Herbert Haag
Del libro de
Herbert HAAG (*1915), ¿Qué Iglesia quería Jesús?
(Herder, Barcelona 1998)
Es
bien conocida la actual crisis del sacerdocio en la Iglesia
católica. Cuantos esfuerzos se han hecho hasta ahora en
círculos oficiales para intentar superarla han resultado
ineficaces. Los problemas relativos a la escasez de
sacerdotes, las comunidades sin eucaristía, el celibato, la
ordenación de mujeres, etc., determinan en gran medida, aunque
no exclusivamente, la grave situación a la que nos referimos.
Cada vez con mayor
frecuencia vemos asumir el papel de guías o líderes
parroquiales a seglares que, por no estar "ordenados", no
pueden celebrar la eucaristía con sus feligreses, como sería
su obligación. Esto no planteaba problema alguno en la Iglesia
primitiva, donde la celebración de la Eucaristía dependía sólo
de la comunidad. Los encargados de presidir la eucaristía, de
acuerdo con la comunidad, no eran "sacerdotes ordenados", sino
feligreses absolutamente normales. En la actualidad los
llamaríamos seglares, es decir, hombres e incluso mujeres, por
lo común casados, aunque también los había solteros. Lo
importante era su nombramiento por la comunidad. ¿Por qué lo
que antaño fue posible no habría de serlo también hoy?
Si Jesús, como se
afirma, fundó el sacerdocio de la Nueva Alianza, ¿por qué no
hay de ello la menor mención durante los primeros cuatro
cientos años de vida de la Iglesia? Se dice también que Jesús
fundó los siete sacramentos administrados en la Iglesia
católica. En más de un caso es difícil probarlo, pero en lo
que atañe al sacramento del orden resulta totalmente
imposible. Más bien mostró Jesús, con palabras y hechos, que
no quería sacerdotes. Ni él mismo era sacerdote ni lo fue
ninguno de los "Doce", como tampoco Pablo.
De igual manera es
imposible atribuir a Jesús la creación del orden episcopal.
Nada permite sostener que los Apóstoles, para garantizar la
permanencia de su función, constituyeron a sus sucesores en
obispos. El oficio de obispo es, como todos los demás oficios
en la Iglesia, creación de esta última, con el desarrollo
histórico que conocemos. Y así la Iglesia ha podido en todo
tiempo y sigue pudiendo disponer libremente de ambas
funciones, episcopal y sacerdotal, manteniéndolas,
modificándolas o suprimiéndolas.
La crisis de la
Iglesia perdurará mientras ésta no decida darse una nueva
constitución que acabe de una vez para siempre con los dos
estamentos actuales: sacerdotes y seglares, ordenados y no
ordenados. Habrá de limitarse a un único "oficio", el de guiar
a la comunidad y celebrar con ella la eucaristía, función que
podrán desempeñar hombre o mujeres, casados o solteros.
Quedarían así resueltos de un plumazo el problema de la
ordenación de las mujeres y la cuestión del celibato.
A la pretensión de
acabar con las "dos clases" existentes en la Iglesia suele
objetarse, sobre todo, que siempre se han dado evoluciones
estructurales fundantes -aunque indirectamente- en el Nuevo
Testamento. El ejemplo aducido más a menudo es el del bautismo
de los niños, que n aparece expresamente en el Nuevo
Testamento, pero que tampoco lo contradice. Ahora bien, esa
referencia a las "evoluciones estructurales" sólo puede
tenerse por válida mientras tales evoluciones sean conformes a
los enunciados básicos del Evangelio. Si se ponen a éste en
puntos esenciales, han de considerarse ilegítimas,
insostenibles y nocivas.
Esto se aplica sin
duda alguna a la Iglesia "sacerdotal" o clerical. Interrogando
a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo
primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que
episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al
margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como
parte del dogma. Todo parece hoy indicar que ha llegado la
hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original.

