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Vicente García Revilla
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 Jesús,
con la enseñanza tan bella y original que propuso y
la vida tan santa que llevó, encendió en el
mundo una gran luz, que no se ha apagado ni se
apagará jamás. Y el mensaje de Jesús no fue, simplemente,
una bella teoría. Jesús remite siempre a la
praxis, a la acción, como a la vida.
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Luz para un mundo en tinieblas.
Jesús, cuando vino a nuestro mundo, trajo a los hombres el más bello y transcendental de los mensajes. No traía, simplemente, una doctrina para ser aprendida, sino para ser vivida. Por eso, el mensaje de Jesús, antes de ser formulado en palabras, era vida en El. Jesús fue delante con el ejemplo (Hch 1,1). Nunca pudieron descubrir sus oyentes la más leve contradicción, el más insignificante desajuste entre la doctrina que proponía y la vida que llevaba. Se daba en Él la más perfecta coherencia entre palabras y obras. Sus palabras no eran sino una glosa a su propia vida. De ahí el asombro, la admiración, la fascinación que desde el primer día suscitó en sus oyentes, y la fuerza irresistible que ejercía sobre ellos. Jesús suscitaba oleadas de entusiasmo y de fervor entre la gente sencilla, que lo seguía y perseguía siempre, ansiosa de
escuchar aquella doctrina tan original y nueva y de contemplar aquella vida tan excelsa. Los evangelios, a pesar de la sobriedad con que están escritos, conservan en sus páginas el eco del fervor popular que Jesús suscitó desde el primer
día. Cojamos el evangelio del Marcos —el primero que se escribió y el más sencillo de todos— y abrámoslo por la primera página: Mc 1,16-20; 1,21-28; 1,32-34; 1,35-39; 1,40-45; 2,1-12; 2,13-14 ... Son escenas transidas del entusiasmo y el fervor de la gente. Jesús, desde el primer día, vivió en loor de multitudes. Los hombres no tenemos otro recuerdo más bello que recordar que el recuerdo de Aquél que pasó por la vida haciendo bien todas las cosas (Mc 7,37) y haciendo el bien a todos (Hch 10,38). Ninguna figura ha surgido en la historia tan limpia, tan noble, tan sublime, tan excelsa.
Leamos un testimonio entre mil: «A veces Dios me envía instantes de paz. En esos instantes amo y siento que soy amado. Fue en uno de esos momentos cuando compuse para mi un credo, donde todo es claro y sagrado. Este credo es muy simple. Helo aquí: creo que no existe nada más bello, más profundo, más simpático, más viril y más perfecto que Cristo; y me lo digo a mí mismo, con un amor celoso, que no existe y que no puede existir. Pero si alguien probara que Cristo está fuera de la verdad y que ésta no se halla en Él, prefiero permanecer con Cristo que permanecer en la verdad» (Fedor ·Dostoievski).
Jesús, con la enseñanza tan bella y original que propuso y la vida tan santa que llevó, encendió en el mundo una gran luz, que no se ha apagado ni se apagará jamás. Y el mensaje de Jesús no fue, simplemente, una bella teoría. Jesús remite siempre a la praxis, a la acción, como a la vida. Nos mostró el camino que el hombre tiene que recorrer para llevar una vida humana auténtica, y lo que nos espera al final del camino. De esta forma, Jesús dio respuesta a los dos grandes interrogantes que todo hombre cuando viene a este mundo, tiene que hacerse: «¿Qué tengo que hacer?» y «¿qué puedo esperar?». Jesús desvela el enigma, el sentido de la condición humana. Y fuera de El el hombre es un misterio insondable. «Jesús revela el hombre al hombre» (GS 22).
Jesús dijo solemnemente, desafiadoramente: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas» (Jn 8,12). Y el que vuelve la espalda a Jesús, se hunde en las tinieblas de la ignorancia. Y no es que ignore cosas; padece una ignorancia más radical: se ignora a si mismo.
El evangelio de Mateo, al comienzo, presenta el ministerio público de Jesús a la luz de estas majestuosas y solemnes palabras de Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz, y a los que habitaban en sombras de muerte una luz les brilló» (Is 8,23-9,1; Mt 3,1 ss). Y desde entonces, esta es la tarea de todo hombre que viene a este mundo, si quiere ser fiel a su identidad más profunda y quiere vivir una vida auténticamente humana: caminar al resplandor de esa luz, que es Jesús.
