|
Autor
del texto:
Louis de Wohl
| Fuente: conoze.com
|
 Es
con nuestra voluntad con la que podemos convertirnos
en monstruos o en santos. Es con nuestra voluntad
con la que nos preparamos el cielo o el infierno.
|
|
Existen todavía personas que niegan
la libertad de la voluntad humana. Sin duda no
voluntariamente. La niegan -de acuerdo con su propia teoría-
porque no tienen otro remedio. Y otros la afirman, también
porque tienen que hacerlo. De hecho, toda esta gente está
convencida de que obramos con libertad sólo algunas veces. En
realidad obedecemos a toda clase de impulsos.
Si
esta teoría fuese cierta, entonces no existirían ni el
crimen ni el pecado. No sólo el asesino que mata en un «acto
personal», sino también el criminal más depravado, que
planeó su crimen con toda frialdad durante semanas, no hace más
que lo que tiene que hacer. Moralmente no se podría, pues,
castigar nunca a nadie por nada.
Pero,
¡alto ahí! De acuerdo con la teoría de esta gente, «tenemos
que» castigar; pues lo hacemos, y nada de lo que hacemos lo
hacemos voluntariamente. Y para esta gente no existe la moral.
No serán necesariamente inmorales, pero desde luego serán
amorales. Con esto desaparecen también los conceptos del bien
y del mal, tan pasados de moda. Cada uno hace sólo lo que
tiene que hacer. Desaparece también toda responsabilidad. Nos
movemos exclusivamente por impulsos, como otros animales. Lo
que resulta curioso es que los defensores de esta teoría se
indignan muchísimo cuando alguien hace algo que no les gusta.
Si doy una bofetada a uno de estos negadores de la libre
voluntad, no piensa ni por un momento, que lo he tenido que
hacer por causa de mis impulsos, sino que se pone furioso,
grita y va corriendo a denunciarme para que me castiguen. Y
también continúa hablando alegremente de las cualidades «más
elevadas» y «más inferiores» del hombre. ¿Pero qué
baremo utiliza para medir lo que es más elevado o más
inferior?
No
puede discutirse el hecho de que la libre voluntad del hombre
está expuesta a las influencias más variadas. Ya un pequeño
malestar físico puede influir en nuestras decisiones, y no
digamos la influencia que ejercen los rasgos fundamentales de
nuestro carácter, nuestra educación y nuestro ambiente y
muchas otras cosas.
Y
sin embargo, en muchas situaciones tenemos la opción de tomar
decisiones de las que somos plenamente responsables. Por muy
fuerte que sea la influencia del carácter y la educación y
demás, no estamos esclavizados.
Es
con nuestra voluntad con la que podemos convertirnos en
monstruos o en santos. Es con nuestra voluntad con la que nos
preparamos el cielo o el infierno.
La
libre voluntad es el regalo más extraordinario y al mismo
tiempo el más peligroso, que Dios ha hecho al hombre; pues
con esa voluntad podemos decidirnos a favor o en contra de
Dios. Y lo inmediato es plantearnos el interrogante de por qué
se nos ha concedido.
La
pregunta del por qué no puede recibir respuesta de Dios. Para
ello es demasiado grande la distancia entre el Creador y la
criatura. No sólo para la mariposa o para el gusano, sino
también para el caballo o el perro, mucho más inteligentes,
o incluso para el chimpancé o el gorila muchas motivaciones
humanas serán siempre un enigma. Si no fuera así, estos
animales serían ellos mismos hombres. Si pudiéramos entender
todos los actos de Dios, seríamos nosotros mismos dioses.
No
obstante, en el caso de la concesión de la libre voluntad no
nos hallamos ante un enigma total. El móvil de toda obra
creadora es en definitiva el amor. La creación es un acto de
amor. «Rebosamos», tenemos que comunicarnos, por medio de la
palabra, el sonido o la forma. Y nos acordamos de que estamos
hechos a imagen y semejanza de Dios. Es decir, que somos Su
obra y llevamos el sello del más grande de todos los
artistas. También su Creación es un acto de amor. Lo que en
ella -y en nosotros- no es perfecto, lo que se ha convertido
en malo, agrio y amargo, ha sido estropeado por nosotros -y
por otros-. «En el principio» era perfecto. Dios nos ha
creado «tendiendo hacia Él», dice San Agustín, y concluye:
«y nuestro corazón no encontrará la paz hasta que no
descanse en Ti».
El
amor a Dios nos proporciona plenitud, sí, es nuestra
plenitud. Pero para ser capaces de este amor, hemos de tener
una voluntad libre, pues el amor no es amor si no se otorga
voluntariamente. Por eso recibimos ese grandioso y peligroso
regalo. Y en seguida abusamos de él. En lugar de amor a Dios
nos hemos convertido a nosotros mismos en nuestro propio
centro. Nuestro amor se convirtió en amor propio, egoísmo. Y
este egoísmo es nuestra enfermedad y la del mundo en que
vivimos. Esta es la historia de nuestra caída, el principio
de nuestros sufrimientos, nuestras infamias y mezquindades, el
primer motivo para el dolor y la desgracia, para el crimen y
la guerra, para la enfermedad y la muerte. Pero el omnisciente
tenía el antídoto...
 |