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LA
UTOPIA DE JESUS 
Juan Mateos

Introducción.
La ausencia de utopía
Para muchos cristianos, católicos o no, la pertenencia a
la Iglesia pretende asegurar la consecución de "la vida
eterna". La vida presente no es para ellos más que un
tiempo de prueba en el que el individuo tiene que hacer
méritos para "ganarse el cielo". Esta presentación
puede parecer simplista, pero ha sido real en tiempos no
muy lejanos. Lo único que contaba era "la salvación
del alma". Esto reducía la práctica cristiana a un
esfuerzo individual, de tinte ascético, para conservar
el siempre amenazado "estado de gracia".
Es evidente que tal concepción de la praxis cristiana
carecía de toda dimensión utópica para este mundo. No
se pensaba, o muy de pasada, en una incidencia social del
mensaje cristiano; casi la única acción social
recomendada era la beneficencia, la limosna, según el
modelo de la espiritualidad judía, en particular de la
farisea, y esto como obra necesaria para la propia
salvación.
Ni que decir tiene que mientras el hombre esté
preocupado con el problema de su salvación personal,
ante una alternativa de cielo o infierno, no hay para él
nada más importante ni tiene tiempo para ocuparse a
fondo de otras cuestiones. El mismo amor al prójimo se
enfoca desde la perspectiva de la propia salvación. Esta
es el absoluto, y en obtenerla se concentran las
energías; el amor a los demás es relativo, un medio.

Por otra parte, si el objetivo del cristiano es obtener
la salvación eterna por su pertenencia a la Iglesia y la
fidelidad a los preceptos, no se ve en qué se diferencia
el cristianismo de las otras religiones, que, de
ordinario, prometen también una felicidad después de la
muerte. La única salida viable a esta dificultad era
afirmar que sólo los cristianos o más aún, sólo los
católicos, que pertenecen a la verdadera Iglesia, pueden
alcanzar esa salvación. Los que no han tenido la
posibilidad de ser cristianos están condenados para
siempre. Esto expresaba el dicho: "Fuera de la Iglesia
no hay salvación", si no en su última interpretación
oficial, al menos en la teología de siglos anteriores.
Los cristianos y, en particular, los católicos, a los
que nos referimos más en concreto, habían llegado a
formar una especie de "ghetto", un círculo cerrado y
exclusivo, donde cada individuo se dedicaba a la tarea
personal de asegurar su salvación. Poco o ningún
interés se mostraba por los problemas de la humanidad,
que se consideraban pertenecer a la esfera del "mundo"
pecador. Los dolo res y las injusticias eran pruebas que
había que pasar para ganarse el cielo.
Aunque aún en nuestros días hay círculos donde
subsiste esta mentalidad, la lectura más atenta de las
denuncias proféticas del AT y, sobre todo, del
evangelio, ha producido una reacción y un cambio notable
en la concepción de lo que significa "ser cristiano".
En gran parte, ha sido la "teología de la liberación"
la que ha abierto los ojos a muchos cristianos sobre las
implicaciones sociales del mensaje de Jesús. Es lo que
pretendemos aclarar en esta ponencia.

El profetismo. Jesús profeta
Podemos considerar al profeta como a un hombre que, en
virtud de su experiencia personal de lo que es Dios,
juzga los acontecimientos presentes y, en cierta medida,
puede prever lo porvenir. Juzga lo que sucede,
percibiendo y expresando su acuerdo o no con la índole
del Dios que conoce; paralelamente, en virtud del mismo
conocimiento, anuncia cuál va a ser la reacción de Dios
en el futuro.
La calidad del profetismo se mide, por tanto, por la
autenticidad, intensidad y pureza de la experiencia de
Dios que posee el profeta. Insistimos en el término
"pureza". No puede dudarse de la autenticidad de la
inspiración divina de los profetas del AT. Sin embargo,
su experiencia de Dios no fue plena; así lo afirma el
evangelista Juan en el prólogo a su evangelio: "a la
divinidad nadie la ha visto nunca" (Jn 1,18). La
percepción del ser de Dios que se inicia en el AT no
llegó nunca a su plenitud. Fue incompleta o estuvo
deformada por elementos culturales. Solamente en Jesús
se muestra con toda claridad el rostro de Dios. No
podemos poner, por tanto, en simple paralelo el
profetismo de Jesús con el de los profetas del AT. El de
éstos ha de ser evaluado a la luz de lo que vemos en
Jesús y aprendemos de él.
Rasgo extraordinariamente positivo en los profetas fue su
denuncia de la injusticia social, a menudo encubierta por
el esplendor del culto. La denuncia de la religión
hipócrita no pudo ser más explícita ni violenta (Is l,
17). Siguiendo
una tendencia que más tarde cristalizaría en la
espiritualidad farisea, se separaba el culto a Dios del
amor al prójimo. Se insistía solamente en el primero,
un culto externo, descuidando ú omitiendo el segundo
(cf. Mt 15,3-9; 23,23)
Hay que insistir también en que la intuición
profética, al menos en general, percibió que el plan
salvador de Dios no concernía solamente a Israel, sino
que se extendía a la humanidad entera (Is 2,1-5). Sin
embargo, la cultura fuerte mente nacionalista que habían
asimilado llevó a los profetas a concebir que la
salvación de la humanidad se realizaría a través de
las instituciones consagradas de Israel, la Ley, el
templo, la monarquía.

