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P. A. LIEGE
- CATEQUESIS Y MUNDO DE HOY
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 El hombre moderno ha experimentado que, para una cantidad
de cuestiones dependientes de la acción del hombre, no es necesario movilizar a Dios y las fuerzas divinas: el hombre
ha fortalecido su posesión sobre el mundo, y se realiza lo que decía Descartes, y motivaba la ironía de los teólogos
de su tiempo: el hombre ha de convertirse en señor del universo y de sí mismo.
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o estamos, es evidente, en el tiempo en que La Bruyère podía escribir tranquilamente en su libro "Caracteres", en el
capítulo 11, titulado "Los espíritus fuertes": "Querría ver a un hombre sobrio, moderado, casto, justo, decir que no
hay Dios; hablaría al menos sin interés alguno. Pero este hombre no existe".
Hoy no podemos ya decir esto, ni que la causa del ateísmo es una moral poco moral. Hay que tratar de comprender,
onernos frente a un hecho grave y caminar a partir de ese hecho. Es lo que me propongo hacer esta tarde, apoyándome,
no por precaución, sino por estar de acuerdo, en el Concilio, que, en la Constitución "Gaudium et Spes" dice: "el
ateísmo está entre los hechos más graves de nuestro tiempo y debe ser examinado con toda atención".
Comenzaré por ahí. La primera parte de mi conferencia será una especie de diagnóstico de este hecho particularmente
actual.A partir de este diagnóstico, examinaré primero en qué el ateísmo es una tentación -para todos, para mí-;
estudiaré enseguida cómo esa tentación puede producir, de rechazo, un despertar de aquellos que toman en serio a
Dios, y en consecuencia, qué tareas más urgentes se imponen a la Iglesia para que ese despertar haga realidad lo que
promete. Tales son, pues, los cuatro momentos de este recorrido: diagnóstico, examen de la tentación, esquema del
despertar y tareas que en consecuencia se imponen a la Iglesia.
I. DIAGNOSTICO DEL ATEÍSMO CONTEMPORÁNEO
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diagnóstico: evidentemente no seguiré a La Bruyère diciendo que el ateísmo se explica porque los hombres son poco
generosos, porque no tienen temor de Dios, porque les molesta la moral... No le atribuyamos más la causa a un cierto
número de corrientes perversas: francmasonería, comunismo, libre pensamiento, racionalismo... todos "los malos, los
epulsivos" que habrían contaminado ideológicamente al mundo y seducido a las pobres masas indefensas, quitándoles su
Dios.
La cuestión es mucho más profunda. Ciertamente, no niego que el ateísmo, para cada uno de los hombres que lo siguen on una decisión personal, pueda estar acompañado de culpabilidad, pero esto sólo Dios puede juzgarlo en definitiva. Mi intención no es dejar al desnudo conciencias individuales, sino intentar diagnosticar un hecho global, cultural. Creo que nos acercamos a la verdad si vemos al ateísmo contemporáneo como convergencia de dos corrientes: La primera,
que llamaremos la mutación cultural del tiempo presente. Y al encuentro de esta primera, y reforzándola, la segunda,
que llamaremos el debilitamiento de las religiones. Convergencia que le da al ateísmo la amplitud, el dinamismo y asi
la pasión que, de hecho, hoy lo convierten en una realidad tan importante.
1. La mutación cultural del tiempo presente.
Es tan común hablar de esto... Se trata de una mutación cultural sin precedentes, sin modelo, que conduce al hombre de hoy a un cierto número de constataciones e incluso de experiencias
a las que concede una cierta infalibilidad. El hombre de hoy es un hombre que ha llegado a experimentar que Dios
explica mucho menos de lo que habíamos creído.
ntes Dios explicaba el curso de las estaciones, el agotarse las fuentes, los períodos de las mujeres, las
enfermedades; queríamos que Dios nos explicara directamente una cantidad de cosas concernientes a las relaciones del
hombre con la naturaleza, con la sociedad, consigo mismo. El hombre moderno ha experimentado que, para una cantidad
de cuestiones dependientes de la acción del hombre, no es necesario movilizar a Dios y las fuerzas divinas: el hombre
ha fortalecido su posesión sobre el mundo, y se realiza lo que decía Descartes, y motivaba la ironía de los teólogos
de su tiempo: el hombre ha de convertirse en señor del universo y de sí mismo.
El hombre moderno experimenta a Dios mucho menos como fuente de obligación. Ya no podemos decir como Dostoyevski: "si
Dios no existe, todo está permitido". El hombre moderno tiene la experiencia de una ética, de normas para el hombre y
la sociedad, aunque Dios no exista. Aunque Dios no exista, no todo está permitido. Y el hombre ha adquirido una
cierta autonomía moral.
El hombre moderno siente también a Dios como menos sensible al corazón. Cierta desconfianza de la subjetividad, la exploración de las profundidades ha vuelto al hombre moderno mucho más sensible a las mixtificaciones, ilusiones, a las proyecciones de Dios que hacíamos cuando afirmábamos: «usted encontrará a Dios en la profundidad de su ser, en los intervalos afectivos de la vida, en los momentos de decaimiento, de crisis, en ese fondo un poco tenebroso».
El hombre moderno tiene la experiencia de que Dios es mucho menos útil para construir la unidad del mundo y de los pueblos.
