Para los amigos de la Parroquia Virtual                                                                  Dios nos habla muchas veces y de muchas maneras...

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ADIVINA LA VERDAD POR LO QUE TU VEAS.

Muchos preguntan: ¿Es verdad lo que dice la Biblia? Si para decir que un hecho fue verdad, tuviéramos que viajar en el tiempo y fotografiar el acontecimiento, diríamos que no hay nada "exacto", encontraríamos muchas inexactitudes; pero el hecho sería "verdadero" porque contiene el "sentido real" del suceso. La realidad es totalmente invisible a nuestros ojos; esa realidad se puede adivinar a través de lo que vemos. Si a mi lado una pareja se abraza con ternura y me indican que son novios, deduzco que su abrazo es un signo de su amor. Así cuando leemos un texto antiguo vemos lo que quería decir el autor, el mensaje estará "empaquetado" en su propia lengua y cultura. Nosotros intentaremos traducirlo al nuestro y cuanto más sepamos de la época de nuestro antiguo escritor mucho mejor. Al coger el texto y al traducirlo queremos que nos diga algo hoy, algo que nos sirva a todos nosotros. Para que esa traducción sea la correcta deberemos de estudiar concienzudamente el texto en cuestión, sus palabras y expresiones, los agentes y lugares que aparecen, su estructura gramatical, la época en que se escribió, el género literario a que pertenece, las personas a las que se dirige y un montón de etcéteras.

EL MENSAJE ES RELIGIOSO.

Tampoco tenemos que olvidar que al leer la Biblia estamos leyendo un libro "religioso", siempre tenemos que tener esto presente. Su mensaje es religioso, contiene la experiencia de Dios de todo un pueblo, si no lo leemos con esta clave no podremos captar ese mensaje, esas experiencias, que no son muy distintas a las nuestras. Por eso cuando leamos la Biblia debemos de tener siempre en cuenta al autor de ese texto en concreto, un hombre condicionado por su cultura, sus ideas morales, políticas y religiosas, su buena capacidad literaria o su pobre vocabulario e imaginación. El resultado de todo eso será un libro profundo o aburrido y superficial.

 Pero sea cual sea el resultado, el autor sagrado escribe lo que Dios les revela y hace el gran esfuerzo de comprenderlo y formularlo "a su manera". Nos encontraremos las ideas que tenían los hombres de su tiempo sobre los astros, las plantas y otras cuestiones científicas que para el hombre actual resultan erróneas o infantiles. Tendremos que descubrir todo aquello que Dios quiere comunicarnos; y es eso precisamente lo que andamos buscando en su lectura. Hay dos maneras muy diferentes de ver las cosas, por ejemplo, fijémonos en la naturaleza. Si la observamos con ojos "científicos", lo que nos interesa es exclusivamente el "cómo" unos determinados fenómenos han dado lugar a otros, cuáles son las "leyes" que han hecho eso posible. Nos interesa solamente su funcionalidad o la forma de poder controlarla; no nos interrogamos acerca de su "esencia". Si la miramos con ojos "religiosos", además de esas y otras preguntas nos preocuparán cuestiones tales como: el misterio de la existencia y el "por qué" existen las cosas en vez de la nada (35).  

  NUESTRO "PAPAITO" DIOS.

Algunas personas alegan que la religión es cosa de "niños", de gente inmadura y lo dicen porque ese Dios para niños del que se espera seguridad y protección, es capaz de arreglarnos todo, es un Dios "providente" al que le confiamos todo, nos tiene que satisfacer todos nuestros deseos tanto los humanos como los divinos, es una "Mamá" buena que nos llena de caprichos. Nos molesta un poco el leer lo que nos dice Pablo (36): "Cuando yo era niño, hablaba como un niño, razonaba como un niño; al hacerme hombre, he dejado las cosas de niño." Debemos de alcanzar la "mayoría de edad", Debemos de abandonar la idea de ese Dios que nos sirve para tapar nuestra impotencia o justificar nuestra ignorancia. Si somos "adultos" debemos emplear nuestra inteligencia y nuestra libertad: la primera para luchar contra el mal físico y la segunda contra el mal moral, para eso las tenemos y no como mero adorno. Dios nos ha hecho así, libres e inteligentes, quiere que la victoria contra "el mal" sea también nuestra propia victoria.

 

¿DONDE PODEMOS OÍR A DIOS?