FORMACION PROGRESIVA
DE LA JERARQUÍA

Comunidad y oficios en las cartas del Nuevo Testamento
El
modo concreto en que la Iglesia evolucionó hacia el
establecimiento de una jerarquía ha sido ya ampliamente
explicado por especialistas más competentes que el autor de
este libro. El concepto de «autoridad» era ajeno a las
primitivas comunidades cristianas. Cierto que Pablo no
vacilaba en zanjar con una palabra «autoritaria» algunas
discusiones sobre aspectos secundarios (1Cor 11,16) Tampoco le
repugnaba proponerse él mismo como ejemplo digno de imitación
(1Cor 4, 16; cf. 11,1; Flp 4,9) a los ojos de sus «queridos
hijos», a quienes «había engendrado por el Evangelio» (1Cor
4,14 s.; cf. Film 10), e incluso, en el peor de los casos,
amenazarlos con «el palo» (1Cor 4,21). Sin embargo, por cuanto
cada comunidad encarnaba como tal la relación con Cristo, para
Pablo toda la comunidad cristiana, es decir, todo el Cuerpo de
Cristo, estaba obligada a un obrar común, y no a una
obediencia pasiva. Así lo comprobamos con motivo de la «cena
del Señor» (1Cor 11,17-34), y de la disciplina que debía
reinar en la comunidad (1Cor 5,1-13). Por eso a Pablo le
parecía también evidente que, junto con los apóstoles (¡no a
las órdenes de ellos!), actuaran como guías comunitarios los
profetas y doctores (1Cor 12,28; cf. Efe 4,11), quienes a
veces llegaron a desempeñar un papel decisivo en ciertas
comunidades, por ejemplo en la de Antioquía (Act 13,1) y, como
ya hemos visto (cf. supra, p. 73), en la comunidad
destinataria de la Didakhé, donde a obispos y diáconos les
costaba trabajo imponerse frente a los profetas y doctores. En
las comunidades paulinas, también otros miembros ponían al
servicio de los demás los dones que habían recibido del
Espíritu, como curar, profetizar, consolar y ayudar de
diversas maneras (Rom 12; 1Cor 12). Todos los bautizados
«deben estar bien persuadidos de que cada miembro del Cuerpo
de Cristo tiene una especial dignidad y comparte la
responsabilidad común de construir una comunidad fraterna bajo
la guía del Espíritu Santo; quedan excluidos, pues,
cualesquiera privilegios y discriminaciones, ya que los
distintos carismas y "oficios" no entrañan en la comunidad
ningún tipo de dominio, siendo en definitiva cosa de todos y
controlada por todos, y entendiéndose además como "servicio" (diakonía)
prestado al Señor y a los hermanos». En la carta a los
Efesios, de fines del siglo I, topamos con una enumeración
algo curiosa de los «dones» de Cristo: apóstoles, profetas,
evangelistas, pastores y maestros (Ef 4,11). La mirada se
dirige tanto al pasado como al presente. La mención de los
«pastores» indica que «a los dirigentes de la comunidad se les
atribuía ya un papel de creciente importancia».
Cuanto con mayor
claridad iba perfilándose el final de la era apostólica, tanto
más parecía imponerse, casi por fuerza, una permanente
estructura jerárquica. De ésta creemos percibir ya ciertos
signos cuando en una de las últimas cartas de Pablo, la
dirigida a los Filipenses, el Apóstol habla de «obispos» (epíscopoi
= guardianes, inspectores) y «diáconos» (= servidores), aun si
los cita después de los «santos», o sea de los fieles. En modo
alguno, sin embargo, se trata aquí de oficios con carácter
sagrado y menos de una jerarquía o de un orden sacerdotal. Tal
era también el caso de los «ancianos» (o «presbíteros») que en
las comunidades judeocristianas dirigían la Iglesia local (en
Jerusalén: Act 11,30; 15,2.4.6; en Éfeso: Act 20,17). Aquellos
«ancianos», que también lo eran por su edad &endash;al menos
en los comienzos &endash;mantenían idealmente en las
comunidades paulinas y joánicas la continuidad de la Iglesia
postapostólica con la generación de los fundadores. Ambas
«instituciones» tenían un punto en común: la condición de
dirigente entrañaba el ejercicio de ciertas funciones
importantes para la comunidad, .
