VOLVER«Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer».

 

(Comentario a Jn 20 19-31)

 

Jn 20 19a  Ya anochecido, aquel día primero de la semana, estando atrancadas las puertas del sitio donde estaban los discípulos, por miedo a los dirigentes judíos...,  

s el mismo día en que comienza la nueva creación (primero de la semana, cf. 20,1) y, con ella, la nueva alianza. Esta realidad va a ser considerada ahora desde el punto de vista de la Pascua definitiva, con alusión al éxodo del Mesías.

La denominación los discípulos (el artículo indica totalidad), incluye a todos los que dan su adhesión a Jesús; no se mencionan nombres propios ni se establece limitación alguna. La situación en que los discípulos se encuentran, con las puertas atrancadas, por miedo... muestra su inseguridad; aún no tienen experiencia de Jesús vivo (16,16) ni, frente a la amenaza que supone la institución judía, se sienten apoyados por él.  

Como José de Arimatea, son discípulos clandestinos (19,38), atemorizados, sin valor para pronunciarse públicamente en favor del injustamente condenado. Es una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto (Éx 14,10); pero, como lo estuvo aquel pueblo, están en la noche (Ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1).

           El mensaje de María Magdalena no los ha liberado del temor. No basta tener noticia de que Jesús ha resucitado; sólo su presencia misma puede dar la seguridad en medio del mundo hostil.

19b-20 ...llegó Jesús, haciéndose presente en el centro, y les dijo: «Paz con vosotros». Y, dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor.  

n esta situación se hace presente Jesús, como lo había prometido (14,18s: No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros, cf. 16,l8ss). Aparece en el centro de la comunidad, como punto de referencia, fuente de vida, factor de unidad.

A ellos, que por el miedo habían perdido la paz, el saludo (Paz con vosotros) se la devuelve: es el saludo del que ha vencido al mundo y a la muerte (cf. 14,27s; 16,33).

Jesús les muestra los signos de su amor y de su victoria (las manos y el costado): el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles "los judíos", ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

Viendo las señales en el cuerpo de Jesús, los discípulos pueden dar fe al texto de la Escritura (2,17: La pasión por tu casa me consumirá), que malinterpretaron en su momento (2,22).

Las manos de Jesús no se han mencionado en la escena de la crucifixión. Pero a lo largo del evangelio se ha afirmado que el Padre lo ha puesto todo en ellas (3,35; 13,3), y que nadie podría arrebatar a las ovejas de su mano, como tampoco de la del Padre (10,28s). Son estas manos las que dan seguridad a los discípulos, pues ellas representan la fuerza de Jesús que los defiende; las manos libres son signo de su victoria e instrumento de su actividad. El costado, que había sido traspasado por la lanza, es la muestra de su amor sin límite; son sus manos las que han de llevar a cabo la obra de ese amor.

La mención del costado remite a la escena de la lanzada, donde Jesús aparece como el Cordero de Dios que ha sido inmolado (19,36: No se le romperá ni un hueso), el de la Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera para siempre de la muerte (Éx 12,12s). Es el Cordero que será el alimento de este éxodo (Éx 12,8): su carne y su sangre han quedado preparadas en la cruz, para que los suyos puedan asimilarse a él (6,53s).

La permanencia de las señales en las manos y el costado indica la de su amor: Jesús será para siempre el Mesías-rey crucificado, del que brotan la sangre y el agua (19,34). Lo que el discípulo describió en el Calvario como un signo a la vista del mundo entero, el Hijo del hombre levantado en alto del que fluía la vida (cf. 3,14s), se propone ahora como experiencia de Jesús en el seno de la comunidad.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ha comenzado la fiesta de la nueva Pascua y de la creación definitiva. Ha nacido el Hombre (16,21). Las manos y el costado recuerdan al mismo tiempo el dolor del parto y su fruto: el Hombre-Dios.

El éxodo del Mesías no se hace saliendo físicamente del mundo injusto (17,15), sino saliendo de él hacia Jesús, entrando en su espacio. La comunidad centrada en él es la nueva tierra prometida, situada en medio del sistema opresor.  

