a colaborar en esa labor de
reconciliación universal, ayudando a demoler las barreras
separadoras y a nivelar las desigualdades injustas. Reconocerá
la mano de Dios en toda empresa que tienda a la liberación
del hombre y a la humanización de la sociedad; prestará su
modesto apoyo al bien y unirá su voz a los que denuncian el
mal. Sin pretender su propia gloria, buscará que lá sociedad
madure y camine por sí misma, sabiendo `que quien ama a su prójimo
es candidato al reino, aunque no lleve la marca de Dios
visiblemente. Alabará a Dios porque concede al hombre su
potencia, consciente de que cuanto menos necesite de ella el
mundo es porque llega más hondo la acción oculta de Dios,
que transfunde su vida a la humanidad. En cada paso humano
hacia el bien verá la manecilla del reloj de Dios acercándose
a la hora cero.
Entonces habrá nuevo cielo y nueva tierra;
aparecerá, radiante con la gloria de Dios, la ciudad de las
doce puertas con calles de oro transparente, la mansión de
Dios con los hombres, cuyo sol es Cristo. Allí no habrá lágrimas,
duelo, grito ni dolor, porque lo de antes ha pasado (Ap 21).
Desde Córdoba
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