Desde
luego, era inevitable que las dos «instituciones»
(obispos/diáconos y presbíteros) se entremezclaran en la
práctica, hasta el punto de que se hablara de «ancianos» o de
«obispos» dando a esas palabras el mismo sentido (Tit 1,5-7).
«De ahí podemos inferir que el autor de la carta equipara
voluntariamente a los ancianos, cuya presencia al menos
parcial presupone en las comunidades destinatarias, con los
"obispos", para luego interpretar ambas funciones de la misma
manera. No se trata sólo de sustituir un concepto por otro. La
institución de los ancianos, según los modelos judaicos, se
basaba en el natural respeto debido a una persona por su
avanzada edad, su experiencia y su posición social. El oficio
de "anciano" era, pues, un cargo honorífico con rasgos
netamente significativos. A ese grupo pertenecían los miembros
de la comunidad que gozaban de consideración pública. Esto,
sin embargo, se oponía al aprecio de la persona en razón de un
carisma, ya que en las comunidades paulinas surgieron algunos
servicios concretos por el hecho de reconocerse y utilizarse
en beneficio de la Iglesia determinados carismas, talentos y
dones particulares (1Cor 12,28-31). Precisamente en ese
principio descansaba la función de "obispo", que se definía
por un cometido específico para el cual eran necesarias
ciertas aptitudes y cualidades. Las cartas pastorales reflejan
bien la tendencia paulina a favorecer este aspecto. En
concreto parecen representarse el paso del orden de los
"ancianos" al de los "obispos" de tal manera que, en cada
caso, del grupo de los ancianos sale uno especialmente
encargado de la predicación y de dirigir la comunidad, es
decir, alguien apto para la función de "obispo" (1Tim 5,17).
El presupuesto tácito es que cada comunidad debe tener un solo
obispo como jefe responsable de la misma. Esto se desprende de
la noción de la comunidad como una gran familia con un solo
padre o responsable a la cabeza. Da así comienzo una evolución
que necesariamente habrá de desembocar en el monoepiscopado.»
En tal sentido se
expresa también Pablo en Mileto, al despedirse de los
presbíteros de Éfeso: (Act 20,28).
La institución de los
ancianos implicaba, por otra parte, que el «episcopado» era
cosa de varones, mientras que al diaconado se admitían
igualmente mujeres (1Tim 3,11), esclavas inclusive; en cuanto
a la «diaconisa» Febe, en cuya casa se reunía sin duda la
comunidad de Céncreas (Rom 16,1 s.), es probable que también
presidiera allí la eucaristía. Lo mismo puede decirse de
Prisca y Aquilas con «la comunidad que se reúne en su casa» (Rom
16,3-5), de Junia (Rom 16,7) y de Ninfa «con la comunidad de
su casa» (Col 4,15). Llama la atención, en cambio, que en las
cartas pastorales (1 y 2Tim; Tit) no se atribuya ninguna
función cultual al obispo y a los presbíteros &endash;entre
aquél y éstos no había ninguna diferencia de «grado»- cuya
responsabilidad, . Otro tanto sucede con la carta de Santiago
(finales del siglo 1), en la que los presbíteros se mencionan
&endash;casi podríamos decirlo&endash; como una extensión
incidental de la comunidad, justo aptos para visitar a los
enfermos y orar sobre ellos (Sant 5,14). Quienes parecen
llevar la voz cantante son más bien los «doctores» (o
«maestros»).