21 Les dijo de nuevo: «Paz con vosotros. Igual que el Padre me ha enviado a mí, os envío yo a mi vez a vosotros».  

a repetición del saludo introduce la misión, que era el objetivo de la elección de los discípulos (15,16; 17,18). La paz que antes les ha comunicado Jesús les ha confirmado su victoria y los ha liberado del miedo. Ahora les da de nuevo paz, es decir, confianza y seguridad para el presente y para el futuro. Esa paz deberá acompañarlos en la misión que comienza, en las dificultades de la labor en el mundo.

La misión de Jesús ha consistido en dar testimonio en favor de la verdad (18,37), manifestando con sus obras la persona del Padre (19,30; 17,6) y su amor a los hombres (17,1.4: la gloria). En lo sucesivo, toca a los discípulos realizar esas mismas obras (9,4) y producir fruto unidos a Jesús (15,5).

La misión ha de ser cumplida como él la cumplió, demostrando el amor hasta el final que simbolizan las manos y el costado. Van a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18); ahora pueden ir sin temor alguno.

Como en el caso de María Magdalena (20,17), Jesús no quiere que la comunidad esté absorbida por la unión con él. La dedicación al bien de los hombres es esencial, y con ella se conecta el don del Espíritu.  

22 Y, dicho esto, sopló y les dijo: «Recibid Espíritu Santo».  

l Espíritu los capacitará para la misión. El verbo sopló o “exhaló su aliento” es el mismo que se encuentra en Gn 2,7 para indicar la infusión en el hombre del aliento de vida. Jesús les infunde ahora su propio aliento, el Espíritu, aquel que había entregado en la cruz una vez acabada en él la creación del Hombre (19,30: dijo: “Queda terminado”. Y... entregó el Espíritu).

Con el “amor y lealtad” que les comunica (1,16), crea la nueva condición humana, la de hombre-espíritu (3,6, 7,39). Queda así superada la condición de “carne”, es decir, la de lo débil y transitorio. De este modo culmina la obra creadora. Esto significa “nacer de Dios” (1,13), estar capacitado para “hacerse hijo de Dios” (1,12). Bautizados con el Espíritu (1,33), quedan liberados “del pecado del mundo” (1,29) y salen de la esfera de la opresión. La experiencia de vida que da el Espíritu es “la verdad que hace libres” (8,31s). Han sido “consagrados con la verdad” (17,17s). Al recibir la efusión del Espíritu, reconocen en Jesús el nuevo santuario de Dios (2,19.21s).

Con esto queda constituida la comunidad. Su centro es Jesús, pero no está cerrada en sí misma. Al contrario, así preparada, se dedicará a comunicar vida a otros, sabiendo que ese amor hacia los demás será fuente incesante de Espíritu en ella. Jesús no comunica el Espíritu a los suyos como un privilegio personal, sino como una capacitación para la labor con la humanidad, objeto del amor de Dios (3,16). A medida que otros hombres vayan dando su adhesión a Jesús, irán recibiendo a su vez el Espíritu.  

23 «A quienes dejéis libres de los pecados, quedarán libres de ellos; a quienes se los imputéis, les quedarán imputados».  

ste dicho de Jesús, dirigido a la comunidad como tal, señala el resultado positivo y negativo de la misión, paralelo con el de la suya.

El pecado, la represión o supresión de la vida que impide la realización del proyecto creador, se comete al aceptar los valores de un orden injusto; los pecados son las injusticias concretas que se derivan de esa aceptación. Cuando el individuo cambia de actitud y se pone a favor de los seres humanos, cesa el pecado (15,3).

La comunidad prolonga en el tiempo el ofrecimiento de vida que hace el Padre a la humanidad en Jesús. Pero el testimonio de los discípulos (15,26s) obtendrá las mismas respuestas que tuvo el suyo: habrá quienes lo acepten y quienes, por el contrario, se endurezcan en su actitud (15,18-21; 16,1-4).

Al que lo acepta y es admitido en el grupo cristiano, rompiendo de hecho con los valores del sistema injusto, la comunidad le declara que su pasado ya no pesa sobre él. Dios refrenda esta declaración infundiéndole el Espíritu que lo purifica (19,34) y lo consagra (17,16s).

Con los que rechazan el testimonio y persisten en la injusticia, más que las palabras, la existencia misma de la comunidad denuncia su modo de obrar. El contraste entre la actividad en favor de los hombres ejercida por el grupo cristiano y la conducta perversa de los que pertenecen al sistema opresor pone en evidencia los pecados de éstos y los acusa. La confirmación divina significa que sobre estos hombres, que se mantienen voluntariamente en la zona de la tiniebla, pesa la reprobación divina (3,36).

