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EL PUEBLO
SACERDOTAL
CRISTO, EL PERSONAJE CENTRAL AQUIEs un inmenso honor, hermanos. El personaje principal de esta ceremonia aquí no son los que se van a ordenar, ni el obispo, ni los sacerdotes que presidimos; el personaje central es Cristo, el eterno y único sacerdote, no hay más que un sacerdote que reconcilió el cielo y la tierra muriendo en la cruz y resucitando, vive eternamente cantando la gloria y salvando por medio de su Iglesia en el mundo a la humanidad entera. Dios lo envió encarnándose en las entrañas de una mujer virgen, lo ungió allí mismo, en el instante primero de su ser. De modo que la única mujer que ha dado a luz un hijo sacerdote es María. Nuestras madres nos dieron a luz simplemente hijos de la carne, después vino la unción sacerdotal que hizo a esos hijos de la carne ministros de Dios. Pero María tuvo el inmenso honor de ver que Cristo, su hijo, se consagraba en el mismo principio de su ser, dentro de sus entrañas, y cuando esa mujer, la única que puede decirse madre de un sacerdote, lo dio a luz, lo comienza a cuidar, a amamantar, a hacer crecer, hasta que un día junto a la cruz, lo ve celebrar su misa. Esta es la misa única, la del calvario, donde Cristo queda colgado en el dolor de la crucifixión y de la muerte, para redimir por un acto de sumisión profunda al Padre Eterno a la humanidad que pecadora había perdido los caminos. No hay más que ese sacerdote eterno. Pero ese eterno sacerdote quiso hacer de sus redimidos un pueblo sacerdotal.
EL PUEBLO SACERDOTALEn esta mañana,
hermanos, además de la figura central de Cristo, único
sacerdote, la figura principal no son nuestros hermanos
que se van a ordenar ni nosotros que presidimos, sino
ustedes, pueblo sacerdotal, nosotros digamos, porque yo
también soy bautizado. Y lo más grande de nuestra vida
es aquel momento en que el hijo de la carne fue asumido
para hacerse miembro del pueblo sacerdotal. Todos los
bautizados, todos los que formamos la iglesia, todos
ustedes, religiosas y laicos, somos el pueblo sacerdotal.
El eterno sacerdote ha querido hacernos participantes de
esa dignidad, de tal manera que la iglesia vive en el
mundo con una historia sacerdotal, con una acción
sacerdotal. En el corazón de cada hombre, como nos acaba
de decir San Pablo, llamado a diversas vocaciones: vida
religiosa, matrimonio, profesionales, ricos, pobres,
todos formamos el pueblo, con diversos llamamientos, con
diversos carismas para integrar entre todos en la
historia la misión sacerdotal de Cristo. EL SACERDOCIO MINISTERIALY sólo en tercer lugar, después de Cristo, el sacerdote eterno, y después del pueblo sacerdotal, ungido por Cristo en el bautismo, venimos nosotros, ministros sacerdotes, que, escogidos del pueblo, llamados de una familia, trayendo un apellido, un origen de un pueblo, de El Salvador o de cualquier parte del mundo, llenamos aquel requisito de la Biblia: "El sacerdote es un hombre entresacado de los hombres". Entresacado del pueblo sacerdotal, precisamente para servidor, eso quiere decir ministro, servidor del pueblo sacerdotal. Esta es nuestra misión, queridos Héctor y Jorge. Ahora ustedes han sido asumidos con un apellido de su propia familia, destacados de su propio pueblo aquí representado, pueblo sacerdotal, Cristo los ha escogido a ustedes y a mí y a mis hermanos sacerdotes, lo mismo que a los seminaristas que anhelan este servicio para dar este servicio al pueblo, el servicio de la palabra, el servicio del perdón y sobre todo el servicio de la eucaristía.
MINISTROS DE LA PALABRATenemos un mensaje que comunicar al mundo, nosotros somos los responsables. Cuando Cristo escogió 12 hombres para transmitirles su sabiduría divina, terminó diciéndoles: "Muchas otras cosas tengo que decirles pero no son capaces de recibirlas"; es tan grande el depósito de esta revelación divina, sólo les ofrezco mi espíritu divino que estará con ustedes; ustedes, los escogidos del pueblo, tendrán una asistencia especial de Dios para que en cada momento de la historia prediquen mi palabra conforme a las necesidades de esa hora, encarnando esa palabra en las necesidades, en los pecados, en las virtudes del pueblo que les toque regir. Este es el gran ministerio de la palabra, tan difícil, tan incomprensible, que muchas veces el diálogo que la Iglesia quiere entablar con el mundo para iluminarlo por la palabra de Dios se vuelve del mundo en una persecución, en una ofensa, a veces tan grosera, como la que está sufriendo el ministerio de la palabra en esta hora. Vino a los suyos, podemos decir, brilló la luz y las tinieblas no lo quisieron recibir. El ministerio de la iniquidad, el ministerio del pecado, que la Iglesia trata de arrancarle al mundo y a la historia y que la historia y el mundo tratan de sofocar a la palabra de Dios.
NO UNA PALABRA SIN COMPROMISOPor eso, hermanos sacerdotes, ustedes que llegan a la cumbre de su ordenación sacerdotal para predicar una palabra que quema, que como los profetas sienten ustedes en sus entrañas, es un fuego devorador que quisiéramos más bien rehuir, no digo este honor, sino esta carga profética de ir a anunciar al pueblo la revelación auténtica. Queridos hermanos, que no vaya a ser falso el servicio de ustedes desde la palabra de Dios, que es muy fácil ser servidores de la palabra sin molestar al mundo, una palabra muy espiritualista, una palabra sin compromiso con la historia, una palabra que puede sonar en cualquier parte del mundo porque no es de ninguna parte del mundo; una palabra así no crea problemas, no origina conflictos. Lo que origina los conflictos, las persecuciones, lo que marca la Iglesia auténtica es cuando la palabra quemante como la de los profetas anuncia al pueblo y denuncia: las maravillas de Dios para que las crean y las adoren, y los pecados de los hombres que se oponen al reino de Dios para que lo arranquen de sus corazones, de sus sociedades, de sus leyes, de sus organismos que oprimen, que aprisionan, que atropellan los derechos de Dios y de la humanidad. Este es el servicio difícil de la palabra, pero el espíritu de Dios va con el profeta, va con el predicador porque es Cristo que se prolonga anunciando su reino a los hombres de todos los tiempos. (Homilía
del 10-XII-1977 en una ordenación sacerdotal) |