La mies es abundante y los braceros pocos

Lucas 10, 1-12. 17-20

1 Después de esto el Señor designó a otros setenta y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

2 Y les dijo:
-La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, rogad al Señor de la mies que mande braceros a su mies.

3 ¡En marcha! Mirad que os envío como corderos entre lobos.

4 No llevéis bolsa ni alforja ni sandalias, y no os paréis a saludar por el camino.

5 Cuando entréis en una casa, lo primero saludad: "Paz a esta casa";

6 si hay allí gente de paz, la paz que les deseáis se posará sobre ellos; si no, volverá a vosotros.

7 Quedaos en esa casa, comed y bebed de lo que tengan, que el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa.

8 Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed de lo que os pongan,

9 curad a los enfermos que haya y decidles: "Está cerca de vosotros el reinado de Dios".

10 Cuando en­tréis en un pueblo y no os reciban, salid a
las calles y de­cidles:

11 "Hasta el polvo de este pueblo que se nos ha pegado a los pies nos lo limpiamos, ¡para vosotros! De todos modos, sabed que está cerca el reinado de Dios".

12 Os digo que el día aquel le será más llevadero a Sodoma que a ese pueblo.

17 Los setenta regresaron muy contentos y le dijeron:
-Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre.

18 &EACUTEl les contestó:
-¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo!

19 Yo os he dado la potestad de pisar serpientes y es­corpiones y todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá haceros daño.

20 Sin embargo, no sea vuestra alegría que se os someten los espíritus; sea vuestra alegría que vuestros nombres están escritos en el cielo.

(trad. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones Cristiandad 2ª Ed.,
Madrid, 1987)

 


COMENTARIO 1

NI BOLSA NI ALFORJA
La gerencia de la Conferencia Episcopal Española cifraba en unos 4.000 millones de pesetas las rentas del clero para 1978 en razón de sus bienes patrimoniales...
- En cuanto al capital móvil, los ingresos de la Iglesia proceden de tres fuentes principales: el Estado, con 9.323 millones en 1982 a través del Ministerio de Justicia; el trabajo remunerado de los propios sacerdotes, tal vez por encima de los 2.000 millones (muchos de los sacerdotes dan clases de religión en centros del Estado, a cuyo efecto el Ministerio de Educación presupuestó en 1982 la cantidad de 1.730 millones de pesetas), y, por último, las aportaciones directas de los fie­les, con un volumen anual superior a 15.000 millones en 1982, según cálculos aproximados.
- Los obispos y el clero secular disponían en 1982 de un dinero líquido valorado en unos 32.000 millones de pesetas. De ellos, en torno al 40 por 100 se dedicaban a gastos de personal (unas 45.000 ptas. brutas al mes por sacerdote) y el restante 60 por 100 a actividades pastorales, obras sociales y conservación del patrimonio (un millón anual por parroquia).
- En 1980, el presupuesto a nivel nacional y diocesano de Cáritas fue de 890 millones de pesetas, provenientes en su mayor parte de donativos y colectas.
- Los 340 institutos religiosos en España tienen, cada uno de ellos, organización económica independiente, y sus estados de cuentas no son accesibles en la inmensa mayoría de los casos. Sin embargo, en 1979, una ley del Ministerio de Hacienda obligó a los institutos religiosos a hacer declaración de sus bienes patrimoniales, lo que abre la posibilidad, a corto plazo, de que tales balances económicos sean del conocimiento público.
Son algunos datos, necesariamente incompletos, que reflejan el volumen económico de la Iglesia española, entresacados de la revista "Misión Abierta" (1982) 49-59.
Pido disculpas por esta incursión en el mundo de la economía, por donde uno se mueve como en corral ajeno. Pero la idea me la ha sugerido la lectura del evangelio de Lucas, que dice así: "Algún tiempo después designó el Señor otros setenta y dos -hoy la Iglesia tiene aproximadamente más de millón y medio de personas en todo el mundo, entre clero y religiosos, célibes dedicados a tiempo pleno- y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les dijo: -La mies es abundante y los obreros pocos; por eso, rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡En marcha! Mirad que os mando como corderos entre lobos. No llevéis bolsa, ni alforja ni sandalias... (Lc 10,lss).
Jesús quiso a los suyos sin seguridades de ningún tipo: ni bolsa, ni alforja, ni sandalias, pobres de verdad. Sus discípulos deberían andar por el mundo como por un templo a cuya entrada era costumbre dejarlo todo. Su única seguridad debería ser Dios y no los bienes de la tierra. Tal vez pueda decir alguno que eran otros tiempos. Algo, no obstante, me parece claro: con la organización y el montaje eclesiástico actual difícilmente podrá la Iglesia evangelizar de acuerdo con las radicales recomendaciones del Maestro nazareno. O cambia de sistema, o no puede ser fiel al evangelio. Para mantener tanto tinglado, tan inmensa plantilla y tantas obras de asistencia hace falta
mucho dinero. Y para conseguir­lo hay que entrar necesariamente en el juego de la economía capitalista, de la política y del poder. Es el precio de la supervivencia de la estructura eclesiástica actual, no necesariamente eterna, y a todas luces poco evangélica.

