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FE Y RAZÓN (Juan Pablo
II)

Fe y razón son
como las dos alas del espíritu hacia la verdad.
El deseo de la verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre.
El núcleo de conocimientos constante en el pensamiento humano es
patrimonio espiritual de la Humanidad.
Sin la referencia a lo trascendente, el hombre queda a merced del
arbitrio.
Agnosticismo y relativismo: arenas movedizas de un escepticismo
general.
El pluralismo indiferenciado síntoma de desconfianza en la
verdad.
Si la verdad no es una, única y exclusiva, todo se reduce a la
opinión.
Propuestas actuales elevan lo efímero al rango de valor.
Existe un conocimiento peculiar de la fe, además del propio de
la razón.
El En el cristianismo, el tiempo tiene una importancia
fundamental: en él tiene lugar la salvación del hombre.
La verdad expresada en la revelación de Cristo no puede
restringiese a un ámbito territorial o cultural, está abierta a
todo como palabra definitivamente válida para dar sentido a la
existencia. Fuera de esta perspectiva, el misterio de la
existencia personal resulta un enigma insoluble.
En la fe, la libertad no sólo está presente, sino que es
necesaria.
La Revelación cristiana es la verdadera estrella que orienta al
hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad
inmanentista y las estrecheces de una lógica tecnocrática.
Hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la
razón y el de la fe.
El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico
contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir,
sobre argumentaciones solamente humanas, una justificación
suficiente del sentido de la existencia.
La razón no puede vaciar el misterio de amor que la cruz
representa, mientras que ésta puede dar a la razón la respuesta
última que busca.
En lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la
nostalgia de Dios.
Toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, debe serlo
siempre y para todos.
El hombre, a veces, evita la verdad, porque teme sus exigencias.
El testimonio de los mártires evidencia un amor que no necesita
argumentos para convencer.
La razón puede salir del callejón ciego de los mitos y abrirse
a la trascendencia.
La prioridad de la fe no es incompatible con la búsqueda propia
de la razón.
Santo Tomás de Aquino es modelo de pensamiento y modelo del modo
correcto de hacer teología.
El racionalismo excesivo llevó a un recelo hacia la razón misma
y a una desconfianza general, escéptica y agnóstica.
Algunos científicos, carentes de toda referencia ética, tienen
el peligro de no poner ya a la persona en el centro de su
interés.
El hombre vive cada vez más en el miedo.
El La fe, ante una razón débil, cae en el grave peligro de ser
reducida a mito o superstición. A la confianza de la fe debe
correr la audacia de la razón.
La Iglesia no propone una filosofía propia ni canoniza una
filosofía particular con menoscabo de otras.
No es competencia, del Magisterio intervenir para colmar las
lagunas de un razonamiento filosófico incompleto; sí, reaccionar cuando tesis filosóficas discutibles amenazan la
comprensión correcta del dato revelado y cuando se den teorías
falsas y parciales que siembran graves errores.
Ninguna forma histórica de filosofía puede legítimamente
pretender abarcar toda la verdad.
Expresión de la nueva tendencia "fideísta" difundida
hoy es el "biblismo" que tiende a hacer de la lectura
de la Sagrada Escritura, o de su exégesis, el único punto de
referencia para la verdad.
La Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de
la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia.
La verdad no es el resultado del consenso, sino de la adecuación
del intelecto a la realidad objetiva.
La luz de la fe, debe animar a los filósofos, cristianos o no, a
confiar en la capacidad de la razón humana y a no fijarse metas
demasiado modestas en su filosofar.
Es preciso no perder la pasión por la verdad última y el anhelo
por su búsqueda, junto con la audacia de descubrir nuevos
rumbos.
Con sorpresa y pena debo constatar que no pocos teólogos
comparten el desinterés por el estudio de la Filosofía.
Sólo la verdad y no las diferentes opiniones humanas pueden
ayudar a la teología.
Ante la riqueza de la salvación realizada por Cristo, caen las
barreras que separan las diversas culturas.
Toda cultura lleva impresa y deja entrever la tensión hacia una
plenitud.
El Evangelio no es contrario a una u otra cultura.
Se abren nuevos cometidos a la inculturación. Se presentan a
nuestra generación problemas análogos a los que la Iglesia tuvo
que afrontar en los primeros siglos,
La fe, como tal, no es una filosofía, pero hay un modo cristiano
de filosofar.
La fe libera la razón de la presunción, tentación típica a la
que los filósofos están fácilmente sometidos.
De las verdades de fe derivan determinadas exigencias que la
filosofía debe respetar.
La razón nunca debe dejar de interrogarse, consciente de que no
puede exigirse en valor absoluto y exclusivo.
El mal no se puede reducir a una cierta deficiencia debida a la
materia, sino que es una herida causada por una manifestación
desordenada de la libertad humana.
El misterio de la Encarnación será siempre el punto de
referencia para comprender el enigma de la existencia humana, del
mundo creado y de Dios mismo.
Preguntarse si todavía tiene sentido plantearse la cuestión del
"sentido de la vida" no hace más que agudizar esa duda
radical, que fácilmente desemboca en escepticismo, indiferencia
y nihilismo.
El fundamento natural de este sentido es la religiosidad
constitutiva de toda persona.
Una filosofía que quisiera negar la posibilidad de un sentido
último sería errónea.
El hombre, aunque culpable de doblez y engaño, es capaz de
amores y de comprender la verdad límpida y pura.
Un gran reto que tenemos al final de este
milenio es el de saber
dar el paso, tan necesario como urgente, del fenómeno al
fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia.
La interpretación de la Palabra de Dios no puede llevarnos de
interpretación en interpretación.
Para una forma correcta de conocimiento es determinante el papel
de la tradición.
Nosotros pertenecemos a la tradición y no podemos disponer de
ella como queramos.
El historicismo niega la validez perenne de la verdad.
Lo técnicamente realizable no siempre es moralmente admisible.
Se ha ido afirmando un concepto de democracia que no contempla la
referencia a fundamentos de orden axiológico, y, por tanto,
inmutables.
Las grandes decisiones morales del hombre no pueden subordinarse
al voto de mayorías parlamentarias.
Una vez que se ha quitado la verdad al hombre (nihilismo), es
pura ilusión pretender hacerlo libre. Verdad y libertad, o van
juntas, o juntas perecen.
Una de las mayores amenazas, en este fin de siglo, es la
tentación de la desesperación.
Creer en la posibilidad de conocer una verdad universalmente
válida no es, en modo alguno, fuente de intolerancia; al
contrario, es una condición necesaria para un diálogo
auténtico y sincero.
La verdad se conoce en la Historia, pero supera la Historia
misma. La Palabra de Dios no se dirige sólo a un pueblo y a una
época.
Hacen falta filósofos creyentes, capaces de asumir las
esperanzas, nuevas perspectivas y problemáticas de este momento
histórico.
Deseo agradecer a los teólogos su servicio eclesial y
exhortarles a recuperar y subrayar más la Verdad.
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