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«Dichosos
los que, sin haber visto, llegan a creer».![]()
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(Comentario a Jn 20 19-31)
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Como José de
Arimatea, son discípulos clandestinos (19,38), atemorizados, sin valor
para pronunciarse públicamente en favor del injustamente condenado. Es
una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto (Éx
14,10); pero, como lo estuvo aquel pueblo, están en la noche (Ya
anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42;
Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena no los ha liberado del temor. No basta tener noticia de que Jesús ha resucitado; sólo su presencia misma puede dar la seguridad en medio del mundo hostil. |
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Jesús les muestra los signos de
su amor y de su victoria (las manos y el costado): el que está
vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo
a la muerte que podrían infligirles "los judíos", ahora ven
que nadie puede quitarles la vida que él comunica. Viendo las señales en el cuerpo
de Jesús, los discípulos pueden dar fe al texto de la Escritura (2,17: La
pasión por tu casa me consumirá), que malinterpretaron en su momento
(2,22). Las manos de Jesús no se han
mencionado en la escena de la crucifixión. Pero a lo largo del evangelio
se ha afirmado que el Padre lo ha puesto todo en ellas (3,35; 13,3), y que
nadie podría arrebatar a las ovejas de su mano, como tampoco de la del
Padre (10,28s). Son estas manos las que dan seguridad a los discípulos,
pues ellas representan la fuerza de Jesús que los defiende; las manos
libres son signo de su victoria e instrumento de su actividad. El costado,
que había sido traspasado por la lanza, es la muestra de su amor sin límite;
son sus manos las que han de llevar a cabo la obra de ese amor. La mención del costado remite a
la escena de la lanzada, donde Jesús aparece como el Cordero de Dios que
ha sido inmolado (19,36: No se le romperá ni un hueso), el de la
Pascua nueva y definitiva, cuya sangre los libera para siempre de la
muerte (Éx 12,12s). Es el Cordero que será el alimento de este éxodo (Éx
12,8): su carne y su sangre han quedado preparadas en la cruz, para que
los suyos puedan asimilarse a él (6,53s).
El efecto del encuentro con Jesús
es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra
tristeza se convertirá en alegría). Ha comenzado la fiesta de la
nueva Pascua y de la creación definitiva. Ha nacido el Hombre (16,21).
Las manos y el costado recuerdan al mismo tiempo el dolor del parto y su
fruto: el Hombre-Dios. El éxodo del Mesías no se hace
saliendo físicamente del mundo injusto (17,15), sino saliendo de él
hacia Jesús, entrando en su espacio. La comunidad centrada en él es la
nueva tierra prometida, situada en medio del sistema opresor. |
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La misión ha de ser cumplida
como él la cumplió, demostrando el amor hasta el final que simbolizan
las manos y el costado. Van a un mundo que los odia como lo odió a él
(15,18); ahora pueden ir sin temor alguno. Como en el caso de María
Magdalena (20,17), Jesús no quiere que la comunidad esté absorbida por
la unión con él. La dedicación al bien de los hombres es esencial, y
con ella se conecta el don del Espíritu. |
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Con esto queda constituida la
comunidad. Su centro es Jesús, pero no está cerrada en sí misma. Al
contrario, así preparada, se dedicará a comunicar vida a otros, sabiendo
que ese amor hacia los demás será fuente incesante de Espíritu en ella.
Jesús no comunica el Espíritu a los suyos como un privilegio personal,
sino como una capacitación para la labor con la humanidad, objeto del
amor de Dios (3,16). A medida que otros hombres vayan dando su adhesión a
Jesús, irán recibiendo a su vez el Espíritu. |
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El pecado,
la
represión o supresión de la vida que impide la realización del proyecto
creador, se comete al aceptar los valores de un orden injusto; los
pecados son las injusticias concretas que se derivan de esa aceptación.
Cuando el individuo cambia de actitud y se pone a favor de los seres
humanos, cesa el pecado (15,3). La comunidad prolonga en el
tiempo el ofrecimiento de vida que hace el Padre a la humanidad en Jesús.
Pero el testimonio de los discípulos (15,26s) obtendrá las mismas
respuestas que tuvo el suyo: habrá quienes lo acepten y quienes, por el
contrario, se endurezcan en su actitud (15,18-21; 16,1-4).