Dios nos habla muchas veces y de muchas maneras (Heb 1 ,1). Nos habla por medio de nuestra propia conciencia y por medio de la "religión". El hombre se siente aludido y tiene que responder, es responsable de escuchar y de contestar a la propuesta, tanto de una manera positiva como negativa, en eso está precisamente su salvación o su perdición. Dios siempre nos habla y nosotros le podemos oír, su voz es clara y diáfana , su palabra es verdadera, si queremos podemos oírle, pero ese es el problema ¿queremos oír a Dios? Dios se "revela" dentro de la vida y de la historia humana. En sus vivencias tanto personal como comunitaria, el hombre no ve solamente una dimensión política, ideológica o económica, sino que se pregunta por un sentido importante y trascendente de las cosas, hay "algo" dentro de él, profundo e intenso, que le interpela; una voz "diferente" a las demás voces que es a la vez tan real como las otras. La respuesta que el hombre dio a esa misteriosa "voz", a esa "Palabra divina" nos la refleja la Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento, como un testimonio privilegiado de la escucha de los hombres. La palabra de Dios siempre la oímos, tanto en los momentos de crisis y de angustia, como en los de alegría y de gozo. El hombre es un ser histórico y se puede "medir" en tiempo y en espacio, es por eso que la palabra de Dios es siempre una palabra "histórica", Dios se revela en la historia de los hombres.  

  ESPÍRITU CRITICO Y OÍDO AFINADO.

El hombre tiene que "calibrar" su oído, quitarse ese "tapón" que nos impide una perfecta audición, y ese tapón que es el "mundo" se quita "afinando" la conciencia que resuena dentro de nosotros, que jamás podremos reducir al silencio. En el interior del hombre no hay secretos, la conciencia es la "voz" de Dios, no podemos engañarla, ella es la que nos premia y nos castiga. El hombre por muy "grande" que sea nunca tendrá poder contra su conciencia, jamás podrá dominarla o reducirla y mucho menos destruirla. Podrá negarla o desobedecerla, pero nunca tendrá poder para hacerla callar. Ella nos supera, está por encima de nosotros, nos sitúa ante Dios, que es el que nos habla, nos convoca al bien, a la responsabilidad y al amor de nuestros hermanos. Es precisamente la conciencia, la voz que siempre oímos, la que aunque un tanto mediatizada por la vida y la historia del hombre, provoca en el hombre una "toma de posición" ante cualquier hecho o situación. La conciencia es anterior a las leyes y está por encima de ellas, Dios juzga a cada hombre según su conciencia. Todo hombre tiene el derecho a ser oído y respetado en sus convicciones y a actuar en consecuencia. A veces la voz de la conciencia lleva al hombre a conflictos privados o sociales, a la renuncia de su propia fama y de su seguridad e incluso de su propia vida (Hch 3 ,20).  

 ¡PERO DE QUIEN ES ESA CONCIENCIA!

La conciencia está sometida al influjo humano, la familia y la sociedad la marcan continuamente, la educación intenta moldearla y en el transcurso de una vida se va formando y modificando tanto para bien como para mal, incluso a veces se identifica con valores sociales o ideológicos. Por eso la conciencia tiene que buscar la "verdad" y ser crítica; deberá discernir si es la "voz" del sistema, de la moda, de los sistemas informativos de la sociedad (prensa, radio, TV), o si es de su "corazón", de la verdadera "Voz" que le habla. Hay personas que escogen un camino fácil y se identifican plenamente con los valores de algún sistema social, político o eclesiástico y pierden la actitud crítica y la libertad de opción. Es fácil ser inmaduro y es muy cómodo, un libro que piense por mí, un político que hable por mí, un sistema que me "ahorre" el preocuparme y me deje "tiempo libre", siempre habrá personas o ideas que realicen "mi trabajo". Para el hombre lo más sencillo es "alienar" su conciencia, "esclavizar" su yo y convertirse en un hombre-masa sin necesidad de preguntarse por lo que cueste alguna preocupación. A Dios, por tanto, lo podemos siempre oír en nuestra conciencia. El hombre es un ser libre e inviolable pues está en contacto y en relación plena con Dios, pero es necesario para que la conciencia pueda seguir siendo totalmente libre, dotarla de una actitud "crítica" para que pueda distinguir esa "voz" de Dios de entre tantas voces de los tiempos y de los hombres.  

  ALGUNAS VECES OÍMOS UN LENGUAJE EQUIVOCADO...