Si por una parte
nadie pone en duda que el «Pastor de Hermas» desconocía el
episcopado monárquico, por otra difieren las opiniones sobre
el modo de interpretar, en las cartas pastorales, el papel del
obispo único como jefe de la comunidad, y tampoco se sabe con
certeza si Policarpo era o no obispo monárquico de Esmirna.
Aún más importante
que la cuestión de los cargos eclesiásticos es para nuestro
tema esta otra: en las cartas pastorales se echa ya de ver
cierto distanciamiento entre los dirigentes comunitarios y la
comunidad misma. , una comunidad que ha dejado también de
participar en la elección e investidura de sus jefes.


Ignacio de Antioquía
Las
cartas del obispo y mártir Ignacio de Antioquía, que la
investigación moderna sitúa entre los años 160 y 170, reflejan
un cambio decisivo en esa evolución. Por vez primera
encontramos en ellas el episcopado monárquico y la jerarquía .
Esto parece ser ya entonces el orden vigente en la Iglesia.
Ignacio, como obispo de Antioquía, no es caso único; según él,
hay otros obispos ya «establecidos hasta en los confines [de
la tierra]» (ad kph. 3, 2). «No hagáis nada sin el obispo)),
sigue diciendo. El obispo representa a Cristo. Por eso los
fieles han de estarle sometidos, como lo están a Cristo (Trall.
2, 1). (Esm. 9, 1). La queja de Ignacio es ésta: (Magn. 4).
El obispo, uno solo,
dirige la comunidad junto con los presbíteros y diáconos.
Honrarlos y someterse a ellos es igualmente un deber para los
fieles. (Magn. 7, 1). El que obra sin contar con el obispo,
los presbíteros y los diáconos, se encuentra «fuera del
santuario» (Trall. 7,2).
En esa triple
gradación &endash;obispo, presbíteros y diáconos&endash; se
percibe ya netamente el papel del clero y la jerarquía frente
al resto de la comunidad. El círculo no tardará en cerrarse:
la eucaristía determinará en gran medida el puesto singular
del obispo. Obispo y eucaristía se funden en un todo. El
obispo es garante de la unidad simbolizada y realizada por la
eucaristía: (Philad. 4). Cierto que, al dar por legítima una
sola celebración eucarística presidida por el obispo o un
representante suyo (Esm. 8, 1), únicamente se afirma la
autoridad del obispo, sin que esto implique una consagración u
«ordenación» sacramental. La jerarquía de obispo, presbíteros
y diáconos se opone, sí, a los fieles, pero todavía no como
dos «clases» separadas: laicado y clero. Los dirigentes
eclesiásticos no son «clérigos».
Este cambio de que
estamos hablando se produjo a principios del siglo III, como
quien dice «de la noche a la mañana». (Tales cambios
«repentinos» han sido frecuentes en la historia, simplemente
porque los tiempos estaban ya maduros para ello.) También es
verdad que no descubrimos nada de esto en los escritos de
Ireneo de Lyón (ca. 200). Como lo subraya von Campenhausen,
Ireneo no alude a . Con todo, no se detendría ya el proceso
hacia una Iglesia en dos estamentos, ordo y plebs, clero y
laicado. Así lo atestiguan Tertuliano en la Iglesia de
Cartago, Hipólito en la de Roma, Clemente y Orígenes en la de
Alejandría.


La Iglesia se vuelve clerical
En el transcurso del
siglo III se consuma definitivamente la división entre clero y
seglares. La Iglesia se vuelve clerical en el pleno sentido de
la palabra. Por una parte existe el «presbiterado», presidido
por el obispo (que puede o ser un presbítero como los demás o
estar por encima de ellos), y por otra los fieles.79
Ya en el primer
cuarto de siglo, san Hipólito, en su Tradición apostólica (no
hace aquí al caso que Hipólito sea o no el autor original de
esta obra), nos presenta la siguiente organización de la
Iglesia: el obispo es sumo sacerdote, pastor, maestro y
responsable de las decisiones en la comunidad. Le rodean y
secundan los presbíteros. Éstos y los diáconos constituyen el
clero (lat. ordo, clerus; gr. proedría). Lo que separa a todo
este clero de los seglares es la celebración de la liturgia.
