Madre Iglesia y crítica a la Iglesia
Hace poco hemos oído de
altas jerarquías palabras muy duras sobre la críticas "a la Iglesia", que, por otro lado, no son
infrecuentes hoy. Parecía que tales críticas y quienes
las pronuncian son las causas de todos los males que
padece hoy la Iglesia, y comparables a esas "puertas del
infierno", que de todos modos, no prevalecerán contra
ella. Lo que hace a las críticas tan perversas es que la
Iglesia es nuestra madre, y ningún bien nacido se atreve
a criticar a su madre.
Cuando a una buena causa
(como es el amor a la Iglesia) se le defiende mal, se le
suele hacer más daño que cuando se le ataca.
Por otro lado, la gente
ha oído que santos como Bernardo de Claraval, Catalina
de Siena o Antonio de Padua, fueron con la jerarquía de
su tiempo infinitamente más duros de lo que pueda serlo
cualquier católico o teólogo de hoy. De San Antonio se
recuerdan frases como aquella de que, mientras Jesús
había dicho a Pedro "apacienta mis ovejas", los papas de entonces no
apacentaban sino que "trasquilaban y ordeñaban" a las ovejas. O la otra que
compara a los obispos con Balaán, el que iba montado
sobre la burra que es el pueblo, y que, si acaba obrando
bien, no es por lo que ha visto él sino por lo que ha
visto la burra (cf. Nu 22, 20-35). ¿Quién tiene razón,
el popular San Antonio o cardenales tan preocupados?
Que la Iglesia es nuestra madre es,
evidente, una metáfora. Y una vieja norma de lógica
decía que una comparación "no vale para todo".
Muchos místicos hablaron con Dios como "esposo del
alma". Pero si
alguien saca de ahí la conclusión de que Dios tiene que
quererle sólo a él, y no a otros, está desvirtuando la
comparación. La maternidad de la Iglesia significa que
de ella hemos recibido la Vida, que es Cristo, y que de
ella debe comportarse con los hombres con esa ternura
materna que transparenta la misericordia de Dios. Nada
más.
La idealización de la madre propia no es
una virtud sino más bien un instinto humano.
Precisamente por eso, cuando nos encontramos con casos de
crítica a la propia madre es posible que se trate de
maternidades fracasadas más que de hijos degenerados.
Casos de una posesividad patológica que no deja crecer,
o de muchachas heroinómanas que maltratan y abandonan a
sus niños, o de hijos de prostitutas (siempre pienso con
admiración en Maricel, que a los 14 años ganó un
pleito a su madre y logró que la justicia la desposeyera
de su hija, así evitó acabar en la prostitución).
Por otro lado, quienes fustigaban a esos
críticos de la Iglesia se estaban refiriendo en realidad
a críticos de algunos obispos y de algunos papas. Esa
acaparación de término sagrado (Iglesia) para referirlo
sólo a la jerarquía (y tampoco a toda) es una
auténtica criptoherejía, de las más frecuentes hoy. Por eso hay
que recordar que el rostro de la Iglesia no está en el
Vaticano ni en lo que aparece en la prensa. El rostro de
la Iglesia no son los papas ni la jerarquía. Ellos son
sólo una función necesaria e indiscutida aunque a
veces, con sus capisayos y sus colorines, parezcan más
bien lo folclórico de la Iglesia. El rostro de la
Iglesia no se encuentra ahí, sino escondido: en el
altiplano boliviano, o en la selva de Guatemala, o en
Calcuta, o en las religiosas de Ruanda y Argelia, y en
otras que no conocemos y llevan un piso para sidosos
terminales en cualquier gran ciudad. El rostro de la
Iglesia está velado
como el de tantas mujeres árabes. Pero cuando ese rostro
se desvela es de una hermosura tal que sobrecoge, y
cambia la vida de quienes han podido contemplarlo. Sólo
que Dios es tan discreto, que no necesita ir por ahí
exhibiendo la belleza de su esposa para dar envidia...
Precisamente por todo
eso, la crítica a algunas jerarquías (si es objetiva y
está bien hecha) puede ser compatible con un profundo amor a la madre Iglesia.
El papa Pío XII defendió la necesidad de
una opinión pública en la Iglesia porque, sin ella, la
Iglesia revelaría que está enferma. Y la opinión
pública siempre incluye derecho a la crítica. El Catecismo de la Iglesia
sostiene expresamente que los teólogos deben esa
crítica no sólo a los obispos, sino a todo, el pueblo
de Dios.
Por estas cuatro
razones, yo prefiero quedarme con las palabras de otro
eminentísimo Cardenal (Ratzinger), quien escribió hace
ya años que si hoy nadie se atreve a criticar a la
jerarquía con la libertad con que lo hicieron aquellos
santos medievales, quizá sea debido a que falta ese amor
a la Iglesia que es capaz de arrostrar hasta el ser
puesto en la picota, por ayudar a aquella a la que ama.
Recuerdo que K. Rahner muy poco antes de morir se
lamentaba de dos cosas de su vida: no haber amado más a
los humanos, y no haber tenido más audacia con las
jerarquías de la Iglesia. Me parece que estas actitudes
sirven más y mejor a la Iglesia, que una defensa ciega y
fundamentalista.
El problema, pues, no es
que haya o no haya crítica sino que ésta brote de la
verdad y del amor. Lo cual es más difícil que callarse.
José Ignacio
González Faus. Teólogo
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