A veces, el lenguaje que nos transmite la Iglesia es, tanto en su forma como en su contenido, incapaz de decir nada al hombre de hoy. A veces, la fe está "aclimatada" a una determinada cultura, se produce una tenaz resistencia ante "lo nuevo" y aparecen los "conservadores" a ultranza, que temerosos de cualquier novedad, constituyen los "guardias" de "lo inmutable y eterno"; constituyen el "ejército" de Cristo, crean y ocupan escalafones eclesiásticos, asignándose honores y prerrogativas extraevangélicos. Se facilita de esta manera que algunas personas puedan vivir "de Cristo" y no "para Cristo". Es lo que ocurre con los que consideran la "Jerarquía", no como necesidad básica y necesaria para el desarrollo armónico de la Iglesia, sino como lugar de promoción personal. Son los llamados "funcionarios" de la Iglesia. Podemos recordar "la lucha" que mantuvieron estos "funcionarios" de la "verdad", durante más de un siglo, hasta la muerte de Pío XII, contra la "sociedad moderna". Hasta que por fin el buen Papa Juan XXIII rompió definitivamente esa barrera de fuego convocando el Concilio Vaticano II, incitando a todos los católicos del mundo a reemprender el diálogo fe-cultura y a reformular el "Evangelio" en palabras y expresiones inteligibles para el hombre actual.

  COMUNIQUEMOS LA BUENA NOTICIA...

Evangelizar, pues, hoy día, es comunicar a todos los hombres esa "Buena Noticia" y no "una doctrina", es comunicar "lo que ha sucedido"; es anunciar a Jesucristo, que vino a este mundo para inaugurar el "Reino de Dios" y que aunque fue crucificado, sigue vivo entre nosotros y su Reino continúa extendiéndose, hasta que, al final de los tiempos, alcance la plenitud definitiva. Para poder evangelizar es necesaria la "acción en favor de la justicia", pues no bastan las palabras y es necesario algún tipo de comprobación. Pablo VI (Evangelii Nuntiandi), nos dice: "el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan; o, si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio". En la homilía de la misa, en el parque de "Matos Neto" (Uruguay), insistía el Papa: "la preocupación por el pan para el hombre acompaña siempre a la evangelización... la nueva evangelización impulsada por el mandamiento del amor, hará brotar la deseada promoción de la justicia y el desarrollo de un sentido pleno, así como la justa distribución de las riquezas y el respeto de la dignidad de la persona". Una evangelización con "nuevos bríos", resaltaba el Papa en la mencionada homilía y añadía: "El "tiempo nuevo" se inicia por la conversión del corazón; es la clave del ardor renovado de la nueva evangelización". Se necesitan "expresiones nuevas" que intenten reformular el Evangelio en un lenguaje vivo y actual, para que el mensaje recupere la frescura y atracción primitivas. Hacen falta "nuevos métodos", sin presiones sociales "a favor de los cristianos", que se apoyen en la fuerza de la Palabra de Dios y no en los poderes de este mundo.  

  POR FAVOR, QUEREMOS QUE NUESTRA IGLESIA NOS ENTUSIASME UN POCO MAS...

ANA: Si no cambiamos el rumbo, la Iglesia seguirá con sus actuales problemas y estos no son sus carencias o sus defectos, sino, sencillamente, el hecho de que la "Iglesia actual" no resulta "interesante" para el hombre de hoy, no entusiasma demasiado. Tenemos una Iglesia demasiado "institucionalizada" y en muchos casos, dirigida por Obispos también "institucionalizados", que son los gestores de una estructura "inamovible", que no viene reflejada en los Evangelios. Factores que propician la ineficacia; y no dejan espacio al Espíritu Santo, con esa institución tan "centralizada" y "organizada" para que "sople" donde quiera (40). Tampoco se puede confundir el sea necesaria la "institucionalización" de la Iglesia con que la "organización actual" sea la más idónea para la comunidad y para la expansión del Reino de Dios. A veces, los "intereses" de algunos "funcionarios eclesiales" (de la llamada jerarquía) se entremezclan y entrelazan con los verdaderos intereses cristianos y a veces prevalecen sobre ellos. Por eso "determinadas estructuras" pueden seguir existiendo e incluso creciendo, estructuras que en la mayoría de los casos no son actualmente necesarias e incluso pueden ser perjudiciales para los fines de la Iglesia, que no deben ser otros que los de Dios.