Hay también otras categorías, pero sólo las determina su
respectiva función. El clero, en cambio, es ordenado mediante
la imposición de manos en razón del papel que desempeña en la
liturgia, la cual exigía una ordenación. Ésta no puede todavía
compararse con la ordenación sacerdotal que hoy conocemos y
que sólo aparecería en el siglo V. Tratábase no de una
ordenación ad personam, o sea vinculada personalmente al que
la recibía, sino ad officium, es decir, de la habilitación
para ejercer un cargo u oficio específico, y duraba lo que
duraba éste. La ordenación, pues, estaba estrictamente
condicionada por el «cargo» y ligada a él. No era un
sacramento, sino la encomienda de un oficio.

Sacrificio,
luego sacerdote
No
es fruto del azar que el sacerdocio surgiera como institución
desde principios del siglo III: . En efecto, la noción de la
eucaristía como sacrificio estaba ya en aquel entonces
firmemente arraigada, para lo cual habían bastado unos cien
años. En la Iglesia primitiva, comenzando por los relatos
neotestamentarios de la Ultima Cena, la celebración del ágape
«con el Señor resucitado» se interpretaba obligatoriamente
como memoria, es decir, a la vez recuerdo y actualización de
su Pasión. A partir del siglo II, topamos ya cada vez más a
menudo con la idea de que la comunidad ofrece su Señor al
Padre como víctima. Cristo queda así transformado en el
«sacrificio» de la Iglesia. Al desarrollo de este concepto
contribuyó no poco, como antes veíamos (cf. supra, p. 96), la
acusación de ateísmo de que fueron objeto los cristianos por
parte del Estado romano.
Ya en la primera
carta de san Clemente, se dice de los presbíteros obligados a
renunciar a su ministerio (leiturgía), que habían (44, 3) y
(dora, 44, 4). Se admite sin discusión que leiturgía no tiene
aquí un significado cultual y que sólo se refiere al ejercicio
de una función. Lo contrario sucede con la palabra «ofrendas»,
en la que algunos ven también o principalmente una alusión a
la eucaristía.
San Justino, como
hemos visto (cf. supra, p. 73), hace a su vez ciertas
declaraciones que casi es forzoso interpretar en el sentido de
la ulterior doctrina católica. San Ignacio de Antioquía no
dice explícitamente que la eucaristía tenga carácter de
sacrificio, «pero lo da bien a entender». Él mismo quisiera
ser inmolado a Dios, si hubiese todavía un «altar» (thusiasterion),
con lo cual presupone que la comunidad se reúne en torno a un
sacrificio. En cuanto a san Clemente de Alejandría, en ninguna
parte trata temáticamente de los sacramentos, incluida la
eucaristía, pero de sus comentarios ocasionales se desprende
que consideraba la eucaristía a un tiempo como oración, comida
y sacrificio. «Queda [...] por señalar que también Clemente
relaciona con la eucaristía la idea de sacrificio.»
La misma doctrina nos
transmiten, por último, Tertuliano y san Cipriano, ambos de
Cartago. Es curioso que Tertuliano escribiera todo un tratado
sobre el bautismo y otro sobre la penitencia, pero ninguno
acerca de la eucaristía. Sin embargo, a él debemos el
vocabulario eucarístico más rico de la literatura cristiana,
por ejemplo la expresión dominica sollemnia y en especial el
nombre, ya clásico en la Iglesia, de «sacramento de la
eucaristía» (eucharistiae sacramentum). La presencia real de
Cristo y el sacrificio son para Tertuliano los rasgos
esenciales de la eucaristía. Notemos también que, según este
autor, los que presiden la eucaristía son «ancianos estimados»
(probati seniores).