En esto se equivocaron. Con Jesús, el ideal de un
reinado de Dios centrado en Israel desaparece, y este
pueblo no tiene lugar privilegiado en el reino mesiánico
(Mt 28,19), dejando de ser pueblo elegido (Dt 4,19s),
Jerusalén, anunciada como luz del mundo (Is 69,1-3),
será destruida (Mt 23,37-39 par.), y la luz de Dios se
irradiará a través del grupo de discípulos de Jesús
(Mt 5,14) ;del Templo, gloria y símbolo de la religión
judía (Ez 43,1-11), no quedará piedra sobre piedra (Mt
24,2 par.) ; la Ley, orgullo de Israel y garantía de su
identidad como pueblo (Dt 4,8), queda abolida, resumida
en una exigencia fundamental común a otras culturas (Mt
7,12; 22,34-40 par.) ; la monarquía davídica, cuya
restauración fundaba la esperanza de un futuro glorioso
(Am 9,11-15; Is l l,l-9), no volverá a existir (Mt
22,41-45 par.). La ruptura con el orden anterior la
expresa Jesús con una frase lapidaria: "a vino nuevo,
odres nuevos".
Por otra parte, hay que examinar qué esperanza abrigaban
los profetas de un cambio de su sociedad. Nos apoyamos
para estas conclusiones en las obras de J. L. Sicre,
conocido especialista en los libros proféticos (1).
Los profetas no proponen una solución a los males de la
sociedad, si no es la vuelta al pasado, al espíritu de
la alianza y a las normas que de él dimanan. Tampoco
pretenden levantar a los oprimidos contra los opresores;
un principio básico de Israel era que la venganza
corresponde a Dios (cf. Prov 20,22). Dios defenderá al
pobre y castigará a poderosos y opresores (cf. Sal
37,5s.; 10-13.34-40).
Los profetas difieren en cuanto al modo de concebir el
cambio social. Amós lo basa principalmente en la reforma
de la justicia (Am 5,7-17). Isaías, que desconfía de
que las autoridades existentes cambien de conducta,
espera una intervención de Dios que las sustituya por
otras (Is 1,26: "jueces como los antiguos, consejeros
como los de antaño"), un rey que, lleno del espíritu
de Dios, haga justicia a pobres y oprimidos (11,1-5).
Oseas, aunque incita a la conversión, pone su esperanza
en Dios más que en los hombres.

Miqueas es muy radical: espera que a los ricos les
arrebaten sus tierras, para que sean repartidas de nuevo
(2,1-5), y que Jerusalén, centro de la opresión,
desaparezca de la historia (3,9-12). Para Sofonías, la
solución no vendrá del cambio de dirigentes ni de la
destrucción total, sino de la acción de Dios, que
dejará a "un pueblo pobre y humilde" (Sof 3,12s.).
Jeremías pone la esperanza en la conversión, única
capaz de asegurar el futuro del pueblo y de la
monarquía. Dios traerá la solución, suscitando un
sucesor de David que impondrá el derecho y la justicia
(23,5-6), y cambiando al hombre interiormente, de modo
que tenga su Ley escrita en el corazón (31,31-34).
Ezequiel pone su fe sobre todo en la acción de Dios,
quien cambiará a las autoridades, tomando su puesto para
defender a los débiles. Un nuevo David asumirá su
representación en la tierra (Ez 34,24). El tercer
Isaías exige el compromiso con la justicia y el derecho
como condición para que se revele la salvación de Dios
(56,1; 58,112), pero acaba el pasaje (cap. 59) con una
promesa incondicional de salvación, pues Dios, cansado
de la falta de justicia, se alzará como un guerrero para
implantarla. Zacarías, en cambio, coloca como principio
la acción de Dios que crea una sociedad justa; entonces
habría un compromiso con el derecho y la justicia, con
los pobres y oprimidos (7,9s. ; 8,14-17). Malaquías cree
que Dios pondrá término a la injusticia mediante un
juicio que separará a justos de malvados.
Resumiendo, puede decirse que entre los profetas domina
cierto escepticismo: los problemas no tienen solución
humana. Ni los hombres ni las instituciones están
dispuestos a cambiar. A pesar de esto, mantienen una
esperanza, a veces demasiado utópica, otras más
realista, pero siempre dentro de la reforma de las
instituciones reconocidas. Los profetas no proponen un
nuevo modelo de sociedad; exhortan a la conversión
individual, pero en ellos el compromiso humano parece
secundario.