COMENTARIOS
Jesús Peláez, La otra lectura de los evangelios II, Ciclo C, Ediciones El Almendro, Córdoba

 

 


COMENTARIO 2

ESTAS SON LAS INSTRUCCIONES
El anuncio de que es posible que los hombres seamos libres y la lucha por alcanzar la libertad y profundizar en ella mediante la práctica del amor es el núcleo de la tarea que tenemos encomendada los cristianos, la médula del compromiso cristiano: ser libres y liberadores para que entre los hombres sea posible el amor. Pero ¿es posible realizar esta tarea? ¿Se puede mantener la fidelidad a tal compromiso en medio de un mundo como éste? La misión no es fácil: no faltarán problemas y hasta puede correr la sangre. ¿Cómo, pues, realizar esta misión? En el evangelio de este domingo tenemos las instruc­ciones.

LA MIES ES MUCHA
Después de esto el Señor designó a otros setenta y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les dijo:
-La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, rogad al Señor de la mies que envíe braceros a su mies.

Subiendo a enfrentarse con Jerusalén, atraviesa Jesús la región de Samaría, despreciada por los judíos, que consideraban herejes a sus habitantes: los samaritanos correspondían a ese desprecio y no mantenían relaciones demasiado cordiales con los judíos; por eso, cuando se enteran de que Jesús va a Jerusalén, se niegan a recibirlo (Lc 9,52-53). Jesús, sin embargo, acepta nuevos discípulos, que se unen a él "mientras iban por el camino" (Lc 9,52-62); no importa que sean samaritanos, sólo es necesario que sepan que el camino que emprenden no los hará ricos -"Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hombre no tiene donde reclinar la cabeza" (Lc 9,58)-, que abandonen la herencia del mundo viejo para construir una humanidad nueva -"Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar por ahí el reinado de Dios" (Lc 9,60)- y que, comprometidos con ese futuro radicalmente nuevo, no sucumban a la tentación de una nos­talgia paralizadora que los incapacitaría para la misión -"El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el reino de Dios" (Lc 9,62)-, pues en adelante "lo que impor­ta es una nueva
humanidad" (primera lectura).
Para Mateo y Marcos, Galilea es la puerta del paganismo; para Lucas, este papel lo desempeña Samaría; si Galilea era la región que limitaba geográficamente con los pueblos paga­nos, Samaría estaba, desde el punto de vista religioso, entre Israel y el paganismo. Por otro lado, el número de los enviados a esta nueva misión, setenta, como el número de todas las naciones del mundo (véase Gn 10) indica que se trata de un anticipo de la misión entre los paganos: todo el mundo, la humanidad toda, espera que se le anuncie el mensaje liberador de Jesús.

COMO CORDEROS ENTRE LOBOS
¡En marcha! Mirad que os envío como corderos entre lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias, y no os paréis a saludar por el camino. Cuando entréis en una casa, lo primero saludad: "Paz a esta casa ... comed y bebed de lo que tengan, que el obrero merece su salario".

La misión de los enviados de Jesús no será fácil (ni la de los setenta ni la de los que sigan tras ellos). Decir a los pobres que Dios está de su parte y que no es culpa suya, sino de los ricos, que sean pobres; prevenir a los creyentes para que se anden con cuidado con todas las instituciones que, como Jerusalén se empeñan en mantener a sus fieles en permanente minoría de edad y hacerles saber que Dios no necesita intermediarios para mostrar su amor a quienes El quiere que sean sus hijos; decir que el poder no viene de Dios, sino que pertenece al diablo (Lc 4,6-7)... Todo esto va a desenmascarar a muchos lobos con piel de oveja que atacarán sin piedad a los mensajeros de la Buena Noticia de Jesús. No llevarán escolta ni armas para defenderse de ellos, porque esto sería confiar en las mismas fuerzas en las que se sustenta el mundo que hay que cambiar; tampoco deben prever nada para asegurar su sustento; la humanidad que sufre es sensible a las necesidades de los demás, y aunque sufrirán persecución y en ocasiones ser verán rechazados, no faltarán muestras de solidaridad: "comed y bebed de lo que tengan..."
Los setenta enviados debieron seguir fielmente estas ins­trucciones, pues tuvieron mucho éxito: "Los setenta regresa­ron muy contentos y le dijeron: Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre". Los hombres se iban liberando no sólo por fuera, sino también por dentro, descubriendo la mentira de las ideologías que les hacían creer que las cosas eran como eran porque Dios así lo había decidido, que el mundo estaba bien y que nada había que cambiar, que a lo sumo alguna pequeña reforma...
Los setenta no parece que arrastraran masas; se limitaron a despabilar conciencias, como siguen haciendo hoy tantos y tantos cristianos que, corderos en medio de lobos, descubren a los hombres que pueden llegar a ser libres, y siendo libres, hacerse hijos de Dios viviendo como hermanos. Esta es nuestra tarea, y las instrucciones las mismas que recibieron aquellos setenta enviados. No nos vendría mal hacer una revisión para ver cómo las cumplimos y si los resultados se corresponden con los que ellos obtuvieron.

COMENTARIOS
JR. J. García Avilés, Llamados a ser libres, "Para que seáis hijos". Ciclo C. Ediciones El Almendro, Córdoba 1991

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