San Cipriano, obispo
de Cartago, nos ocupará un poco más en las páginas que siguen.
En lo que atañe a la eucaristía, tiene fama de ser quien
subrayó con mayor fuerza su carácter de sacrificio. Mas aquí
se impone cierta cautela. Como lo muestra sobre todo su LXIII
carta, escrita en el año 253, la eucaristía es para él
sacrificium, passio y oblatio («sacrificio», «pasión»,
«ofrenda»), pero siempre en el antiguo sentido de memoria o
commemoratio («recuerdo», «conmemoración»). Es también
dominicae passionis et nostrae redemptionis sacramentum (). La
palabra sacramentum tiene aquí el significado de actualización
sacramental.
Eso no nos impide
reconocer, claro está, que el concepto dominante en el siglo
III acerca de la eucaristía era no el de una actualización,
sino el de una ofrenda del sacrificio de Jesús. Y, conforme a
la mentalidad de la época, donde hay sacrificio hay sacerdote.
«Primero surge la idea de una celebración típicamente
cristiana del culto y sacrificio, y luego, naturalmente, la de
una función y condición sacerdotal exigida por ese ministerio
[...]. Así, la noción del sacerdocio se sigue, como hemos
dicho, de la del sacrificio cultual.» En aquellos tiempos, sin
embargo, el sacerdocio continuaba teniéndose únicamente por un
«oficio» o cargo.

Gran viraje con Cipriano
Tampoco
para san Cipriano es un sacramento la ordenación sacerdotal.
No obstante, tanto él como toda su época &endash;mediados del
siglo III&endash; representan un importante viraje en lo
relativo a las estructuras del clero. El cambio se da en tres
niveles.
1.
Al principio se integran en la jerarquía, junto con los
obispos y presbíteros, oficios exteriores al clero propiamente
dicho, como el de los «doctores» o «maestros». Éstos quedan
así sometidos a la vigilancia y control del obispo,
2. En adelante es
posible el «ascenso» jerárquico, pasando de un oficio inferior
que antes era permanente, por ejemplo el de lector, a otro
superior como el de presbítero y hasta el de obispo. La
asignación provisional de un rango inferior podía obedecer a
distintos motivos: edad insuficiente, tiempo de prueba,
compensación económica, etcétera. El presbítero estaba en otra
«categoría salarial» .
3. Esto nos lleva al
tercer punto. El cargo eclesiástico se convierte en una
verdadera profesión que permite ganarse el pan, dejando ya de
ser, como en épocas anteriores, un oficio «paralelo», añadido
a otro profano. De esta suerte la Iglesia evolucionaba hacia
una organización seudoestatal
No es pues de
extrañar que Cipriano nos presente un panorama totalmente
cambiado del clero y su relación con los laicos. En el clero
queda firmemente implantado el orden jerárquico . De cara a la
«tradición apostólica», hay que señalar dos transformaciones
de graves consecuencias:
a) En primer lugar,
la posición del obispo es revalorizada al máximo. Con la
palabra sacerdos, Cipriano designa siempre al obispo, es
decir, al «sacerdote por excelencia», que ocupa el lugar de
Cristo (sacerdos vice Christi). Como tal, es responsable de
sus actos sólo ante Dios. Los obispos son los sucesores de los
Apóstoles, primeros «obispos». Cipriano independiza también el
estado de los presbíteros. Éstos presiden ya la eucaristía con
pleno derecho, personificando así el sacerdocio levítico del
Templo. El obispo transmite a los presbíteros sus
prerrogativas (gracia de la elección, posesión del Espíritu,
perdón de los pecados, eucaristía) y distribuye los «lotes» (kleroi)
de la herencia, cuyos beneficiarios reciben por ello el nombre
de «clérigos» (clerici) y, colectivamente, el de «clero» (clerus).