La esperanza de una solución únicamente de Dios y
limitada a Israel aparece también en dos cánticos del
NT. En primer lugar, en el Magnificat (Lc 1,46-55), el
cántico de María cuya figura representa a "los pobres
de Israel", al pueblo fiel que no ha traicionado nunca a
su Dios ("virgen"). Estos "pobres" esperan una
intervención divina por medio del Mesías, comparable a
la del antiguo éxodo. Esta se traduciría en un cambio o
subversión social, por la que los pobres serían
reivindicados y los ricos y opresores humillados
(1,52s.). No aparece ningún horizonte universal (1,55:
"en favor de Abrahán y su descendencia") ni atisbo de
una nueva organización de la sociedad.
El segundo cántico es el Benedictus de Zacarías (Lc
1,68-79). Su autor, perteneciente a la clase sacerdotal y
de espiritualidad legalista (Lc 1,5s.), aunque habla con
espíritu profético (Lc 1,67), no fija su atención en
la injusticia social existente dentro del pueblo, sino
solamente en la humillación que éste sufre por la
dominación extranjera (1,71). Espera que la acción
divina por medio de Mesías libere a la nación del yugo
opresor y permita el culto a Dios en justicia y santidad
(1,74s.)
Son dos aspectos complementarios de la aspiración del
Israel sano, pero sin horizonte universal; se conciben
además como una acción divina irresistible,
prescindiendo de la colaboración humana. Jesús no
realizará este programa; ensanchará el horizonte a la
humanidad entera, como se anuncia en el cántico de
Simeón (2,31s.), y le ofrecerá la salvación.

Como ya antes Juan Bautista, Jesús hace suya la
aspiración a la justicia propia de la tradición
profética, pero con una gran diferencia. En primer
lugar, no pretende reformar la sociedad de su tiempo.
Yendo mucho más allá que los profetas, ve que la
injusticia de la sociedad existente no es ocasional ni
coyuntural, sino intrínseca pues la organización social
no es más que efecto y reflejo de los hombres que la
componen, dominados por la ambición en todas sus formas.
Precisamente por eso y al contrario que los profetas,
Jesús pone en tela de juicio las mismas instituciones de
Israel. No se puede aceptar el reinado de un Mesías,
déspota benévolo, que solucione los problemas del
pueblo manteniéndolo en el infantilismo (Jn 6,15) ; por
el contrario, hay que promocionar al pueblo,
desarrollando al hombre (Jn 12,32). No se puede aceptar
una Ley que discrimina dentro del pueblo, que, mediante
el código de pureza, separa al hombre de Dios (Jn
2,1-11) y que crea en el pueblo judío un espíritu de
superioridad con el consiguiente desprecio de los demás
pueblos. No se puede aceptar una religión que, so
pretexto de piedad y de culto, encubre la injusticia (Mc
7,8-13) y ejerce la explotación de los pobres (Jn
2,15s.).
El proyecto de Jesús tiene que ser diferente: no es
reformista, sino que propone un cambio radical que cambie
los fundamentos de la sociedad, un nuevo modelo de
sociedad. Más aún, propone y hace posible un nuevo
modelo de hombre; es el hombre nuevo quien ha de crear
una sociedad nueva. Tal es el proyecto que se anuncia en
las bienaventuranzas.
Por eso, si Jesús se manifiesta como profeta (Mc
1,21b-28) y se define como tal (Mc 6,4 par.), en el
sentido de hombre enviado por Dios para anunciar su
designio, esta denominación queda superada por la de
"Mesías", el encargado de ofrecer a los hombres la
posibilidad de llevarlo a cabo, el que inaugura el cambio
de época.
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