Jesús, revelador de Dios y del hombre
«Jesús vino a abrirnos los ojos para que viéramos que Dios es el Padre de todos, y que todos somos hermanos». El mensaje de Jesús es, a la vez, la más exacta revelación de Dios y la más exacta revelación del hombre. En la misma revelación de Dios como Padre, como amor, nos brinda la auténtica revelación del hombre. Nos trajo el más bello de los mensajes: el mensaje de la paternidad de Dios y el mensaje de la fraternidad de todos los hombres. Sin la luz del evangelio, el hombre se encontraría ciego, desorientado, perdido, por los caminos sin camino
a) Jesús, revelador de Dios
Todo el evangelio de Juan gira en torno a esta idea central: Jesús, revelador del Padre. Aparece firmemente, intensamente, afirmada en el prólogo, donde es presentado el Hijo de Dios como Palabra, que se hace carne, y, al hacerse carne, comienza a ser, de forma singular, palabra de Dios y sobre Dios dirigida al hombre, en la que Dios se ha manifestado, se ha revelado plena, total y definitivamente a nosotros. «A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, él nos lo ha dado a conocen» (Jn 1,18). Como está en el seno del Padre, conoce íntimamente al Padre y sólo El nos lo ha podido dar a conocer. Jesús es el único testigo del mundo divino. El único que ha venido de arriba, y ha descendido a nuestra tierra, y se ha hecho hombre, para darnos a conocer el misterio de Dios Padre. Esta es la finalidad esencial de la Encarnación: «ha venido a revelárnoslo» (Jn 1.18).
A continuación comienza el relato de los hechos y dichos de Jesús.
Esos hechos y dichos de Jesús nos van revelando el misterio más hondo de Dios. «Toda la vida de Cristo es revelación del Padre: sus palabras y sus obras, incluso sus silencios y su mera presencia entre nosotros». Y este tema, formulado en el prólogo y que se va desarrollando a lo largo de todo el evangelio, es reasumido en el capitulo 17, donde, insistentemente, se reafirma esta idea: 1 7,3-4.6.26. «Jesús es el exegeta del Padre». Es el revelador y la plenitud de la revelación de Dios. «La verdad más intima acerca de Dios... se nos manifiesta por la revelación de Jesucristo, que es, a un tiempo, mediador y plenitud de la revelación» (DV 2). Dios Padre, en su Hijo único, nos ha manifestado su ser mas íntimo, su secreto más profundo.
Jesús no se limitó a recordar o repetir lo que ya sabíamos sobre Dios, sino que vino a comunicarnos la verdad más intima, la realidad más profunda de Dios. Y en el evangelio de Juan, Jesús pudo decir, al final del camino: «salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y me voy al Padre» (Jn 16,28). Pero no ha dejado todo como estaba. Todo lo ha
dejado profundamente iluminado, enriquecido. Nos ha dejado a nosotros infinitamente iluminados, enriquecidos con la revelación de Dios Padre. «Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Palabra única, definitiva, perfecta e insuperable del Padre» (C.65), en la que se ha expresado, se ha revelado plena y definitivamente (Cfr. San Juan de la Cruz, S2 22).
«Al problema de Dios anunciado en Cristo, se le ha dado, demasiadas veces poca importancia. Se juzgaba que, aun prescindiendo de Jesús, se sabía ya quién era Dios y qué quería de los hombres... Pero quién es Dios o cómo es realmente Dios sólo lo sabemos con seguridad por medio de Jesús... La extraordinaria violencia con que Jesús fue rechazado por los fariseos sería inexplicable si se hubiese tratado sólo de una diferente explicación de la Ley. La raíz profunda de la oposición se encuentra más bien en su diferente idea de Dios», (MS lIl.l).
Corregir las falsas imágenes de Dios que se habían forjado los hombres y revelarnos su auténtico rostro: ésta fue la tarea de Jesús, que realizó a lo largo de toda su vida, con sus palabras y sus obras. Jesús, su vida y su doctrina, es la parábola viviente del Padre, la imagen perfecta del Padre, imagen visible del Dios invisible. En la última noche, Jesús, como poseído de una sagrada obsesión, repite sin cesar, una y otra vez, el nombre bendito del Padre. Quiere darles a conocer su gran secreto: el Padre. Los Apóstoles, en aquella noche iluminada, debieron escuchar aquellas efusiones de Jesús, absortos, sobrecogidos. Nunca lo habían visto tan radiante, tan transfigurado. Entendemos que Felipe, impresionado, haciéndose eco de los deseos de todos, dijera a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre, que esto nos basta»> (Jn 14,8). Has encendido en nosotros una gran sed; apaga ya la sed. Morimos de nostalgia por el Padre; descorre el velo y muéstranos su rostro. Jesús, en aquella noche iluminada y gloriosa, como respuesta a la pregunta encendida de Felipe, hará esta solemne y majestuosa afirmación: «Felipe, el que me ve a mí está viendo al Padre» (Jn 14.9).