La aceptación o rechazo del amor que se le ofrece hace resonar dentro del hombre mismo su propia liberación o su propia sentencia.  

24-25 Pero Tomás, es decir, Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor en persona». Pero él les dijo: «Como no vea en sus manos la señal de los clavos y, además, no meta mi dedo en la señal de los clavos y meta mi mano en su costado, no creo».  

a traducción del nombre de Tomás (Mellizo) había aparecido en 11,16, donde este discípulo manifestó su parecido con Jesús por su prontitud para acompañarlo en la muerte. Al repetir la traducción, el evangelista recuerda los episodios anteriores en que ha aparecido Tomás.

Es uno de los Doce, denominación que en este evangelio ha designado a la comunidad cristiana en cuanto heredera de las promesas de Israel (6,70), pero que ya no la designa después de la muerte-resurrección de Jesús, cuando las promesas se han cumplido (cf. 21,2 siete discípulos, comunidad abierta a todos los pueblos) y Jesús no es ya “el rey de los judíos”, sino el rey universal (cf. 19,19-24).

Tomás no había entendido el sentido de la muerte de Jesús (14,5); la concebía como un final, no como un encuentro con el Padre. Separado de la comunidad (no estaba con ellos) no ha estado presente en el acto de fundación del pueblo de la nueva alianza, no ha participado de la experiencia común, no ha recibido el Espíritu ni, con él, la misión. Permanece en las categorías del pasado (uno de los Doce).

Para el evangelista, no existe verdadera adhesión a Jesús mientras no se crea en la victoria de la vida. La resurrección es, por eso, el quicio de la fe cristiana. No se reconoce el alcance del amor del Padre mientras no se crea en la calidad de vida que comunica.

La frase jubilosa de los discípulos (Hemos visto al Señor, cf. 20,18) formula su experiencia de Jesús, que los ha transformado infundiéndoles el Espíritu. Existe ya la nueva comunidad humana, liberada del temor, donde brilla el amor gratuito y generoso. Esta nueva realidad muestra por sí sola que Jesús no es una figura del pasado. La existencia de tal comunidad es la prueba de que Jesús vive.

Pero Tomás no acepta el testimonio de los otros discípulos ni le basta ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.  

26 Ocho días después estaban de nuevo dentro de casa sus discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús estando las puertas atrancadas, se hizo presente en el centro y dijo: «Paz con vosotros».  

Ocho días después: el día permanente de la nueva creación es “primero” (20,1.19) por su novedad y “octavo” (número que simboliza el mundo futuro) por su plenitud. En él va surgiendo el mundo definitivo.

Los discípulos están dentro, es decir, en el lugar de Jesús, en la esfera del Espíritu. El "dentro" es la tierra prometida, distinta del mundo injusto que la rodea. Tomás se ha reintegrado a la comunidad.

El verbo traducido por llegó está en el texto original en presente (llega Jesús), a diferencia del episodio anterior (20,19: llegó). Entonces llegaba Jesús para constituir su comunidad; ahora, en cambio, se trata de su presencia habitual en la reunión de los suyos. Jesús se hace presente al grupo, en el centro, no a Tomás en particular.

 Las puertas atrancadas ya no indican temor; trazan la frontera entre la comunidad y el mundo, al que Jesús no se manifiesta (14,22s).

El evangelista no ofrece descripción alguna del encuentro de la comunidad con Jesús. Menciona solamente el saludo (Paz con vosotros). En el episodio anterior éste abría cada una de las dos partes de la escena. En la primera (20,19-20), precedía al reconocimiento de Jesús por parte de la comunidad; en la segunda (20,21-23), a la misión y el don del Espíritu. Dado que en esta escena no se trata ya del primer encuentro con Jesús, el saludo remite a la segunda parte de la anterior (20,21). Es decir, cada vez que Jesús se hace presente (la mención del "día octavo" alude a la eucaristía), renueva la misión de los suyos comunicándoles su Espíritu.

27 Luego dice a Tomás: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel».  

a indicación de posterioridad (Luego) divide la escena; ahora va a tratarse de Tomás. Unido al grupo, éste se encontrará con Jesús y hallará solución a su problema.