Del clero forman parte no sólo los ministros de rango superior
(obispo, presbíteros, diáconos), sino también los de grados
inferiores (acólitos, lectores). Esta pertenencia no está ya
determinada por la liturgia; clérigo es sin más el titular de
un oficio eclesiástico.
b) Con ello se ahonda
todavía más el foso existente entre clero y pueblo. El binomio
clerus-plebs es frecuente en los escritos de Cipriano. Hay una
neta división entre clérigos y laicos. Cuando el obispo &endash;o
el presbítero que lo representa&endash; hace su entrada en la
iglesia, el pueblo ha de ponerse en pie. De un «pueblo
sacerdotal» se ha dado por fin el paso hacia un «pueblo de los
sacerdotes».
En consecuencia, los
seglares se verían condenados a una pasividad cada vez mayor.
De esto nos brindan una buena ilustración las Seudoclementinas,
novela del cristianismo primitivo &endash;la primera «novela»
cristiana, podemos decir&endash; que data de la primera mitad
del siglo lII. En ella Pedro da a Clemente, su sucesor (!),
instrucciones sobre el modo de ejercer su función y sobre las
respectivas obligaciones de presbíteros, diáconos, catequistas
y fieles. la Iglesia se compara a un navío cuyo timonel es
Cristo. El obispo es el segundo timonel, los presbíteros
constituyen la tripulación propiamente dicha, los diáconos son
los remeros, y los catequistas los comisarios de a bordo. La
«multitud de los hermanos», o sea los fieles, son los
pasajeros. Éstos no conducen la nave, sino que son conducidos
en ella; venga lo que viniere, el éxito de su viaje depende
enteramente de lo que la tripulación pueda o no pueda hacer.
He ahí el cuadro de la Iglesia clerical que había de perdurar
a través de los siglos hasta los tiempos actuales.
Para completarlo,
sólo faltaba el siguiente aviso: "Los viajeros deben
mantenerse tranquilos y bien sentados en su spuestos, ya que
un comportamiento desordenado pordía desequilibrar
peligrosamente la nave y hacerla escorar".

Carácter indeleble del sacerdocio
Con
san Agustín (354-430) se da un nuevo paso en el modo de
entender el sacerdocio, que adquiere una connotación personal.
En efecto, Agustín . Aun si el sacerdote deja de serlo en
cuanto a su función, subsiste el carácter impreso en él por el
sacramento del orden. acaso alguien, por faltas cometidas, es
depuesto de su oficio, conserva a pesar de todo el Sacramento
del Señor, que recibió de una vez para siempre.
Por eso la
ordenación, según san Agustín, no puede repetirse. Le ha sido
conferida indeleblemente al sacerdote y pertenece ya a su
«carácter». Es como la marca (character) que se imprime en la
carne de esclavos, soldados y animales para denotar una
inalienable relación de propiedad (esclavo - amo, soldado -
emperador, ganado - pastor). ."'
Antes del siglo V,
pues, no es posible hablar de un sacerdocio tal y como hoy se
concibe. «De todas maneras, en los escritos de los anteriores
Padres de la Iglesia no aparece el menor rastro de un
"carácter indeleble" ni de un "sacramento" del orden, y quien
crea haberlo encontrado es víctima de un malentendido [...] El
cambio decisivo hacia esa noción absolutamente nueva del
sacerdocio se produjo entre fines del siglo IV y principios
del V».
Queda así demostrado
que todos los cargos u «oficios» eclesiásticos son hechura de
la Iglesia. Ninguno de ellos se remonta a Jesús, ni siquiera
el de obispo y menos todavía el de sacerdote. La Iglesia, por
tanto, sigue siendo también hoy libre de disponer de esos
oficios a su guisa. La máxima diversidad se encuentra en la
celebración de la eucaristía. Según las épocas y lugares,
estuvo a cargo de la comunidad en bloque, de padres de
familia, amas de casa, profetas, maestros, ancianos, obispos
(en el sentido antiguo de la palabra), presbíteros y, a partir
del siglo V, sacerdotes sacramentalmente ordenados. Durante
casi cuatrocientos años no se requirió una «ordenación
sacerdotal» para celebrar la eucaristía. ¿Por qué ha de ser
hoy indispensable?