  NOTAS

(35) Rom 1,20: "Las cosas creadas hablan de Dios".

Sal 19,2: "El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos".

Sal 8,2: "Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!.

Sal 136,1: "Dad gracias al Señor... sólo él hizo maravillas".

(36) 1 Cor 13,11. (37) Dt 6,6. (38) Jn 13,15-17. (39) Jn 6,60. (40) Jn 3,8.

(41) Ef 1,22-23. (42) Ef 5,23. (43) 1 Cor 10,17. (44) Lc 7,25. (45) Mc 20,25.

(46) Ef 4,14-16. (47) Mt 23,9. (48) Mt 23,8. (49) Mt 23,10. (50) Lc 22,25.   

 

LA IGLESIA ES UN "CUERPO" DEL QUE TODOS FORMAMOS PARTE Y LA CABEZA ES CRISTO.

Dios, pues, colocó todo bajo los pies de Cristo y lo puso como cabeza suprema de la Iglesia. Ella es su cuerpo, y "el que llena todo en toda forma" despliega en ella su plenitud (41). ... como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador (42). Uno es el pan y por eso formamos todos un solo cuerpo, porque participamos todos del mismo pan (43). La Iglesia la componen todas aquellas personas que tienen "el mismo Espíritu de Cristo", profesan la misma fe católica, tienen los mismos sacramentos y obedecen a los obispos y al Papa. Pero de hecho, la primera y principal condición: la de tener el "Espíritu de Cristo" está sin determinar, pues en la práctica basta con estar bautizado y no se tiene en cuenta si se vive o no de acuerdo con el Evangelio. Por eso, a veces, encontramos algunos cristianos (y es francamente escandaloso cuando forman parte de la jerarquía), cuyos valores y forma de comportarse son lo contrario a los que encontramos en el mensaje de Jesús. Por ejemplo: - Las apetencias de cargos importantes y puestos de relieve. - Sentarse en lugares preferentes y sillones "especiales". - Codearse con las personas de "renombre", sin importarles algunas veces si son ricos y poderosos explotadores. -

 Utilizar con el pretexto de la "tradición", vestimentas especiales (a veces con brocados, sedas, oro etc...) para que públicamente se distinga su pertenecía a la clase dominante, a los grandes de este mundo. Al contrario de lo que Jesús claramente dijo (44) que el vestido lujoso y llamativo era señal de pertenecía a esa clase social. Con esas vestimentas tan diferentes a la moda actual, se pueden recibir reverencias en la calle y primeros puestos en fiestas y lugares públicos y privados.

 El evangelio señala muy claramente a todos los cristianos cómo tiene que ser el atuendo de los que van a predicar el mensaje de Jesús. No es lo más importante de esto la vanidad que conlleva, sino que como dice Marcos (45), lo verdaderamente importante es que el puesto preeminente supone claramente dominio y mando sobre los demás y no servicio. La dimensión jerárquica de la Iglesia es necesaria y eso los creyentes no lo pueden poner en duda, pero esa dimensión es precisamente para el servicio a la comunidad.  

¡CUIDADO CON ALGUNOS "LISTILLOS" Y "ASTUTOS"!

Entonces ya no seremos niños a los que mueve cualquier oleaje o cualquier viento de doctrina, y a quienes los hombres astutos pueden engañar para arrastrarlos al error. Más bien, viviendo según la verdad y el amor, creceremos de todas maneras hacia aquel que es la cabeza, Cristo. El da organización y cohesión al cuerpo entero, por medio de una red de articulaciones, que son los miembros, cada uno con su actividad propia, para que el cuerpo crezca y se construya a sí mismo en el amor (46). A algunos les gusta demasiado los "títulos"..., no fue eso lo que aconsejó el Maestro. "Padre", "abad": Tampoco llamaréis "padre" a nadie en la tierra, porque sólo tenéis un Padre, el que está en el cielo(47). "Maestro": Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "maestro", porque tenéis un solo Maestro y todos vosotros sois hermanos (48). "Jefe" o "doctor": Ni consentiréis que os llamen "jefe", porque vuestro jefe es uno solo, Cristo (49). "Monseñor", "señor", "excelentísimo", "reverendísimo": ... se hacen llamar bienhechores (señores). Vosotros no debéis ser así. Al contrario, el más importante entre vosotros se portará como si fuera el último, y el que manda como el que sirve (50).