Demostrándole su amor, Jesús toma la iniciativa y lo invita a tocarlo. La insistencia del evangelista en lo físico (dedo, manos, mano, meter, costado) subraya la continuidad entre el pasado y el presente de Jesús: la resurrección no lo ha despojado de su condición humana anterior ni significa el paso a una condición distinta y superior a ella: muestra la condición humana llevada a su cumbre, asumiendo toda su historia precedente. Ésta no ha sido solamente una etapa preliminar; ella ha realizado el estado presente y definitivo de Jesús.  

28-29 Reaccionó Tomás diciendo: «¡Señor mío y Dios mío!» Le dijo Jesús: «¿Has tenido que verme en persona para acabar de creer? Dichosos los que, sin haber visto, llegan a creer».  

a respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad anterior. "Señor" y "Maestro" eran los apelativos que los discípulos usaban para dirigirse a Jesús (13,13) o designarlo (20,2.13, etc.). El Señor es el que lavó los pies a sus discípulos (13,14), anunciando su muerte por ellos, expresión de su máximo amor (15,13); es así como en Jesús ha culminado la condición humana (19,30). Con la expresión Señor mío, Tomás reconoce el amor de Jesús y lo acepta, expresando al mismo tiempo su total adhesión; ve en Jesús el Hombre en su plenitud (el Hijo del hombre) y lo toma por modelo (mío).

Paralelamente , Jesús, con su muerte en la cruz, ha dado remate a la obra del que lo envió (4,34): realizar en el Hombre el amor total y gratuito propio del Padre (17,1). Se ha cumplido el proyecto creador: “un ser divino era el proyecto” (1,1). Tomás descubre en Jesús la plenitud de la condición divina; él es el Hombre-Dios, identificado con el Padre (14,9.20), la realidad divina accesible al hombre (Dios mío).

La experiencia de Tomás no es modelo. Jesús se la concede para evitar que se pierda uno de los que el Padre le ha entregado (17,12; 18,9). Tomás ha invertido los términos: sin escuchar a los otros discípulos ni prestar atención a la nueva realidad creada por el Espíritu, quiere encontrarse con Jesús. Pero a Jesús no se le encuentra sino en esa nueva realidad de amor mutuo, valentía frente al mundo y dedicación al bien de los seres humanos que existe en la comunidad; ella demuestra que está vivo y presente y, por tanto, que ha vencido la muerte. La existencia de esa nueva realidad (sin haber visto) es la que lleva a la fe en Jesús vivo (llegan a creer; cf. 17,21.23).  

30 Ciertamente, Jesús realizó todavía, en presencia de sus discípulos, otras muchas señales que no están escritas en este libro.  

ara el evangelista, la vida de Jesús significa ante todo un conjunto de hechos, las “señales”, en las que ha manifestado su amor a los hombres (2,11: “su gloria”). El autor, que no se nombra, ha hecho una selección. La experiencia de los discípulos fue mucho más amplia de lo que se cuenta en el evangelio.

El objetivo de la obra es suscitar la adhesión de los lectores a Jesús. La selección que ha hecho el autor es, por tanto, significativa; piensa que el relato ha presentado los rasgos de Jesús que puedan mover a esa fe y que ésos bastan para llegar a ella.  

31 Éstas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y, creyendo, tengáis vida unidos a él.  

e trata de la fe en Jesús, el que, después de una actividad liberadora, ha sido condenado y ejecutado por los poderes del mundo. El creyente ha de ver en él al Mesías, el consagrado por Dios para llevar a cabo su designio en la historia, el que forma la nueva comunidad humana. Pero cumple esa misión en cuanto es el Hijo de Dios, presencia y actividad del Padre, que despliega en él y a través de él su amor a los hombres.

La adhesión a Jesús, que se traduce en norma de acción y de conducta (13,34), obtiene la vida, el Espíritu. Se anunciaba en el prólogo que la palabra-proyecto divino contenía vida (1,4). Esa vida plena, frente a la mediocridad y al raquitismo humano, es la que se obtiene por la fe en Jesús Mesías e Hijo de Dios. Con esta nota final subraya el evangelista que la misión de Jesús no fue revelar verdades arcanas, sino dar vida a los hombres (10,10: Yo he venido para que tengan vida y les rebose), sabiendo que la experiencia de la vida es la verdad.

(A petición de un amigo virtual os ponemos este comentario de San Juan)