Jesús es la imagen perfecta del Padre. Y sabemos que, para nuestro consuelo y alegría, en las páginas de los evangelios ha quedado reflejada, como en un espejo, la verdadera imagen de Jesús, sus hechos y sus dichos. Y me gusta aplicar a los evangelios aquellos espléndidos versos de San Juan de la Cruz:
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!
Y con esa hambre y sed de encontrarnos, cara a cara, con la imagen deseada de Jesús, cogemos todos los días en nuestras manos los evangelios, y los leemos y releemos con delectación y con morosidad; y hacemos nuestra la encendida súplica de Felipe: «Señor, muéstranos al Padre, que esto nos basta». Porque, al captar la figura de Jesús, reflejada en las páginas evangélicas, tenemos la imagen perfecta del Padre. Y así se hace realidad ese sueño melancólico e imposible de tener en nuestra mente y en nuestros corazón la imagen más aproximada de Dios Padre. «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, tu enviado» (Jn 17,3). Esta es nuestra única y esencial tarea. Éste es el sentido de esta vida presente y de la vida futura: crecer en el conocimiento de Dios Padre.
b) Dios es amor
Pero no basta saber que Jesús es el revelador de Dios y que ésa fue su única tarea. Necesitamos saber cuál es el íntimo secreto de Dios, su realidad más profunda, tal como Jesús nos lo manifestó. Si Jesús vino sólo a revelarnos el auténtico rostro de Dios, todo lo que nos dijo, a lo largo de toda su vida, con sus palabras y sus obras, sobre el misterio más hondo de Dios, está recogido y sintetizado en esta expresión luminosa y hondísima, que es el ápice, la síntesis simple y esencial del ser de Dios: «DIOS ES AMOR» (/1Jn/04/08 /1Jn/04/16).
Nunca se ha dicho nada tan alto sobre Dios. Nunca se ha dicho nada tan alto sobre el amor. No es una frase más, es una frase nuclear. Es la cumbre y la clave de toda la revelación. El ser más intimo de Dios, la verdad más profunda y originalísima de Dios, es ser amor. Dios es ternura, bondad, misericordia, amor que se desborda incesantemente, torrencialmente, sobre el hombre, sobre todos los hombres. Porque no se nos ha dicho que Dios tiene amor, sino que Dios es amor. Y Dios no es amor en sí mismo y para sí mismo (eso no sería amor) sino que Dios es amor al hombre, a cada uno de los hombres. Cada uno de los hombres es objeto del amor infinito. Yo soy objeto del amor infinito. El desbordante amor de Dios se derrama, en cada instante, sobre mí. Vaya donde vaya, me debo sentir siempre envuelto, sumergido, inundado por el amor infinito.
Para subrayar más intensamente la frase, para llamar la atención sobre la importancia de la frase, el autor, en un breve espacio, en unas lineas, la repite dos veces: en el v. 8 y en el v. 16.
En esta frase tan sencilla y tan hondísima está contenido el núcleo, el meollo de todo lo que Jesús, durante toda su vida, con sus palabras y sus obras, nos fue diciendo sobre el ser de Dios. El ser mismo de Dios es amor (C. 221).
Es la buena noticia que tenemos que repetirnos cada día a nosotros mismos. Esta es la única buena noticia que haya sido proclamada en nuestra tierra. La única que puede estremecer y conmover nuestro corazón de pasmo, sorpresa, emoción, alegría, esperanza y gratitud. Es el único pensamiento que debe adueñarse de nosotros mismos, y envolvernos y penetrarnos y acunarnos, y transportarnos. La oración está «inventada» para mantener viva, radiante y
transformadora esta vivencia del infinito amor de Dios hacia nosotros. Con esta vivencia en el corazón todo puede ser nuevo, extrañamente hermoso. Esta vivencia de Dios como amor debe sostener, iluminar, inspirar y dirigir toda nuestra vida. Con esta luz en el corazón, todo se puede iluminar y todo puede transformarse.
Debemos decirnos cada día, en cada instante, esta buena noticia de que Dios es amor. Lo propio, lo específico, lo característico de Dios es ser amor. La realidad más profunda, más honda, más íntima de Dios es ser amor, ternura, bondad, misericordia entrañable. Esta es la originalidad de la fe cristiana. Lo que Jesús vino a decirnos sobre el misterio de Dios no era algo sabido y consabido. Era algo nuevo, insospechadamente hermoso y revolucionario. Por eso, y para eso tuvo que bajar el Hijo de Dios a la tierra. Sin esa revelación que Jesús nos trajo, nadie hubiera tenido la audacia, el atrevimiento de definir el ser más intimo de Dios como amor. La fe cristiana es distinta de la fe pagana, mahometana, e incluso judía. Y por eso, el estilo de vida cristiana es también totalmente distinto a cualquier otro estilo de vida propio de cualquier otra religión.