CONCLUSION

Resumiendo lo dicho
en los capítulos que preceden, podemos retener lo siguiente:

En la Iglesia católica hay dos estamentos, clero y laicado,
con distintos privilegios, derechos y deberes. Esta estructura
eclesial no corresponde a lo que Jesús hizo y enseñó. Sus
efectos, por tanto, no han sido beneficiosos para la Iglesia
en el transcurso de la historia.
El concilio
Vaticano II intentó, sí, salvar el foso existente entre
clérigos y laicos, mas no logró suprimirlo. También en los
documentos conciliares, los seglares aparecen como asistentes
de la jerarquía, sin ninguna posibilidad de reivindicar sus
derechos con eficacia.
Jesús
rechazó el sacerdocio judío y los sacrificios cruentos de su
época. Rompió las relaciones con el Templo y su culto.
celebrado por sacerdotes. Anunció la ruina del Templo de
Jerusalén y dio a entender que en su lugar no imaginaba ningún
otro templo. Por eso fueron los sacerdotes judíos quienes le
llevaron a la cruz.
Ni una sola
palabra de Jesús permite deducir que deseara ver entre sus
seguidores un nuevo sacerdocio y un nuevo culto con carácter
de sacrificio. Él mismo no era sacerdote, como no lo fue
ninguno de los doce apóstoles, ni Pablo. Tampoco en los
restantes escritos neotestamentarios se percibe huella alguna
de un nuevo sacerdocio.
Jesús no quiso que
hubiera entre sus discípulos distintas clases o estados.
«Todos sois hermanos», declara (Mt 23,8). Por ello los
primeros cristianos se daban unos a otros el nombre de
«hermanos» y «hermanas», teniéndose por tales.
En contradicción
con esa consigna de Jesús, se constituyó a partir del siglo III una «jerarquía» o «autoridad sagrada», de resultas de la
cual los fieles quedaron divididos en dos estamentos: clero y
laicado, «ordenados» y «pueblo». La jerarquía reivindicó para
sí la dirección de las comunidades y, sobre todo, la liturgia.
Acrecentó más y más sus poderes hasta que el papel de los
seglares quedó reducido al de meros servidores obligados a
obedecer.
La
extensión de la Iglesia por el mundo exigió cargos oficiales
que, como demuestra la historia, tomaron formas muy diversas.
Todos esos oficios, incluido el de obispo, son creaciones de
la Iglesia misma. En su mano está, pues, conservarlos,
modificarlos o suprimirlos, según lo requieran las
circunstancias.
A partir del siglo
V se hizo necesaria, para celebrar la eucaristía, la
intervención de un sacerdote sacramentalmente ordenado. Desde
entonces se abrió también camino la idea de que la ordenación
sacerdotal imprime un «carácter» indeleble en quien la recibe.
Esta doctrina, reelaborada por la teología medieval, sería
elevada al rango de dogma de fe por el concilio de Trento, en
el siglo XVI.
Durante
cuatrocientos años, los «seglares» -según el término hoy
utilizado- estuvieron presidiendo la eucaristía. Esto prueba
que para ello no es necesario el concurso de un sacerdote que
haya recibido el sacramento del orden, idea imposible de
fundamentar tanto bíblica como dogmáticamente.
El
requisito previo para presidir la eucaristía debe ser, pues,
no una consagración u ordenación sacramental, sino un encargo.
Este cometido puede confiarse a un hombre o a una mujer,
casados o célibes. Ambos por igual tienen derecho a postular
cualquier oficio eclesiástico, lo que incluye automáticamente
la facultad para celebrar la eucaristía.