Con los que rechazan el
testimonio y persisten en la injusticia, más que las palabras, la
existencia misma de la comunidad denuncia su modo de obrar. El contraste
entre la actividad en favor de los hombres ejercida por el grupo cristiano
y la conducta perversa de los que pertenecen al sistema opresor pone en
evidencia los pecados de éstos y los acusa. La confirmación divina
significa que sobre estos hombres, que se mantienen voluntariamente en la
zona de la tiniebla, pesa la reprobación divina (3,36). La aceptación o rechazo del amor
que se le ofrece hace resonar dentro del hombre mismo su propia liberación
o su propia sentencia. |
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Tomás no había entendido el
sentido de la muerte de Jesús (14,5); la concebía como un final, no como
un encuentro con el Padre. Separado de la comunidad (no estaba con
ellos) no ha estado presente en el acto de fundación del pueblo de la
nueva alianza, no ha participado de la experiencia común, no ha recibido
el Espíritu ni, con él, la misión. Permanece en las categorías del
pasado (uno de los Doce). Para el evangelista, no existe
verdadera adhesión a Jesús mientras no se crea en la victoria de la
vida. La resurrección es, por eso, el quicio de la fe cristiana. No se
reconoce el alcance del amor del Padre mientras no se crea en la calidad
de vida que comunica.
Pero Tomás no acepta el
testimonio de los otros discípulos ni le basta ver a la comunidad
transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el
mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige
una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás,
con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi
mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús
fuente de vida, sino una reliquia del pasado. |
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El verbo traducido por llegó está
en el texto original en presente (llega Jesús), a diferencia del
episodio anterior (20,19: llegó). Entonces llegaba Jesús
para constituir su comunidad; ahora, en cambio, se trata de su presencia
habitual en la reunión de los suyos. Jesús se hace presente al grupo, en
el centro, no a Tomás en particular. El evangelista no ofrece descripción alguna del encuentro de la comunidad con Jesús. Menciona solamente el saludo (Paz con vosotros). En el episodio anterior éste abría cada una de las dos partes de la escena. En la primera (20,19-20), precedía al reconocimiento de Jesús por parte de la comunidad; en la segunda (20,21-23), a la misión y el don del Espíritu. Dado que en esta escena no se trata ya del primer encuentro con Jesús, el saludo remite a la segunda parte de la anterior (20,21). Es decir, cada vez que Jesús se hace presente (la mención del "día octavo" alude a la eucaristía), renueva la misión de los suyos comunicándoles su Espíritu. |
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Demostrándole su amor, Jesús
toma la iniciativa y lo invita a tocarlo. La insistencia del evangelista
en lo físico (dedo, manos, mano, meter, costado) subraya la
continuidad entre el pasado y el presente de Jesús: la resurrección no
lo ha despojado de su condición humana anterior ni significa el paso a
una condición distinta y superior a ella: muestra la condición humana
llevada a su cumbre, asumiendo toda su historia precedente. Ésta no ha
sido solamente una etapa preliminar; ella ha realizado el estado presente
y definitivo de Jesús. |
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La experiencia de Tomás no es
modelo. Jesús se la concede para evitar que se pierda uno de los que el
Padre le ha entregado (17,12; 18,9). Tomás ha invertido los términos:
sin escuchar a los otros discípulos ni prestar atención a la nueva
realidad creada por el Espíritu, quiere encontrarse con Jesús. Pero a
Jesús no se le encuentra sino en esa nueva realidad de amor mutuo, valentía
frente al mundo y dedicación al bien de los seres humanos que existe en
la comunidad; ella demuestra que está vivo y presente y, por tanto, que
ha vencido la muerte. La existencia de esa nueva realidad (sin haber
visto) es la que lleva a la fe en Jesús vivo (llegan a creer; cf.
17,21.23). |
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El objetivo de la obra es
suscitar la adhesión de los lectores a Jesús. La selección que ha hecho
el autor es, por tanto, significativa; piensa que el relato ha presentado
los rasgos de Jesús que puedan mover a esa fe y que ésos bastan para
llegar a ella. |
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La adhesión a Jesús, que se
traduce en norma de acción y de conducta (13,34), obtiene la vida, el Espíritu.
Se anunciaba en el prólogo que la palabra-proyecto divino contenía vida
(1,4). Esa vida plena, frente a la mediocridad y al raquitismo humano, es
la que se obtiene por la fe en Jesús Mesías e Hijo de Dios. Con esta
nota final subraya el evangelista que la misión de Jesús no fue revelar
verdades arcanas, sino dar vida a los hombres (10,10: Yo he venido para
que tengan vida y les rebose), sabiendo que la experiencia de la vida
es la verdad. |
(A petición de un amigo virtual os ponemos este comentario de San Juan)