El texto de 1Jn 4,8.16 no es un texto aislado y solitario. Hay en el N.T. toda una serie de textos que apuntan en esa misma dirección. Baste, como botón de muestra, unos pocos: Jn 3,15; 4,10.19; Rom 5,5-11; 8,31-39; Tit 3,4. Y todas las parábolas del evangelio, directa o indirectamente, nos revelan el auténtico rostro de Dios. Recordemos la reina de las parábolas, que es la más perfecta radiografía del corazón de Dios (Lc 15,1 1-32).
Recordemos la frase absolutamente fundamental de 1Jn 4,19: «El nos amó primero». Dios, que es amor, nos ama, no porque nosotros seamos buenos sino porque él es bueno. Dios tiene que ser fiel a sí mismo, que es amor, ternura, bondad, misericordia entrañable. El amor de Dios es totalmente gratuito, incondicional, desinteresado. El creyente, después de haber contemplado ese fascinante panorama en la revelación del N.T. sobre Dios como amor, puede exclamar, lleno de admiración, gratitud y alegría: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y nos hemos entregado a Él, porque Dios es amor» (1Jn 4,16). Y podemos exclamar con San Pablo:«¡Estamos orgullosos de nuestro Dios!» (Rm 5,11).
c) Dios como «abbá»
La palabra «abbá» era una palabra que no pertenecía al vocabulario religioso, sino al coloquial y profano. Era la palabra que utilizaban los hijos, cuando, en un clima de máxima cercanía y familiaridad, se dirigían a sus padres. En ninguna de las innumerables oraciones judías de la época aparece esta palabra como invocación a Dios. Dada la transcendencia y majestad en la que aparecía envuelto el nombre de Dios, hubiera sido algo escandaloso e irreverente, casi blasfemo, dirigirse a Dios con un término tan familiar e Íntimo. Y con gran sorpresa, esta palabra cargada de cariño y calor de hogar, estaba siempre en los labios de Jesús para hablarnos de Dios y para hablar Él a Dios. Y no solo Jesús llamaba habitualmente «abbá» a Dios, sino que nos mandó a nosotros que invocásemos a Dios «abbá».
Y resultó tan singular, nuevo, extraño utilizar este término, que reflejaba máxima cercanía, cariño entrañable, intima familiaridad, que aquellos oyentes de Jesús, sorprendidos, admirados,
estupefactos, conservaron la mismísima palabra aramea que utilizaba habitualmente Jesús, sin atreverse a traducirla al griego. Y así, en su misma forma original, sin traducirla, la conservaron en su memoria. Y esa misma palabra aramea aparece en comunidades de Asia Menor, e incluso en la misma comunidad de Roma (Gal 4,6; Rom 8,15). Es otra forma llamativa y original de decirnos que Dios es amor, que Dios es algo así como el «papaíto» de todos.
d) Revelador del hombre
Jesús, al revelarnos a Dios como amor, nos ha revelado nuestro ser más intimo. Ya nosotros podíamos concluir que, al estar el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26), siendo Dios amor, nosotros estamos hechos para el amor y sólo podemos encontrar nuestra plenitud en el amor y la donación. Pero Jesús, con su vida y su mensaje, nos lo revela y confirma de una forma clara y abrumadora. «El hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de si mismo a los demás» (GS 24). Y el mismo Concilio nos enseña que Cristo, a la vez que nos revela que Dios es amor, nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por tanto de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor (GS 33).
Jesús, al revelarnos a Dios, nos ha revelado nuestro ser más intimo. Sólo por Jesucristo sabemos con certeza qué es el hombre, para qué está en el mundo y qué tiene que hacer para que sus pasos por este mundo tengan sentido y coherencia. El hombre sólo es fiel a si mismo, cuando está abierto y atento a las llamadas del amor. El hombre no se construye a sí mismo en la estéril soledad de su egoísmo, sino cuando dedica su vida al servicio y a la entrega a los demás. El hombre es comunión con Dios y comunión con los demás; orientación radical a Dios y orientación radical a los hombres, sus hermanos; referencia a Dios y referencia a los hermanos. Si Dios es amor, como el hombre es imagen de Dios, debe caminar en el amor; y sólo caminando en el amor se realiza plenamente como persona. Y caminando en el amor, en el amor a Dios y en el amor a los demás, es fiel a sí mismo y se construye como persona. El hombre no puede vivir encerrado en el circulo asfixiante de su egoísmo, sino que está destinado para la apertura y la donación a los demás.
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