Antes, se pensaba que Dios era el principio de la unidad nacional y patriótica. Así el Fuero de los Españoles: "el catolicismo es el principio de unidad espiritual y nacional de los españoles". Ahora el hombre moderno ve que la unidad de los pueblos se realiza en el plano de la declaración de los derechos del hombre en la ONU; sobre la que todos los hombres, en su pluralismo, habrían de converger sus esfuerzos y su buena voluntad. Dios, en todos estos campos, es percibido como menos próximo, menos presente, menos útil, menos necesario, todo lo cual conduce a cierto
número de hombres sinceros a preguntarse si Dios no fue un producto cultural, si no se le inventó cuando fue culturalmente posible o necesario. En consecuencia, en la mutación cultural de hoy, el hombre ¿necesitará de Dios? Esta primera corriente hace nacer en el corazón del hombre -no pronunciemos muy rápido la palabra orgullo, prometeo-,
una cierta pasión por el hombre; esta mutación cultural proporciona al hombre una más fuerte conciencia histórica
de sí mismo, una conciencia de ser en adelante el dueño de su destino. Así se esboza un nuevo humanismo. Podríamos
retomar, para expresarlo de manera poética, lo que Jean-Paul Sartre, en un villancico inédito que escribió para sus
camaradas de cautividad, ponía en boca de los ángeles: «antes hacía calor junto a Dios, pero ahora esto se enfrió;
hace calor entre los hombres; emigremos a la tierra». Y los ángeles, tiritando, se han refugiado entre los hombres.
Una parábola de la tentación inscrita en la mutación cultural y en el nuevo humanismo.
2. La debilidad del testimonio de las religiones.
egunda corriente que alimenta la convergencia donde nace el ateísmo moderno: en el momento mismo, hace cuatro siglos, cuando comenzaba esta mutación cultural, cuando algunos. aunque tímidamente, comenzaban a aproximarse al ateísmo, las religiones y el cristianismo en particular, habrían podido aceptar el desafío viendo que iban a producirse sacudidas y crisis. Ante este movimiento cultural del hombre, se tendría que haber revisado su relación con Dios. Las Iglesias, en general, no hicieron caso de ese cuestionarse moderno. El hombre de hoy en muchas circunstancias ha de realizar un balance de las religiones, del cristianismo. Las Iglesias y las religiones son objeto de una crítica muy generalizada cuyo resultado fundamenta más aún el ateísmo. Esto es lo que se dice a las religiones: si Dios parece estar muerto para muchísimos hombres porque ya no lo ecesitan más ¿no serán ustedes, todos ustedes, los hombres religiosos y creyentes, cómplices de esta muerte? ¿No habrán matado
a Dios comprometiéndolo en causas como las guerras santas, el sectarismo, la división, el apoyo a los poderosos de
este mundo, la garantía de los ricos? Al representarlo como el Dios protector del orden establecido, temeroso de la
ciencia, que no quiere ver al hombre desarrollarse sobre la tierra y tomar posesión de sí, de su dominio -porque está
celoso-; como el Dios que más bien sostiene el oscurantismo y que no es precisamente partidario de los cambios, ¿no
serán ustedes en gran parte cómplices de este ateísmo hacia el que nos aproximamos cuando decimos "Dios parece como
muerto".
El Concilio ha tenido la lealtad de reconocerlo: Dios es el que las paga, porque en el momento en que la mutación cultural habría exigido un elevado testimonio de Dios y una renovación total en lo concerniente al conocimiento de Dios, las Iglesias no aportaron el testimonio que podría esperarse de ellas. Lejos de detener el progreso del ateísmo, las Iglesias, al contrario, han proporcionado a los que vacilan, nuevas razones para no interesarse en este Dios ya muerto.
Hasta hace poco, hay que decirlo, en muchas encíclicas del siglo XIX, la única reacción ante el ateísmo naciente era lamentarse: ¡este pobre mundo, los pobres ateos! Cuando no era una controversia polémica y agresiva: "condenamos el ateísmo y los ateos", y no quiero citar textos que hoy nos avergüenzan, en los que la única respuesta para el ateísmo naciente era decir que la lógica de los ateos andaba mal, o que tenían un corazón perverso. El concilio Vaticano II se pronunció de manera muy diferente, puesto que dice: "También los creyentes tienen su responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino derivado de varias causas, entre las que hay que contar también la reacción crítica frente a las religiones y ciertamente, en algunas zonas del mundo, sobre todo frente a la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo, los creyentes pueden tener -el pensamiento profundo del Concilio quiere decir: tienen; es el estilo eclesiástico)- una parte no pequeña de esta responsabilidad, en cuanto que... han velado el auténtico rostro de Dios más que revelarlo". Ahí está, pues, reconocida lo que llamamos la segunda corriente de convergencia; la debilidad del testimonio, la falta de calidad de la fe, toda la degradación de la conciencia de Dios en los creyentes. En esa convergencia, está la causa más profunda del ateísmo en su forma moderna. Aquí detenemos el diagnóstico. Ahora que ya está en movimiento y ha ingresado en la historia humana, sobre todo en la
occidental, como un hecho con calidad cultural, el ateísmo se constituye sobre todo en una tentación aún para
aquellos que no piensan en él.
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